En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan
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Capitulo 13
El sol de la mañana comenzó a colarse suavemente por las altas ventanas del ala privada del palacio. Los rayos de luz iluminaban los bordados de oro de las pesadas cortinas, proyectando un brillo cálido sobre el mármol negro del suelo.
Aeryn ya estaba despierta. Llevaba bastante tiempo acostada en silencio, mirando el techo abovedado de la enorme suite imperial. La noche había sido larga y extrañamente tranquila, pero su mente no había dejado de trabajar ni un solo segundo. Estaba de vuelta en el corazón de la capital, el lugar del que había huido hacía seis años jurando que jamás regresaría.
A su lado, la puerta conectada que daba a la habitación contigua estaba entreabierta. Aeryn se levantó despacio, descalza, y caminó en silencio hasta el umbral.
Sobre la gran cama acolchada, Ian dormía plácidamente. El pequeño tenía los brazos abiertos y la respiración tranquila, ajeno por completo al enorme cambio que acababa de sufrir su vida. Aeryn sonrió con una mezcla de ternura y alivio. Ver a su hijo a salvo era lo único que mantenía sus nervios bajo control en medio de tanto lujo e incertidumbre.
De regreso en la estancia principal, encontró a Mara doblando con esmero la ropa de viaje sobre una mesa de madera tallada. Mara era una mujer joven, de porte firme y mirada atenta, que se movía con la discreción y la lealtad que siempre la habían caracterizado. No hablaba de más ni intentaba interferir en los asuntos del palacio; su única prioridad era el bienestar de Aeryn y del niño.
—El niño sigue durmiendo como un tronco —murmuró Mara con voz suave al notar a Aeryn—. El viaje lo dejó agotado, pero la fiebre no ha vuelto. Eso es lo importante.
—Gracias, Mara —respondió Aeryn con gratitud real—. No sé qué haría sin ti aquí.
—Estarías perdiendo la cabeza, eso harías —contestó la mujer con una leve sonrisa antes de volver a sus tareas en silencio.
Un par de golpes suaves en las puertas dobles rompieron la calma de la mañana. No era el toque fuerte y seco de la guardia imperial, sino algo mucho más sereno.
Antes de que Aeryn pudiera acercarse, las pesadas puertas se abrieron. Magnus entró en la suite.
El Emperador no vestía la armadura militar pesada ni las túnicas de gala con las que solía imponer su autoridad en la corte. Llevaba una camisa de lino blanco de corte sencillo y pantalones oscuros. En sus manos sostenía una bandeja de madera con una jarra de leche tibia, pan recién horneado, frutas frescas y tostadas.
Aeryn se tensó por instinto, dando un paso hacia atrás. Su mirada se fijó en los ojos carmesí del Alfa, buscando alguna señal de amenaza o la arrogancia propia de un gobernante que ha recluido a su objetivo.
Sin embargo, Magnus no mostró nada de eso. Entró con pasos tranquilos y depositó la bandeja sobre la mesa central de la sala.
—Buenos días —dijo Magnus. Su voz era baja y rasposa por el madrugón, pero carecía por completo del tono de mando que usaba con sus oficiales.
—Majestad —saludó Aeryn con frialdad formal, manteniendo la distancia.
Magnus miró la bandeja y luego la buscó a ella con la mirada. El ligero aroma a pino denso y tormenta que emanaba del Alfa volvió a llenar la habitación de forma natural, constante y envolvente.
—Pensé que Ian tendría hambre al despertar —explicó el Emperador, señalando la leche y las frutas—. No quise enviar a los sirvientes del palacio. La presencia de desconocidos solo habría asustado al niño en su primera mañana aquí.
Aeryn se quedó descolocada. Esperaba exigencias. No esperaba que el hombre más poderoso del imperio se hubiera tomado la molestia de traer personalmente el desayuno para su hijo para evitarle un mal rato.
En ese momento, la puerta conectada se abrió del todo. Ian salió adormilado, frotándose un ojo con el puño cerrado. Llevaba un camisón amplio y sus pequeños pies descalzos casi no hacían ruido.
—¿Mamá? —murmuró el niño con voz mimosa.
Pero al levantar la vista y ver a Magnus de pie junto a la mesa, los ojos carmesí de Ian se abrieron de par en par. La similitud entre el rostro del niño y el del Emperador era impresionante bajo la luz de la mañana.
Magnus se giró hacia el pequeño. De inmediato, la expresión severa y dura del Alfa se suavizó de una manera que Aeryn jamás habría imaginado. El Emperador se hincó sobre una rodilla para ponerse a la altura del niño, eliminando cualquier postura intimidante.
—Hola, pequeño —dijo Magnus con una suavidad extrema—. ¿Dormiste bien?
Ian dio un par de pasos dudosos. Miró a su madre buscando aprobación, y Aeryn le dedicó una leve asentida con la cabeza para tranquilizarlo. El niño volvió a mirar al gigante que tenía enfrente.
—Tus ojos son iguales a los míos —soltó Ian con la inocencia pura de sus seis años, señalando el rostro de Magnus.
Una pequeña y genuina sonrisa se dibujó en los labios del Emperador.
—Los tuyos son más brillantes —respondió Magnus con calidez—. Traje algo de comer. Hay pan dulce y leche tibia, si quieres.
Ian miró la bandeja sobre la mesa y sus ojos se iluminaron. Se acercó sin miedo a la mesa y tomó una de las frutas frescas, sentándose en una silla baja. Magnus no intentó forzar un abrazo ni imponer su figura paterna de golpe; simplemente permaneció cerca, atento a cada movimiento del niño y asegurándose de que tuviera todo a su alcance.
Aeryn observaba la escena desde unos pasos de distancia. Ver la interacción entre ambos hacía que algo dentro de su pecho se apretase. Al ver dedicación sincera y el cuidado instintivo con el que trataba a Ian despertaba en ella una sensación extraña.
Era una chispa involuntaria de atracción y calor. No tenía que ver solo con la biología del lazo Omega o la aplastante presencia del Alfa. Era la actitud del hombre. La forma en que Magnus, teniendo todo el poder del imperio en sus manos, decidía actuar con absoluta paciencia y respeto hacia ella y hacia su hijo.
Magnus se puso de pie despacio y caminó hacia Aeryn. Al acortar la distancia entre los dos, la mezcla de sus aromas se volvió más evidente. A pesar de los supresores que Aeryn llevaba en el sistema, el sutil rastro a flores silvestres de su piel reaccionó ante la cercanía del aroma a pino de él.
—Sé que este lugar no es tu hogar, Aeryn —dijo Magnus, mirándola fijamente a los ojos—. Y sé que estás buscando la grieta en el muro para salir corriendo. Pero no voy a encerrarte ni a obligarte a cumplir un papel que no desees.
Aeryn sostuvo su mirada, notando la profundidad de sus palabras.
—Este palacio está lleno de espías y política, Magnus —contestó ella con tono bajo pero firme—. No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo usan a mi hijo.
—Nadie tocará a Ian —afirmó el Alfa con una convicción que no dejaba espacio a dudas—. Y tú no eres una prisionera. Si estás aquí, es porque quiero protegeros de lo que viene del norte.
Magnus extendió la mano y, con una lentitud deliberada para darle tiempo a apartarse si lo deseaba, rozó con los nudillos la mejilla de Aeryn. El contacto fue breve, un toque cálido que envió un escalofrío directo a la espalda de la Omega. Aeryn no se echó hacia atrás, congelada por la intensidad del momento y por la sinceridad que leía en el rostro del Emperador.
—Desayuna con él —añadió Magnus, retirando la mano con suavidad—. Volveré más tarde. Tómate el tiempo que necesites.
El Emperador dio media vuelta y caminó hacia la salida. Antes de cruzar la puerta, miró hacia atrás por un segundo, observando a Ian comer alegremente en la mesa y a Aeryn de pie en el centro de la estancia. Luego, las pesadas puertas se cerraron en silencio.
Aeryn se quedó en su lugar durante unos segundos, soltando el aire que había estado reteniendo. Se llevó una mano a la mejilla, sintiendo aún el calor residual de los dedos de Magnus sobre su piel.
Mara, que había presenciado la escena desde la esquina de la habitación sin intervenir, se acercó despacio a Aeryn. Le sirvió un poco de té caliente en una taza y se la puso en las manos.