Yael Yúnez tiene veinte años, cabello plateado, y un secreto que lo mantiene caminando en la cuerda floja: a los dieciocho se casó con su "hermano mayor", León Luján — el heredero que abandonó una fortuna familiar para estar con él.
Ahora León es el CEO de LX Capital, la firma de inversiones más temida de Ciudad del Valle. También es el nuevo patrono de UniValle, la universidad donde Yael estudia artes. Nadie sabe que el empresario de mirada glacial llega cada noche a casa a cocinarle pasta a un chico de pelo plateado que le pone apodos ridículos en WhatsApp.
Pero los secretos no duran para siempre.
Cuando una foto se viraliza, cuando los empleados de LX empiezan a murmurar sobre "la pareja del jefe", y cuando un hombre del pasado de León aparece con una obsesión peligrosa por Yael... el matrimonio oculto empieza a resquebrajarse.
Gonzalo Luján — hermanastro de León, vicepresidente del imperio que León rechazó — lleva años observando a Yael en silencio. Y ahora está decidido a tomar todo lo que León tiene: su empresa, su posición... y su esposo.
"Quiero que te divorcies de él."
"Señor Luján, la clínica psiquiátrica queda a dos cuadras. Todavía hay camas disponibles."
En medio del caos, Yael descubrirá la verdad que León siempre le ocultó: por qué se fue dos años, por qué nunca volvió a su familia, y qué fue exactamente lo que sacrificó — todo por un chico que ni siquiera sabía lo amado que era.
Contenido:
🔥 CEO posesivo que se derrite solo por su esposo
💍 Matrimonio secreto (¡ya están casados desde el capítulo 1!)
😭 "Te hago llorar pero después te consiento"
⚡ Villano obsesivo + drama familiar + plot twists
💕 Tres parejas, todas adorables
🌶️ Escenas subidas de tono (con mucho amor)
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Capítulo 15
Capítulo 15
El pasillo
Luca soltó la cuchara.
El sonido fue pequeño.
La vergüenza, gigantesca.
—Se me resbaló —dijo de inmediato, demasiado rápido, demasiado fuerte y demasiado culpable.
Yael no tuvo piedad.
—La cuchara te atacó.
—Exacto.
León apenas levantó la vista del flan.
—Recógela y deja de hacer teatro.
Héctor, en cambio, no miró la cuchara. Miró a Luca.
Eso fue peor.
Luca se agachó para levantarla, pero sus dedos fallaron dos veces antes de atraparla. Cuando volvió a incorporarse, Héctor seguía con la misma expresión tranquila. No sonreía. No necesitaba. Sus ojos tenían esa calma de quirófano que hacía que cualquier mentira pareciera tonta antes de decirla.
—Voy por otra —soltó Luca.
—Doña Lidia puede traerla —dijo León.
—No, no, yo puedo. Soy joven. Funcional. Bípedo.
Yael tosió para ocultar una risa.
Luca huyó con la cuchara sucia en la mano.
No caminó. Huyó. Salió del comedor, cruzó el arco hacia la cocina y luego, al darse cuenta de que Doña Lidia estaba ahí, cambió de rumbo hacia el pasillo que llevaba al baño de visitas. Necesitaba agua en la cara. O una ventana. O un nuevo cuerpo que no reaccionara como idiota cada vez que Héctor Torres le hablaba cerca.
Se encerró en el baño y abrió la llave.
El agua fría le golpeó las manos. Luca se miró en el espejo.
—No manches —susurró—. Contrólate.
Su reflejo no pareció convencido.
No era como si Héctor hubiera hecho algo enorme. Un roce. Una frase cerca del oído. Un vaso de agua. Una mirada.
Ese era el problema.
Con cualquier otra persona, Luca habría hecho un chiste, habría exagerado, habría convertido el momento en teatro hasta que dejara de tener poder. Con Héctor no le salía. Las palabras se le atoraban. El cuerpo le respondía antes que la cabeza. Y la cabeza, traidora, le recordaba detalles que no venían al caso: las manos firmes de Héctor, la voz baja, el modo en que decía su nombre como si no hubiera prisa en el mundo.
Luca cerró la llave.
—Es amigo de mi hermano —se dijo en voz baja—. Es doctor. Es adulto funcional. Tiene un Porsche rosa. Eso debería bastar para quitarle atractivo.
No bastaba.
No había bastado desde la cena en casa de Hugo, tres semanas atrás, cuando Héctor llegó tarde del hospital con la camisa arremangada y ojeras discretas. Luca había hecho un chiste sobre médicos que parecían protagonistas de comerciales de seguros. Héctor, en lugar de reírse, le había puesto su saco sobre los hombros porque hacía frío en la terraza.
"Te vas a enfermar", le había dicho.
Nada más.
Una frase normal. Un gesto normal.
Luca pasó media noche oliendo el saco como un completo imbécil y, al día siguiente, decidió que la única solución madura era evitar a Héctor para siempre.
Desde entonces había ignorado dos mensajes, cancelado una salida grupal y fingido estar dormido cuando Hugo dijo que Héctor pasaría por café. Todo muy digno. Muy adulto. Muy cobarde.
Luca se echó agua en la nuca.
—No fue nada —se dijo—. Fue un saco. La gente presta sacos. La civilización funciona gracias a préstamos textiles.
Al otro lado del pasillo, se oyó la risa de Yael. Luego la voz de León, más baja, diciéndole que no se burlara tanto o se iba a atragantar. La casa seguía funcionando como siempre. Cálida, cara, segura.
Luca, en cambio, sentía que le habían cambiado el piso.
Cuando salió del baño, el pasillo estaba vacío.
Bien.
Respiró.
Mal.
Héctor estaba apoyado en la pared junto a la puerta del estudio, con los brazos cruzados y una calma que hizo que Luca quisiera volver al baño y declararlo territorio independiente.
—Te tardaste.
Luca se enderezó.
—¿Estabas contando?
—Sí.
—Eso es raro.
—Soy médico. Cuento cosas.
—Pues cuenta azulejos.
Héctor lo miró un segundo. Luego bajó la vista hacia su mano.
Luca seguía sosteniendo la cuchara sucia.
Silencio.
—Vine por otra cuchara —dijo Luca.
—El cajón está en la cocina.
—Estoy tomando la ruta panorámica.
—El baño no está en la ruta.
—Tú no conoces esta casa.
—La conozco desde antes de que tú aprendieras a abrir botellas con los dientes.
Luca abrió la boca.
—Eso pasó una vez.
—Dos.
—¿Quién te dijo?
—León.
—Traidor.
Héctor se separó de la pared. No dio un paso grande. Solo uno. Suficiente para que Luca sintiera la necesidad de retroceder y se odiara por hacerlo.
Héctor lo notó.
Claro que lo notó.
—Antes no retrocedías cuando me acercaba —dijo.
Luca sintió que algo se le atoraba en la garganta.
—Antes eras menos intimidante.
—No.
—¿No?
—Antes no me mirabas así.
El pasillo se volvió demasiado silencioso.
Luca bajó la vista a la cuchara como si el metal pudiera darle una respuesta legal.
—No sé de qué hablas.
—Sí sabes.
La voz de Héctor no cambió de volumen. Por eso fue peor. No presionaba con fuerza; presionaba con precisión.
Desde el comedor, Yael llamó:
—¡Luca! ¿Te secuestró la cuchara?
Luca dio un paso hacia la voz, agradecido por la interrupción.
Héctor se movió antes.
No lo tocó fuerte. Solo apoyó una mano en la pared, a un lado de su hombro, cortándole el camino sin encerrarlo por completo. Luca pudo haberse ido si quería. Esa posibilidad lo puso más nervioso que una barrera real.
—Responde y vuelves —dijo Héctor.
Luca tragó saliva.
—Ya voy —gritó hacia el comedor, y su voz salió ridícula.
Yael se rió.
Héctor no.
Desde donde estaban, Luca alcanzaba a ver una franja de luz del comedor. Si daba tres pasos, entraría de nuevo al ruido seguro: Yael burlándose, León regañándolo por burlarse, Doña Lidia preguntando si alguien quería más flan. Todo estaba ahí, abierto, normal.
Héctor también lo sabía.
Por eso no cerró el camino del todo.
La elección quedaba en Luca, y esa libertad le pesó más que cualquier mano sobre el brazo.
—¿Ves? —dijo Luca, intentando recuperar algo de su tono habitual—. Estoy ocupado. La familia me necesita. Soy un pilar doméstico.
—Estás huyendo.
—Estoy gestionando distancia.
—De mí.
Luca apretó la cuchara.
—No todo gira alrededor de ti, doctor.
Héctor bajó la mirada a su boca. Solo un instante. Suficiente para borrar cualquier victoria de esa frase.
—No me digas doctor cuando estamos solos.
Luca sintió calor en la cara.
—Entonces no me acorrales en pasillos.
—No te estoy acorralando.
—Tu definición de espacio personal está enferma.
—Puedo moverme.
Héctor apartó la mano de la pared.
El camino quedó libre.
Luca no se movió.
Ese fue su peor error.
Héctor lo vio. Algo en sus ojos cambió, apenas, pero Luca lo sintió como si alguien hubiera encendido una luz justo sobre él.
—Luca.
—¿Qué?
—Me has estado evitando.
Luca soltó una risa corta, falsa.
—No seas dramático. Ese es mi trabajo.
Héctor dio un último paso, tranquilo, sin tocarlo.
—Has dejado mis mensajes sin responder, cambias de habitación cuando llego y hoy casi declaras la guerra a una mesa para no mirarme.
Luca no encontró una sola respuesta decente.
La cuchara seguía en su mano, fría y ridícula. La apretó tanto que el borde le marcó la piel.
Ni siquiera eso logró despertarlo del todo.
El pulso seguía igual.
Héctor inclinó la cabeza.
—¿Por qué?