Durante siete años, Amelia Ferrer creyó que estaba construyendo un matrimonio y un futuro junto a Esteban Llorente. Renunció a sus propios sueños para convertir la empresa familiar de su esposo en un imperio, convencida de que algún día ambos compartirían el éxito que habían levantado juntos.
Todo cambia cuando descubre que Esteban y su madre llevan meses preparando un divorcio cuidadosamente planificado. No solo pretenden separarse de ella: quieren borrar cualquier rastro de su trabajo, apropiarse de sus aportes y dejarla sin un solo derecho sobre la empresa que ayudó a crear.
Amelia firma el divorcio sin discutir. Lo que nadie imagina es que una antigua sociedad fundada por su padre conserva, sin que ella lo sepa, derechos sobre uno de los activos más valiosos del Grupo Llorente.
Ese descubrimiento llama la atención de Gael Santoro, heredero de uno de los conglomerados empresariales más poderosos del país.
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Capítulo 5: El consejo
El automóvil de Gael avanzaba con fluidez entre el tráfico del distrito financiero. Amelia permanecía en silencio, observando por la ventana cómo los edificios de cristal se reflejaban unos sobre otros. Todavía sentía el peso de la llamada de Esteban y el impacto de haber visto su propio rostro en los titulares digitales apenas minutos después de firmar.
Gael no intentó llenar el silencio con palabras innecesarias. Solo cuando el vehículo se detuvo frente a la entrada privada de la Torre Santoro, habló:
—El consejo no es un grupo fácil. Algunos llevan años esperando una razón para cuestionar mi control.
Amelia giró el rostro hacia él.
—¿Y un matrimonio sorpresa no es precisamente esa razón?
—Depende de cómo lo manejemos.
Ella asintió una sola vez. No había espacio para nerviosismo. Había sobrevivido siete años a la familia Llorente; no iba a dejarse intimidar por un consejo de accionistas.
Gabriel los esperaba en el vestíbulo privado. Apenas los vio, se adelantó con discreción.
—El consejo ya está reunido. La noticia llegó antes que ustedes.
Gael no mostró sorpresa.
—Perfecto. Así nos ahorramos las introducciones.
Amelia lo siguió hasta el ascensor. Mientras las puertas se cerraban, notó que Gael ajustaba ligeramente el puño de su camisa. Era el único gesto que delataba que la situación también le importaba.
La sala del consejo ocupaba casi todo el piso cuarenta. Grandes ventanales, una mesa de madera oscura y doce personas ya sentadas. Las conversaciones se interrumpieron en el instante en que entraron.
Amelia sintió todas las miradas sobre ella. Algunas curiosas. Otras abiertamente evaluadoras. Una mujer de cabello plateado y expresión severa, sentada a la derecha de la cabecera, fue la primera en hablar.
—Gael. Qué inesperado.
—Maternal —respondió él con tono neutro—. Veo que la información viaja rápido.
Amelia comprendió de inmediato que se trataba de la madre de Gael. Catalina Santoro. Una mujer que, según los rumores del sector, había mantenido el control del conglomerado durante años después de la muerte de su esposo.
Catalina dirigió la mirada hacia Amelia con una precisión casi quirúrgica.
—Señora… Ferrer, ¿verdad?
—Santoro —corrigió Amelia con voz clara—. Desde esta mañana.
Un leve murmullo recorrió la mesa.
Gael se acercó a la cabecera y tiró ligeramente de la silla a su derecha para que Amelia se sentara. El gesto no pasó desapercibido. En el Grupo Llorente, Esteban nunca había hecho algo similar en público.
Cuando ambos estuvieron sentados, Gael habló sin rodeos:
—Sé que todos han visto las noticias. No voy a perder tiempo ofreciendo explicaciones sentimentales que no les interesan. Amelia y yo nos casamos esta mañana. El matrimonio es legal, válido y cumple con las condiciones del fideicomiso de mi abuelo.
Un hombre de mediana edad, con traje gris y expresión calculadora, se adelantó:
—El fideicomiso exige un matrimonio real, Gael. No una solución improvisada para conservar el control.
—El matrimonio es real ante la ley —respondió Gael—. Eso es lo único que el documento exige.
Catalina apoyó los dedos sobre la mesa.
—Y, sin embargo, la prensa ya lo presenta como un movimiento estratégico contra el Grupo Llorente. ¿Es eso lo que es?
Amelia sintió que la pregunta iba dirigida tanto a ella como a Gael. Decidió responder antes de que él lo hiciera.
—Si el Grupo Llorente se siente amenazado por mi matrimonio, eso dice más de ellos que de nosotros.
Varios consejeros giraron la cabeza hacia ella. Catalina la observó con renovado interés.
—Habla usted con mucha seguridad para alguien que acaba de salir de un divorcio.
—Hablo con la seguridad de quien ya no tiene nada que perder —respondió Amelia—. Y con la de alguien que está dispuesta a recuperar lo que le pertenece.
Gael no intervino. La dejó continuar.
Un consejero más joven levantó la mano ligeramente.
—¿Se refiere al Proyecto Legado?
El nombre cayó sobre la mesa como una piedra.
Amelia mantuvo la expresión serena, aunque por dentro notó que el aire se había vuelto más denso.
—Me refiero a cualquier activo que mi padre dejó y que alguien intentó ocultar.
Catalina inclinó apenas la cabeza.
—Interesante. Entonces este matrimonio no es solo por el fideicomiso.
Gael intervino finalmente:
—Este matrimonio protege los intereses del Grupo Santoro y, al mismo tiempo, permite a Amelia investigar lo que le corresponde por derecho. No hay contradicción.
Un silencio pesado se instaló en la sala. Finalmente, el hombre del traje gris habló de nuevo:
—Necesitaremos ver el contrato matrimonial y las cláusulas relacionadas con el fideicomiso.
—Por supuesto —dijo Gael—. Gabriel ya preparó las copias.
Mientras se distribuían los documentos, Amelia percibió que Catalina no dejaba de observarla. No con hostilidad abierta, sino con la atención de quien evalúa una pieza nueva en el tablero.
Cuando la reunión terminó, casi una hora después, varios consejeros se acercaron a Gael para hablar en privado. Amelia se mantuvo a un lado, revisando discretamente su teléfono. Había tres llamadas perdidas de Esteban y un mensaje de Clara:
Están diciendo en la oficina que Victoria está furiosa. Cuidado.
Amelia guardó el teléfono justo cuando Catalina se acercó.
—Camine conmigo un momento —dijo la mujer.
No era una petición.
Amelia la siguió hasta el extremo de la sala, junto a los ventanales. Catalina habló en voz baja:
—Mi hijo no suele tomar decisiones impulsivas. Usted debe de tener algo que él necesita.
—O él tiene algo que yo necesito —respondió Amelia—. A veces las alianzas funcionan en ambas direcciones.
Catalina la estudió unos segundos más.
—El Proyecto Legado no es un simple activo. Hay gente que lleva años esperando que alguien cometiera el error de tocarlo.
—¿Gente dentro de esta empresa o fuera?
Catalina esbozó una sonrisa fría.
—Ambas.
Antes de que Amelia pudiera preguntar más, Gael se acercó.
—Madre. ¿Todo bien?
—Perfectamente —respondió Catalina—. Solo daba la bienvenida a tu esposa.
La palabra “esposa” sonó deliberadamente pesada.
Cuando Catalina se alejó, Gael miró a Amelia.
—¿Qué te dijo?
—Que el Proyecto Legado es más peligroso de lo que parece.
Gael no negó nada.
—Lo sé.
Salieron de la sala juntos. En el ascensor, Amelia habló sin mirarlo:
—Tu madre no confía en mí.
—Mi madre no confía en nadie. Incluyéndome.
El ascensor se detuvo en el piso treinta y dos. Al salir, Gabriel los esperaba con el rostro tenso.
—Hay un problema.
Gael se detuvo.
—¿Qué tipo de problema?
—Acaban de notificar que el Grupo Llorente presentó esta mañana una solicitud formal de revisión de activos vinculados a Ferrer Desarrollo Estratégico. Argumentan que existe un conflicto de intereses por el matrimonio.
Amelia sintió que el estómago se le contraía.
Gael miró a Gabriel.
—¿A qué hora la presentaron?
—Hace menos de una hora. Casi al mismo tiempo en que salían de la notaría.
Amelia comprendió de inmediato.
No había sido una reacción improvisada.
Alguien dentro del Grupo Llorente sabía que ella iba a casarse con Gael antes de que la noticia se filtrara.
O, peor aún, alguien había acelerado los planes precisamente porque el matrimonio se adelantó.
Gael guardó silencio unos segundos. Luego miró a Amelia.
—Parece que la partida ya empezó.
Ella sostuvo su mirada.
—Entonces no pensemos en defendernos.
—¿Qué propones?
Amelia guardó el teléfono en su bolso con calma.
—Propongo atacar primero.
Gael la observó un instante. Después asintió una sola vez.
—Bienvenida al Grupo Santoro, señora Santoro.
Amelia no sonrió.
Por primera vez desde que había firmado el divorcio, sintió que el miedo comenzaba a transformarse en algo mucho más útil.