Un golpe familiar, una traición lleva a Maya Velini a la quiebra, literal casi a la calle. Pero un hombre más que peligroso le propone un trato. Un matrimonio, la Joven rica de apellido aristocrático lavaría la sangre de un mafioso salido de la nada. Dante Caruso
¿Quien gana? ¿Quien pierde?
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CAPÍTULO 21 FRENTE UNIDO
Maya se acercó a él. No a su lado, no frente a él. Se arrodilló en el suelo, junto al sillón, y se quedó mirando las brasas. El calor del fuego le acarició el rostro.
—¿Tú puedes dormir? —preguntó—. Después de… de lo que haces. ¿Puedes cerrar los ojos y descansar?
Dante tardó en responder. Tanto que Maya pensó que no iba a hacerlo.
—No —dijo al final, y su voz sonó diferente. Más joven. Más humana—. No puedo. Por eso estoy aquí. Por eso bebo. Por eso no apago nunca la luz.
Maya giró la cabeza hacia él. Su perfil, iluminado por las brasas, parecía esculpido en bronce. Pero había algo en sus ojos, en la forma en que parpadeaba, que delataba un cansancio infinito.
—Cuéntame —dijo Maya—. Cuéntame por qué eres así.
Dante la miró. Sus ojos grises, fríos, la examinaron como si estuviera evaluando si merecía la pena abrirse. Finalmente, suspiró.
—Crecí en casas de acogida —dijo, con una voz plana, sin emoción—. No las buenas, donde los niños tienen juguetes y cariño. Las malas. Donde los cuidadores te pegan porque sí, porque pueden, porque nadie les va a decir nada. Pasé por tres. En la primera, me rompieron dos dedos de la mano izquierda. En la segunda, me encerraban en el sótano cuando me portaba mal. En la tercera… en la tercera, el cuidador me tocaba.
Maya sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío.
—No tienes que seguir —susurró.
—Quiero —dijo Dante, y por primera vez, su voz se quebró—. Llevo años sin contarlo. A nadie. Ni a mis hombres, ni a mis socios, ni a las mujeres que han pasado por mi cama. Pero tú… tú eres mi esposa. Aunque no me quieras. Aunque sea un contrato. Tú eres la única persona que ha dormido bajo mi techo sin pedirme nada. Sin querer nada de mí. Solo… estar.
Maya sintió los ojos húmedos. Parpadeó para contener las lágrimas.
—¿Qué pasó con el cuidador? —preguntó.
Dante sonrió. Era una sonrisa amarga, torcida, la sonrisa de un hombre que había dejado de ser niño mucho antes de tiempo.
—Lo maté. Tenía catorce años. Lo esperé una noche con un cuchillo de cocina. No sabía usarlo. Le clavé once veces. No murió en el acto. Se arrastró hasta la puerta, dejando un rastro de sangre. Yo me quedé sentado en su cama, viéndolo, hasta que dejó de moverse.
El silencio fue absoluto. Incluso las brasas parecían haberse quedado calladas.
Maya no sabía qué decir. No había palabras para eso. No había consuelo para eso.
En lugar de hablar, hizo algo que ni ella misma esperaba.
Se levantó del suelo, se sentó en el brazo del sillón de Dante, y apoyó la cabeza en su hombro.
Dante se quedó rígido un momento. Su cuerpo, acostumbrado a la violencia, a la desconfianza, al ataque, no sabía cómo reaccionar ante un gesto de ternura. Pero poco a poco, se relajó. Levantó un brazo y lo rodeó los hombros de Maya.
—No soy una buena persona —dijo en voz baja, casi un susurro—. He hecho cosas horribles. Cosas que no puedo deshacer. Cosas que no quiero recordar. Pero contigo… contigo quiero ser mejor. No sé por qué. No sé si puedo. Pero quiero intentarlo.
Maya cerró los ojos.
—Todos tenemos monstruos dentro, Dante —dijo—. Los tuyos son más grandes que los míos, pero siguen siendo monstruos. Y los monstruos no se matan. Se aprenden a domar.
Dante no respondió. Pero su brazo se apretó un poco más alrededor de ella, y Maya sintió que, por primera vez desde aquel domingo maldito, no estaba sola.
El fuego se apagó del todo. Las brasas dejaron de brillar. La biblioteca quedó a oscuras.
Pero ellos siguieron sentados, abrazados, hasta que el sol asomó por las ventanas.
*_*
La mañana después del ataque, la mansión Carusso despertó con una calma extraña. Los hombres de Dante habían trabajado toda la noche. El cuerpo había desaparecido.
La sangre había sido fregada. Los intrusos capturados habían sido trasladados a un lugar que nadie mencionaba. El único rastro de lo ocurrido era la puerta de la habitación de Maya, todavía marcada por los golpes, y el silencio tenso que flotaba en el aire como un fantasma.
Maya bajó a desayunar más temprano de lo habitual. No había dormido bien, a pesar de haber pasado las últimas horas de la madrugada abrazada a Dante en la biblioteca.
Se había quedado dormida sobre su hombro, y él la había llevado en brazos hasta su habitación, depositándola en la cama con una suavidad que no encajaba con sus manos manchadas de sangre.
Cuando despertó, él ya no estaba. Solo una manta sobre su cuerpo y una nota en la mesita de noche: "Descansa. Estás a salvo."
La letra era firme, mayúscula, casi militar.
Maya guardó la nota en el bolsillo de su bata, sin saber muy bien por qué.
En el comedor, la mesa estaba puesta para tres. Elsa, con un moretón violáceo en la mejilla que ningún maquillaje podía ocultar, sirvió el café con su eficiencia habitual.
—El señor Carusso está en la biblioteca con su padre —dijo, respondiendo a la pregunta que Maya no había formulado—. Llevan más de una hora hablando.
Maya arqueó una ceja.
—¿Mi padre? ¿En la biblioteca? ¿Con Dante?
—Sí, señora. Y parece que no se están gritando.
Era lo más parecido a un chiste que Elsa había hecho nunca. Maya casi sonrió.
Dejó el café a un lado y fue hacia la biblioteca. La puerta estaba cerrada, pero no del todo. Desde el pasillo, alcanzaba a oír las voces de los dos hombres. No eran hostiles. Eran graves, pausadas, las voces de dos estrategas discutiendo un plan de batalla.
Maya empujó la puerta suavemente y entró.