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Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Él Villano Que Organizaba Demasiado Bien

Status: Terminada
Genre:Acción / Comedia / Fantasía épica / Completas
Popularitas:1.2k
Nilai: 5
nombre de autor: Selene Asteria

Comedia fantástica, romance improbable y un dragón con problemas de aterrizaje

NovelToon tiene autorización de Selene Asteria para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 11. Transporte Dracónico y Otras Malas Ideas

Damián descubrió que existían muchas formas desagradables de viajar.

Carruajes incómodos.

Barcos mareantes.

Caballos temperamentales.

Sin embargo, ninguna se acercaba siquiera a la experiencia de volar sobre un dragón.

—Voy a morir.

—Todavía no —respondió Celeste.

—Aprecio tu optimismo irracional.

—Llevamos diez minutos en el aire.

—Exactamente.

Fulgor rugió alegremente.

Lo cual no ayudó.

En absoluto.

El dragón atravesaba las nubes con entusiasmo. Mucho entusiasmo. Una cantidad preocupante de entusiasmo.

Damián seguía aferrado a una de las correas de viaje como si su vida dependiera de ello.

Porque dependía de ello.

Basilio, inexplicablemente, parecía tranquilo.

—¿Cómo puedes estar tan relajado?

—He aceptado mi destino.

—Eso no es relajación.

—Es eficiencia emocional.

—Voy a fingir que eso tiene sentido.

Delante de ellos, Elena observaba el paisaje desde el lomo de Fulgor.

Después de años atrapada en Virelia, parecía incapaz de apartar la vista del mundo.

Bosques.

Ríos.

Montañas.

Todo pasaba bajo ellos.

Por un momento, Damián se permitió sentirse feliz.

Su hermana estaba viva.

Libre.

A salvo.

Aquello todavía le parecía imposible.

Y justamente por eso el universo decidió arruinarlo.

Una explosión de luz apareció en el horizonte.

Todos la vieron.

Incluso Fulgor.

—Eso no es bueno —dijo Elena.

—No.

—¿Es la capital?

—Sí.

Silencio.

Después Fulgor aceleró.

—¡NO!

El rugido de protesta de Damián desapareció en el viento.

Una hora después llegaron a Aurelia.

Más específicamente, se estrellaron contra Aurelia.

—¡Esto no es aterrizar!

—¡Yo diría que sí! —gritó Celeste.

—¡Estamos cayendo!

—¡Técnicamente descendiendo!

—¡MUY RÁPIDO!

El suelo se acercó.

Demasiado rápido.

Muchísimo demasiado rápido.

Fulgor extendió las alas.

Giró.

Rozó una torre.

Derribó una estatua.

Y terminó atravesando una fuente monumental.

Una enorme ola cubrió la plaza.

Silencio.

—Bueno —dijo Basilio.

—No.

—Bueno.

—No.

—Bueno.

Damián bajó del dragón.

Sus piernas temblaban.

—El suelo es maravilloso.

—Nunca te había visto tan agradecido.

—Celeste, voy a besar esta plaza.

—Por favor no lo hagas.

Fulgor parecía orgullosísimo.

—Eso no fue un aterrizaje.

Movimiento de cola.

—Fue una declaración de guerra contra la física.

Más movimiento.

—No puedes seguir llamando aterrizaje a cualquier cosa.

El dragón ignoró la crítica.

Como siempre.

Entonces escucharon gritos.

La realidad regresó.

Guardias corriendo.

Ciudadanos evacuando.

Columnas de humo elevándose desde el palacio.

Y reflejos blancos moviéndose por las calles.

Todos quedaron en silencio.

La Corte había comenzado.

Al acercarse al palacio descubrieron el verdadero problema.

Copias.

Docenas de copias.

Reflejos humanos fabricados con cristal blanco.

Aparecían desde ventanas, fuentes, espejos y cualquier superficie brillante.

Atacaban guardias.

Servidores.

Mensajeros.

Todo el mundo.

—Esto es nuevo —murmuró Celeste.

—Y desagradable.

—¿Tienen alguna debilidad?

—Probablemente.

—¿Lo sabes?

—No.

—Excelente.

Uno de los reflejos saltó desde una ventana.

Celeste lo interceptó de inmediato.

Su espada atravesó el pecho de cristal.

La copia se rompió en cientos de fragmentos.

Pero tres más aparecieron detrás.

—Empiezo a odiar esto.

—Bienvenida al club.

Damián extendió la mano.

Las sombras surgieron del suelo.

Envolvieron varios reflejos al mismo tiempo.

El cristal se quebró.

La plaza volvió a quedar limpia por apenas unos segundos.

Después aparecieron más.

—Nunca se acaban.

—Eso es porque no estamos cerrando la fuente.

—¿Y cuál es la fuente?

Damián observó el palacio.

—Un espejo principal.

—¿Sabes dónde está?

—Tengo una idea.

—Esa frase nunca trae nada bueno.

—Lo sé.

Atravesaron los corredores del palacio combatiendo reflejos.

Fulgor ayudaba.

O intentaba ayudar.

A veces ayudaba.

Otras veces destruía muebles históricos.

La diferencia era difícil de medir.

—¡Fulgor, cuidado!

Demasiado tarde.

El dragón atravesó una puerta.

—Era una puerta enemiga —declaró Basilio.

—¡Era una biblioteca!

—Ya no.

Elena terminó riéndose.

La primera risa genuina desde que había sido liberada.

Damián escuchó aquel sonido y sintió algo aliviarse dentro de él.

Duró poco.

Porque llegaron a la sala del trono.

Y allí los esperaba alguien.

Damián se quedó inmóvil.

Era él mismo.

Y no lo era.

El reflejo blanco.

Completo.

Sin grietas.

Sin fragmentos.

La versión robada.

Sentado sobre el trono.

Esperándolos.

—Llegaste tarde.

—Siempre he odiado tu personalidad.

—Es porque me parezco a ti.

—No tanto.

Celeste avanzó.

—¿Todo esto es obra tuya?

—Parcialmente.

—Respuesta irritante.

—Gracias.

El reflejo sonrió.

Luego extendió la mano.

El salón entero comenzó a transformarse.

Los espejos crecieron.

Las paredes desaparecieron.

Y cada persona vio algo distinto.

Damián vio a Elena desapareciendo.

Vio a Basilio muerto.

Vio a Fulgor encadenado.

Vio a Celeste alejándose para siempre.

Durante unos segundos perdió el equilibrio.

La ilusión parecía real.

Dolorosamente real.

Y eso era lo peor.

Porque utilizaba sus mayores miedos.

—Mírame.

La voz de Celeste atravesó el ruido.

—Damián.

Las imágenes continuaron.

—¡Mírame!

Él levantó la cabeza.

Y la vio.

Real.

Frente a él.

No una ilusión.

No un reflejo.

Celeste.

—Eso no está ocurriendo.

—Lo sé.

—Mírame a mí.

Las visiones comenzaron a agrietarse.

—No estás solo.

Elena apareció a su lado.

Basilio también.

Incluso Fulgor empujó su enorme cabeza contra su hombro.

La ilusión colapsó.

El reflejo retrocedió.

Por primera vez parecía sorprendido.

—Interesante.

—¿Sabes qué? —dijo Damián.

—¿Qué?

—Empiezo a cansarme de ti.

Las sombras explotaron alrededor del salón.

El reflejo intentó reaccionar.

Pero ya era tarde.

Entonces apareció la corona.

Suspendida sobre el trono.

Rota.

Agrietada.

Brillando con luz blanca.

El reflejo levantó ambas manos.

—La puerta se abrirá.

—No.

—La sombra volverá.

—No.

—Y tú serás la llave.

—Definitivamente no.

La luz descendió sobre Damián.

La sombra robada intentó fundirse con él.

Convertirlo en una puerta.

En un conducto.

En algo que no comprendía completamente.

Y por primera vez tuvo miedo.

Miedo auténtico.

Entonces escuchó un rugido.

Fulgor.

El dragón había encontrado algo.

Un enorme candelabro cubierto de espejos.

—No.

Movimiento de cola.

—Fulgor, no.

Más movimiento.

—¡Fulgor!

El dragón mordió el candelabro.

Lo arrancó.

Lo lanzó contra el espejo central.

Y todo explotó.

Cristal.

Luz.

Sombras.

El salón completo tembló.

El espejo principal se rompió.

Las copias blancas desaparecieron por todo el palacio.

El reflejo gritó.

Y comenzó a desvanecerse.

—Esto no termina aquí.

—Lo sé.

—Volveré.

—También lo sé.

—Entonces ¿por qué sonríes?

Damián observó a Celeste.

A Elena.

A Basilio.

Y al dragón que acababa de salvar la situación destruyendo algo extremadamente caro.

—Porque esta vez no estoy solo.

El reflejo desapareció.

El silencio volvió al salón.

La batalla había terminado.

Por ahora.

La corona cayó al suelo.

Agrietada.

Dañada.

Y claramente mucho más importante de lo que habían imaginado.

Basilio fue el primero en hablar.

—Bueno.

—Ahora sí puedes decirlo.

—Bueno.

Fulgor rugió con orgullo.

—No —dijo Damián mirando al dragón—. No vamos a poner "salvador del reino" en tu expediente.

Fulgor movió la cola.

—Y tampoco "especialista en espejos".

Más movimiento.

—Ni siquiera voy a preguntar cómo encontraste exactamente el espejo correcto.

Fulgor parecía pensar que aquella era una victoria.

Y lo peor era que probablemente tenía razón.

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