Un vals, un rumor y un compromiso que nadie supo desmentir.
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Capítulo 8: El último día del falso compromiso
Beatrice Montclair despertó con una certeza profundamente irritante: aquel era el día en que debía terminar su falso compromiso con Lord Nathaniel Ashford.
La frase, por sí sola, era absurda. No se podía terminar algo que no existía. Era como despedir a un fantasma, cancelar una boda imaginaria o devolver un sombrero que ya se había comprometido por cuenta propia.
Y, sin embargo, allí estaba ella, sentada frente al tocador, mirando sus guantes como si fueran a ofrecerle una estrategia.
No lo hicieron.
Los guantes, como casi todas las cosas elegantes, resultaron inútiles en momentos de crisis.
Clara dejó el vestido sobre la cama.
—¿Desea alguna cinta, señorita?
Beatrice miró las opciones sobre el tocador: una color crema, una azul pálida y una verde oscura, sencilla, sin brillo excesivo ni adornos que intentaran llamar la atención.
La verde parecía casi inocente.
Eso la volvió sospechosa.
—La verde —dijo al fin.
Clara levantó apenas las cejas.
—¿La verde, señorita?
—No repita el color como si hubiera aceptado una propuesta matrimonial.
—No era mi intención.
—Lo pensó.
—Sí, señorita.
Beatrice tomó la cinta entre los dedos. Era suave, discreta y peligrosamente fácil de justificar.
—Es solo una cinta.
—Por supuesto.
—No significa nada.
Clara guardó silencio.
Beatrice la miró.
—Ese silencio tiene opiniones.
—Sí, señorita.
Lady Agatha apareció en la puerta.
—La verde te queda bien.
—Tía.
—No he dicho que signifique algo.
—Lo pensó.
—Naturalmente.
Beatrice miró la cinta otra vez.
Ese día iba a terminar un falso compromiso. O a decidir que no quería terminarlo del todo. No podía controlar lo que Valdoria dijera. No podía controlar lo que Lady Harcourt escribiera. No podía controlar si Nathaniel Ashford la miraba con esa forma irritante de entender demasiado.
Pero podía elegir una cinta.
Una cosa pequeña.
Una decisión suya.
No era una promesa.
Era menos que eso y, por lo mismo, más peligroso: una elección pequeña, completamente suya.
—La usaré —dijo.
Clara sonrió apenas.
—Sí, señorita.
—Y si alguien pregunta, combina con el vestido.
Lady Agatha la observó.
—¿Y si Lord Ashford la nota?
Beatrice sintió que la cinta pesaba más entre sus dedos.
—Lord Ashford nota los cambios de humor en una cucharilla. Eso no prueba nada.
—Por supuesto.
—No diga “por supuesto” con voz de capítulo futuro.
La reunión se celebraría en casa de los Ashford.
A Beatrice aquello le pareció injusto. Si uno debía terminar un falso compromiso, lo apropiado habría sido hacerlo en un lugar neutral: una biblioteca sin testigos, un jardín abandonado o, idealmente, una isla.
Pero Lady Ashford había ofrecido su salón con tanta delicadeza que rechazarlo habría parecido una declaración de guerra. Lady Agatha aceptó con la misma delicadeza, lo cual significaba que ambas mujeres ya habían planeado la mitad de la tarde antes de informar a los afectados.
—Recuerda —dijo Lady Agatha en el carruaje—, no estamos allí para discutir.
—Qué pena. Había calentado.
—Estamos allí para permitir que el rumor muera de forma respetable.
—Los rumores no mueren de forma respetable. Se desploman borrachos en esquinas sociales y luego resucitan durante la cena.
Lady Agatha la miró.
—No digas eso en casa de los Ashford.
—No pensaba hacerlo.
—Tampoco menciones la apuesta.
Beatrice apretó la mandíbula.
—No pensaba hacerlo.
—Ni los spaniels.
—Eso sí era tentador.
—Beatrice.
—Muy bien. No apuestas, no spaniels, no sombreros comprometidos, no cinturas malinterpretadas y no comentarios sobre caballeros que parecen muebles caros.
Lady Agatha cerró los ojos un instante.
—Gracias.
—Estoy siendo heroica.
—Estás siendo apenas manejable.
—Acepto el cumplido.
Cuando llegaron a la casa Ashford, Beatrice sintió una presión extraña en el pecho.
No era miedo.
No exactamente.
Era algo peor: anticipación.
Nathaniel estaba en el salón cuando entraron. De pie junto a la chimenea, correcto como siempre, con la expresión de hombre que había decidido mantener el mundo en orden, aunque el mundo insistiera en producir a Sebastián Ashford.
Lady Ashford se encontraba sentada cerca del té. Sebastián, naturalmente, estaba junto a una mesa lateral, probablemente evaluando qué objeto podría usar como comentario si la conversación decaía.
Nathaniel levantó la vista.
Sus ojos fueron primero al rostro de Beatrice.
Luego, brevemente, a su cabello.
A la cinta verde.
La vio.
Naturalmente.
No dijo nada.
Eso fue casi peor que si lo hubiera hecho.
—Señorita Montclair —dijo.
—Lord Ashford.
—Lady Agatha.
—Lord Ashford.
Sebastián inclinó la cabeza hacia Beatrice.
—Señorita Montclair. Veo que ha venido con una elección cromática audaz. ¿Debo felicitar a la cinta o esperar a que sea presentada oficialmente?
Beatrice lo miró.
—Señor Ashford, si continúa hablando, comprometeré mi abanico con su garganta.
Lady Ashford dejó la taza con demasiada calma.
—Sebastián.
—Madre, solo observo la moda.
—Observa en silencio.
—Una crueldad.
—Una necesidad.
Beatrice sintió que una risa le rozaba la garganta, pero la contuvo. No había venido a reír. Había venido a terminar algo que no existía y que, por desgracia, había empezado a sentirse como si quizá pudiera existir.
Lady Ashford indicó los asientos.
—Gracias por venir. Creo que todos sabemos por qué estamos aquí.
—Para enterrar un rumor —dijo Beatrice.
Sebastián levantó una mano.
—¿Habrá ceremonia?
Nathaniel lo miró.
—No.
—Qué familia tan poco imaginativa.
Lady Agatha se sentó con la espalda recta.
—Lo importante es acordar cómo proceder. La situación ha durado lo suficiente.
Beatrice miró sus manos.
Lo suficiente.
Era cierto.
El rumor había sido una molestia pública, una amenaza para su reputación, una excusa para apuestas, visitas formales, miradas, cartas y demasiados pastelillos emocionales.
Había durado lo suficiente.
Entonces, ¿por qué le molestaba esa frase?
Lady Ashford habló con suavidad.
—Podemos dejar claro, en la próxima velada, que no existe compromiso entre Lord Ashford y la señorita Montclair. Sin dramatismo. Sin explicaciones excesivas.
—Sin sillas ni anuncios —añadió Lady Agatha, mirando a Beatrice.
—Yo no iba a subirme a una silla.
Sebastián pareció decepcionado.
—Qué lástima.
—Aunque ahora que lo menciona, podría ser eficaz.
—Beatrice.
—No lo haré. Probablemente.
Nathaniel no había dicho nada.
Beatrice lo notó.
No quería notarlo, pero allí estaba, sentado frente a ella, demasiado sereno, demasiado correcto, demasiado silencioso. El Nathaniel de las frases exactas y las cartas cuidadosas parecía haber decidido que ese era su momento para no empujar.
Y eso, naturalmente, la enfadó un poco.
—Lord Ashford está muy callado —dijo ella.
Todos lo miraron.
Nathaniel sostuvo la mirada de Beatrice.
—No quería hablar antes que usted.
La frase cayó con suavidad.
Así eran las frases peligrosas de Nathaniel. No entraban como un golpe. Entraban como una mano ofrecida.
Beatrice sintió que Lady Agatha la observaba. Lady Ashford también. Sebastián fingió interesarse por una cucharilla, lo cual fue tan poco convincente que casi resultó conmovedor.
—Yo no soy quien debe decidir por los dos —dijo Beatrice.
—No —respondió Nathaniel—. Pero sí es quien debe decidir por usted.
Beatrice no supo qué hacer con eso.
Era intolerable. Absolutamente intolerable que un hombre pudiera ser tan correcto y, al mismo tiempo, tan poco conveniente para su equilibrio.
—Entonces diré algo —dijo ella.
Lady Agatha bajó la taza.
Sebastián se enderezó un poco.
Beatrice tomó aire.
—No necesito estar comprometida con Lord Ashford para tener valor.
La sala quedó en silencio.
No fue un silencio incómodo.
Fue un silencio que escuchaba.
Beatrice continuó, porque si se detenía quizá no lograría empezar de nuevo.
—No necesito que un rumor me vuelva interesante. No necesito que una caída, un vals, una mano en la cintura o tres damas excesivamente rápidas decidan lo que soy. Si algún día acepto a alguien, no será porque Valdoria lo haya sospechado antes. Será porque yo lo elijo.
Lady Agatha no sonrió.
Pero sus ojos, por un instante, brillaron.
Lady Ashford inclinó apenas la cabeza, como si hubiera recibido una verdad con respeto.
Sebastián no dijo nada.
Eso fue casi alarmante.
Nathaniel tampoco habló enseguida.
Cuando lo hizo, su voz fue baja.
—Estoy de acuerdo.
Beatrice lo miró.
—¿Con todo?
—Con cada palabra.
—Eso es innecesariamente difícil de discutir.
—No intento discutir.
—Debería. Me sentiría más cómoda.
Una sombra de sonrisa cruzó su boca.
—Lo tendré presente.
Lady Ashford respiró de forma muy lenta, como si hubiera decidido permitir la conversación sin intervenir. Lady Agatha hizo lo mismo. Beatrice sospechó que ambas matriarcas estaban disfrutando demasiado de ser razonables.
Entonces se abrió la puerta.
El mayordomo anunció:
—Lady Prudence Vale.
Beatrice cerró los ojos.
—Por supuesto.
Lady Agatha murmuró:
—Qué oportunidad tan inconveniente.
Sebastián, muy bajo, dijo:
—Yo la llamaría teatral.
Prudence entró con una elegancia impecable. Llevaba un vestido lavanda, guantes claros y la expresión de una mujer que había llegado a tiempo para algo que quizás esperaba arruinar.
—Lady Ashford —saludó—. Ruego disculpe mi llegada inesperada. Mi madre me envió con una nota.
La nota apareció en su mano como excusa perfecta.
Lady Ashford la recibió con cortesía.
—Muy amable de su parte.
Prudence miró entonces a Beatrice.
Luego a Nathaniel.
Luego al grupo completo.
—Oh. No sabía que interrumpía una reunión familiar.
Aquella última palabra fue colocada sobre la alfombra como una aguja.
Beatrice sonrió.
—No se preocupe, Lady Prudence. Nadie aquí ha sobrevivido a una reunión familiar sin interrupciones.
Prudence inclinó la cabeza.
—Me alegra verla tan animada, señorita Montclair. Había oído que la situación con Lord Ashford requería cierta delicadeza.
—Ha oído muchas cosas, imagino.
—Valdoria habla.
—Valdoria debería beber más agua. Hablar tanto reseca.
Sebastián emitió un sonido que fue brutalmente cercano a una risa.
Prudence mantuvo la sonrisa.
—Solo espero que todo se resuelva con dignidad.
—Qué amable preocupación.
—Después de todo, no todas las damas están preparadas para llevar ciertas atenciones sin convertirlas en espectáculo.
El aire cambió.
Beatrice sintió el filo de la frase. No era nueva. Prudence siempre había sabido envolver el insulto en seda. Pero esta vez, algo en Beatrice no quiso esquivarlo con una broma pequeña.
No después de la apuesta.
No después de las tres damas.
No después de que Nathaniel hubiera dicho que ella no era posesión de nadie.
Beatrice dejó las manos quietas sobre el regazo.
—Tiene razón en algo, Lady Prudence.
La otra mujer parpadeó.
—¿Ah, ¿sí?
—No todas las damas están preparadas para llevar ciertas atenciones. Algunas creen que recibirlas significa ganarse un lugar. O vencer a otra. O demostrar que una fue elegida antes que las demás.
Prudence se tensó.
Beatrice continuó, serena.
—Yo no quiero atención como premio. Ni compromiso como reparación. Ni cortesía como cadena. Si alguna vez acepto a Lord Ashford, o a cualquier otro hombre, no será porque su nombre me favorezca ni porque la sociedad considere conveniente ordenar mi vida. Será porque yo quiero. Y solo entonces.
El silencio fue absoluto.
Sebastián miró a su hermano con una expresión que decía: no hables o arruinarás algo histórico.
Nathaniel, para crédito de todos, no habló.
Pero miró a Beatrice.
Y esa mirada fue peor que cualquier frase.
Porque no intentó apropiarse de lo que ella había dicho.
No intentó celebrarlo en voz alta.
Solo la escuchó como si aquella verdad mereciera permanecer intacta.
Prudence sostuvo la sonrisa un momento más, pero algo en sus ojos se quebró apenas. No tristeza. No arrepentimiento completo. Algo más breve. Algo parecido a verse reflejada en una ventana que no perdona.
—Qué declaración tan… firme —dijo.
—Gracias. Intento que mis declaraciones no tropiecen tanto como mis pies.
Sebastián bajó la cabeza.
Lady Ashford intervino con cortesía perfecta.
—Lady Prudence, agradezca a su madre la nota. Le responderé esta tarde.
Prudence entendió la despedida.
—Por supuesto.
Hizo una reverencia y se retiró.
Cuando la puerta se cerró, nadie habló durante tres segundos enteros.
Sebastián fue el primero en rendirse.
—Debo decir que, si el falso compromiso muere hoy, ha tenido un funeral espléndido.
Nathaniel suspiró.
—Sebastián.
—No, de verdad. Hubo discursos, testigos y una intervención de Lady Prudence. Solo faltó música.
—Puedo pedir que traigan un piano —dijo Beatrice.
—No —dijeron Nathaniel y Lady Agatha al mismo tiempo.
Beatrice casi sonrió.
Casi.
Lady Ashford dejó la nota sobre una mesa.
—Creo que la pregunta sigue siendo la misma. ¿Cómo desean proceder?
Beatrice miró a Nathaniel.
(todas las imágenes son creadas por IA)
Esta vez no evitó su mirada.
—No quiero un compromiso falso —dijo ella.
—Yo tampoco —respondió él.
Algo cayó dentro de Beatrice.
Algo que no era alivio solamente.
Nathaniel continuó:
—Tampoco quiero que esto termine solo porque la sociedad se volvió incómoda.
Beatrice sintió que Lady Agatha se quedaba muy quieta.
—Lord Ashford —dijo ella.
Nathaniel no apartó la vista de Beatrice.
—No deseo presionarla. No deseo convertir un rumor en obligación. Si usted quiere que todo termine, termina. Hoy. Ahora. Sin explicación adicional.
Beatrice tragó saliva.
—¿Y si no quiero que termine así?
La pregunta salió más baja de lo que esperaba.
Sebastián dejó de respirar de manera audible, lo cual, en él, era casi un milagro.
Nathaniel respondió con cuidado.
—Entonces no tendría por qué terminar.
—No quiero un compromiso.
—Lo sé.
—Ni falso ni verdadero.
—Lo sé.
—No quiero que nadie anuncie nada.
—Nadie lo hará.
—No quiero que Lady Harcourt escriba versos.
Sebastián murmuró:
—Eso quizá escape a nuestra autoridad.
Lady Ashford le lanzó una mirada.
—Perdón.
Beatrice respiró hondo.
—Pero tampoco quiero fingir que usted no se ha vuelto…
Se calló.
Aquello era demasiado.
Demasiado para una sala con tías, madres y hermanos insoportables.
Demasiado para ella.
Nathaniel no la ayudó a terminar.
La esperó.
Eso fue lo que le permitió continuar.
—Necesario —dijo al fin.
La palabra quedó allí.
Sencilla.
Desastrosa.
Nathaniel no sonrió.
Su expresión se suavizó de una forma tan honesta que Beatrice tuvo que mirar hacia sus guantes o hacer algo mucho peor, como decir otra verdad.
—Beatrice —dijo él.
Su nombre, sin título, fue una imprudencia cuidadosamente dicha.
Lady Agatha tomó té como si no estuviera viva de interés.
Lady Ashford miró hacia la ventana con una delicadeza extrema.
Sebastián susurró:
—Estoy siendo muy maduro al no comentar.
—Sebastián —dijo su madre.
—Lo sé. Me duele.
Nathaniel dio un paso, no hacia Beatrice exactamente, sino hacia la conversación que acababan de abrir.
—No pediré un compromiso.
—Bien.
—No pediré una promesa.
—Mejor.
—No pediré que responda hoy a nada que no esté lista para responder.
Beatrice alzó la mirada.
—¿Y qué pedirá?
Nathaniel respiró.
Por primera vez pareció no tener una frase preparada.
Eso lo volvió injustamente humano.
—Permiso para cortejarla de verdad.
Lady Agatha cerró los ojos.
Lady Ashford sonrió apenas.
Sebastián abrió la boca.
Nathaniel lo miró.
Sebastián la cerró.
Beatrice sintió que el mundo, de pronto, tenía menos ruido.
—¿Cortejarme de verdad? —repitió.
—Sí.
—Eso suena peligroso.
—Probablemente.
—Y muy formal.
—Puedo intentar hacerlo menos formal.
—No sé si usted es capaz.
—Tampoco yo.
Beatrice miró sus manos.
Luego a Lady Agatha.
Su tía no dijo nada. No la empujó. No la rescató. No decidió por ella.
Solo la miró como si dijera: esta parte es tuya.
Beatrice volvió a Nathaniel.
—No quiero que esto sea consecuencia del rumor.
—No lo será.
—Ni de la apuesta.
—Jamás.
—Ni de que usted sea demasiado honorable para retroceder.
La mirada de Nathaniel cambió.
—No soy tan honorable como para confundir deber con deseo.
Beatrice sintió calor en el rostro.
—Eso fue una frase peligrosa.
—Sí.
—Debería disculparse.
—No lo haré.
Sebastián se llevó una mano al pecho.
—Progreso.
Lady Ashford lo miró.
—Dolor. Silencio. Entendido.
Beatrice, contra toda prudencia, sonrió.
Luego dijo:
—Acepto.
Nathaniel se quedó inmóvil.
—¿Acepta?
—Un cortejo real. No un compromiso. No una promesa. No un anuncio. Un cortejo.
—Elegido por usted.
—No se ponga satisfecho.
—Lo intentaré.
—Se le nota incluso antes de intentarlo.
Y entonces Nathaniel sonrió.
No una sonrisa enorme. No una sonrisa pública. Solo una sonrisa que apareció antes de que pudiera ordenarse desaparecer.
Beatrice la vio.
Y, por primera vez, no quiso burlarse de ella.
Bueno.
Quizá un poco.
—Lord Ashford —dijo Sebastián, con solemnidad insoportable—, mis felicitaciones. Ha logrado pasar de falso prometido a pretendiente autorizado sin que nadie derramara té.
—La tarde aún no termina —dijo Beatrice.
—Cierto. Mantengamos la esperanza.
Lady Agatha dejó la taza.
—Entonces está decidido.
Beatrice miró a su tía.
—No diga eso como si fuera suyo.
Lady Agatha inclinó la cabeza.
—Está elegido.
Esa palabra sí le gustó.
Elegido.
No impuesto. No arreglado. No resuelto por otros. No nacido de una cintura, un sombrero o una apuesta.
Elegido.
Cuando llegó el momento de marcharse, Nathaniel acompañó a Beatrice hasta la entrada del salón. No demasiado cerca. No demasiado lejos.
Sebastián se quedó atrás, probablemente mordiendo su propia lengua por orden materna.
—Señorita Montclair —dijo Nathaniel.
—Lord Ashford.
Hubo una pausa.
Esta vez no fue incómoda.
Fue nueva.
—Supongo que ahora deberá enviarme flores —dijo Beatrice.
—¿Eso espera?
—No. Por eso quiero ver qué hace.
—Entonces tendré que pensarlo con cuidado.
—Qué sorpresa.
—Y quizá hacer una lista.
—No abuse de mi paciencia tan pronto en el cortejo.
Nathaniel bajó la mirada con una sonrisa pequeña.
—Lo tendré presente.
Beatrice empezó a volverse, pero se detuvo.
—Nathaniel.
Él levantó los ojos.
—Sí.
—No deje que nadie diga que esto empezó por el rumor.
Su expresión se volvió seria.
—No lo haré.
—Empezó porque yo dije que sí.
—Lo recordaré.
—Y porque usted preguntó.
—También.
Beatrice asintió.
Aquello debió bastar.
Pero, por alguna razón, añadió:
—Y porque quizá usted sea menos mueble caro de lo que parecía.
Nathaniel parpadeó.
Desde el fondo del salón, Sebastián exclamó:
—¡Lo sabía!
Lady Ashford dijo:
—Sebastián.
Lady Agatha murmuró:
—Beatrice.
Nathaniel, en cambio, sonrió como si acabara de recibir el elogio más extraño y valioso de su vida.
—Haré lo posible por merecer esa revisión.
—No prometa demasiado.
—Nunca.
—Mentira. Usted parece el tipo de hombre que promete con cláusulas.
—Solo cuando son necesarias.
Beatrice sonrió.
Luego salió.
En el carruaje, Lady Agatha no habló durante casi una calle entera.
Beatrice esperó.
La espera fue insoportable.
—Dígalo —pidió al fin.
Lady Agatha miró por la ventanilla.
—No sé a qué te refieres.
—Está llena de opiniones retenidas. Puedo oírlas golpeando contra sus dientes.
—Solo pensaba que el día salió bastante bien.
—El falso compromiso terminó.
—Sí.
—Y ahora tengo un pretendiente real.
—También.
—No estoy segura de que eso califique como “salir bien”.
Lady Agatha sonrió apenas.
—Querida, en tu caso, cualquier desastre que termine con una decisión tuya puede considerarse un triunfo.
Beatrice miró hacia sus manos.
Pensó en la cinta verde que llevaba en el cabello.
La había elegido para el último día del falso compromiso.
Ahora el falso compromiso había terminado.
Pero ella no.
La cinta no.
Quizá eso significaba algo.
Quizá no.
Quizá, por una vez, no necesitaba decidirlo antes de estar lista.
—No estoy comprometida —dijo.
—No.
—No prometí nada.
—No.
—Solo acepté un cortejo.
—Sí.
Beatrice respiró hondo.
—Qué imprudente de mi parte.
Lady Agatha tomó su mano.
—Terriblemente.
Beatrice miró por la ventanilla mientras la casa Ashford desaparecía tras ellos.
El rumor había querido arrastrarla.
La sociedad había querido nombrarla.
Los hombres del club habían querido apostarla.
Pero aquella tarde, en un salón lleno de testigos y silencios peligrosos, Beatrice Montclair había dicho que no a una jaula y sí a una pregunta.
Y Lord Nathaniel Ashford, el caballero correcto, había tenido la descortesía de parecer feliz con solo poder hacerla.
Eso, decidió Beatrice, era una desgracia bastante seria.
Y quizá, aunque nunca lo admitiría ante Sebastián, también bastante bien elegida.