Sinopsis
Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.
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Un año de aquel regalo, la computadora Cap 15
Un día, sin darme cuenta, la computadora cumplió un año con nosotras. No tenía fecha de nacimiento, ni tarjeta de garantía, ni manual de instrucciones. Pero yo recordaba el día que don Rafael la puso en mis manos: una tarde calurosa, con el ventilador rugiendo como un animal herido y la pantalla parpadeando con fiebre.
Doce meses después, seguía rugiendo. Seguía parpadeando. Pero seguía viva.
—Es un milagro que esta máquina todavía funcione —le dije a mi madre una noche, mientras limpiaba el polvo de la torre con un pincel viejo.
—No es un milagro —respondió ella, sin levantar la vista de la masa—. Es esfuerzo. La mantuviste viva.
Nunca lo había pensado así. La computadora no era un milagro. Era mi obra. Cada pieza que le cambié, cada tutorial que vi bajo el sol, cada tarde de frustración y cada pequeña victoria. Esa máquina había sobrevivido porque yo no la dejé morir.
—Creo que merece una celebración —dije.
Mi madre me miró con una ceja levantada.
—¿Vas a celebrar el cumpleaños de una computadora?
—¿Por qué no?
Ella soltó una carcajada. Hacía tiempo que no la escuchaba reír así.
Esa semana, con la plata de las tortas, compré algo especial: un teclado nuevo. No era de última generación. Era un teclado genérico, el más barato de la tienda de informática. Pero tenía todas las teclas funcionando. La E, la R, la barra espaciadora. Todo.
Cuando lo conecté, la computadora lo reconoció al instante. Probé cada tecla. Cada una respondía con un clic suave, firme. Era como si la máquina me estuviera dando las gracias.
—Feliz cumpleaños —susurré, acariciando la carcasa blanca.
Esa noche, mi madre horneó una torta especial. No era para vender. Era para nosotras. La misma receta de vainilla con dulce de leche, pero esta vez con una vela encima. Una sola vela blanca, de las que quedaban de mi último cumpleaños.
—¿Qué hacemos? —preguntó mi madre, con la torta en la mano.
—La soplamos juntas. Como un deseo.
Soplaste. La llama se curvó, titubeó, se apagó. El humo subió hasta el techo de chapa.
—¿Pediste algo? —pregunté.
—Sí —dijo mi madre, con una sonrisa misteriosa—. Que la computadora dure otro año.
Nos reímos. Comimos la torta sentadas en el comedor, con el ventilador rugiendo de fondo. Era un ruido molesto para cualquiera. Para nosotras era música.
Al día siguiente, Lucía vino a mi casa por primera vez. Le había contado lo del cumpleaños de la computadora y quiso conocerla.
—¿Es esta? —preguntó, señalando la torre blanca con asombro.
—La misma.
—Pensé que exagerabas cuando me dijiste que era ruidosa.
—¿Lo ves?
Se acercó, tocó la carcasa, miró el monitor de pasto verde. No dijo nada. Pero sus ojos hablaban. Había respeto en ellos.
—¿Sabés qué? —dijo, después de un rato—. Esta máquina es más valiosa que cualquier MacBook. Porque tú la hiciste andar. No la compraste. La construiste.
Nunca nadie me había dicho algo así.
Esa tarde, mientras tomábamos te en la puerta de mi casa, ella me confesó algo.
—Yo también tuve una computadora así. Mi tío me la regaló cuando entré a la facultad. Era una carcasa amarilla, más vieja que yo. La usé dos años hasta que se murió para siempre.
—¿Y ahora qué computador tienes?
—Una prestada. De una vecina. Pero la devuelvo cada noche.
Nos miramos. Y nos reímos. Dos estudiantes con computadoras prestadas y rotas, tomando mate en una vereda de tierra, con el sol pegando en la nuca. Parecía un chiste. Pero era nuestra vida.
—Somos un caso de estudio —dijo Lucía.
—Somos un caso de supervivencia —corregí.
El te se enfrió. El sol empezó a bajar. Lucía se fue caminando, con su mochila y su teléfono con la pantalla rota. La miré alejarse y sentí una mezcla de tristeza y orgullo. Tristeza porque éramos tantas. Orgullo porque seguíamos ahí.
Esa noche, antes de dormir, le escribí un mensaje a don Rafael. Era largo, lo pensé mucho. Al final solo puse: "La computadora que me regaló cumplió un año. Sigue andando. Gracias."
Él respondió a los pocos minutos: "Me alegro. Las cosas buenas, si se cuidan, duran."
Las cosas buenas. Eso era la computadora. Y mi madre. Y Lucía. Y don Rafael. Y cada persona que había comprado una torta en la parada del colectivo. Cosas buenas que se cuidaban mutuamente.
Al otro día, cuando volví a la universidad, me senté en mi lugar habitual. Valentina me miró de reojo. Ya no me importaba. Saqué mi cuaderno espiral, mi lapicera azul. En la mochila llevaba una porción de torta para Lucía. Y en el corazón, una certeza nueva: no necesitaba una computadora nueva para ser alguien en la vida.
Necesitaba seguir cuidando lo que tenía. Porque lo que tenía, aunque fuera poco, era mío.
La computadora cumplió un año. Y yo también, de alguna manera. Cumplí un año de no rendirme. De caminar bajo el sol. De vender tortas. De reparar una máquina que otros habían descartado.
Ese año me enseñó algo que ningún título universitario podría darme: que el valor de las cosas no está en su precio, sino en la historia que llevan encima. Y esa computadora blanca, ruidosa y parpadeante, tenía la historia más hermosa que yo podía imaginar.
La nuestra.