Traicionada, echada a la calle y con su pequeño hijo Thiago al borde de la invalidez tras un trágico accidente, Domenica Montero creía haber tocado fondo cuando su marido la abandonó a su suerte. Sin embargo, el destino le tenía reservada una jugada maestra. Al aceptar un matrimonio de conveniencia con el magnate Alexis Alcalá para salvar a su familia y cumplir la promesa hecha a la matriarca Victoria Montenegro, Domenica pasa de ser la cenicienta humillada a convertirse en la intocable señora de Alcalá, dueña de un imperio y madre de unos gemelos rebeldes a los que curará con amor. Cinco años después, cuando la familia Bracamonte regresa ciega de soberbia para arrebatarle a su hijo y robarle la millonaria herencia que les pertenece, descubrirán demasiado tarde que la mujer a la que intentaron destruir ahora camina de la mano del hombre más poderoso del país. Una historia imperdible de venganza, amor incondicional y justicia divina.
NovelToon tiene autorización de Naibelys Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
EL OCASO DE LOS COBARDES Y LA LIBERTAD DE DOMENICA
La imponente y hasta hace unas horas ostentosa mansión de los Bracamonte se había transformado en el escenario de una pesadilla de la que sus dueños ya no podían despertar. Los golpes secos y autoritarios en la puerta principal resonaron con un eco metálico que heló la sangre de todos los presentes. Antes de que el mayordomo pudiera siquiera atreverse a girar el picaporte, las pesadas hojas de caoba se abrieron de par en par, revelando a un contingente de oficiales de la ley encabezados por un juez ejecutor y flanqueados por alguaciles federales portando carpetas con sellos oficiales de embargo inminente.
Don Pedro retrocedió tambaleándose hasta chocar contra el respaldo de un sillón, con el rostro completamente descompuesto y la respiración agitada por el pánico. Doña Teresa soltó un grito ahogado, cubriéndose la boca con ambas manos mientras las lágrimas de rabia e impotencia corrían descontroladas por sus mejillas ajadas.
—¡Inspección y orden de embargo preventivo general sobre todos los bienes muebles, inmuebles, cuentas bancarias y activos corporativos vinculados al núcleo familiar Bracamonte! —sentenció el juez ejecutor con voz alta, firme y cortante, entregando los pliegos notariales al patriarca de la familia—. Quedan notificados de que sus empresas están bajo intervención judicial estricta por presunta simulación mercantil, enriquecimiento ilícito y hostigamiento procesal.
Tomás Bracamonte, apoyándose con desesperación en su bastón y sintiendo que las fuerzas lo abandonaban, dio un paso al frente con el rostro desfigurado por el odio y la incredulidad.
—¡Esto es una injusticia! ¡Tienen que haber cometido un error! ¡Nosotros somos los Bracamonte, nadie puede tocarnos! —bramó Tomás fuera de sí, intentando abalanzarse hacia los documentos con los ojos inyectados en sangre—. ¡Exijo hablar con el juez titular! ¡Exijo ver al fiscal general de inmediato!
El oficial al mando lo detuvo con un movimiento seco, empujándolo levemente hacia atrás con absoluta indiferencia ante sus gritos de desesperación.
—Guarde sus exigencias para el tribunal de guardia, señor Bracamonte —le respondió el oficial con tono gélido—. Sus influencias se evaporaron en el momento exacto en que decidieron meterse con quien no debían. Quedan formalmente emplazados a desalojar la propiedad en un plazo no mayor a veinticuatro horas mientras avanza la instrucción penal.
Victoria, la fría y calculadora esposa de Tomás, observaba la escena desde un rincón con los brazos cruzados y una mueca de asco y desprecio absoluto pintada en el rostro. Al ver que los agentes comenzaron a colocar sellos de embargo en los cuadros de valor, en las esculturas de la sala y en los escritorios, supo que el juego había terminado definitivamente.
—Se los advertí, par de idiotas... su maldita arrogancia nos llevó a la ruina total —espetó Victoria con voz venenosa, dándose la media vuelta para subir a pasos apresurados hacia las habitaciones y empaquetar lo poco de valor que aún podía llevarse en las maletas, abandonando a su suerte a un derrotado Tomás.
Mientras tanto, a cientos de kilómetros de distancia, en la acogedora y cálida atmósfera de la mansión de los Montenegro Alcalá, el ambiente era completamente opuesto. La luz de la tarde se filtraba suavemente por los ventanales de la sala principal, donde la familia entera celebraba una tregua de paz absoluta y un triunfo rotundo que marcaba el fin de todas sus pesadillas.
Domenica se encontraba sentada en el sofá principal, sosteniendo una taza de té humeante entre las manos, mientras observaba con una sonrisa luminosa y los ojos anegados de felicidad cómo el pequeño Thiago reía a carcajadas jugando con sus hermanos, los gemelos Alexander y Alejandro, en la alfombra. El niño ya daba sus primeros pasos con la ayuda de un arnés de rehabilitación, mostrando una mejoría milagrosa que anticipaba la exitosa operación que se llevaría a cabo en los próximos días.
En ese momento, la puerta principal se abrió y por ella ingresó Alexis. Su semblante duro y de magnate implacable se desvaneció de inmediato al cruzar la mirada con su esposa. Con pasos firmes pero tranquilos, se acercó a ella, se arrodilló frente a su asiento y tomó sus manos con una ternura infinita.
—¿Cómo estás, mi amor? Te noto pensativa —murmuró Alexis con voz ronca y cálida, besando los nudillos de Domenica con profunda devoción.
Domenica dejó la taza sobre la mesita auxiliar, se inclinó hacia adelante y le acarició la mejilla con suavidad, dejando escapar un suspiro de liberación.
—No estoy triste, Alexis... al contrario, estoy sintiendo una paz que creí que jamás volvería a experimentar —confesó Domenica con una sonrisa sincera y los ojos brillantes—. Acabo de recibir una llamada del bufete de abogados. Me informaron sobre lo que acaba de pasar en la mansión de los Bracamonte. Ya no hay amenazas, Alexis... ya no hay miedo.
Alexis esbozó una sonrisa lobuna, satisfecha y profundamente protectora, mientras rodeaba la cintura de su esposa con firmeza y la atraía hacia su pecho.
—Se los advertí, mi vida. Nadie, absolutamente nadie, se atreve a tocar a mi familia y sale impune —le recordó Alexis con voz firme y segura, pegando sus labios a los de ella en un beso tierno, lento y profundamente apasionado—. El imperio de mentiras de los Bracamonte se derrumbó exactamente como se merecía. Ahora lo único que importa es nuestro futuro, el de nuestros hijos y la hermosa vida que vamos a construir juntos, sin sombras ni fantasmas del pasado.
Doña Marta y Doña Victoria, que observaban la escena desde el umbral de la sala con sendas copas de vino en la mano para brindar por la victoria, no pudieron evitar sonreír cómplices ante la estampa de amor absoluto que protagonizaban sus hijos.
—Parece que mi hijo por fin encontró a la única mujer capaz de doblegar a ese león indomable —comentó Doña Victoria con elegancia, chocando su copa suavemente con la de Doña Marta.
—Y mi hija encontró al hombre que no solo la defiende, sino que la ama con la fuerza necesaria para mover montañas —respondió Doña Marta con los ojos llorosos de felicidad, viendo cómo Domenica y Alexis se fundían en un abrazo definitivo que sellaba para siempre su historia de amor inquebrantable.