Un escritor exitoso transforma el destino de una mujer marcada por cicatrices.
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Capítulo 2
La mansión De Santis estaba en completo silencio.
En el despacho del segundo piso, una enorme ventana dejaba entrar la luz grisácea de la tarde. La lluvia golpeaba el cristal con insistencia, creando un sonido constante que, en cualquier otro momento, habría resultado relajante.
Para Rocco, era todo lo contrario.
Llevaba casi tres horas sentado frente a su escritorio.
Tres horas mirando la misma página.
En la pantalla de su computadora solo había unas cuantas líneas.
El primer capítulo de su nuevo libro.
Y ni siquiera estaba terminado.
Rocco se pasó una mano por el cabello, frustrado.
Había escrito cientos de páginas a lo largo de su carrera. Había creado historias capaces de mantener a millones de lectores despiertos hasta la madrugada. Sus libros habían sido traducidos a varios idiomas y algunas incluso habían llegado a la pantalla grande.
Pero ahora no podía escribir ni una página.
Luca estaba sentado en uno de los sillones del despacho, observándolo desde hacía varios minutos.
—¿Cuántas palabras llevas? —preguntó finalmente.
Rocco ni siquiera levantó la mirada.
—No quiero saberlo.
Luca soltó una carcajada.
—Eso significa que son pocas.
—Llevo tres páginas.
—¿Tres?
Rocco lo fulminó con la mirada.
—¿Quieres ayudarme o quieres burlarte?
—Ambas cosas pueden hacerse al mismo tiempo.
Rocco cerró los ojos y se recostó contra el respaldo de la silla.
—No sé qué me pasa.
Luca se inclinó hacia delante.
—Te falta inspiración.
—Tengo inspiración.
—Entonces te falta algo más.
—¿Qué?
Luca sonrió de lado.
—Una mujer.
Rocco abrió los ojos lentamente.
—No empieces.
—Te hace falta una mujer.
—Luca...
—Una mujer que te distraiga, que te haga salir de esta casa, que te recuerde que existe vida más allá de tus personajes.
Rocco negó con la cabeza.
—Ya sabes que no creo en eso del sexo sin compromiso.
—Precisamente.
Luca levantó las manos.
—No dije que te consiguieras una mujer para acostarte con ella y olvidarla al día siguiente.
Rocco volvió a mirar la pantalla.
—No estoy interesado.
—¿Cómo aguantas?
—¿Aguantar qué?
—Tú mismo. —Luca hizo un gesto señalándolo—. Llevas toda tu vida viviendo como un monje.
Rocco soltó una pequeña risa.
—Estoy ocupado.
—No. Estás obsesionado con tu trabajo.
—Mi trabajo paga tus facturas.
—Y también las tuyas.
—Entonces deja de quejarte.
Luca negó con la cabeza, divertido.
—Ya sé que crees en el amor y todo ese rollo, pero tienes treinta y tres años, Rocco.
Rocco giró lentamente la silla hacia él.
—¿Y?
—¿Y? —repitió Luca—. ¿Cuánto tiempo piensas esperar?
—Lo que sea necesario.
—¿Hasta encontrar a la mujer perfecta para mi?
—Hasta encontrar a la mujer que realmente quiera compartir su vida conmigo.
Luca lo observó durante unos segundos.
—Sabes que eso suena terriblemente romántico viniendo de un hombre que escribe historias de amor.
Rocco sonrió apenas.
—Tal vez porque sé exactamente lo que quiero.
—O tal vez porque eres demasiado complicado.
—Tú suenas a mi madre.
Luca soltó una carcajada.
—¡Isabella tiene razón!
—No la metas en esto.
—Ella me preguntó la semana pasada si estabas saliendo con alguien.
Rocco frunció el ceño.
—¿Y qué le dijiste?
—La verdad.
—¿Qué verdad?
—Que eres un caso perdido.
Rocco tomó una hoja de papel del escritorio y se la lanzó.
Luca la atrapó en el aire.
—Violento —bromeó.
—Lárgate.
—No hasta que escribas algo.
Rocco miró nuevamente la pantalla.
El cursor continuaba parpadeando.
Una línea.
Otra.
Nada.
Luca se levantó del sillón y se acercó al escritorio.
—Quizá necesitas dejar de pensar tanto.
—¿Y cómo se supone que hago eso?
—No lo sé. Para eso eres el escritor.
Rocco soltó un suspiro.
—Gracias por tu brillante consejo.
—De nada.
Luca caminó hacia la puerta, pero antes de salir se giró.
—Y recuerda que... las mejores historias no siempre se planean.
Rocco lo miró en silencio.
Luca sonrió.
—A veces simplemente aparecen.
Y salió del despacho.
Rocco volvió a mirar la pantalla.
El cursor seguía parpadeando.
Sin embargo, aquella última frase de Luca se quedó rondando en su cabeza.
Las mejores historias no siempre se planean.
A veces simplemente aparecen.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Horas después ...
La lluvia comenzó de repente.
Primero fueron unas cuantas gotas golpeando el techo de la vieja casa. Después, en cuestión de minutos, el cielo pareció desplomarse sobre la ciudad.
Gianna permanecía sentada en el borde de su cama, con la mochila escondida a sus pies y el corazón latiéndole con tanta fuerza que temía que alguien pudiera escucharlo.
Había esperado durante horas.
Su madre había seguido bebiendo hasta quedar completamente perdida en el alcohol. Pedro, después de otra ronda de insultos, había entrado al baño para ducharse.
Era el momento.
Gianna se levantó.
Tomó su mochila y la colgó sobre un hombro.
Antes de abrir la puerta, miró por última vez aquella pequeña habitación.
No había recuerdos felices que llevarse.
Solo miedo.
Abrió lentamente.
El pasillo estaba vacío.
Desde la sala llegaban los ronquidos de Hortencia.
Gianna contuvo la respiración.
Pasó junto a ella.
Llegó hasta la puerta principal.
Sus dedos temblaron al tomar el picaporte.
Abrió la puerta.
Y salió.
La lluvia la golpeó de inmediato.
En cuestión de segundos estaba completamente empapada.
Corrió sin saber hacia dónde.
Corrió sin mirar atrás.
Sus lágrimas se mezclaban con la lluvia mientras atravesaba las calles oscuras con la mochila apretada contra el cuerpo.
No sabía qué haría.
Apenas había terminado el instituto. No tenía una carrera, no tenía un trabajo y prácticamente no tenía dinero.
Durante los últimos meses había conseguido reunir unas cuantas monedas ayudando a algunas señoras del vecindario a cargar sus bolsas cuando regresaban del mercado.
Su madre también la mandaba constantemente a hacer mandados.
Era poco.
Pero Gianna había guardado cada moneda que podía.
Ahora aquel pequeño ahorro era todo lo que tenía.
—¿Qué voy a hacer? —murmuró entre sollozos.
No obtuvo respuesta.
Solo el sonido de la lluvia.
Continuó caminando hasta que sus piernas comenzaron a dolerle.
Finalmente se detuvo cerca de una gasolinera.
Se escondió detrás de una estructura de concreto y observó el lugar.
Había varios vehículos entrando y saliendo.
Las luces de la gasolinera iluminaban parcialmente la calle.
Gianna se estremeció.
No podía quedarse allí.
Si Pedro descubría que había escapado, seguramente saldría a buscarla.
Entonces vio un camión estacionado a pocos metros.
Era un vehículo de carga grande, con la parte trasera cerrada.
Un hombre estaba dentro de la gasolinera pagando algo mientras otro empleado terminaba de revisar unos documentos.
Gianna observó el camión.
Después miró hacia la carretera.
No tenía otra opción.
Se acercó con cautela.
El corazón le golpeaba el pecho.
Esperó hasta que nadie estuviera mirando y rodeó el vehículo por la parte trasera.
Había una pequeña puerta lateral que no estaba completamente asegurada.
Gianna la abrió apenas lo suficiente para poder entrar.
El interior estaba oscuro.
Había cajas apiladas hasta casi el techo.
....