Valentina Serrano creció creyendo que su familia era la de los Córdova — un hogar lleno de amor, risas y abrazos. A los veintidós años descubre que fue abandonada al nacer por los Serrano, una de las familias más poderosas de Puerto Almería, que la enviaron lejos para criar a otra niña en su lugar.
Obligada a regresar a la ciudad que la rechazó, Valentina se encuentra con una madre que no la reconoce, un padre que solo ve peones, y una "hermana" que la odia con cada fibra de su ser. Lo único que le pertenece es un cuarto diminuto, húmedo y oscuro al final de un pasillo.
Pero Valentina no es una víctima. Es una genio de la tecnología, una mente brillante que no necesita el apellido de nadie para brillar. Lo que no esperaba era cruzarse con Sebastián Montero.
Sebastián es el CEO del Grupo Cenit, el hombre más poderoso — y más frío — de Puerto Almería. Nadie se atreve a mirarlo a los ojos. Nadie, excepto ella.
Lo que Valentina no sabe es que Sebastián lleva cuatro años obsesionado con ella. La vio una vez, sola, con un pastelito en la mano mientras todos celebraban a otra persona, y desde entonces no ha podido sacarla de su cabeza.
Ahora que el destino los volvió a unir, Sebastián hará lo que sea para protegerla: reservar todos los locales de la ciudad para arruinar a sus enemigos, orquestar la caída de dinastías enteras, cocinarle la cena cada noche con un delantal rosa — y pelear con su propio perro por un lugar en la cama.
Porque Sebastián Montero, el hombre que hace temblar imperios con una mirada, se convierte en un desastre celoso y adorable cuando se trata de ella.
Pero los enemigos de Valentina no se rendirán fácilmente. Entre conspiraciones familiares, traiciones mortales y secretos que podrían destruirlo todo, Valentina y Sebastián tendrán que luchar juntos — no solo por su amor, sino por sus vidas.
Una historia de amor, venganza y redención donde el CEO más temido del país descubre que la única persona capaz de derretir su corazón de hielo es la mujer que no necesita que nadie la salve.
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Capítulo 14
Capítulo 14: Sin atajos
A las once cincuenta y ocho de la mañana, Valentina cerró el último archivo y desconectó el cargador.
Había dormido cuarenta minutos sobre una mesa, con la chaqueta doblada como almohada y una alarma cada quince minutos para no caer demasiado profundo. Tenía los ojos secos, el cuello rígido y la sensación de que el café de máquina ya formaba parte de su sangre.
Pero el modelo corría.
No perfecto. Honesto.
La sala principal del Centro de Innovación se llenó de evaluadores, participantes y observadores de las empresas patrocinadoras. Valentina notó a dos directivos del Grupo Cenit cerca de la pared, pero Sebastián no estaba entre ellos.
No supo si eso la alivió o la molestó.
El hombre de camisa a cuadros presentó antes que ella. Su equipo tenía un tablero limpio, mapas coloridos y una solución rápida para eliminar duplicados. La exposición fue buena. Valentina lo reconoció sin mezquindad.
Cuando terminó, él pasó junto a ella.
—Encontramos algunos proveedores repetidos —susurró—. Pero no llegamos a lo que dijiste anoche.
—Todavía pueden mencionarlo como riesgo.
—¿Me estás ayudando?
—Estoy evitando que el proyecto final sea inútil.
Él sonrió, nervioso.
—Eres intensa.
—Estoy cansada.
La llamaron al frente.
Valentina conectó su computadora. La primera diapositiva no tenía su foto, ni el apellido Serrano, ni frases sobre impacto. Solo decía:
Aura — trazabilidad antes que apariencia.
La directora de operaciones cruzó los brazos.
—Tiene diez minutos.
—Usaré ocho.
Alguien murmuró detrás. Valentina abrió el archivo original.
—El conjunto de datos fue diseñado con errores visibles y errores estructurales. Si limpiamos solo nombres duplicados, acentos y fechas, el sistema parece mejorar. Pero conserva una concentración artificial de proveedores en zonas de baja supervisión.
Mostró el primer mapa.
—Estas escuelas tienen menor conectividad, más fallas reportadas y menos auditorías presenciales. En teoría, deberían recibir control adicional. En el archivo dañado, reciben al mismo grupo de proveedores bajo cinco nombres distintos.
El profesor se inclinó hacia el micrófono.
—¿Puede probar que son el mismo grupo?
—Puedo probar que el modelo debe tratarlos como grupo de riesgo. Mismo teléfono en tres registros, misma dirección fiscal con variación de interior, facturación en patrón semanal y rutas complementarias que evitan competir entre sí.
Cambió a la tabla de trazabilidad.
—No eliminé esos registros. Los marqué. Si los borraba, perdía evidencia.
La ejecutiva de Cenit preguntó:
—¿Qué hace Aura con esa marca?
—Bloquea recomendación automática, exige revisión humana y muestra el costo estimado si se aprueba de todos modos. No reemplaza al responsable; le quita excusas.
La directora de operaciones dejó de cruzar los brazos.
—¿Y qué pasa con escuelas urgentes si el proveedor queda bloqueado?
Valentina abrió un segundo mapa.
—El sistema propone rutas temporales con proveedores no vinculados, aunque cuesten un ocho por ciento más. En programas sociales, lo barato puede salir carísimo si compra silencio.
La frase no era bonita. Era útil. Varios evaluadores tomaron nota.
El profesor señaló la pantalla.
—Su tablero visual es menos pulido que otros.
—Sí.
—¿Por qué no priorizó presentación?
—Porque el tablero más elegante de la sala puede ocultar un robo si nadie documenta cómo llegó al resultado.
El hombre de camisa a cuadros bajó la vista a su propio tablero.
Valentina no lo dijo para humillarlo. Era verdad.
La ejecutiva de Cenit revisó sus notas.
—Usted perdió tiempo por una revisión de acusación falsa. ¿Eso afectó su entrega?
—Sí.
—¿Quiere que se considere una extensión?
—No.
La sala se movió con murmullos.
Valentina sostuvo el micrófono con ambas manos.
—La revisión era necesaria. La integridad del proceso también es parte de la prueba. Si pido ventaja por algo que ya quedó resuelto, contradigo mi propio modelo.
Hubo un silencio distinto. No incómodo. Atento.
La directora de operaciones hizo la última pregunta:
—Si este prototipo se convierte en piloto real, ¿qué necesitaría primero?
Valentina no dudó.
—Datos limpios desde origen, acceso a auditorías y un equipo pequeño que prefiera decir la verdad antes que verse brillante.
Terminó en ocho minutos con treinta segundos.
No hubo aplausos inmediatos. El formato no era de aplausos. Pero cuando Valentina volvió a su asiento, el hombre de camisa a cuadros le acercó una botella de agua sellada.
—No es café sospechoso —murmuró.
Valentina la aceptó.
—Gracias.
Los evaluadores deliberaron durante cuarenta minutos. En ese tiempo, Camila le mandó tres mensajes.
"Papá quiere saber si ya terminaste."
"No creas que esto cambia nada."
"Rodrigo preguntó por ti."
Valentina bloqueó la pantalla sin responder.
En el piso ejecutivo del Grupo Cenit, Sebastián recibió el informe preliminar antes del anuncio oficial.
Su secretario dejó una carpeta sobre el escritorio.
—La matriz técnica coloca a Aura en primer lugar. La diferencia no es enorme en presentación visual, pero sí en trazabilidad y control de riesgo.
Diego, sentado en el sofá con una botella de agua que no era suya, levantó una ceja.
—Traducción para gente normal: ganó la chica.
Sebastián abrió la carpeta.
—Ganó la mejor propuesta.
—Ajá. Mucho más neutral. Casi te creo.
El secretario continuó:
—La dirección del centro pregunta si Grupo Cenit desea emitir alguna recomendación antes del anuncio.
Sebastián levantó la vista.
—Ninguna.
—¿Ninguna?
—Si cambian algo por mi nombre, arruinan su victoria.
Diego dejó de jugar con la botella. Por una vez, no hizo broma.
—Eso fue decentemente sano de tu parte.
—No necesito que me felicites por no estorbar.
—No te felicito. Lo documento, por si un día vuelves a ser imposible.
Cuando los evaluadores regresaron, la directora tomó el micrófono.
—Tres propuestas pasan a entrevista final con patrocinadores. Tercer lugar: Ruta Clara. Segundo lugar: Red Aula. Primer lugar por trazabilidad, defensa técnica y control de riesgo: Aura, de Valentina Serrano.
El nombre se oyó claro.
No "la hija de Ricardo". No "la del video". No "la problemática".
Valentina Serrano.
El hombre de camisa a cuadros fue el primero en acercarse.
—Te lo ganaste —dijo.
Valentina aceptó la mano que le ofrecía.
—Ustedes tenían mejor interfaz.
—Y tú encontraste el agujero por donde se iba el dinero. Creo que eso pesa un poco más.
La directora de operaciones pasó a su lado y añadió, sin detenerse:
—Mañana traiga esa misma claridad. Y duerma.
Valentina miró la botella de agua sellada, la carpeta y el gafete con su nombre. Entonces le mandó una foto a Emiliano.
Emiliano respondió con una nota de voz de siete segundos:
"Eso, hermana. Ahora sí come algo decente."
La risa le salió baja, cansada, pero real.
La ejecutiva de Cenit se acercó después del anuncio con una carpeta.
—La entrevista final será mañana en Grupo Cenit. Habrá observadores de dirección.
Valentina tomó la carpeta.
—¿Observadores de dirección?
—Sí. Incluido el director general.
Esta vez, el pulso volvió a la muñeca marcada.
La ejecutiva añadió:
—El señor Montero pidió revisar personalmente las propuestas finalistas.
Valentina bajó la mirada a la carpeta.
Así que las explicaciones tendrían lugar en su territorio.
El celular vibró antes de que saliera del centro.
Sebastián: "Felicidades. El resultado fue suyo."
Valentina miró el mensaje hasta que la pantalla estuvo a punto de apagarse.
"Mañana hablamos de eso."
La respuesta de él llegó seca, casi obediente.
"Mañana."
Esta vez, al menos, él no intentó esquivar la conversación pendiente con ella, por fin.