Anna es la definición de pragmatismo. Aceptó casarse con un extraño hace tres años solo para cumplir el deseo de su abuela, bajo la condición de que cada uno viviera su vida por separado. Para ella, David es solo un nombre en un acta de matrimonio y una transferencia mensual. David, por su parte, es un titán de los negocios, un hombre cuya posesividad solo es superada por su hermetismo; para él, Anna es un "trámite" lejano que vive en otra ciudad... o eso creía.
Todo cambia en una noche de copas y luces de neón. En una exclusiva discoteca, dos desconocidos se atraen magnéticamente. Anna, decidida a dejar de ser la "esposa de papel", se entrega por primera vez a un extraño de ojos gélidos y manos posesivas. David queda obsesionado con la mujer que desapareció al amanecer
El enredo estalla cuando David decide que esa "desconocida" debe ser suya, sin saber que ya lo es legalmente
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capitulo 13
El silencio en el ala este de la mansión no era paz; era una frecuencia sorda que hacía vibrar los nervios de David. Eran las dos de la mañana y el "Heredero de Hielo" estaba derrotado por su propia mente. Se encontraba de pie frente al ventanal de su habitación, con la camisa desabrochada y un vaso de whisky que ya no quemaba. Solo había una pared de piedra y roble separándolo de Anna, y ese muro se sentía como la frontera de un país que necesitaba invadir.
—Jazmín —susurró David, apretando el vaso—. Juro que todavía huelo a jazmín.
El recuerdo de la "mujer de la discoteca" era un fantasma que no lo dejaba respirar. Recordaba la curva de su espalda bajo el satén verde, el sonido de su respiración rompiéndose contra su cuello y esa vulnerabilidad salvaje que ella le había entregado. Pero luego miraba la puerta contigua y pensaba en Anna: la mujer que hoy había organizado la alacena por orden alfabético y que le había entregado un informe de "gastos operativos domésticos" antes de retirarse con un escueto "buenas noches".
La disonancia lo estaba volviendo loco. Su instinto posesivo le gritaba que eran la misma persona, pero la disciplina de Anna era tan perfecta que empezaba a dudar de su propia cordura. Necesitaba una grieta. Necesitaba que ella cometiera un error.
David salió de su habitación. Sus pies descalzos no hicieron ruido sobre la alfombra persa. Se detuvo frente a la puerta de Anna. No llamó; simplemente giró el pomo con una lentitud depredadora. La puerta estaba sin llave, tal como ella había predicho.
La habitación de Anna estaba bañada por la luz de la luna. Ella no estaba durmiendo. Estaba sentada en la cama, envuelta en una bata de seda color perla, con su computadora portátil iluminando su rostro de porcelana. Al verlo entrar, no se sobresaltó. No hubo un grito, ni un gesto de pudor. Solo una ceja arqueada y una mirada verde que permaneció tan fría como un lago congelado.
—¿Te has perdido, David? —preguntó ella, su voz suave y profesional—. El ala de los dormitorios es un pasillo recto. Es difícil confundirse.
David entró y cerró la puerta tras de sí. Se acercó a la cama, ignorando la distancia de seguridad. El calor de su cuerpo empezó a chocar con el aire acondicionado de la habitación.
—No puedo dormir. Y sospecho que tú tampoco, a pesar de tu agenda de "eficiencia".
Anna cerró la computadora con un clic seco y la dejó en la mesa de noche. Se cruzó de brazos, una barrera física contra la presencia abrumadora de él.
—Mi insomnio es productivo. Estoy revisando las proyecciones de la gala. Tu insomnio, por lo que veo en tu vaso, es simplemente químico.
David se sentó en el borde de la cama, invadiendo su espacio personal de forma agresiva. Se inclinó hacia ella, reduciendo la distancia hasta que pudo ver el reflejo de la luna en sus pupilas.
—Dime la verdad, Anna. ¿Qué hiciste la noche del jueves?
Anna no parpadeó. El pulso en su cuello era invisible bajo el cuello alto de su bata, pero por dentro, su corazón era un tambor de guerra.
—Ya te lo dije en el informe, David. Tuve una cena de trabajo con consultores externos y luego regresé a mi apartamento para preparar la mudanza. ¿O es que tu posesividad ahora incluye auditorías de mis horas de sueño?
David extendió una mano. No la tocó, pero sus dedos rozaron el aire cerca de su mejilla.
—Mientes. Hay algo en tus ojos que no estaba hace tres años. Una sombra. Una chispa.
Él intentó provocarla. Se acercó más, permitiendo que su aroma a sándalo y alcohol la rodeara. Buscaba una reacción física: un escalofrío, una dilatación de pupilas, el mismo deseo que la mujer de la discoteca no pudo ocultar. Su mano bajó y descansó sobre la sábana, justo al lado de la pierna de ella.
—Esa noche —continuó David, su voz bajando a un susurro peligroso—, estuve con una mujer. Ella era fuego, Anna. Ella no hablaba de logística ni de contratos. Ella se entregó a mí como si el mundo fuera a acabarse. Y tenía tu cara. Tenía tu cuerpo.
Anna sintió que el hielo de su máscara empezaba a agrietarse. La sensualidad de la voz de David era una caricia física que la desarmaba. El recuerdo de esa entrega era una herida abierta en su mente. Pero su orgullo y su necesidad de autonomía eran más fuertes. Si confesaba ahora, pasaría de ser su socia a ser su presa definitiva.
—Parece que el "Heredero de Hielo" ha encontrado a alguien que finalmente derritió su cordura —replicó Anna, forzando una pequeña sonrisa de desdén—. Es una pena que proyectes tus fantasías nocturnas en tu esposa de papel. Tal vez deberías buscar a esa mujer en lugar de acosarme en mi habitación.
David se tensó. El insulto a su cordura lo irritó, pero la calma de ella lo fascinó aún más. ¿Cómo podía ser tan buena fingiendo?
—¿Fantasías? —David agarró la muñeca de Anna con una firmeza que no llegaba a doler, pero que gritaba "mía"—. Tu piel está fría, Anna. Pero tu pulso está acelerado. Tu cuerpo te está traicionando mientras tu boca miente.
Anna no intentó soltarse. Sostuvo la mirada, desafiándolo con su inmovilidad.
—Mi pulso está acelerado porque un hombre borracho ha invadido mi habitación a las dos de la mañana y me está sujetando sin mi consentimiento. Es una reacción fisiológica al estrés, David. No a la pasión.
Él la soltó bruscamente, como si se hubiera quemado. Se puso de pie, frustrado por la barrera impenetrable que ella había construido. Ella era una esposa perfecta: distante, respetuosa de las formas y absolutamente profesional. Era todo lo que él debería querer en un matrimonio arreglado, pero era todo lo que lo hacía odiarla en ese momento.
—Eres una máquina, Anna —dijo David, caminando hacia la puerta—. Una máquina muy hermosa, pero una máquina al fin.
—Y tú eres un hombre que confunde el deseo con el derecho de propiedad —respondió ella, sin moverse de la cama—. Buenas noches, David. Cierra al salir.
David salió y cerró la puerta con más fuerza de la necesaria. En el pasillo, se apoyó contra la pared y cerró los ojos. Estaba convencido de que ella mentía, pero la perfección de su máscara de hielo lo dejaba sin armas.
Dentro de la habitación, Anna se dejó caer contra las almohadas. Sus manos temblaban violentamente ahora que él no estaba. Se llevó la muñeca que él había sujetado a los labios, inhalando el rastro de sándalo que había quedado en su piel. El fantasma de esa noche no solo atormentaba a David; la estaba devorando a ella desde adentro. Pero no podía ceder. Bajo ese techo, la única forma de sobrevivir a la posesividad de David era ser el único activo que él no pudiera comprar con su presencia: su verdad.