El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.
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Capítulo 1
Cap 1: La boda perfecta
La iglesia olía a gardenias y a mentiras.
Me miré en el espejo del vestidor nupcial, ajustando los pliegues de mi vestido rojo. Sí, rojo. Cuando le dije a Sebastián que quería un vestido de novia rojo, casi le da un infarto. «Rojo no es un color de novia, Alegra», me dijo, como si tuviera idea de algo más allá de sus propias mentiras. Pero yo insistí y, como siempre, él terminó cediendo. El vestido me quedaba como un guante: corte sirena, quinientas veinte piedras cosidas a mano, cola de dos metros. Me costó una fortuna de mi propio bolsillo. Mejor dicho, le costó una fortuna a él, aunque todavía no lo sabía.
Las damas de honor revoloteaban por el vestidor: retocando arreglos, contestando llamadas, sacándose fotos para InstaVida. Ninguna me prestaba demasiada atención. Mejor.
Porque sobre el tocador, junto a su corbata de repuesto, descansaba el celular de Sebastián.
Se lo había dejado aquí hace media hora cuando vino a decirme que estaba «arreglando unos detalles con el padre». Mentira. Lo vi cruzar el jardín en dirección al estacionamiento, donde lo esperaba un auto blanco que yo conocía demasiado bien.
No debería haber tocado su teléfono. Tres años a su lado me habían enseñado a no revisar, a no preguntar, a no dudar. Tres años siendo la novia perfecta, la farmacéutica brillante que le regaló todas sus fórmulas, la mujer que renunció a su apellido para demostrarle al mundo que lo amaba a él y no a la fortuna de su familia.
Pero hoy era el día de mi boda. Y algo en la forma en que me besó esta mañana, rápido, sin mirarme a los ojos, me hizo extender la mano.
La pantalla se desbloqueó con su fecha de cumpleaños. Nunca la cambió.
Lo primero que vi fue un chat con un corazón rojo como foto de contacto. El nombre: Paz.
Deslicé el dedo.
Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que las damas de honor lo escucharían al otro lado del vestidor. Pero nadie entró. Nadie preguntó. Afuera sonaba una cumbia suave, cortesía de los primos de Sebastián que siempre tenían que animar cualquier reunión, y las risas de los invitados que ya empezaban a tomar champaña en el jardín.
Dentro de este cuarto, mi mundo se desmoronaba en silencio.
Las fotos aparecieron primero. Paz Blanco, recostada sobre una cama de hotel, usando nada más que la camisa de Sebastián. La misma camisa azul que yo le regalé en su último cumpleaños.
Los mensajes eran peores.
«Mi amor, no puedo esperar a que termine esta farsa. Tú y yo sabemos quién es la verdadera».
«Paciencia, mi vida. Después de la boda, todo cambia. Necesito sus fórmulas y el contrato con Hospital Corazón. Después me encargo de lo demás».
Y luego, un mensaje de ella:
«Sebas, ayer fui al médico. Tenemos que hablar».
Adjunta, una foto. Un ultrasonido. Fecha: hace tres semanas.
Sentí el frío subir desde los pies hasta la garganta. No era tristeza, ya no. Era algo mucho más afilado. Algo que se parecía a la claridad.
Tres años. Tres años de mi vida entregados a este hombre.
Me acordé de la primera noche que dormí en su departamento, un estudio de cuarenta metros cuadrados en La Ribera con goteras en el baño. Yo tenía veintitrés años, un doctorado en farmacología y acceso a la fortuna de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia. Pero elegí irme con él. Elegí ser «Alegra», a secas, sin el Valdés. Porque quería que me amara a mí, no a mi apellido.
Qué tonta.
Le diseñé la primera fórmula de Laboratorios Aurora en la mesa de su cocina, con un vaso de americano sin azúcar y tres horas de sueño. Cuando el laboratorio necesitó inversión, saqué el dinero de mis propios ahorros. Cuando su madre Rosalía necesitó un restaurante, fui yo quien financió el local, el menú, la campaña publicitaria. Y cuando su hermana Gracia me llamaba «la sirvienta de mi hermano» a mis espaldas, yo me tragaba la rabia porque Sebastián me decía: «No le hagas caso, es una niña todavía».
Una niña. Gracia tenía veinticinco años y un vocabulario de insultos que haría sonrojar a un marinero.
Y durante todo ese tiempo, mientras yo trabajaba catorce horas al día para que su empresa existiera, él le compraba anillos de diamante a otra. Le dedicaba noches de hotel. Le hacía un hijo.
«Necesito sus fórmulas», decía el mensaje. No «la amo pero también la necesito». No «es complicado». Solo: necesito sus fórmulas. Yo era un recurso. Un instrumento con fecha de vencimiento.
Y Paz Blanco, esa chica que Sebastián me presentó como «una amiga de la infancia, no te preocupes», llevaba su hijo en el vientre. Mientras yo le preparaba la cena después de catorce horas en el laboratorio, él estaba en un hotel con ella. Mientras yo negociaba el contrato con Hospital Corazón para salvar su empresa de la quiebra, él le prometía un futuro sin mí.
Me pregunté cuánto tiempo llevaba esto. Los mensajes más viejos eran de hace ocho meses. Ocho meses. Más de la mitad de nuestro último año juntos.
Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. No iba a llorar. No aquí. No por él. Nunca más por él.
Miré el reloj del vestidor. Quedaban diez minutos.
Mis dedos se movieron solos. Seleccioné todas las conversaciones, todas las fotos, el ultrasonido, los recibos de hotel, los mensajes donde él le prometía a Paz que «después de la boda, todo cambia». Me lo envié todo a mi correo personal. Después borré el historial de reenvío y dejé el celular exactamente donde estaba, con la pantalla hacia abajo.
Respiré hondo. En el espejo, una mujer de veintiséis años me devolvía la mirada. Maquillaje intacto. Ni una lágrima. Ni una sola.
«Alegra Valdés», pensé. «Llevas tres años haciendo el papel de tu vida. ¿Qué son unas horas más?»
Algo se acomodó dentro de mí. Como una pieza de rompecabezas que cae en su lugar después de años de estar forzándola en el hueco equivocado. No era rabia. No todavía. Era decisión.
Saqué mi propio teléfono y marqué un número que no había usado en mucho tiempo.
—Fermín.
La voz al otro lado respondió al instante, como si hubiera estado esperando esta llamada durante tres años.
—Diga, señorita.
—Necesito que prepares algo. Hay una pantalla grande detrás del altar, la que iba a mostrar las fotos de nuestra historia. ¿Puedes conectar mi correo al proyector y tener listo un control remoto?
Silencio breve. Fermín, el mayordomo que me crió desde niña, nunca necesitaba que le explicaran las cosas dos veces.
—Estará listo en cinco minutos, señorita. ¿Algo más?
—Sí. Llama a mis hermanos. A los tres. Diles que vengan a la iglesia. Que traigan los autos buenos.
Otro silencio. Más largo.
—Con mucho gusto, señorita. —Una pausa, y luego, con la voz un poco más gruesa de lo normal—: Ya era hora.
Colgué. Y por primera vez en tres años, sentí que podía respirar.
Alguien tocó la puerta. Era Mariana, la dama de honor.
—Alegra, tu padre está aquí. Dice que es hora.
Mi padre. Ricardo Valdés, director ejecutivo de Grupo Valdés, el hombre cuya sola firma movía mercados. Había aceptado caminar conmigo al altar a pesar de que nunca le gustó Sebastián. «Si te hace feliz, hija», me dijo cuando le conté que quería casarme con un don nadie. Y yo, ciega de amor, lo tomé como bendición.
Salí del vestidor y ahí estaba él, impecable en su traje gris oscuro, con esa sonrisa contenida que yo conocía tan bien.
—Estás hermosa, Alegra.
—Gracias, papá.
Me ofreció el brazo. Caminamos por el pasillo lateral de la iglesia, hacia las puertas dobles que nos separaban de trescientos invitados, arreglos florales que costaron más que un departamento, y un novio que planeaba robarme hasta la última fórmula antes de tirarme a la basura.
A través de las puertas entreabiertas, alcancé a ver el interior. El murmullo de las conversaciones. El destello de las joyas bajo la luz de los vitrales. Las flores blancas que Rosalía insistió en elegir aunque yo quería orquídeas. Y al fondo, de pie junto al altar, Sebastián Girón: traje negro, corbata gris, sonrisa de telenovela. Guapo como siempre. Podrido como siempre.
Junto a él, su padrino le daba palmadas en la espalda. Los amigos de la universidad levantaban los pulgares. Todo el mundo celebrando al gran Sebastián Girón, el joven emprendedor farmacéutico que estaba a punto de casarse con la mujer que le construyó su imperio pieza por pieza.
Ninguno de ellos sabía que el novio le había hecho un hijo a otra.
—¿Estás segura? —me preguntó Ricardo en voz baja, como si presintiera algo.
Lo miré.
En mi bolsillo, el control remoto pesaba como una promesa.
—Nunca estuve más segura en mi vida.
Las puertas se abrieron de par en par. Trescientas cabezas giraron. La marcha nupcial comenzó.
Y mientras caminaba hacia el altar, con una sonrisa suave y los ojos secos, un solo pensamiento me ocupaba la mente:
«Sebastián Girón, querías esta boda. Pues te voy a dar una que nunca vas a olvidar».
Continuará...