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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 21

—Alguien que confía en ti.

La frase de Rodrigo persiguió a Valentina todo el fin de semana.

No firmó nada. Tampoco rechazó la propuesta. Luna la obligó a imprimir tres copias, subrayar cada cláusula sospechosa y mandarle el paquete a una abogada mercantil que cobraba por hora lo que Lumina pagaba antes por una semana de café. Era caro. Era necesario.

—Si vamos a venderle el alma a alguien, mínimo que venga con RFC visible —dijo Luna, mientras metía la carpeta en un sobre.

Valentina no se rió.

—No voy a vender Lumina.

—Por eso dije "si". Yo todavía tengo fe en tu paranoia.

El lunes por la mañana, Rodrigo llegó con otra obligación envuelta en lenguaje elegante: la Fundación Montero de Arte preparaba una subasta de caridad, varios donadores del Consejo asistirían y Lumina, como empresa que acababa de recibir apoyo institucional, debía mostrarse presente. No como adorno. Como señal de que Valentina Reyes sabía moverse en el mismo salón donde se decidían contratos, reputaciones y favores.

—¿Esto también viene de alguien que confía en mí? —preguntó ella.

Rodrigo sostuvo la carpeta contra el pecho.

—Esto viene de la Fundación.

—Qué conveniente.

—Señorita Reyes, en ese salón va a estar la mitad de la gente que puede dejar respirar a Lumina o cerrarle la puerta. No le estoy pidiendo que sonría por Montero. Le estoy diciendo que use la mesa antes de que la mesa la use a usted.

Luna, que estaba escuchando desde su escritorio, alzó una mano.

—Traducción: ve, roba contactos y no aceptes champaña de nadie raro.

Valentina tomó su saco del respaldo de la silla.

—Voy por Lumina.

Rodrigo no corrigió la frase.

La Fundación Montero de Arte ocupaba una casona restaurada en Polanco, con muros blancos, pisos de madera oscura y un patio interior donde el ruido de la ciudad se volvía más caro, más bajo, casi educado. Valentina había estado allí antes, pero siempre como acompañante. Esa vez le dieron una acreditación con su nombre completo, una carpeta de logística y una lista de patrocinadores a los que debía confirmar ubicación en mesa.

Nada de aquello era casual.

La subasta sería al día siguiente. En el salón principal, un equipo colgaba obras contemporáneas bajo la supervisión de una curadora con lentes redondos. En otra sala, dos asistentes revisaban certificados de autenticidad junto a cajas de seguridad. Un mesero practicaba la circulación de copas sin tocar las piezas expuestas.

Valentina se quitó el saco y se puso a trabajar.

Confirmó nombres, corrigió una mesa donde habían sentado a dos familias enemistadas, movió un patrocinador tecnológico junto a un fondo de impacto social y evitó que un escultor furioso se llevara su pieza porque el catálogo le había bajado tres años de edad.

—No sabía que también apagabas incendios de arte —murmuró Rodrigo al pasar.

—Apago lo que pueda quemar dinero —respondió ella.

Él sonrió apenas y siguió hacia la oficina administrativa.

A media tarde, Valentina entró al salón lateral para revisar las fichas de las piezas no subastables, las que solo se exhibirían como parte de la colección permanente. El espacio olía a madera encerada y papel de archivo. Había fotografías antiguas, un biombo japonés, una serie de dibujos de artistas jóvenes becados por la Fundación y, al fondo, un marco negro apoyado todavía contra la pared.

No sabía por qué se acercó.

Tal vez por el tipo de silencio que rodeaba la pieza.

La caligrafía estaba montada sobre papel claro. Trazos negros, largos, disciplinados; no eran letras para que cualquiera las leyera, pero sí para que cualquiera entendiera la fuerza de la mano que los había hecho. En la ficha provisional, el título aparecía traducido: "Campanas bajo la lluvia". Poema chino antiguo. Tinta sobre papel. Colección privada.

Valentina dejó de respirar un segundo.

Conocía esos trazos.

No porque entendiera cada carácter. No. Los conocía por las noches de Las Lomas, años atrás, cuando Sebastián se encerraba en el despacho después de llamadas interminables y ella, con diecinueve años, pasaba por el pasillo fingiendo que iba por agua. A veces lo veía inclinado sobre papel de arroz, corrigiendo una línea hasta que la muñeca le quedaba tensa. Nunca le preguntó qué escribía. Él nunca la invitó a mirar.

Pero una vez, después de una discusión absurda sobre horarios de la universidad, ella había encontrado una hoja descartada en el cesto. El trazo inicial era el mismo: una caída larga, contenida, como alguien que se prohibía temblar.

—No toque el marco todavía, por favor.

Valentina se giró.

Un hombre de cabello blanco y chaleco de lino caminaba hacia ella con una credencial de la Fundación colgada al cuello. Sus ojos eran pequeños, vivos, más atentos que amables.

—Perdón —dijo ella—. Solo estaba revisando la ficha.

—Usted debe ser Valentina Reyes.

—Sí.

—Maestro Octavio.

Valentina lo reconoció de inmediato. Había visto su nombre en catálogos de la Fundación y en fotografías con Sebastián. Maestro Octavio no era solo un artista invitado; era una de esas personas a las que el personal trataba con respeto natural, sin necesidad de que nadie explicara su rango.

—Mucho gusto, Maestro.

Él miró la caligrafía.

—Poca gente se detiene en esa.

—No está en el catálogo principal.

—Porque no está a la venta.

Valentina volvió a mirar el marco.

—Entonces, ¿por qué la exhiben?

—Porque la Fundación también guarda cosas que no se compran.

La frase le cayó demasiado cerca.

Maestro Octavio se acomodó los lentes.

—Ese lo escribió Sebastián cuando tenía treinta. Nunca lo vendió.

Valentina sintió que el salón se hacía más estrecho.

—¿Él lo escribió?

El Maestro la observó con curiosidad discreta.

—Pensé que lo sabía.

—No.

—Fue una etapa complicada. Venía aquí de madrugada, cuando el personal ya se había ido. Decía que la tinta era más honesta que la gente del Consejo. Una frase muy dramática para un hombre que fingía no ser dramático.

Valentina no pudo evitar imaginarlo más joven, solo en esa casona, con las mangas dobladas y la mano manchada de tinta. Tenía treinta años cuando ella todavía trataba de aprender a ocupar un lugar en Las Lomas sin pedir perdón por existir.

—¿Por qué "Campanas bajo la lluvia"? —preguntó.

—Habla de despedidas, lluvia, un muelle, alguien que no sabe cómo decir lo que se va a llevar por dentro. A Sebastián le interesaba la disciplina del trazo, eso decía. Yo siempre pensé que le interesaba la parte de no poder hablar.

Valentina miró la etiqueta de "colección privada".

—Si nunca la vendió, ¿por qué la sacaron ahora?

Maestro Octavio juntó las manos detrás de la espalda.

—Don Eduardo quería piezas con historia para la gala. Los donadores importantes no compran solo arte; compran la ilusión de estar cerca de una familia. Una obra joven de Sebastián Montero abre muchas conversaciones.

—¿Él aceptó?

El Maestro no contestó de inmediato. En vez de eso, revisó que el marco siguiera bien apoyado y bajó la voz.

—Cuando Sebastián quiere impedir algo, normalmente lo impide.

Valentina sintió que esa respuesta le abría otra pregunta. Si la obra estaba ahí, era porque él la había dejado salir. Y si la había dejado salir, tal vez sabía que alguien podía verla.

Valentina bajó la vista a la esquina inferior de la obra. Había una firma mínima: S. Montero. Debajo, una fecha escrita con tinta más fina.

No necesitó hacer cuentas.

Ese año lo conocía mejor que cualquier número.

Era el año en que ella, con diecinueve, había entrado a Las Lomas cargando la libreta de Don Ignacio y una maleta que no cerraba bien.

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