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Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Cancelé la boda y mi ex acabó en la ruina

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Venganza / Juego de roles / Completas
Popularitas:191.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

El día de su boda, Alegra Valdés descubre que Sebastián Girón, el hombre por quien renunció a su apellido y a su fortuna, lleva meses engañándola.
Pero Alegra no piensa llorar frente al altar.
Delante de todos los invitados, revela la traición, cancela la boda y recupera la identidad que había ocultado: no es una mujer sin recursos, sino la verdadera heredera de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia y una brillante investigadora farmacéutica.
Mientras Sebastián pierde su prestigio, su empresa y todo aquello que creyó tener asegurado, Alegra vuelve a empezar. Entonces aparece Damián Montero, su frío e insoportable director, con una propuesta inesperada: un matrimonio por conveniencia.
Lo que ella no sabe es que Damián lleva diez años protegiéndola en silencio.
Entre secretos familiares, conspiraciones científicas, enemigos dispuestos a destruirlos y un contrato que empieza a parecerse demasiado al amor, Alegra tendrá que decidir si está preparada para confiar de nuevo… esta vez en el hombre que nunca dejó de elegirla.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 1

Cap 1: La boda perfecta

La iglesia olía a gardenias y a mentiras.

Me miré en el espejo del vestidor nupcial, ajustando los pliegues de mi vestido rojo. Sí, rojo. Cuando le dije a Sebastián que quería un vestido de novia rojo, casi le da un infarto. «Rojo no es un color de novia, Alegra», me dijo, como si tuviera idea de algo más allá de sus propias mentiras. Pero yo insistí y, como siempre, él terminó cediendo. El vestido me quedaba como un guante: corte sirena, quinientas veinte piedras cosidas a mano, cola de dos metros. Me costó una fortuna de mi propio bolsillo. Mejor dicho, le costó una fortuna a él, aunque todavía no lo sabía.

Las damas de honor revoloteaban por el vestidor: retocando arreglos, contestando llamadas, sacándose fotos para InstaVida. Ninguna me prestaba demasiada atención. Mejor.

Porque sobre el tocador, junto a su corbata de repuesto, descansaba el celular de Sebastián.

Se lo había dejado aquí hace media hora cuando vino a decirme que estaba «arreglando unos detalles con el padre». Mentira. Lo vi cruzar el jardín en dirección al estacionamiento, donde lo esperaba un auto blanco que yo conocía demasiado bien.

No debería haber tocado su teléfono. Tres años a su lado me habían enseñado a no revisar, a no preguntar, a no dudar. Tres años siendo la novia perfecta, la farmacéutica brillante que le regaló todas sus fórmulas, la mujer que renunció a su apellido para demostrarle al mundo que lo amaba a él y no a la fortuna de su familia.

Pero hoy era el día de mi boda. Y algo en la forma en que me besó esta mañana, rápido, sin mirarme a los ojos, me hizo extender la mano.

La pantalla se desbloqueó con su fecha de cumpleaños. Nunca la cambió.

Lo primero que vi fue un chat con un corazón rojo como foto de contacto. El nombre: Paz.

Deslicé el dedo.

Mi corazón latía tan fuerte que estaba segura de que las damas de honor lo escucharían al otro lado del vestidor. Pero nadie entró. Nadie preguntó. Afuera sonaba una cumbia suave, cortesía de los primos de Sebastián que siempre tenían que animar cualquier reunión, y las risas de los invitados que ya empezaban a tomar champaña en el jardín.

Dentro de este cuarto, mi mundo se desmoronaba en silencio.

Las fotos aparecieron primero. Paz Blanco, recostada sobre una cama de hotel, usando nada más que la camisa de Sebastián. La misma camisa azul que yo le regalé en su último cumpleaños.

Los mensajes eran peores.

«Mi amor, no puedo esperar a que termine esta farsa. Tú y yo sabemos quién es la verdadera».

«Paciencia, mi vida. Después de la boda, todo cambia. Necesito sus fórmulas y el contrato con Hospital Corazón. Después me encargo de lo demás».

Y luego, un mensaje de ella:

«Sebas, ayer fui al médico. Tenemos que hablar».

Adjunta, una foto. Un ultrasonido. Fecha: hace tres semanas.

Sentí el frío subir desde los pies hasta la garganta. No era tristeza, ya no. Era algo mucho más afilado. Algo que se parecía a la claridad.

Tres años. Tres años de mi vida entregados a este hombre.

Me acordé de la primera noche que dormí en su departamento, un estudio de cuarenta metros cuadrados en La Ribera con goteras en el baño. Yo tenía veintitrés años, un doctorado en farmacología y acceso a la fortuna de una de las familias más poderosas de Santa Aurelia. Pero elegí irme con él. Elegí ser «Alegra», a secas, sin el Valdés. Porque quería que me amara a mí, no a mi apellido.

Qué tonta.

Le diseñé la primera fórmula de Laboratorios Aurora en la mesa de su cocina, con un vaso de americano sin azúcar y tres horas de sueño. Cuando el laboratorio necesitó inversión, saqué el dinero de mis propios ahorros. Cuando su madre Rosalía necesitó un restaurante, fui yo quien financió el local, el menú, la campaña publicitaria. Y cuando su hermana Gracia me llamaba «la sirvienta de mi hermano» a mis espaldas, yo me tragaba la rabia porque Sebastián me decía: «No le hagas caso, es una niña todavía».

Una niña. Gracia tenía veinticinco años y un vocabulario de insultos que haría sonrojar a un marinero.

Y durante todo ese tiempo, mientras yo trabajaba catorce horas al día para que su empresa existiera, él le compraba anillos de diamante a otra. Le dedicaba noches de hotel. Le hacía un hijo.

«Necesito sus fórmulas», decía el mensaje. No «la amo pero también la necesito». No «es complicado». Solo: necesito sus fórmulas. Yo era un recurso. Un instrumento con fecha de vencimiento.

Y Paz Blanco, esa chica que Sebastián me presentó como «una amiga de la infancia, no te preocupes», llevaba su hijo en el vientre. Mientras yo le preparaba la cena después de catorce horas en el laboratorio, él estaba en un hotel con ella. Mientras yo negociaba el contrato con Hospital Corazón para salvar su empresa de la quiebra, él le prometía un futuro sin mí.

Me pregunté cuánto tiempo llevaba esto. Los mensajes más viejos eran de hace ocho meses. Ocho meses. Más de la mitad de nuestro último año juntos.

Apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. No iba a llorar. No aquí. No por él. Nunca más por él.

Miré el reloj del vestidor. Quedaban diez minutos.

Mis dedos se movieron solos. Seleccioné todas las conversaciones, todas las fotos, el ultrasonido, los recibos de hotel, los mensajes donde él le prometía a Paz que «después de la boda, todo cambia». Me lo envié todo a mi correo personal. Después borré el historial de reenvío y dejé el celular exactamente donde estaba, con la pantalla hacia abajo.

Respiré hondo. En el espejo, una mujer de veintiséis años me devolvía la mirada. Maquillaje intacto. Ni una lágrima. Ni una sola.

«Alegra Valdés», pensé. «Llevas tres años haciendo el papel de tu vida. ¿Qué son unas horas más?»

Algo se acomodó dentro de mí. Como una pieza de rompecabezas que cae en su lugar después de años de estar forzándola en el hueco equivocado. No era rabia. No todavía. Era decisión.

Saqué mi propio teléfono y marqué un número que no había usado en mucho tiempo.

—Fermín.

La voz al otro lado respondió al instante, como si hubiera estado esperando esta llamada durante tres años.

—Diga, señorita.

—Necesito que prepares algo. Hay una pantalla grande detrás del altar, la que iba a mostrar las fotos de nuestra historia. ¿Puedes conectar mi correo al proyector y tener listo un control remoto?

Silencio breve. Fermín, el mayordomo que me crió desde niña, nunca necesitaba que le explicaran las cosas dos veces.

—Estará listo en cinco minutos, señorita. ¿Algo más?

—Sí. Llama a mis hermanos. A los tres. Diles que vengan a la iglesia. Que traigan los autos buenos.

Otro silencio. Más largo.

—Con mucho gusto, señorita. —Una pausa, y luego, con la voz un poco más gruesa de lo normal—: Ya era hora.

Colgué. Y por primera vez en tres años, sentí que podía respirar.

Alguien tocó la puerta. Era Mariana, la dama de honor.

—Alegra, tu padre está aquí. Dice que es hora.

Mi padre. Ricardo Valdés, director ejecutivo de Grupo Valdés, el hombre cuya sola firma movía mercados. Había aceptado caminar conmigo al altar a pesar de que nunca le gustó Sebastián. «Si te hace feliz, hija», me dijo cuando le conté que quería casarme con un don nadie. Y yo, ciega de amor, lo tomé como bendición.

Salí del vestidor y ahí estaba él, impecable en su traje gris oscuro, con esa sonrisa contenida que yo conocía tan bien.

—Estás hermosa, Alegra.

—Gracias, papá.

Me ofreció el brazo. Caminamos por el pasillo lateral de la iglesia, hacia las puertas dobles que nos separaban de trescientos invitados, arreglos florales que costaron más que un departamento, y un novio que planeaba robarme hasta la última fórmula antes de tirarme a la basura.

A través de las puertas entreabiertas, alcancé a ver el interior. El murmullo de las conversaciones. El destello de las joyas bajo la luz de los vitrales. Las flores blancas que Rosalía insistió en elegir aunque yo quería orquídeas. Y al fondo, de pie junto al altar, Sebastián Girón: traje negro, corbata gris, sonrisa de telenovela. Guapo como siempre. Podrido como siempre.

Junto a él, su padrino le daba palmadas en la espalda. Los amigos de la universidad levantaban los pulgares. Todo el mundo celebrando al gran Sebastián Girón, el joven emprendedor farmacéutico que estaba a punto de casarse con la mujer que le construyó su imperio pieza por pieza.

Ninguno de ellos sabía que el novio le había hecho un hijo a otra.

—¿Estás segura? —me preguntó Ricardo en voz baja, como si presintiera algo.

Lo miré.

En mi bolsillo, el control remoto pesaba como una promesa.

—Nunca estuve más segura en mi vida.

Las puertas se abrieron de par en par. Trescientas cabezas giraron. La marcha nupcial comenzó.

Y mientras caminaba hacia el altar, con una sonrisa suave y los ojos secos, un solo pensamiento me ocupaba la mente:

«Sebastián Girón, querías esta boda. Pues te voy a dar una que nunca vas a olvidar».

Continuará...

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Maigualida Ramirez
se están enterando de que es un hdp
Luz Mary Ramirez Duarte
Es una historia interesante, sin embargo parece escrita por varias personas que no siguen un hilo conductor. Los personajes inician con una historia, una profesión, una edad y después... ES COMO SI LA.METIERAN EN UNA CAJA LA MEZCLARAN y todo una confusión los científicos se vuelven abogados, los hijos únicos aparecen con hermanos, los hermanos se vuelven primos, las edades cambian de un capitulo a otro.
Aveces me pregunte que se fumaba la escritora de capitulo en capitulo...porque las pérdidas que se pego son barbaras
..
Mila
ay no! otra vez cambiando la trama de los personajes de científico a abogado , o sea vas cambiando las edades y oficios de los personajes de acuerdo a lo que presente la historia
Mila
También le quitaste la mamá a Damian escritora, que le hiciste a Paloma la eliminarte como eliminarte el cuarto de invitados del apartamento de Damian y lo hiciste dormir en el estudio
Mariana Romano
Wooooooiw excelente. 👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼👏🏼. Buenísimo claro con sus detalles, pero simplemente buenísimo. Felicidades escritora 👍🏼😉
Lucy Ralo
me cambia muchas cosas y me confunde
Edith Valenzuela
Genial, muy interesante está historia, ahora que lo hunda a él y familia
Mariana Romano
Ohhhhh sigamos leyendo con que lo que fue al principio ya jajaja
Mariana Romano
Está re buena 👍🏼pese a ciertos detallitos jajajaja
Luz Mary Ramirez Duarte
🤣🤣🤣 esta novela es una locura🤣🤣🤣 ahora Rubi la hija de la amante (celina) que empezó como adulta y ahora es una niña sobrina de Alegra, hija de Rodrigo🤣🤣🤣
Luz Mary Ramirez Duarte
Buenas la historia, sin embargo parece escrita por varios autores que NO siguen el hilo de la trama... Rubi la hija ilegítima empezó teniendo 17 años y asistía a colegio, unos capítulos después tenía 23 años, estudiaba
enfermería y trabajaba en un hospital. cuando termina el divorcio de la sr Valdes , Rubi tenía 8 años y la sra Valdes literal la adoptó.... La sra Valdes en un capítulo cumplió 53 años y dos más adelante tenía 63 y 30 de matrimonio, Nunca supe si Celina fue amante de Ricardo Valdes 12 0 20 años.... Damián hay mi Damián de ser un científico farmacéutico genio que creo el instituto de investigación más destacado e impprtante paso desde el capitulo 100 hacer un prominente abogado que trabajaba en en bufete.... y Gabriel que realmente no se si es el hermano de alegra que estudiaba medicina unas veces era empresario, otras ingeniero y en el capítulo 115 parece que es investigador farmaceutico ahora es el director del centro de investigación que creó Damián.
IMPORTANTE QUE LOS DIFERENTES AUTORES SE PONGAN DE ACUERDO.☺️
Porque de esta manera pierden credibilidad
Kathita Anfecris Cortes
Buuu ahora el papá está muerto, muy buena historia pero muchos cambios eso la va arruinando, en fin ya queda poco
Mariana Romano
Mmmmm rubí no tenia 23 años ???? Digo nomas es pregunta jajajajaja👍🏼. Me gusta la verdad
Marisol Grillo
escribis muy bien preo se te estan mezclando las profesiones. las edades y los momentos . es capítulos anteriores demian fue a buenos aires teniendo 33 años a una conferencia. en este capítulo ya esta diciendo q fue cuando tenia 19.
Marisol Grillo
q paso ahora es abogado demian
Marisol Grillo
como rubi paso de ser enfermera de 23 años a una niña de 8 año, y como paso demian de tener una mana q cerro un ala de la casa xq su marido la abandono a estar fallecida. no se sigue el hilo de la historia
Kathita Anfecris Cortes
De viva a muerta y de muerta a viva, pero aun es interesante la novela
Kathita Anfecris Cortes
Muy buena historia pero con mucha incoherencia ya sea en edades de los personajes y nombres, de científico bajo a abogado 🤭🤭
Isabel Brondino
Larga como esperanza de un pobre nace con uno y pasa la. vida rsperando y no termina😂😂😂
Isabel Brondino
Me canse de leer casi todo repetido no narran bien la historia los personajes estan muertos despues estan vivos ,cansadora 😂
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