Dante Valderrama lo tenía todo bajo control: su club de carreras, su lengua afilada y un corazón blindado contra cualquiera que intentara acercarse. Hasta que una noche, su peor enemigo de la prepa apareció en su puerta empapado de lluvia, sin un centavo y con la sonrisa más descarada del mundo.
Sebastián Montero estaba en la ruina. O eso decía.
"Te voy a mantener", le dijo Dante con una tarjeta negra en la mano y veneno en la voz. "Pero si me estorbas, te echo a la calle."
Lo que Dante no sabía era que el hombre al que le daba mesada llevaba años soñando con volver a estar a su lado. Lo que tampoco sabía era que Sebastián jamás estuvo quebrado.
Entre secretos de familia que apestan a sangre, una madre cuya muerte nadie investigó, y un hombre que lo mira como si fuera lo único real en su vida... Dante va a tener que decidir: ¿confiar duele más que amar, o es exactamente lo mismo?
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Capítulo 15
Cap 15: Firma y mudanza
Dante dejó caer las llaves sobre la mesa del desayuno como quien tira una moneda al piso.
—Toma. Para que no me estés jodiendo cada vez que quieras salir.
Sebastián levantó las llaves con dos dedos. Eran del Lamborghini plateado.
—¿Me estás prestando tu carro?
—Te estoy dando permiso de usarlo. Hay diferencia. —Dante se sirvió café sin mirarlo—. Si le haces un rayón, te lo descuento del contrato.
Sebastián guardó las llaves en el bolsillo de su pantalón con naturalidad, como si recibir las llaves de un auto de varios millones fuera cosa de todos los días.
—Gracias.
—No me agradezcas. Me hartas esperándote.
Cuando Sebastián salió de la cocina, Dante sacó el celular y marcó a Héctor. Le contestó al segundo timbrazo.
—Dime que no firmaste todavía —fue lo primero que dijo Héctor.
—Buenos días a ti también.
—Dante.
—Todavía no. Por eso te llamo. —Dante bajó la voz aunque estaba solo—. Su precio... ¿vale la pena?
Se escuchó el tecleo rápido de Héctor al otro lado de la línea. Siempre tenía todo a la mano.
—Sebastián Montero. Mientras estudiaba la carrera, participó en tres proyectos de desarrollo inmobiliario. Los tres superaron las ocho cifras antes de que se graduara. —Héctor hizo una pausa—. Su precio no solo vale la pena. Es bajo.
Dante frunció el ceño.
—¿Bajo?
—Sospechosamente bajo. Para alguien con su perfil, debería estar cobrando el doble o el triple. Y eso sin contar el otro asunto.
—¿Qué otro asunto?
—Tierra. —Héctor pronunció la palabra con el peso que merecía—. Su madre, Doña Lucía, fue hija única de un magnate agrícola. El abuelo le dejó extensiones enormes de terreno. Estamos hablando de miles de hectáreas. Si Sebastián hereda aunque sea una fracción de eso, no necesita trabajar para nadie en su vida.
Dante se quedó callado un momento.
—Entonces ¿por qué está aquí?
—Eso es exactamente lo que deberías preguntarte. —Héctor no suavizó el tono—. Te está dando un trato especial, Dante. La pregunta es por qué.
Dante colgó sin despedirse. Se quedó mirando la taza de café que ya se había enfriado.
"¿Por qué?"
Era la misma pregunta que llevaba semanas haciéndose.
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El café se llamaba La Molienda y estaba en una calle lateral del centro, lejos de las rutas que Dante frecuentaba. Sebastián llegó primero, se sentó en la mesa del fondo y pidió un americano.
Felipe Rojas llegó cinco minutos después, con un portafolio bajo el brazo y el cabello perfectamente peinado hacia atrás. Tenía cuarenta y dos años, traje gris sin corbata, y la expresión controlada de alguien que ha trabajado décadas en bienes raíces.
—Buenos días, señor Montero.
—Felipe. Siéntate.
Felipe abrió el portafolio antes de que el mesero terminara de poner su café en la mesa. Sacó tres carpetas con pestañas de colores.
—Tengo tres opciones de local. La primera es un edificio en la zona industrial, doscientos metros cuadrados, precio accesible. La segunda está en el corredor financiero, cuarto piso, vista al bulevar. La tercera... —Felipe separó la última carpeta— es la propiedad frente al mar. Mil doscientos metros cuadrados, dos niveles, estacionamiento privado. Es la más cara por mucho.
Sebastián no tocó las dos primeras carpetas. Abrió la tercera, revisó las fotos del inmueble, el plano arquitectónico y la cotización. Tardó menos de un minuto.
—Cómpralo. Pero no registres nada todavía.
Felipe asintió y guardó las carpetas sin cuestionar la decisión.
Así era trabajar con Sebastián Montero.
Felipe recordaba perfectamente el día que le ofrecieron el puesto. Había sido director de operaciones en una constructora mediana durante quince años. Cuando le dijeron que su nuevo jefe tenía veintitrés años, casi se rio en la cara del reclutador. ¿Un mocoso recién salido de la universidad? Aceptó solo porque el salario era absurdo y pensaba renunciar en tres meses.
No renunció.
Al cabo de un año, Felipe había llegado a una conclusión que nunca le dijo a nadie: Sebastián Montero era la persona más inteligente con la que había trabajado en su vida. No por su conocimiento técnico, que era impresionante, sino por algo más difícil de definir. Veía cosas que otros no veían. Tomaba decisiones en segundos que a juntas directivas les costaba semanas. Y nunca, en todo ese año, lo vio equivocarse en algo importante.
—¿Algo más? —preguntó Felipe.
—Por ahora no. Te aviso cuando activemos el registro.
Sebastián dejó un billete en la mesa y se levantó. Felipe se quedó terminando su café. Desde la ventana vio a Sebastián cruzar la calle con las manos en los bolsillos, llegar al estacionamiento de enfrente y subirse a un Lamborghini plateado.
Felipe parpadeó.
Sabía que Sebastián estaba viviendo en casa de alguien. Sabía que oficialmente no tenía ingresos visibles. Y ahora lo veía arrancar un auto que costaba más que algunos departamentos.
"¿Quién eres realmente, Sebastián Montero?"
El Lamborghini desapareció por la avenida. Felipe terminó su café despacio, guardó las carpetas y salió del local sin decir nada.
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Dante estaba recostado en su cama, revisando por tercera vez las cláusulas del contrato que había firmado esa mañana. Cada vez que llegaba a la cláusula de los honorarios, le daba un tic en la ceja.
"Compra impulsiva. Esto fue una maldita compra impulsiva."
Aunque Héctor le había confirmado que el precio era bajo, ver los números en papel seguía doliéndole en un lugar profundo del alma.
La puerta se abrió sin que nadie tocara.
Sebastián entró cargando una almohada bajo un brazo y una bolsa de tela con ropa en el otro.
Dante se incorporó de golpe.
—¿Qué haces?
—Me mudo. —Sebastián dejó la almohada sobre el lado vacío de la cama con total normalidad—. Condición número dos. Misma habitación.
—No.
—Ya firmaste.
—Firmé un contrato de trabajo, no una invitación a dormir en mi cama.
Sebastián dejó la bolsa en el piso y se giró hacia él. No estaba sonriendo, pero había algo en sus ojos que Dante ya conocía. Esa calma peligrosa que precedía a las peores frases.
—Puedo hacer que valga la pena.
—¿Perdón?
Sebastián dio un paso hacia adelante. Luego otro.
—Te ayudo a que pases otra buena noche. —Su voz bajó medio tono—. Como agradecimiento por el cuarto.
Antes de que Dante pudiera responder, Sebastián se puso de rodillas frente a él. Una rodilla en el suelo, la otra flexionada, las manos apoyadas a los lados de las piernas de Dante sobre el borde de la cama.
El cerebro de Dante se detuvo durante dos segundos completos.
—¡¿Qué carajos estás haciendo?! —Le agarró los hombros con ambas manos y lo detuvo antes de que se acercara más—. ¡Levántate, idiota!
Sebastián levantó la mirada. Desde ese ángulo, con la luz de la lámpara cayéndole de lado, sus ojos parecían más claros de lo normal.
—Entonces ¿puedo quedarme?
Dante lo soltó como si quemara. Se echó hacia atrás en la cama hasta que su espalda tocó la cabecera.
—Te quedas en tu lado. No me tocas. No me hablas después de las once. Y si roncas, te saco a patadas.
—No ronco.
—Eso ya lo veremos.
Sebastián se levantó del suelo, alisó sus pantalones con las manos y se sentó en su lado de la cama como si acabaran de negociar el alquiler de un local y no como si hubiera estado arrodillado entre las piernas de otro hombre treinta segundos antes.
Dante apagó la luz con más fuerza de la necesaria.
El silencio llenó la habitación. Dante se acostó de espaldas, con los ojos clavados en el techo. A su lado, sentía el peso de Sebastián en el colchón, la leve depresión que hacía su cuerpo del otro lado.
No iba a poder dormir. Era imposible.
Se durmió en quince minutos.
Sebastián esperó diez minutos más. Cuando la respiración de Dante se volvió lenta y profunda, se giró sobre su costado. La luz de la luna entraba por la rendija de la cortina y le dibujaba una línea plateada en el perfil.
Sebastián se inclinó despacio. Posó los labios sobre la punta de la nariz de Dante. Apenas un roce. Menos que un beso. Más que un accidente.
Se retiró y volvió a su posición.
Dante no se movió.
Pero diez segundos después, una mano cruzó la oscuridad y le agarró la nariz con fuerza. Le pellizcó el tabique sin ninguna piedad.
—¡Mmfh...! —Sebastián se retorció.
—Soñé que un perro me lamía la cara —dijo Dante sin abrir los ojos, con la voz ronca del que supuestamente está dormido.
Le soltó la nariz. Se dio la vuelta hacia el otro lado y no dijo nada más.
Sebastián se sobó la nariz en silencio. No protestó.
Pasaron veinte minutos. La respiración de Dante se hizo pesada de nuevo, esta vez de verdad. Sus hombros se relajaron y su mano quedó abierta sobre la almohada.
Sebastián lo miró en la oscuridad. El perfil duro. La mandíbula tensa incluso dormido. La boca que siempre estaba insultando, ahora entreabierta y en silencio.
Se acercó una última vez. No a su rostro. A su oído.
Susurró algo.
Dante no se movió. No lo escuchó. Dormía profundamente.
Sebastián se recostó sobre su almohada y cerró los ojos.
Lo que dijo se quedó suspendido en la oscuridad del cuarto, sin testigos.