Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.
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Capítulo 23
Capítulo 23 — El banquete por el cumpleaños del príncipe
El cumpleaños de Adrián cae esta semana, y por primera vez en años el palacio del príncipe organiza un banquete como corresponde a un hijo del rey. Antes ni siquiera se molestaban en recordar la fecha: para qué celebrar el año de un moribundo. Ahora, en cambio, medio corte se presenta con obsequios y sonrisas. Pero yo sé leer una sala, y esta huele a emboscada desde el umbral.
Los Godoy no han olvidado a la sobrina que les devolví con la cara marcada. Y no han venido solos: se han aliado con el príncipe Matías, el tercer hermano, que veía a Adrián como a un cadáver útil y ahora lo ve resucitar con creciente disgusto.
Empiezan por los detalles. Nos han sentado bien, no pueden hacer otra cosa siendo el homenajeado el anfitrión, pero los regalos que van desfilando son una sucesión de pequeñas humillaciones envueltas en seda: un tónico reconstituyente “para que el cuarto príncipe aguante el invierno”, un manto grueso “no vaya a resfriarse el enfermo”, una imagen piadosa “para encomendar su frágil salud”. Cada obsequio es una manera de recordar, en voz alta y delante de todos, que este príncipe está medio muerto y que su esposa es la hija adoptiva a la que su familia repudió.
Adrián lo encaja todo recostado en su asiento, pálido, aparentando esa debilidad que ya no tiene, con una media sonrisa que no dice nada.
Matías espera al brindis para asestar el golpe. Se pone de pie, alza la copa, y su voz melosa recorre el salón.
—Por el cuarto hermano. Qué alegría verte cumplir un año más. —Hace una pausa calculada, y la sonrisa se le afila—. Aunque, con ese cuerpo tuyo… uno no puede evitar preguntarse si el año que viene podremos volver a reunirnos así. Aprovechemos esta noche, hermanos, que nadie sabe cuántas nos quedan de celebrarla con él.
Un murmullo cómplice recorre la mesa de los Godoy. Alguien reprime una risita. Es un brindis por la muerte disfrazado de brindis por la vida, y todos lo entienden.
Adrián, que hasta ahora fingía apenas tener fuerzas para sostener la copa, la deja sobre la mesa con un golpe seco y limpio.
Se endereza en el asiento. Y cuando levanta la mirada hacia Matías, ha desaparecido el enfermo lánguido; queda otra cosa, algo frío y afilado, con una sonrisa que no es una sonrisa.
—Tercer hermano —dice, sin alzar la voz—, con tantas ganas como tienes de que me vaya, no me queda más remedio que seguir vivo, aunque solo sea para no darte el gusto. —Ladea la cabeza—. Y ya que hablamos de aguantar hasta el año que viene… deberías cuidarte tú también. Esa partida de fondos que desviaste anteayer de la tesorería del reino, esa que aún no ha aparecido en ningún libro… llevo la cuenta apuntada. Ten cuidado, no sea que tú no llegues a mi próximo cumpleaños.
El salón se congela de golpe.
La copa de Matías se detiene en el aire. La sonrisa se le descompone en pedazos y la cara se le va vaciando de color hasta quedar de un blanco enfermizo. Alrededor, los Godoy dejan de reírse en seco; un par de ellos intercambian miradas de alarma, porque si Adrián sabe eso de la tesorería, quién sabe qué más sabe, y de quién.
—No… no sé de qué hablas —consigue articular Matías, con la voz un tono más aguda—. Semejante calumnia…
—¿Calumnia? —Adrián arquea una ceja—. Qué bien. Entonces no tendrás inconveniente en que pida que revisen los libros de la tesorería el mes que viene, delante de nuestro padre. Si no falta nada, habré quedado como un embustero y te deberé una disculpa pública. Y si falta… —Deja la frase colgando, con esa media sonrisa suya—. Bueno. Tú sabrás lo que falta mejor que yo.
Matías se sienta despacio, sin encontrar respuesta, con la copa temblándole en la mano.
Y ahora entro yo. Porque a esto hemos venido: a devolver cada golpe con intereses.
—Es una lástima —digo, con dulzura, paseando la mirada por la mesa de los Godoy—. Tanto regalo pensado para un enfermo, tanto tónico, tanto manto de abrigo… y resulta que mi esposo está más sano que la mitad de los presentes. Habrán gastado ustedes el dinero en vano. Si lo hubieran sabido, quizá habrían traído algo más útil. Vino, por ejemplo. O disculpas.
Una de las primas Godoy, envalentonada, no aguanta y suelta con retintín:
—La princesa tiene la lengua muy suelta para ser… lo que es. Una hija adoptiva a la que su propia madre echó de casa no debería dar lecciones de buenas formas en la mesa de un príncipe.
Iba a contestar yo. No me hace falta.
Adrián se vuelve hacia ella sin prisa, y esta vez no hay media sonrisa, solo hielo.
—Cuida esa boca —dice, y aunque habla bajo, el salón entero lo oye—. Estás hablando de mi esposa.
Y entonces hace algo que no esperaba.
Alarga la mano por encima de la mesa, busca la mía, y me la toma. No con delicadeza de teatro, sino con firmeza, cerrando sus dedos sobre los míos y llevándose nuestras manos unidas hasta apoyarlas sobre su palma, a la vista de todos, sin el menor pudor.
—Mi esposa —repite, mirando uno por uno a los que ocupan la mesa de los Godoy, y luego a Matías—. Quién es, de dónde viene, qué cuna tiene: nada de eso es asunto de ustedes. Es mi princesa, la señora de esta casa, y a esta mesa no le corresponde a nadie opinar sobre ella. Al próximo que lo intente, lo echo del banquete. Me da igual el apellido que lleve.
Se me queda la mano quieta entre las suyas.
No es la primera vez que este hombre me sorprende. Pero es la primera que noto algo raro en el pecho, un tirón que no había calculado, una brasa pequeña que se enciende donde no debería. La aparto de un empujón mental, molesta conmigo misma. No he venido a esta vida a que me tiemble nada por dentro por una frase bien dicha.
Y sin embargo la frase se ha quedado flotando en el salón, y nadie la contesta.
La prima Godoy baja la cabeza, roja hasta las orejas. Matías clava la vista en su copa. Y el resto de la mesa, que había venido a ver cómo humillaban a un enfermo y a su esposa repudiada, descubre que ha venido a presenciar exactamente lo contrario.
El banquete continúa, pero ya no es el mismo. Nadie más se atreve a lanzar una pulla. Los brindis que siguen son de una cortesía forzada, casi asustada. Adrián no me suelta la mano en un buen rato, y yo, por alguna razón que prefiero no examinar, tampoco la retiro.
Cuando por fin se despide el último invitado y el salón se vacía, Adrián se inclina hacia mí, todavía con esa languidez fingida que ya solo usa por costumbre.
—¿Te ha molestado que te tomara la mano delante de todos?
—Ha sido útil —contesto, evasiva—. Ha cerrado más bocas que cualquier cosa que hubiera dicho yo.
—Ya. —Sonríe, y por una vez la sonrisa le llega hasta los ojos—. Útil.
No le contesto. Recojo mi manto y salgo antes de que se me note nada en la cara.
Esa noche, y a lo largo del día siguiente, la ciudad no habla de otra cosa. En los salones y en los corredores de palacio, en voz baja, la gente empieza a repetir lo mismo con distintas palabras: que el cuarto príncipe, ese al que todos daban por muerto, no solo no se muere, sino que ha desenterrado en público un asunto de fondos que muchos creían secreto. Que su esposa tiene una lengua que corta y unas criadas que rompen huesos. Que ese matrimonio de descarte que la corte tomaba por un chiste está resucitando ante los ojos de todos. Y en más de un despacho, esa noche, se reabren los cálculos: cuánto pesa ahora, de verdad, el príncipe que se suponía que iba a pudrirse en cama.
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻