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Deseada por mi esposo y su enemigo

Deseada por mi esposo y su enemigo

Status: Terminada
Genre:Poli amor / Triángulo amoroso / Romance oscuro / Harén Inverso / Ella Mayor Que Él / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Bella



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Capítulo 3

Capítulo 3: Resulta que Jenny está casada

Renata puso la llave en esa palma abierta antes de terminar de pensarlo, y para el jueves Lucas ya tenía las dos copias del estudio y su propia tarjeta de acceso, aunque no llevara ni una semana del mes de prueba.

Se ganó cada centímetro. Llegaba temprano, hacía el café, corregía tramas ajenas sin que se lo pidieran y tenía un ojo para la historia que a Renata la desarmaba. Esa mañana revisaban juntos el guion de la serie nueva, el que debía darles el segundo título para pelear el ranking. Lucas leyó las últimas páginas con el ceño apenas fruncido y dejó el fólder sobre la mesa con delicadeza.

—Es correcta —dijo—. Pero es sosa. El tono va muy plano, no tiene filo. La gente no llora con lo correcto. —Se recargó, jugando con el lápiz entre los dedos—. Le metería una línea social. Y un tema tabú, de esos que la plataforma odia y los lectores devoran. Hermanos que se pelean a la misma mujer. O un padre y un hijo. Algo que arda.

A Renata se le tensó la espalda sin saber bien por qué.

—Es fuerte —dijo con cuidado.

—Es humano. —Lucas ladeó la cabeza y su sonrisa se afiló apenas—. Soy lector fiel de webcómics para mujeres, ¿sabes? Fan de los buenos. Y de "Obsesión" soy fan de hueso colorado. —Bajó la voz, casual, letal—. El protagonista de "Obsesión"… se siente muy real. Como si tuviera modelo. Y ahora, en la serie nueva, este personaje, "Bastián", pesa muchísimo, tiene un carácter idéntico. —La miró a los ojos—. ¿Tiene modelo, Jenny? ¿Alguien de carne y hueso?

El estudio se quedó sin aire. Renata sintió el rubor treparle desde el cuello y luchó por no delatarse. "Bastián". El nombre le raspó. Nadie, nunca, había señalado tan cerca el secreto que ni Ximena conocía: que dibujaba a su esposo cada vez que dibujaba a un hombre imposible de alcanzar.

No se enojó. Al contrario. Se sorprendió a sí misma diciendo:

—¿Sabes qué? Reescríbelo tú. Todo el guion. —Empujó el fólder hacia él—. Si tienes tan buen ojo, demuéstralo. Regalías treinta para el estudio, setenta para ti.

Lucas parpadeó, y por una fracción de segundo la sonrisa de sol se apagó y dejó ver otra cosa —cálculo, gozo, algo hambriento— antes de encenderse otra vez.

—Trato hecho, reina —dijo, y tomó el fólder como quien toma algo que ya era suyo.

Al anochecer, Ximena echó el pasador directo al salir —para eso Lucas ya tenía llaves— y bajaron los tres al portal. Llovía finito.

—Yo vivo a diez minutos a pie —dijo Lucas, subiéndose el cuello de la chamarra—. Me voy caminando.

—Nosotras a la casa de Renata. —Ximena abrió el paraguas y, sin filtro, soltó—: El marido de la jefa anda de viaje, así que me voy a quedar con ella a hacerle compañía. No la vamos a dejar sola en ese caserón, ¿verdad?

Renata le dio un codazo. Lucas, bajo la llovizna, se quedó muy quieto un instante. Luego sonrió.

—Con razón. —Lo dijo suave, casi para sí—. Así que Jenny ya está casada.

No sonó a sorpresa. Sonó a confirmación, como cuando alguien tacha el último punto de una lista que traía escrita desde antes.

—¿Qué? —preguntó Renata, que no lo había oído bien por el ruido de la lluvia.

—Nada, reina. —Lucas alzó la cara y la sonrisa volvió, redonda, tibia, de sol—. Que descansen. Cuídate mucho en tu casota, ¿eh? No te me pongas triste sola.

Pero para cuando Renata alzó la vista, él ya se despedía con la mano y se alejaba entre los charcos, la espalda recta, sin prisa, como si la lluvia no lo tocara. Ximena suspiró viéndolo irse.

—Ese muchacho —murmuró— o es un pan de Dios, o es un problema con patas. Y no sé cuál me da más miedo.

En la mansión de Lomas, Renata y Ximena descorcharon el vino tinto y se despatarraron en el sillón enorme de la sala vacía.

—A ver —dijo Ximena, ya en la segunda copa, con esa franqueza que solo daban el vino y ocho años de amistad—. Dos años casada. Cuartos separados. ¿No será que tu marido ya está grande para eso? ¿O de plano es gay?

—No es gay. —Renata resopló y le dio un trago largo—. Me consta que funciona. Simplemente no… conmigo. Es como vivir con un témpano educadísimo. Me abre la puerta del coche, me manda flores en mi cumpleaños por medio de la asistente, y no me ha tocado en meses. —Se rió sin ganas—. ¿Sabes qué es lo peor? Que anoche bajé yo. Yo. Con todo y camisón. Y me dijo que obedeciera y me fuera a dormir.

—No manches. —Ximena se enderezó, indignada—. ¿Eso te dijo? ¿"Obedece"?

—Eso me dijo.

—Amiga, con todo respeto: ese hombre no te merece ni el saludo. —Ximena le rellenó la copa hasta el borde—. Tú eres talentosa, eres guapa, tienes tu estudio. No naciste para calentarle la cama a un iceberg que ni te voltea a ver.

—Ay, amiga. —Ximena le acarició el pelo—. Hay mucho pez en el mar. No te abandones tú por él. —Luego, más seria, señalándola con la copa—: Pero óyeme bien una cosa. El amor no te asegura la vejez. El dinero sí. Tú aguanta lista, pase lo que pase.

Renata iba a reírse cuando la puerta principal se abrió.

Sebastián entró con la gabardina mojada y la maleta a un lado. Volvía casi un mes antes de lo previsto; el asunto de Singapur, supo ella después, se había resuelto solo.

—Se resolvió antes —dijo, como si esa fuera saludo suficiente. Sus ojos pasaron por la botella, por Ximena, por el rubor del vino en las mejillas de su esposa, sin detenerse—. Buenas noches, Ximena.

—Licenciado. —Ximena se enderezó, medio muerta de risa contenida.

—Descansen. —Y Sebastián subió la escalera hacia su despacho del segundo piso, cortés, glacial, dejando tras de sí un rastro de lluvia y cedro.

Arriba, cerró la puerta del despacho y se quitó la gabardina. Fue entonces cuando lo vio: sobre el escritorio, junto a sus papeles, un vaso de leche tibia que él no había servido. Aún humeaba. Una espiral fina de vapor subía en el aire quieto del cuarto.

Sebastián se detuvo. Nadie del servicio entraba a su despacho de noche. Miró el vaso un largo momento, la mandíbula apretada, y algo cauteloso le cruzó la cara. Luego sacó el celular y marcó.

—Volviste al país. —No era pregunta—. Por tu cuenta. Fui a Florencia por el viaje y encontré tu departamento vacío.

Del otro lado, la voz de Lucas llegó relajada, con una sonrisa que se oía.

—Tío. Qué gusto que se acuerde de mí.

—No me digas tío. —El tono de Sebastián podría haber cortado vidrio—. ¿Cuatro años de carrera y ya te graduaste? Qué milagro.

—Prodigio, dicen. —Una risa breve—. Adelantado.

—Cena conmigo mañana. Hay que celebrar el título. —Sebastián se pasó dos dedos por el puente de la nariz—. Y hablamos de por qué regresaste sin avisar.

—Me encanta. —Pausa. Y luego, con una inocencia tan bien fabricada que era casi arte—: Oiga, tío. ¿No me va a presentar a la persona con la que se casó hace dos años? Tengo curiosidad. Nunca la he visto.

El silencio se estiró. Abajo, se oía la risa lejana de Renata y Ximena, ajena a todo.

—No. —La voz de Sebastián bajó un grado más, dura como una losa—. A ella no la vas a conocer. No tienes por qué verla.

Colgó antes de que Lucas contestara. Y en su departamento a diez minutos del Estudio Ocote, con la lluvia rayando el ventanal, Lucas bajó el teléfono muy despacio, sin dejar de sonreír, mirando la ciudad encendida como quien ya conoce el final de una historia que los demás apenas empiezan a leer.

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yeshua
Hola, es primera vez que leo algo así de bueno, seguiré leyendo cuando pueda/Smile//Smile//Applaud//Applaud/
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