El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.
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Capítulo 11
No supe qué contestar a eso, así que hice lo que llevaba días haciendo: cambiar de tema.
—Llévame a la casa. Estoy cansada.
—¿No quieres ir al cine? —Dante ya tenía el plan—. Estrenaron una.
—Con este frío y esas filas de gente, no. —Negué—. Prefiero llegar a acostarme.
—Entonces vemos algo en mi depto. Tengo una pantalla enorme. —Me miró de reojo—. Y está Nube.
Con eso me convenció. Que conste que fue por la gata. No por él. Por la gata.
Al menos eso me repetí mientras cruzaba, aunque una vocecita muy adentro se reía de mí.
Pasé primero a mi departamento, me bañé, me puse ropa cómoda —una sudadera vieja, unos pants, lo más lejos que hay de una cita— y me miré un momento en el espejo del baño mientras me secaba el pelo.
Cuarenta años. Ahí estaban, en las líneas finitas junto a los ojos, en el cansancio de veinte años que no se quita con una crema. Me acerqué. Me miré de verdad, como no me miraba desde hacía mucho. Y descubrí que no me veía mal. Que había una mujer ahí, entera, con la cara limpia y la mirada más despierta que en años.
"Para él eres una vieja. Cuando se le pase el capricho, va a ver arrugas donde hoy ve novedad."
Callé la voz y crucé el pasillo. En su sala, Dante ya había puesto cojines en el sillón y traía a Nube en el hueco del brazo.
—¿Qué vemos? —preguntó.
Agarré el control y busqué entre las opciones. Y por pura maldad, elegí una de terror. "Manicomio abandonado: lamentos en la noche", decía el título, con una monja de ojos huecos en la portada.
—Esa —dije.
Dante tragó saliva.
—¿No prefieres una de risa?
—¿Qué pasó? —Le sonreí—. ¿Le tienes miedo a los fantasmas, muchacho?
—Yo no le tengo miedo a nada. —Se enderezó, muy digno, y hasta se puso unos lentes de armazón negro que tenía por ahí, que le daban un aire de estudioso serio—. Ponla.
La puse.
Y mientras arrancaba, acomodó a Nube entre los dos.
—¿Estás contenta de que tu mamá te cargue? —le dijo a la gata, muy quitado de la pena.
—¿Su mamá?
—Pues sí. Tú eres su mamá y yo su papá. —Lo dijo como la cosa más natural del mundo, sin despegar los ojos de la gata—. Nos toca criarla juntos. Somos su madrina y su padrino, si prefieres. Aunque yo prefiero lo primero.
—Ay, Dante.
—¿Qué? Nube está de acuerdo. ¿Verdad, Nube?
Nube maulló, la muy traidora.
La película empezó. Y todo iba bien hasta que la cámara hizo un primer plano de la monja de los ojos huecos, con esa música que se te mete en los huesos.
Dante se abalanzó sobre mí.
—¡Qué miedo! —dijo, y me abrazó por detrás, escondiendo la cara en mi cuello, con la barbilla apoyada en mi hombro.
—Tú no le tenías miedo a nada.
—Es para protegerte a ti. —Su voz me hizo cosquillas en la oreja—. No te muevas.
No me moví. Lo dejé un rato, con su barbilla en mi cuello y su respiración tibia bajándome por la clavícula, y una parte de mí, la que no quería reconocerlo, se sintió más segura ahí que en veinte años de cama matrimonial.
Qué cosa. Que la seguridad no viniera del dinero ni del apellido ni del papel firmado, sino de unos brazos que te rodean sin pedirte nada. Rodrigo dormía dándome la espalda desde hacía años. Este muchacho me abrazaba con el pretexto tonto de una monja de película, y yo, que ya no creía en esas cosas, sentía el corazón latirme distinto.
Cuando ya fue mucho, puse pausa.
—Ya, suéltame, valiente.
Nube empezó a maullar de hambre. Fui por el biberón, le calenté la leche especial para gatos que Dante había comprado, y la senté en mi regazo para dársela. La gatita chupaba con los ojitos cerrados, las patas amasando el aire, confiada, entregada, como solo se entregan los que no conocen el miedo todavía.
Los tres ahí, en esa sala, con la película en pausa y la lámpara baja. Un muchacho, una mujer, una gata. Y por un momento, uno de esos momentos que una guarda sin saber que los va a guardar, se me ocurrió que aquello se parecía peligrosamente a una familia. A la que nunca tuve. A la que dejé de esperar.
"No te hagas ilusiones. Esto no es tuyo. Nada de esto es tuyo."
Dante nos miraba. A las dos. Con una cara que no le había visto antes.
—Eres la mujer más hermosa que he conocido en mis veintidós años —dijo, muy bajo, muy en serio.
No contesté. Bajé la vista a la gata para que no me viera la cara.
A la mañana siguiente, el ritual de siempre: Dante esperándome abajo con el desayuno, envolviéndome en su calor, llevándome en el frío a la universidad, prometiendo pasar por mí en la tarde. Me estaba acostumbrando. Y acostumbrarse era peligroso.
Porque el acostumbramiento es una trampa dulce. Una empieza dejando que le abran la puerta del coche, y termina sin saber vivir sin que se la abran. Yo lo había vivido al revés con Rodrigo: me acostumbré a que no me abrieran ninguna puerta, y así aguanté veinte años. No podía darme el lujo de acostumbrarme ahora a lo contrario, a los tamales calientes y a la bufanda, con un muchacho que en cualquier momento seguiría su camino.
Me lo repetí toda la mañana, entre clase y clase. No te acostumbres, Beatriz. No te acostumbres.
Pero la tarde no salió como el resto.
Iba saliendo de mi última clase cuando sonó el teléfono. Un número que no tenía guardado.
—¿La señora Beatriz Nava? —Una voz de mujer, formal—. Le hablo de la Oficialía del Registro Civil, por su trámite de divorcio voluntario.
—Sí, dígame.
—Quería avisarle que el señor Rodrigo Beltrán se presentó esta mañana y retiró su consentimiento. —Una pausa—. Como el divorcio voluntario requiere la voluntad de ambas partes, sin su firma el trámite no puede continuar. Se cae, señora. Lo siento.
Se me heló la sangre.
—¿Cómo que se cae? —dije—. Ya habíamos firmado el convenio. Ya casi estaba…
—El divorcio voluntario es de mutuo acuerdo, señora. Si una de las partes retira su consentimiento antes de que quede firme, no hay nada que hacer por esa vía. Tendría usted que buscar otro camino, uno que no dependa de la voluntad de él. Le conviene asesorarse con un abogado. Que tenga buena tarde.
Colgó.
Me quedé con el teléfono pegado a la oreja aunque ya no había nadie del otro lado. Otro camino. Un abogado. Más tiempo, más trámites, más dinero que no tenía. Rodrigo lo sabía. Sabía exactamente dónde apretar para tenerme atrapada.
Me quedé parada en la puerta de la universidad, con el teléfono en la mano y el viento pegándome en la cara, sin entender.
Marqué a Rodrigo. Contestó al primer tono, como si me estuviera esperando. Como si llevara todo el día sentado junto al teléfono, saboreando por adelantado el momento de oírme desesperar.
—¿Retiraste el consentimiento? —dije, esforzándome por no darle el gusto de temblar—. ¿Por qué?
—Me arrepentí. —Su voz sonaba tranquila. Disfrutando—. Ya no quiero divorciarme.
—Rodrigo…
—No pienso firmar. Nunca. —Y ahí, en cada palabra, el rencor de un hombre humillado—. Te voy a tener atada a mí toda la vida, Beatriz. Aunque no me quieras. Aunque me odies. Vas a seguir siendo mi esposa hasta que te mueras.
El teléfono se me quedó helado en la mano.
Y del otro lado, antes de colgar, lo escuché reír.
—Me arrepentí —repitió—. No pienso divorciarme… nunca.