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El Cálido Abrazo Del Hielo

El Cálido Abrazo Del Hielo

Status: En proceso
Genre:Mundo de fantasía / Amor eterno
Popularitas:414
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Sinopsis
​Un reino a punto de cambiar. Un secreto congelado en el corazón. Y un amor que desafiará a dos coronas.
​A punto de ascender al trono de Arendor, la princesa Aria vive aterrorizada por dos grandes cargas: la abrumadora responsabilidad de gobernar a su pueblo tras la muerte de sus padres y un peligroso don milenario de magia de hielo que apenas puede controlar.
​Buscando una tregua antes del día de su coronación, Aria se aventura de incógnito por las calles de la ciudad. Pero lo que debía ser una simple escapada la conduce a un rincón olvidado de Arendor y a los ojos de Erik, un misterioso y atractivo joven del norte que parece entender su soledad como nadie. Entre tardes furtivas en un banco de madera, caricias robadas y un beso desesperado en la penumbra, una chispa imprevista amenaza con consumir sus miedos.
​Sin embargo, el destino guarda su propia revelación.

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CAPÍTULO 14: La Tormenta Diplomática y el Choque de Consejos

​El momento de la verdad llegó dos días después. La reunión no se celebró en una estancia ordinaria, sino en la imponencia opresiva de la Sala del Dossier de Oro, una cámara acristalada suspendida sobre los acantilados del castillo donde la brisa marina bramaba rabiosa contra los ventanales. El Gran Consejo de Regencia de Arendor, compuesto por seis ancianos lores vestidos con togas pesadas de terciopelo bordadas en oro, ocupaba un lado de la inmensa mesa de roble. Frente a ellos, los tres Senescales Supremos de Vaeloria, ancianos guerreros de barbas canas cubiertos con pieles de lobo y petos de bronce grabado, representaban la severidad inquebrantable del norte.

​La tensión en la habitación era un veneno que quemaba la garganta con cada inhalación.

​—¡Es una monstruosidad jurídica, política y constitucional! —bramó el Canciller Mayor de Arendor, Lord Vane, golpeando la mesa con un legajo de pergaminos sellados—. La Ley de Sucesión de la Corona de Arendor es tajante en su artículo tercero: ningún monarca reinante puede contraer matrimonio con el soberano activo de una nación extranjera sin que el reino pase formalmente a ser un protectorado vasallo. ¡Arendor ha sido libre durante cuatrocientos años! ¡Jamás aceptaremos inclinarnos ante las leyes feudales de las montañas de Vaeloria!

​—¡Y Vaeloria no sufrirá la humillación de ver a su monarca legítimo rebajado al papel de un consorte florero en un reino de comerciantes sureños! —retumbó la voz de garganta de hierro del Senescal Mayor del Norte, Lord Kaelen, haciendo chocar su bastón de hierro contra las baldosas de mármol—. El Rey Erik Voronov es el comandante supremo de nuestras legiones y el primogénito de la sangre antigua. Su deber sagrado, dictado por los ancestros de la nieve, es gobernar desde el Palacio de Glaciares y engendrar la siguiente estirpe de herederos en nuestras montañas. Si el Rey no aborda el buque insignia mañana al despuntar el alba, el Consejo de Estado asumirá la regencia provisional por abandono del trono, declarará la vacancia y bloqueará comercialmente todos los puertos del sur.

​Un murmullo feroz estalló en ambos lados del salón. Los ministros de Arendor se pusieron de pie, gritando acusaciones de tiranía imperialista, mientras que los guerreros de Vaeloria desenvainaron parcialmente sus dagas ceremoniales en señal de desafío.

​—¡Nos están amenazando con una guerra encubierta! —gritó el Duque de Valen, del consejo de Arendor—. ¡No permitiremos que un rey extranjero dicte las leyes de nuestra reina!

​—¡Ustedes no dictan las leyes de Vaeloria! —respondió el Senescal Thorin del norte—. ¡Si la Reina Aria no puede dejar su trono, que abdique ella! ¿Por qué debería ser nuestro Rey quien sacrifique su imperio?

​Aria permanecía sentada en la cabecera de la mesa. La presión era tan sofocante que sintió cómo una película invisible de escarcha comenzaba a cristalizar el dobladillo de sus mangas. Miró a Erik. El rey del norte estaba de pie justo a su lado, erguido como un baluarte de piedra, pero la vena que palpitaba violentamente en su cuello revelaba la ira contenida que amenazaba con destruirlo por dentro.

​—¡Basta de este circo! —la voz de Erik cayó sobre la sala como un treno que acalló de golpe los gritos de los cancilleres. Sus ojos azul glaciar barrieron la mesa con un brillo peligroso—. No he recorrido mil millas marinas ni he dedicado diez años de mi vida a defender Vaeloria en el frente de batalla para que un puñado de viejos obsesionados con los mapas traten mi vida privada como una ficha en una mesa de juego.

​—¡Majestad! —protestó Lord Kaelen, arrugando el ceño de piel dura—. No se trata de su vida privada. Se trata de la sangre divina que fluye por sus venas. No puede regalar la corona de sus padres por un capricho sentimental.

​—¡No es un capricho sentimental! —intervino Aria, poniéndose de pie con una majestad que hizo enmudecer al Canciller Vane. Apoyó las palmas sobre la mesa, dejando ver una leve aureola de frío que emanaba de sus dedos—. El Rey Erik y yo estamos dispuestos a firmar pactos de no agresión, alianzas comerciales de arancel cero y tratados de defensa mutua. Pero no permitiremos que sus miedos arcaicos decidan sobre quién debe ocupar nuestro lecho ni quién debe gobernar nuestro corazón.

​—Un tratado no reemplaza a un monarca, Majestad —atacó Lord Vane con sorna—. Si no hay un acuerdo de vasallaje, la alianza es nula. Mañana el Rey Erik parte, o consideraremos su presencia aquí como una provocación hostil.

​El aire en la habitación se volvió mortalmente helado.

​Fue en ese instante desgarrador cuando el Príncipe Lian dio un paso al frente, interponiéndose entre su hermano y los senescales del norte.

​—¡Escuchen sus propias palabras y sientan vergüenza! —exclamó Lian. Su voz, habitualmente alegre y suave, sonó cargada de una autoridad imperial que hizo retroceder a los diplomáticos—. Erik ha entregado su juventud, su paz y su sangre por Vaeloria. Se puso una armadura a los catorce años mientras ustedes juzgaban leyes en salones calientes. ¿Y ahora pretenden condenarlo a una prisión sin amor porque no encaja en sus pergaminos podridos?

​—Príncipe Lian, respete a las canas del Consejo —advirtió Lord Kaelen.

​—¡Respeten ustedes al hombre que les dio un reino seguro! —replicó Lian con la barbilla erguida, los ojos encendidos en una furia azul transparente—. Si Erik decide quedarse en el sur, tiene mi bendición absoluta. Y si ustedes pretenden quitarle la corona... tendrán que quitármela a mí primero.

​Lyra se puso de pie inmediatamente al lado de Lian, encarando a los ministros de Arendor con una sonrisa desafiante.

​—Las leyes las escribieron hombres que llevan siglos bajo tierra —sentenció Lyra con fuego en las palabras—. Si Arendor y Vaeloria son demasiado cobardes para evolucionar y prefieren la guerra antes que ver la unión de dos reyes que se aman, entonces este Consejo no merece gobernar nada.

​Las cuatro jóvenes figuras reales permanecieron erguidas frente a la corte descolocada. Pero los ancianos cancilleres, heridos en su orgullo burocrático, se negaron a ceder. La sesión se dio por terminada sin acuerdo alguno, fijando el ultimátum irrestricto: al amanecer, las naves de Vaeloria zarparían, con o sin su Rey.

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