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La Luna Humana del Alfa

La Luna Humana del Alfa

Status: En proceso
Genre:Romance / Aventura de una noche / Hombre lobo / Embarazo no planeado
Popularitas:18k
Nilai: 5
nombre de autor: JaQelinee Valenzuela

Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.

NovelToon tiene autorización de JaQelinee Valenzuela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 012: Caldo de pollo a las tres de la mañana

La camioneta olía a cuero, lluvia y al saco de Damián sobre sus hombros.

Aurora iba sentada en el asiento trasero, envuelta en la tela negra, con las manos escondidas dentro de las mangas. El temblor no se le quitaba.

Damián se sentó a su lado.

No pegado.

A la distancia exacta para que ella pudiera respirar.

Marco ocupó el asiento del copiloto. El conductor, un hombre de unos cuarenta y tantos con rostro amable y manos firmes sobre el volante, no hizo preguntas.

—Hospital Ángeles Pedregal —ordenó Damián.

Aurora levantó la cabeza.

—No.

Damián la miró.

—Tienes el labio partido, la mejilla hinchada y cojeaste al levantarte.

—No voy al hospital.

—Sí vas.

La frase salió demasiado dura.

Aurora se cerró de inmediato.

Damián lo notó y cambió el tono.

—Perdón. Necesito saber si tienes algo grave. Después de eso, te vas si quieres.

—No puedo pagar un hospital privado.

—Yo sí.

—Ese es el problema.

Marco miró por la ventana con una disciplina admirable.

Damián apoyó los codos en las rodillas.

—Entonces considéralo una deuda.

—Ya debo demasiadas cosas.

—Está puedes pagarla cuando quieras.

—¿Con intereses ridículos?

Damián la miró.

Aurora no había querido bromear. Le salió sola, cansada.

Él entendió.

—Con intereses ridículos —dijo.

Aurora bajó la mirada.

Su boca partida ardía.

La mejilla también.

El tobillo derecho latía desde que había bajado los escalones de la casa Rivas. Probablemente se lo torció cuando salió al porche o cuando se le doblaron las piernas en la lluvia. Ya no sabía qué dolor pertenecía a qué momento.

—Solo revisión —dijo.

—Solo revisión.

La camioneta avanzó.

La lluvia golpeaba los vidrios con fuerza. Las luces de Polanco se deshacían en líneas amarillas sobre el cristal. Aurora se miró en el reflejo de la ventana y casi no se reconoció: cabello pegado a la cara, labios rotos, ojos demasiado abiertos.

Damián abrió una gaveta lateral y sacó una toalla limpia.

—¿Puedo?

Aurora tardó en entender.

Él señaló su cabello mojado.

—Ah.

Tomó la toalla.

—Yo puedo.

Damián no discutió.

Eso la hizo mirarlo de reojo.

Se secó el cabello como pudo. Los brazos le pesaban, así que terminó dejando la toalla sobre los hombros.

Damián se quitó la corbata y la guardó en el bolsillo.

—Toño.

—Sí, patrón.

—Sube la calefacción.

—Claro.

Aurora miró al conductor.

—¿Toño?

El hombre sonrió por el espejo.

—Antonio Reyes, señorita. Pero si me dice Antonio, pienso que hice algo malo.

Aurora estuvo a punto de sonreír.

—Aurora.

—Mucho gusto, señorita Aurora.

Damián miró el retrovisor.

—Toño.

—Perdón, patrón. Costumbre de madre mexicana. Una ve a alguien mojado y quiere darle sopa.

—No la mires demasiado.

Tono volvió a mirar el camino.

—No la miro nada.

Aurora frunció el ceño.

Había algo raro en ese intercambio.

Aquello no se parecía a los celos comunes. Era más inmediato, más físico.

Como si Damián tuviera que recordarse a sí mismo que los demás podían existir cerca de ella.

Aurora apretó el saco.

No tenía energía para analizar hombres extraños con dinero, ojos dorados y conductores obedientes.

En el hospital, todo ocurrió demasiado rápido.

Damián habló con recepción y de pronto había una silla de ruedas, una enfermera, una doctora y una sala privada. Aurora quiso protestar, pero el tobillo la traicionó en cuanto intentó caminar.

Damián la levantó en brazos.

—Puedo usar la silla —dijo ella, furiosa.

—La silla está muy lejos.

—Está frente a ti.

—Demasiado lejos.

La doctora fingió no oír.

Marco fingió revisar mensajes.

Tono sonrió hasta que Damián lo miró.

Aurora se tapó la cara con una mano.

—Eres imposible.

—Eso me han dicho.

—Voy a cobrarte por cada vez que digas eso.

—Lo agregamos a mi deuda.

La doctora, una mujer de cabello corto y voz práctica, revisó el labio, la mejilla, las muñecas y el tobillo. Hizo preguntas claras. Aurora contestó lo necesario.

Cuando la doctora preguntó si quería reportar la agresión familiar, Aurora miró a Damián.

Él no habló ni la presionó. Esperó.

—Todavía no —dijo Aurora.

La doctora asintió, sin juzgar.

—Voy a dejar asentadas las lesiones en tu expediente. Si decides denunciar después, esto ayuda.

Aurora tragó saliva.

—Gracias.

El tobillo estaba torcido, pero no fracturado. Le limpiaron el labio, le dieron antiinflamatorio y una férula ligera. La doctora ordenó reposo y hielo.

—¿Tiene un lugar seguro donde pasar la noche? —preguntó.

Aurora miró sus manos.

Damián respondió solo cuando ella no pudo.

—Sí.

La doctora miró a Aurora, no a él.

—¿Es verdad?

Aurora pensó en la residencia, en sus amigas, en Ricardo sabiendo dónde encontrarla, en Mariana con acceso a medio campus, en la lluvia.

Después pensó en el departamento de un hombre al que apenas conocía.

«Qué gran lista de opciones», se dijo.

—Sí —respondió.

Damián exhaló despacio.

No sabía que estaba conteniendo el aire.

Salieron del hospital cerca de la una de la mañana.

Aurora se quedó dormida en la camioneta antes de llegar a Reforma.

Despertó cuando Damián la cargaba otra vez.

—Puedo caminar —murmuró.

—La doctora dijo reposo.

—La doctora no dijo que me secuestrarás verticalmente.

—Horizontalmente sería peor.

Aurora abrió los ojos lo suficiente para mirarlo mal.

Damián casi sonrió.

—Perdón.

—No te creo.

—Haces bien.

El elevador subió tanto que a Aurora se le taparon los oídos.

Cuando las puertas se abrieron, ella vio un recibidor amplio, silencioso, con piso oscuro y una pared de vidrio al fondo. Más allá, la Ciudad de México brillaba como si alguien hubiera tirado una caja de luces sobre el valle.

—¿Vives aquí?

—Sí.

—¡Qué absurdo!

—Es práctico.

—Vives en el cielo, Damián.

Él se quedó quieto.

Era la primera vez que ella decía su nombre en voz alta desde la noche del hotel.

Aurora se dio cuenta también.

El silencio se volvió raro.

—Lo vi en el contacto —dijo rápido—. Marco lo puso.

—Lo sé.

—No te emociones.

—No lo hice.

—Sí lo hiciste.

Damián la llevó hasta una habitación de invitados. No era una habitación cualquiera. Tenía cama enorme, baño propio, ventanales, una manta suave doblada sobre un sillón y un florero con rosas blancas.

Aurora miró las rosas.

—¿Siempre tienes flores esperando víctimas de lluvia?

—No.

—Qué tranquilizador.

—Las mandó Marco.

—¿Marco compra flores para tus invitadas?

—Marco resuelve problemas antes de que existan.

Aurora se sentó en la cama, agotada.

Damián dejó una bolsa sobre el sillón.

—Ropa limpia. Nueva. Puedes usar lo que quieras. El baño tiene toallas. No voy a entrar.

—¿Y si me caigo?

Damián se quedó en silencio.

Aurora lo miró.

—Era broma.

—No fue buena.

—Estoy cansada. Mi comedia baja de calidad.

Él asintió, muy serio.

—Lo tendré en cuenta.

Aurora entró al baño y cerró la puerta.

Se duchó sentada en una banca de mármol, con el tobillo fuera del agua y la cabeza demasiado llena. El jabón olía a lavanda. Las toallas eran más suaves que cualquier cosa que hubiera tenido en la residencia.

Odiaba que eso le gustara.

Odiaba mucho más que le diera sueño.

Cuando salió con un pants gris y una camiseta blanca, Damián no estaba en la habitación.

Sobre la cama había unas pantuflas.

Aurora las miró como si fueran una trampa.

Eran de su talla.

—Marco —murmuró.

Se las puso.

El olor la alcanzó en el pasillo.

Caldo de pollo.

No de restaurante.

De casa.

Con ajo, cebolla, cilantro, zanahoria y algo cálido que le pegó directo al estómago vacío.

Aurora siguió el olor con la dignidad que puede tener alguien cojeando en pantuflas prestadas.

Encontró a Damián en la cocina.

Sin saco.

Sin corbata.

Con las mangas de la camisa dobladas y un delantal negro atado a la cintura.

Aurora se apoyó en el marco de la puerta.

—No.

Damián giró.

—¿No qué?

—No puedes ser real.

Él miró la olla.

—Es caldo.

—Eres un empresario millonario haciendo caldo de pollo a las tres de la mañana.

—Dos cuarenta y siete.

—Eso no mejora nada.

Damián apagó el fuego.

—Siéntate.

Aurora lo miró.

—¿Orden?

—Súplica con mala costumbre.

Ella quiso seguir discutiendo, pero el olor del caldo ganó.

Se sentó en la barra.

Damián sirvió un plato hondo con caldo, pollo deshebrado, arroz y verduras. Lo puso frente a ella junto con una cuchara.

—Come. Necesitas fuerza.

Aurora tomó la cuchara.

El primer sorbo le calentó la garganta.

El segundo le cerró los ojos.

El tercero casi la hizo llorar.

Damián lo notó.

No dijo nada.

Gracias a Dios.

Aurora comió despacio, con las dos manos alrededor del plato como si alguien pudiera quitárselo.

—Está bueno —dijo.

—Me alegra.

—No te emociones.

—No lo hice.

—Otra vez sí.

Esta vez Damián sonrió.

No mucho.

Lo suficiente para cambiarle la cara.

Aurora bajó la mirada al caldo.

Peligroso.

Ese hombre era peligroso de muchas formas, y la sonrisa con delantal era una de las peores.

—Ni siquiera sé cómo te llamas —dijo, aunque sí lo sabía.

Damián apoyó el antebrazo en la barra, al otro lado.

—Damián Alejandro Montero Valdez.

Aurora levantó los ojos.

—Te pregunté el nombre, no el árbol genealógico.

—Treinta años. Dueño de Grupo Montero. Soltero. Sin novia. Nunca.

Aurora parpadeó.

—¿Nunca?

—Nunca.

—Eso es raro.

—Me lo han dicho.

—Voy a cobrarte también por esa frase.

—La deuda crece.

Aurora removió el caldo con la cuchara.

—¿Por qué me estás ayudando?

Damián dejó de sonreír.

—Porque quiero.

—La gente no hace cosas así porque quiere.

—Yo sí.

—Eso suena peor.

—Lo sé.

Aurora lo miró, cansada de buscar trampas y encontrarlas siempre.

—No puedo prometerte nada.

—No te pedí nada.

—No puedo confiar en ti.

—Todavía no.

—Tal vez nunca.

—Entonces esperaré mucho.

La respuesta fue tan simple que Aurora no supo qué hacer con ella.

Su corazón, ese traidor mal construido, dio un golpe suave contra las costillas.

«Usaste cemento barato para ese muro, Aurora —pensó—. Seguro fue del que venden en Tepito».

Se le escapó una risa.

Damián la miró.

—¿Qué?

—Nada.

—Te reíste.

—No.

—Sí.

—Fue un error médico.

—Le avisaré a la doctora.

Aurora volvió a reír, esta vez menos rota.

Y eso la asustó.

Dejó la cuchara.

—Mañana me voy.

Damián asintió.

—Si quieres.

—Quiero.

—Entonces mañana te vas.

—¿No vas a discutir?

—No.

—¿Por qué?

Damián tomó el plato vacío y lo llevó al fregadero.

—Porque si te quedas, quiero que sea porque elegiste quedarte.

Aurora se quedó mirando su espalda.

La cocina estaba tibia. La ciudad brillaba detrás de los ventanales. Su labio dolía menos. El tobillo seguía palpitando. En algún lugar de su teléfono nuevo, Camila seguro seguía escribiendo mensajes furiosos.

Aurora debería pedir que la llevaran de vuelta a la residencia.

Debería llamar a sus amigas.

Debería cerrar todas las puertas antes de que ese hombre encontrara la forma de entrar.

En lugar de eso, preguntó:

—¿Tienes más caldo?

Damián se giró.

La sonrisa volvió, pequeña y peligrosa.

—Sí.

Aurora levantó la cuchara.

—Entonces dame más. Necesito fuerza.

Damián tomó la olla.

Por primera vez desde que la noche del hotel empezó, Aurora sintió hambre.

Y por ahora, eso era suficiente.

1
Josephine 💜
🥰🥰🥰🥰
Primi Mendez
esta por terminar sin pasar casi nada 😕
Eva Domínguez Cobos
estuvo súper espero el final pronto
Primi Mendez
Mariana está pisando arena movedizas. no le conoce al protector de Aurora 🤢
Primi Mendez
esta bueno TÚ novela me encanta está pareja
Primi Mendez
Que hermoso como Damián cuida a su mujer y a su cachorro que viene en camino
Ivana Bollici
m encanta...super atrapante!
JZulay
Aurora no cayó en cuenta , lo de los 400 años 🤔🤭
JZulay
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/🤭...muy sensibles.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
JZulay
comparsa.../Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Joyful//Proud/ mucha gente 🤭
JZulay
comparsa 🤭🥹🥹🥹/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
JZulay
por Dios......y se pela con las manos 🤭/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
JZulay
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Doubt/...no solo fisgonear
JZulay
no fue mi lejos , no en distancia no en tiempo 🤭/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
Emily Morillo ♥️
pero que terca esa pendeja
JZulay
🐺❤️🥰/Kiss//Kiss//Kiss/
JZulay
ay tía Lupe..../Facepalm//Facepalm//Facepalm/
ud es querendona y alborotadora 🤭
JZulay
estás bien ñepra...🤭...hasta el tape /Facepalm//Facepalm//Facepalm/
JZulay
yupiiiiiii .....🥳...estamos avanzando 👏🏼👏🏼
JZulay
los golpes enseñan /Sweat/
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