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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:335
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 22 — El plano que no debieron dejar en manos ajenas

Nada más salir de la sala de consejos, la sonrisa amable y educada que la Princesa Layla había mantenido durante toda la reunión se borró de su rostro como si alguien la hubiera borrado de un soplo. Caminó rápido por los pasillos del ala de huéspedes sin mirar a nadie, seguida de cerca por el Embajador Jalil, que tenía el ceño fruncido y las manos apretadas con fuerza. Cuando estuvieron dentro de sus habitaciones y cerraron la puerta con llave por dentro, Layla golpeó la mesa de madera con el puño con tanta rabia que hizo saltar una copa de cristal:

—¡Nos han leído el pensamiento! —dijo con la voz baja y cortante—. Cada truco que hemos preparado durante meses, cada palabra que hemos elegido con cuidado, ellos lo deshacen antes de que terminemos de decirlo. Esa mujer… esa Zeynep no se deja engañar por nada. No es la esposa decorativa que nos habían descrito. Ve lo que nadie más ve, y lo hace sin siquiera alzar la voz.

Jalil asintió, mientras sacaba de un compartimento secreto de su maleta un pergamino doblado en cuatro, escrito con tinta muy fina y dibujos detallados:

—Ya no podemos esperar a que firmen el tratado con nuestra cláusula oculta. Si seguimos perdiendo tiempo, nos mandarán de vuelta con las manos vacías y nuestro rey nos castigará por haber fracasado. Tenemos que actuar esta misma noche. Este es el plano completo de Puerto Blanco: dónde están las defensas sumergidas, a qué hora cambian los guardias, cuáles son las ensenadas por las que se puede entrar sin ser visto desde la torre principal. Lo hemos armado poco a poco con las informaciones que hemos ido robando de los mapas y con lo que nos han contado los sirvientes que hemos comprado. Si nuestros barcos entran dentro de tres noches, cuando la luna esté oculta, tomaremos el puerto en menos de una hora. Y una vez que lo tengamos, ellos tendrán que aceptar todo lo que pidamos, o cerraremos para siempre su salida al mar.

Layla tomó el pergamino, lo miró un instante y luego se lo entregó a uno de sus hombres más fieles, un marinero silencioso que nunca hablaba con nadie:

—Lleva esto personalmente al capitán del barco principal. Que nadie te vea. Si te detienen, te tragas el papel antes de que te lo quiten. Todo depende de esto. Vete ahora, por los pasillos de servicio.

El hombre asintió, guardó el pergamino doblado dentro del forro de su cinturón y salió caminando con paso normal, como si solo fuera a buscar una jarra de agua. Pero lo que ninguno de los dos sabía era que Gül, siguiendo las órdenes exactas de Zeynep, tenía a tres de sus hombres más discretos vigilando cada movimiento de los huéspedes desde que se descubrieron los mapas copiados. No se les perdió ni un solo paso.

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Mientras tanto, en el otro extremo del palacio, reinaba una calma dulce y alejada de toda intriga. La noche había caído suavemente, el cielo estaba lleno de estrellas brillantes, y en la gran sala de los aposentos reales solo se escuchaban las risitas suaves de los gemelos y la voz baja de Ayşe contando una historia.

Zeynep estaba sentada sobre una alfombra gruesa de lana, su largo cabello blanco con reflejos dorados caía suelto sobre su vestido de noche color crema, y tenía a Hürrem sentada sobre sus piernas: la pequeña tenía exactamente el mismo pelo que ella, blanco con esos mechones dorados que brillaban con la luz de las lámparas de aceite, y jugaba distraídamente con un collar de cuentas de madera sin hacer daño. Un poco más allá, Selim estaba arrodillado en el suelo, riendo en voz baja mientras Azat, con su cabello negro oscuro igualito al de su padre y sus grandes ojos claros heredados de Zeynep, intentaba caminar solo de un lado a otro sin agarrarse de nada, tambaleándose como un pequeño borracho pero con una determinación enorme.

—¡Mira, mamá! ¡Mira cómo hace! —gritó Ayşe con siete años llenos de orgullo, sentada cruzada de piernas al lado de ellos, con su cuaderno de letras nuevas abierto—. Ahora ya se mantiene tres pasos solo. ¡En muy poco correrá más rápido que yo!

Justo en ese momento Azat perdió el equilibrio y se sentó de golpe sobre la alfombra suave. No lloró, ni siquiera frunció el ceño: se quedó mirando a todos con cara seria, y luego soltó una risita fuerte que hizo reír a toda la familia. Selim lo tomó en brazos y lo levantó alto hacia el techo, y el pequeño agitó los bracitos felices:

—Tienes la misma fuerza de voluntad que tu madre —le dijo Selim con una sonrisa llena de amor—. Nada te tumba por mucho que te caigas. Eso es ser de los nuestros.

Zeynep acarició la cabeza de Hürrem, que le había dado un beso sonoro en la mejilla y ahora descansaba su cabeza sobre su pecho, medio dormida:

—Y ella es la observadora —susurró—. Mira todo, calla, y cuando menos te lo esperas ya lo ha aprendido todo. Será más lista que los dos juntos cuando crezca.

Ayşe se acercó y se recostó sobre el hombro de Zeynep, mirando a sus hermanos con una expresión de protección inmensa:

—Y yo seré la que cuide de los cuatro. Siempre. Porque soy la hermana mayor. Nadie os hará daño nunca mientras yo esté.

Estaban a punto de llamar a las nodrizas para llevar a los pequeños a sus camas cuando la puerta se abrió de golpe, pero sin ruido excesivo: era Gül, que entró caminando rápido pero con la calma que siempre la caracterizaba. En su mano derecha sostenía un pergamino arrugado, y en la izquierda sujetaba con firmeza pero sin violencia al marinero silencioso de Qamar, que tenía la cabeza baja y las manos unidas delante de él.

—Perdonad que interrumpa, Majestades —dijo haciendo una reverencia rápida—. Pero esto no podía esperar a mañana. Lo hemos capturado justo cuando salía por la puerta trasera del palacio, camino directo al puerto. Llevaba esto escondido dentro de su cinturón. Intentó morderse la lengua para no hablar, pero no ha hecho falta: el papel habla por sí solo.

Selim dejó a Azat en el suelo suavemente, se levantó y tomó el pergamino. Lo extendió sobre la mesa de madera cercana, y Zeynep se acercó también, dejando a Hürrem en brazos de Ayşe para que la cuidara un momento. Cuando ambos vieron los dibujos y las letras finas, se quedaron callados unos segundos: no eran simples notas. Era el **plano completo y detallado de todo Puerto Blanco**, con marcas rojas en los puntos débiles de las murallas, flechas que marcaban las rutas secretas por las que entrar sin ser vistos, y anotaciones al margen con las horas exactas en que las rondas de guardias eran más cortas y había menos vigilancia. Al final, escrito con tinta roja, una sola frase: *Entrar en tres noches. Tomar el puerto antes del amanecer. Cerrar la salida al mar*.

—Así que esta era su verdadera intención todo este tiempo —dijo Selim con una voz tan baja y fría que hizo temblar un poco al marinero cautivo—. Regalos, sonrisas, tratados de paz… todo para ocultar que planeaban robarnos la llave de nuestro mar por sorpresa.

Zeynep pasó un dedo suavemente sobre las líneas del mapa, sin mostrar rabia, solo una tristeza serena:

—Si hubieran venido con la mano abierta y el corazón sincero, les habríamos dado todo lo que pidieran con justicia. Han preferido mentir, robar y planear matanzas. Y lo peor de todo: han puesto en peligro a toda esta gente, a nuestros hijos, a nuestro pueblo, por codicia. No podemos dejarlo pasar. Pero tampoco podemos hacer lo que ellos harían: no vamos a atacar por sorpresa ni a derramar sangre innecesaria. Haremos lo correcto, aunque sea más difícil.

Se volvió hacia el marinero, que no se atrevía a levantar la vista:

—Dile a tu Princesa y a tu Embajador que los esperamos en la sala de consejos dentro de una hora. Que vengan solos, sin armas, sin guardias. Les mostraremos lo que tenemos aquí, y les daremos una sola oportunidad: o aceptan la verdad y se van de nuestras tierras en paz antes de que salga el sol de mañana, sin que hagamos pública su traición ante todos los reinos vecinos… o se quedan aquí para responder por lo que han planeado, y sus barcos serán incinerados en el muelle antes de que puedan izar una sola vela. Que elijan. Pero que sepan que si intentan una sola tontería más, no habrá segunda oportunidad.

El hombre asintió con la cabeza temblando, y Gül se lo llevó para que cumpliera el recado.

Pasó la hora que habían dado, y cuando Layla y Jalil entraron en la sala de consejos, aún intentaban mantener su máscara de dignidad y sorpresa fingida. Pero en cuanto vieron el plano extendido sobre la mesa, con todas sus notas y marcas, se quedaron mudos de golpe. La sangre se les escapó de la cara, y ninguno de los dos pudo pronunciar ni una sola palabra de excusa. Todo estaba ahí, claro, irrefutable, escrito por sus propias manos.

Selim habló primero, sin gritar, sin insultos, con la autoridad de quien sabe que tiene la razón de su lado:

—Vinisteis hablando de amistad, de comercio, de alianzas eternas. Y mientras hablabais, estabais midiendo nuestras murallas para saltarlas por la espalda. Nos disteis regalos brillantes para ocultar que planeabais quitarnos lo que nos cuesta años de trabajo proteger. Tuvisteis muchas oportunidades de ser honestos, y las desaprovechasteis todas. Ahora solo os queda una elección, y ya os la han dicho: vais en paz, volvéis a vuestra tierra y contad a vuestro rey que aquí no se consiguen cosas con mentiras y dagas ocultas… o pagáis las consecuencias aquí mismo, ahora mismo. Decidid.

Layla miró fijamente a Zeynep durante unos segundos largos. En su mirada ya no había astucia, solo una derrota amarga y un rastro de respeto que no quería mostrar:

—Nadie nos había descubierto nunca tan rápido —dijo por fin con la voz seca—. Siempre ganábamos antes de que nadie se diera cuenta. Vosotros sois diferentes. Tienes algo que ningún otro gobernante que hemos conocido tiene: un corazón que la gente quiere seguir, y una mirada que ve a través de todas las máscaras. Nos vamos. En paz. Pero sabed que no será la última vez que oigáis hablar de Qamar. El mar es grande, y los caminos se cruzan más de una vez en la vida.

—Cuando volváis —respondió Zeynep con calma—, que sea con la verdad por delante. Entonces las puertas estarán abiertas de par en par. Hasta ese día, que el viento os sea favorable.

Los dos enviados dieron media vuelta y salieron sin decir nada más. Antes del amanecer, sus doce barcos izaron velas y se alejaron lentamente por el horizonte, sin mirar atrás. La amenaza inmediata había desaparecido. Pero mientras la familia real se abrazaba aliviada sabiendo que sus hijos estaban a salvo, ambos sabían que esta victoria era solo el principio de algo mucho más grande: su imperio ya no sería un lugar desconocido para los pueblos del mar. A partir de ese día, todo el mundo sabría que existían, que eran fuertes, y que estaban unidos. Y eso, con el tiempo, traería tanto amigos nuevos como peligros más grandes que los que acababan de vencer.

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**FIN DEL CAPÍTULO 22

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