Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
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Encuentros inesperados
Capítulo 11: Encuentros inesperados
La semana comenzó con un ritmo frenético en el Grupo Ferrer. Desde primera hora de la mañana, los pasillos estaban llenos de empleados que iban de una reunión a otra. Camila ya se había acostumbrado a esa rutina. Mientras organizaba su escritorio, repasaba mentalmente las tareas del día.
—Buenos días —saludó Elena dejando un café sobre su mesa—. Hoy nos espera una jornada intensa.
—¿Más que ayer? —preguntó Camila entre risas.
—Mucho más. Esta tarde hay una reunión con patrocinadores y Nicolás quiere que todo salga perfecto.
Camila asintió y comenzó a revisar unos informes. Cada día se sentía más segura en su puesto. Había dejado atrás los nervios del primer día y ahora disfrutaba de su trabajo.
Sin embargo, había algo que seguía inquietándola.
Cada vez que pensaba en Nicolás Ferrer, recordaba la conversación que habían tenido en la Plaza Mayor. No había sido nada fuera de lo común, pero la naturalidad con la que habían hablado le había resultado inesperada.
Sacudió la cabeza.
—No empieces, Camila...
No tenía sentido darle vueltas a algo que jamás podría ocurrir.
En el último piso del edificio, Nicolás terminaba una llamada con su entrenador.
El partido del fin de semana había sido exigente, pero la victoria había dejado un buen ambiente en el equipo.
—Descansá esta tarde —le recomendó el entrenador.
—Lo intentaré.
Colgó el teléfono y miró por la ventana.
Madrid brillaba bajo el sol de la mañana.
Sobre su escritorio descansaba la agenda del día.
Reunión con patrocinadores.
Firma de contratos.
Entrevista con la prensa.
Todo estaba perfectamente organizado.
Pero, aun así, no conseguía concentrarse.
Sin querer, volvió a pensar en Camila.
En la forma en que hablaba con Lola.
En la sonrisa tímida que aparecía cada vez que se cruzaban.
Se pasó una mano por el rostro.
—Esto tiene que terminar.
Tenía una relación con Valentina.
No estaba bien sentirse de esa manera.
Alrededor del mediodía, Laura se acercó al escritorio de Camila.
—Necesito que lleves estos contratos al despacho del señor Ferrer. Debe firmarlos antes de la reunión.
Camila tomó la carpeta.
—Ahora mismo.
Subió al piso treinta intentando mantener la calma.
Golpeó la puerta.
—Adelante.
Nicolás levantó la vista y sonrió al verla.
—Hola, Camila.
—Buenos días.
Se acercó al escritorio y dejó la carpeta.
—Laura me pidió que le entregara estos contratos.
—Perfecto, gracias.
Mientras él revisaba los documentos, un silencio cómodo llenó el despacho.
Camila observó discretamente el enorme ventanal desde donde se veía casi toda la ciudad.
—La vista es increíble.
Nicolás levantó la mirada.
—Es una de mis partes favoritas de la oficina.
Ella sonrió.
—Podría pasar horas mirando Madrid desde acá.
—Yo también.
Por un instante volvieron a quedarse en silencio.
No era un silencio incómodo.
Al contrario.
Parecía que ambos disfrutaban simplemente de la compañía del otro.
Entonces el teléfono de Nicolás sonó.
Frunció el ceño al ver la pantalla.
Valentina.
—Disculpame un segundo.
Camila asintió.
Mientras él atendía, ella dio unos pasos hacia la puerta para darle privacidad.
—Hola.
La voz de Valentina sonaba seria.
—¿Te olvidaste de que hoy almorzábamos juntos?
Nicolás cerró los ojos.
Lo había olvidado.
—Estoy en una reunión.
—Siempre estás ocupado.
—Valentina...
—Después hablamos.
La llamada terminó abruptamente.
Cuando levantó la vista, encontró a Camila esperando junto a la puerta.
—Perdón por la demora.
—No hay problema.
Él le devolvió la carpeta firmada.
—Gracias por traerla.
—Que tengas una buena reunión.
—Igualmente.
Camila salió del despacho con una sensación extraña.
No había escuchado la conversación completa, pero alcanzó a notar que algo no iba bien.
Horas más tarde, al terminar la jornada, Camila pasó a buscar a Lola al colegio.
La pequeña salió corriendo apenas la vio.
—¡Mamá!
—Hola, princesa.
—Hoy hice un dibujo.
—¿Me lo mostrás?
Durante el camino de regreso, Lola no dejó de hablar.
Camila la escuchaba con atención, sonriendo.
Aquellos momentos le recordaban que, sin importar lo difícil que fuera la vida, siempre valía la pena seguir adelante.
Esa misma noche, Nicolás llegó a su departamento.
Valentina lo esperaba sentada en el comedor.
El ambiente era tenso.
—¿Vamos a seguir así? —preguntó ella.
Nicolás dejó las llaves sobre la mesa.
—¿Así cómo?
—Distantes.
Él guardó silencio.
No sabía qué responder.
La quería, o al menos eso creía.
Pero hacía tiempo que la relación se había convertido en una rutina.
Y lo que más le preocupaba era que, sin proponérselo, otra persona comenzaba a ocupar sus pensamientos.
Mientras tanto, en otro rincón de Madrid, Camila acostaba a Lola y le leía un cuento antes de dormir.
Cuando apagó la luz, se quedó unos segundos observando el cielo desde la ventana.
No sabía por qué, pero tenía la sensación de que el destino seguía acercándola, paso a paso, a un hombre que jamás imaginó conocer.
Y aunque ambos luchaban por ignorarlo, cada nuevo encuentro hacía que la distancia entre ellos fuera un poco más pequeña.