En las heladas tierras de Rusia nació un hombre destinado a conocer el verdadero significado del sufrimiento. Desde su infancia fue arrojado a un mundo de violencia, traición y muerte, donde cada día era una batalla por sobrevivir. Las cicatrices que cubrían su cuerpo eran solo una pequeña muestra de las heridas que consumían su alma. Después de perder todo aquello que alguna vez amó, se convirtió en una sombra de sí mismo: un guerrero despiadado que caminaba entre cadáveres y campos de batalla sin sentir miedo, compasión o esperanza. Para él, el mundo era un infierno interminable, y él mismo era uno de sus demonios. Sin embargo, cuando el destino parecía haber sellado su condena, una mujer apareció en su vida. A diferencia de los demás, ella no vio al monstruo que todos temían, sino al hombre roto que se ocultaba tras años de dolor. Con paciencia, valentía y una determinación inquebrantable, comenzó a derribar los muros que protegían su corazón.
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Capítulo 15: Bajo un cielo de luces
Había tardado casi dos meses.
Dos meses levantándome antes del amanecer.
Dos meses cargando troncos.
Quitando nieve de los techos.
Sirviendo café.
Limpiando mesas.
Contando cada moneda una y otra vez antes de dormir.
Aquella pequeña bolsa de tela ya no sonaba vacía.
Sonaba como el esfuerzo de muchas semanas.
El padre de Rose volvió a contar las monedas conmigo por tercera vez.
Las acomodó cuidadosamente sobre la mesa.
Después sonrió.
—Lo lograste.
Lo observé.
—¿Es suficiente?
Asintió lentamente.
—Sí.
—Incluso alcanzará para que disfruten sin preocuparse demasiado.
Sentí una tranquilidad que jamás había experimentado.
No era orgullo.
No era satisfacción.
Era algo diferente.
Porque aquellas monedas no eran para mí.
Eran para Rose.
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La encontré en el patio alimentando a las gallinas.
Se giró al escuchar mis pasos.
—¡Buenos días, Leon!
Como siempre...
Sonriendo.
Saqué la pequeña bolsa de mi bolsillo.
Ella inclinó la cabeza.
—¿Qué es eso?
Se la entregué.
Confundida, la abrió.
Cuando vio el dinero, levantó la vista inmediatamente.
—¿Leon...?
Respiré hondo.
—Para el festival.
Rose permaneció inmóvil.
Mirando las monedas.
Luego volvió a mirarme.
Sus ojos comenzaron a humedecerse.
—¿Tú... hiciste todo esto?
Asentí.
—Trabajé.
Durante unos segundos no dijo absolutamente nada.
De pronto dejó caer la bolsa sobre el suelo.
Y me abrazó con todas sus fuerzas.
Tan fuerte que casi perdí el equilibrio.
—¡Gracias...!
Su voz estaba temblando.
Sentí cómo escondía el rostro contra mi pecho.
Parecía contener las lágrimas.
Yo permanecí completamente quieto.
Todavía seguía siendo extraño para mí recibir un abrazo.
Pero ya no me incomodaba.
Al contrario.
Con cuidado levanté una mano.
Y la apoyé suavemente sobre su espalda.
Ella sonrió aún más.
—Eres un tonto...
No entendí por qué aquello sonaba tan feliz.
Pero sonreí de todas formas.
Porque verla así...
Hacía que todo el esfuerzo hubiera valido la pena.
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A la mañana siguiente toda la casa estaba llena de movimiento.
Rose llevaba horas preparando la ropa que usaría.
Los gemelos no dejaban de bromear.
La madre terminaba de acomodar algunas cosas en una pequeña mochila.
Incluso el padre parecía más relajado de lo normal.
Rose bajó finalmente las escaleras.
Llevaba un vestido sencillo de color claro y un abrigo grueso para protegerse del frío.
Al verla, por un instante olvidé respirar.
Había cambiado mucho desde el día en que la conocí.
Seguía siendo la misma persona.
La misma sonrisa.
Los mismos ojos cálidos.
Pero ahora irradiaba una seguridad que antes no tenía.
Ella notó que la estaba mirando.
—¿Qué pasa?
Desvié la mirada.
—Nada.
Rose entrecerró los ojos.
—Mentiroso.
Los gemelos comenzaron a reír.
—¡Leon se quedó viendo a mi hermana!
—¡Se puso rojo!
—¡Cállense!
Era la primera vez que respondía tan rápido.
Toda la mesa estalló en carcajadas.
Incluso el padre dejó escapar una pequeña risa.
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Cuando el sol comenzó a ocultarse, llegó la hora de partir.
Rose estaba tan emocionada que apenas podía quedarse quieta.
—¡Mis amigas ya deben estar allá!
—Les dije que iría contigo.
Asentí.
Antes de salir, el padre de Rose me llamó.
—Leon.
Me acerqué.
El hombre apoyó una mano sobre mi hombro.
Su expresión era completamente seria.
—Cuida de ella.
Lo miré a los ojos.
—Con mi vida.
Él sonrió.
No hizo falta decir nada más.
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El camino hacia el pueblo vecino era largo.
La nieve crujía bajo nuestros pies.
Rose hablaba sin parar.
Sobre el festival.
Las luces.
Los puestos de comida.
Los juegos.
Yo simplemente la escuchaba.
Porque me gustaba escucharla.
Después de casi una hora caminando, noté que su respiración comenzaba a acelerarse.
Intentaba ocultarlo.
Pero la conocía demasiado.
—Estás cansada.
Negó rápidamente.
—No.
—Un poco.
—Rose.
Suspiró.
—Solo un poquito...
Me agaché frente a ella.
—Sube.
Parpadeó.
—¿Qué?
—Yo te llevo.
—¡No!
—Pesas muy poco.
Ella desvió la mirada.
Sus mejillas comenzaron a ponerse rojas.
—Eso no ayuda...
Sonreí ligeramente.
—Vamos.
Después de unos segundos de duda...
Subió con cuidado a mi espalda.
Sentí cómo sujetaba suavemente mis hombros.
—¿Estoy muy pesada?
—No.
—¿De verdad?
—Podría caminar así todo el día.
Rose escondió el rostro detrás de mi cuello.
—No digas esas cosas...
—¿Qué cosas?
—Nada...
Continué caminando.
Mientras tanto...
Sentía cómo ella sonreía.
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Después de un rato aparecieron las primeras luces.
El pueblo vecino brillaba en medio de la noche.
Faroles.
Música.
Risas.
El aroma de la comida llegaba incluso desde lejos.
Rose levantó la cabeza.
Sus ojos brillaron.
—¡Llegamos!
Bajó rápidamente de mi espalda.
Y antes de que pudiera reaccionar...
Tomó mi mano.
—¡Vamos!
Salimos corriendo.
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Era la primera vez que asistía a un festival.
Todo era nuevo.
Había puestos llenos de dulces.
Juegos de habilidad.
Músicos.
Artistas callejeros.
Niños corriendo de un lado a otro.
Rose parecía conocer cada rincón.
—¡Ven!
Antes de darme cuenta ya estaba frente a un puesto de algodón de azúcar.
Compró uno enorme.
Arrancó un pedazo.
Y sin avisar...
Lo acercó a mi boca.
—Prueba.
Obedecí.
El dulce prácticamente desapareció apenas tocó mi lengua.
Abrí ligeramente los ojos.
—Está bueno.
Ella soltó una carcajada.
—¡Tu cara fue adorable!
No entendí qué tenía de especial mi expresión.
Pero verla reír era suficiente.
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Después compartimos una enorme paleta de caramelo.
Rose insistía en que probara todos los sabores.
Más tarde subimos a varias atracciones.
En una de ellas terminó riéndose tanto que casi no podía respirar.
Yo no dejaba de mirarla.
Porque verla feliz...
Era suficiente para hacerme feliz también.
Y aquello era una sensación completamente nueva.
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Las horas pasaron volando.
Entonces una voz resonó por todo el festival.
—¡En unos minutos comenzará el espectáculo de fuegos artificiales!
La gente comenzó a reunirse.
Cada vez llegaban más personas.
Rose intentó mirar por encima de todos.
Pero apenas alcanzaba a ver.
Se puso de puntillas.
No funcionó.
Frunció el ceño.
No pude evitar sonreír.
Levanté la vista.
Un poco más arriba había una pequeña colina.
Estaba casi vacía.
—Ven.
La guié hasta allí.
Desde ese lugar podía verse todo el festival.
Las luces.
Los puestos.
La multitud.
Y el cielo completamente despejado.
Rose soltó un pequeño suspiro.
—Es perfecto...
Nos quedamos uno al lado del otro.
En silencio.
Entonces...
Ella volvió a tomar mi mano.
La sujetó con suavidad.
Como hacía tantos años.
La primera explosión iluminó el cielo.
Rojo.
Después azul.
Luego dorado.
Los colores pintaban la noche una y otra vez.
Reflejándose en los ojos de Rose.
No sabía qué mirar.
Los fuegos artificiales.
O a ella.
Giré apenas la cabeza hacia el cielo.
Una nueva explosión llenó la oscuridad de luz.
Y justo en ese instante...
Sentí un pequeño tirón en mi chaleco.
Bajé la mirada.
Rose me estaba sujetando con una mano.
Sus mejillas estaban completamente sonrojadas.
Nuestros ojos se encontraron.
Durante un segundo...
El mundo pareció quedarse inmóvil.
No escuché la música.
No escuché a la multitud.
Ni siquiera los fuegos artificiales.
Solo la vi acercarse lentamente.
Y, antes de que pudiera comprender lo que estaba ocurriendo...
Rose cerró sus labios con los míos.
El cielo continuó llenándose de luces.
Pero para mí...
Todo quedó en silencio.