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De Sirvienta Low-Rank a Luna

De Sirvienta Low-Rank a Luna

Status: En proceso
Genre:Posesivo / Centrado emocionalmente / Hombre lobo / Romance paranormal / Casada Con Mi Ex's Familiar
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: elmira brazil

Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.

NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 24

Cap 24: La deuda de los Rojas

La familia Rojas llegó a Sierra Clara con tres bolsas, una queja y una mentira.

Marta venía al frente, pálida pero decidida. Bruno caminaba detrás de ella con olor a madera, sudor y vergüenza. Inés, su esposa, sostenía una bolsa contra el pecho como si dentro llevara un cachorro y no, según Pilar descubriría después, tamales aplastados. Nico corrió hacia ellos con alegría inmediata.

Camila supo que algo iba mal porque Marta no preguntó por la cocina.

—Necesitamos hablar —dijo su madre.

Camila dejó el frasco que estaba etiquetando.

—Eso rara vez trae pan.

Inés levantó la bolsa.

—Trajimos tamales.

Pilar apareció en la puerta.

—Eso compra diez minutos de paciencia.

Marta no sonrió.

Camila sintió que el estómago se le hundía.

Los llevó a una sala pequeña junto a la cocina, no al despacho de Gabriel. Eso era importante. Gabriel no tenía que estar en cada problema familiar. Y Camila no quería que su familia aprendiera que bastaba con parecer desesperada para invocar a un alfa.

Esa era la teoría.

En la práctica, el aroma de Gabriel apareció en el corredor a los tres minutos.

No entró.

Se quedó lejos.

Camila decidió ignorar lo mucho que eso la tranquilizaba.

—Ahora sí —dijo, sentándose frente a Marta—. ¿Qué pasó?

Bruno miró a su madre.

Marta miró sus manos.

Inés miró la bolsa de tamales como si quisiera meterse dentro.

Camila cerró los ojos.

—¿Quién pidió dinero?

Marta hizo una mueca.

—No es así.

—Entonces empiece con la parte que no es así.

Bruno habló al fin.

—El dueño del aserradero dice que mi puesto ya no es seguro. Que tener una hermana metida en pleitos de manada grande trae problemas. También apareció un hombre preguntando por nuestras deudas viejas.

Camila miró a Marta.

—¿Qué deudas viejas?

Marta se encogió.

—Antes de que entraras a Vega, pedí dinero a un prestamista para sostener la casa. Luego Vega pagó parte...

—¿Parte?

—Creí que todo.

La mentira estaba en el olor antes que en la frase.

Camila sintió cansancio.

Un cansancio antiguo, anterior a Gabriel, a Sierra Clara, a todos los tribunales. El cansancio de ser hija en una casa donde la necesidad siempre llegaba con las manos abiertas.

—Mamá.

Marta empezó a llorar.

—No quería decírtelo. Eras una niña. Luego estabas en Vega, y después todo se complicó. El hombre dice que si no pagamos, puede reclamar la casa.

—¿Cuánto?

Marta dijo una cifra.

Pilar, desde la cocina, soltó una maldición.

Inés se puso roja.

Bruno miró al suelo.

Camila no dijo nada.

La cifra no era imposible para Sierra Clara. Ese era el problema. Antes, una deuda así era una montaña. Ahora, con Gabriel a una puerta de distancia, podía convertirse en una piedra que alguien más apartara con la mano.

Y entonces vendría otra.

Y otra.

Y cada una tendría el mismo argumento: familia.

—¿Quién es el prestamista? —preguntó.

Marta dio un nombre humano que Camila no conocía.

Bruno agregó:

—Pero el hombre que vino olía a Vega.

Por supuesto.

Camila rio.

Nadie más lo hizo.

—No es una deuda. Es una correa.

Marta levantó la cabeza.

—Cami...

—No me llame así ahora.

Marta cerró la boca.

El dolor en su rostro fue real.

Camila lo vio.

No retiró la frase.

—Cuando firmé mi servicio, ¿Vega pagó la deuda?

Marta empezó a temblar.

—Pagó lo urgente.

—Y dejó el resto.

—Dijeron que era mejor así, que si pagaban todo de golpe, el prestamista sospecharía...

—No. Dijeron que era mejor así porque una deuda restante mantiene a una familia inclinada.

Bruno golpeó la mesa con el puño.

—Malditos.

—Sí —dijo Camila—. Pero no son los únicos.

Marta bajó la mirada.

El silencio que siguió no fue amable.

Gabriel no entró.

Camila lo agradeció.

Necesitaba hacer esto con su propia voz.

—Voy a pagar esa deuda si es legítima —dijo.

Marta sollozó de alivio.

—Gracias, hija.

—No terminé.

El alivio murió.

Camila sacó la libreta de su bolsa. La misma donde había escrito sus condiciones matrimoniales, su nombre en la mesa de la esquina, las primeras notas sobre Iria.

—Primero, revisaremos el documento. Si está inflado, se impugna. Si Vega está detrás, se registra como coerción indirecta. Segundo, si pago algo, será préstamo familiar documentado, sin intereses, con plazos que no destruyan su casa pero que reconozcan que mi dinero no es pozo común.

Marta la miró como si la hubiera abofeteado.

—¿Nos vas a cobrar?

—Voy a escribir lo que antes nadie escribió. Hay diferencia.

Bruno asintió despacio.

—Tiene razón.

Marta lo miró, herida.

—¿Tú también?

Bruno apretó la mandíbula.

—Mamá, vendimos a mi hermana una vez porque todo era urgente y nada estaba escrito claro. No voy a sentarme aquí a pedirle que nos salve fingiendo que eso no pasó.

Inés empezó a llorar en silencio.

Camila no esperaba que Bruno dijera eso.

Le dolió.

De una forma limpia.

—Tercero —continuó, antes de que la voz le fallara—, nadie de esta familia puede usar mi unión con Gabriel para pedir favores, trabajo, entrenamiento, préstamos, protección especial o entrada a Sierra Clara sin pasar por mí.

Nico, que había estado callado junto a la puerta, abrió la boca.

Camila lo señaló.

—Incluido tú.

—Yo no iba a...

—Incluido tú.

El chico cerró la boca.

Marta se limpió las lágrimas.

—Hablas como si fuéramos extraños.

Camila apoyó la pluma sobre la mesa.

—No. Hablo como alguien que quiere seguir siendo familia sin volver a ser recurso.

La frase se quedó en la sala.

Pilar apareció con una bandeja de café.

No dijo nada.

Eso, en Pilar, era casi ternura.

Camila escribió los puntos. Bruno le dio detalles del prestamista. Inés, con voz baja, confesó que el hombre había insinuado que si Camila era ahora esposa de un alfa, la familia podía «pedir mejor». Marta lloró otra vez. Nico, por primera vez en semanas, no hizo una broma.

Cuando terminaron, Camila llamó a Gabriel.

Él entró como si no hubiera estado esperando justo fuera del alcance de la puerta.

—Necesito registrar esto —dijo Camila.

Gabriel tomó los papeles.

Los leyó de pie.

No corrigió primero.

No tomó el control.

Solo leyó.

—Está bien estructurado —dijo al fin.

Camila sintió una estúpida satisfacción.

—¿Pero?

—Necesita una cláusula de no represalia contra Nico y Bruno por parte de empleadores vinculados a Vega.

Bruno levantó la cabeza.

—¿Se puede hacer eso?

—Se puede intentar. Y se puede registrar si no cumplen.

Nico miró a Gabriel como si acabara de descubrir otra clase de espada.

Camila suspiró.

—No lo mire así.

Gabriel no entendió o fingió no entender.

—También sugiero que el pago, si procede, salga de una cuenta a nombre de Camila, no de Sierra Clara. Así nadie podrá decir que el alfa Gabriel compró el silencio familiar.

Marta se ruborizó.

Camila miró a Gabriel.

—Gracias.

Él inclinó la cabeza.

—Es su decisión.

Marta, aún llorosa, se levantó.

—Alfa Gabriel, yo...

—No me agradezca a mí —dijo él, no brusco pero firme—. Su hija está resolviendo esto.

Marta miró a Camila.

La vergüenza, el amor, el miedo y la costumbre pelearon en su aroma.

—Gracias, hija.

Camila no sabía qué hacer con eso.

Así que tomó un tamal.

—Están fríos.

Inés se apresuró.

—Puedo calentarlos.

Pilar intervino:

—Usted no toca mi cocina hasta que me diga qué llevan.

Inés parpadeó.

—Pollo con salsa verde.

Pilar consideró.

—Aceptable. Venga.

La tensión se rompió a pedazos pequeños.

Bruno ayudó a Nico a llevar sillas al patio. Marta se quedó sentada, agotada. Gabriel salió para llamar al archivista. Camila permaneció con los papeles frente a ella.

No se sentía victoriosa.

Se sentía triste.

Y adulta de una forma que no había pedido.

Gabriel regresó solo.

—El archivista vendrá en una hora.

—Bien.

—¿Está bien?

Camila miró hacia la cocina, donde Pilar ya estaba regañando a Inés por envolver mal los tamales y Nico intentaba explicar a Bruno cómo funcionaba una patrulla de Sierra Clara con información seguramente inventada.

—No lo sé.

Gabriel se sentó frente a ella.

—Esa sigue siendo una respuesta válida.

Camila dobló los papeles.

—Pagar una deuda con documentos se siente frío.

—A veces el frío conserva lo que el calor pudre.

Ella lo miró.

—Eso sonó a la anciana Amalia.

—Me educó.

—Mis condolencias.

Él sonrió apenas.

Camila bajó la mirada a sus manos.

—Quería que mi madre me pidiera perdón sin necesitar nada.

Gabriel no respondió rápido.

Cuando lo hizo, su voz fue baja:

—Quizás algún día lo haga.

—¿Y si no?

—Entonces su libertad no puede quedar esperando esa disculpa.

Camila cerró los ojos.

Otra frase correcta.

Otra pequeña herida limpia.

—Tiene que dejar de hacer eso.

—¿Qué?

—Decir cosas que duelen porque encajan.

—Intentaré variar.

Camila rio sin ganas.

Luego apoyó los papeles en la mesa.

—Hoy no quiero hablar de Vega, ni de deudas, ni del vínculo de compañeros.

—De acuerdo.

—Quiero comer tamales recalentados y después revisar si Pilar está aterrorizando a mi cuñada.

—Plan sensato.

—Y usted no va a pagar nada sin mi firma.

Gabriel la miró con una paciencia que ya empezaba a parecerle peligrosamente familiar.

—Nunca.

Camila sostuvo su mirada.

El vínculo estaba tranquilo. No dulce. No ardiendo. Tranquilo.

Como una puerta cerrada por dentro.

Segura.

Por ahora.

—Bien —dijo.

Y por primera vez, cuando su familia se sentó a comer en Sierra Clara, Camila no sintió el precio de la mesa.

Se sintió la persona que había decidido quién podía sentarse.

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JZulay
miserable !!!! 😤
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