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El Heredero Del Alfa

El Heredero Del Alfa

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Hombre lobo / Salvar al hijo enfermo
Popularitas:4.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Violeta. E

En la noche de su compromiso, Aeryn descubre la peor de las traiciones: su prometido y su propia hermana esperan un hijo juntos. Destrozada por el dolor, huye de la corte hacia los jardines olvidados del palacio, donde se entrega a una noche de pasión prohibida con un imponente Alfa desconocido para calmar su tormento. Al amanecer, abrumada por la realidad, recoge sus pocas pertenencias y escapa sin dejar rastro, ignorando por completo que el misterioso hombre al que abandonó en la penumbra es el temido y supremo Emperador Lycan

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Capitulo 8

El gran salón del palacio ducal resplandecía bajo mil velas de cera pura. Las inmensas arañas de cristal, suspendidas del techo abovedado, reflejaban destellos dorados sobre las paredes de piedra pulida.

El oro y la plata brillaban en las mesas largas. Cuberterías finas, copas talladas a mano y bandejas rebosantes de manjares se alineaban con una precisión exacta, demostrando la riqueza acumulada de las tierras del norte.

El olor a asado, vino especiado y perfumes costosos llenaba el aire caluroso. Era una mezcla embriagadora, diseñada para abrumar los sentidos de cualquiera que cruzara el umbral, un recordatorio constante del estatus y la opulencia.

La música de las arpas y los violines intentaba ocultar el murmullo tenso de la nobleza. Los músicos, apostados en un balcón elevado, tocaban melodías suaves.

Aeryn Ash entró al salón sin hacer ruido.

Se deslizó entre la multitud con la gracia de una sombra, esquivando las miradas ajenas con una destreza ganada tras años de calculada discreción.

Se colocó en una esquina apartada, cerca de las grandes columnas de mármol. El frío de la piedra a su espalda le servía como un cable a tierra necesario. Vestía un traje de seda gris opaco, liso, sin bordados imperiales ni encajes llamativos. Una perfecta Beta invisible en mitad de la opulencia.

Nadie la miraba.

Nadie la saludaba.

Para la alta sociedad del norte, ella era solo una sombra del pasado. Una figura que alguna vez manejó los hilos económicos del territorio, pero que ahora, tras seis años de ausencia, no era más que un eco irrelevante.

Aeryn prefería que fuera así. Mantenerse en la periferia le permitía observar el tablero con la cabeza fría. Ajustó sutilmente las mangas de su traje, asegurándose de que las muñecas estuvieran bien cubiertas. Debajo de la tela, sus venas absorbían los efectos del costoso supresor alquímico que llevaba usando desde la adolescencia.

Fue en este mismo salón, a los catorce años, cuando comprendió los peligros de su verdadera naturaleza. Había despertado como una Omega. En un mundo dominado por Alfas despiadados que veían a las de su casta como meras posesiones dinásticas o peones de sumisión, mostrar su aroma a flores silvestres habría sido su sentencia de muerte política. Su propio padre la habría subastado al mejor postor.

Por eso eligió la Alquimia. Por eso eligió el engaño.

Al presentarse ante el mundo como una Beta, una casta considerada neutra, carente de los instintos biológicos y de los aromas descontrolados que nublaban el juicio, la corte no tuvo más remedio que escucharla. Se ganó el respeto universal a través del intelecto puro, convirtiéndose en la implacable Consejera de Hierro. Incluso su compromiso con Lucian había sido un movimiento puramente transaccional. Él necesitaba su mente brillante para gobernar el ducado quebrado, y ella ganaba inmunidad física, ya que los lazos entre Alfas y Betas se basaban en contratos legales, nunca en la sumisión del celo.

Pero Lucian era un Alfa común, esclavo de sus instintos. La frialdad racional de una supuesta Beta no pudo competir contra la atracción biológica explícita que Daphne derramaba. La traición de su hermana la había empujado al destierro, pero también la había salvado de un matrimonio vacío.

De vuelta en el presente, Lucian y Daphne presidían la mesa principal.

El Alfa del ducado reía con fuerza, alzando su copa de oro ante los condes vecinos. Su aroma a madera de cedro quemada se expandía por la tarima alta, intentando marcar territorio y demostrar una autoridad que flaqueaba. Daphne lucía una enorme sonrisa, acomodando la tiara de diamantes que antes le pertenecía a Aeryn. Mostraban una felicidad perfecta, una fachada de poder absoluto que apenas lograba sostenerse sobre las deudas secretas que Aeryn también había dejado atrás.

Aeryn no los miraba a ellos. Su atención estaba en otra parte.

Sus ojos escaneaban la entrada principal del salón con una fijeza casi felina.

Cada vez que las puertas dobles se abrían, un nuevo aroma inundaba el recinto. Maderas, licores, hierbas silvestres y almizcle. Alfas y Betas de todos los rincones del imperio cruzaban el umbral, entregando sus capas de piel a los sirvientes antes de sumergirse en la masa de invitados.

Aeryn aguzaba el oído, filtrando las risas falsas y buscando nombres clave entre los murmullos de los nobles que se congregaban cerca de su columna.

—¿Vino el príncipe heredero? —preguntó un conde a su espalda, bajando la copa.

—No. Mandó a su segundo comandante —respondió una marquesa, abanicándose con desdén—. La capital está en alerta. Dicen que el palacio imperial ha desplegado a la guardia oscura en el norte.

Aeryn apretó los dedos alrededor de su abanico cerrado, la madera crujiendo levemente bajo sus guantes.

La incertidumbre le quemaba el pecho. La dosis del inhibidor mantendría a Ian durmiendo pacíficamente en el ala oeste durante tres horas más, pero el tiempo corría implacable. Su hijo estaba sufriendo la fiebre de crecimiento Lycan. Los libros ancestrales que había consultado en la biblioteca eran definitivos: el poder dorado del niño consumiría sus propios canales de energía si el Alfa progenitor no estabilizaba su núcleo místico.

Necesitaba que el Alfa de los ojos rojos cruzara esa puerta antes de que el efecto del medicamento terminara. Necesitaba oler la menta helada y la ceniza volcánica para ponerle un nombre y un rostro a su objetivo. Sabía que la curación absoluta de Ian provenía de la sangre imperial, pero la dinastía gobernante tenía docenas de ramificaciones nobles. Podía ser un duque de la corte, un general de sangre pura o un príncipe de alto rango. Debía identificarlo para trazar una estrategia de acercamiento.

De repente, los violines se detuvieron en seco.

Una nota disonante quedó suspendida en el aire antes de desaparecer. Un silencio abrupto, pesado y denso cayó sobre el gran salón de manera instantánea.

Los murmullos se apagaron como velas bajo una ráfaga de viento. Las copas dejaron de chocar y las risas se congelaron en las gargantas de los aristócratas.

Los guardias reales en la entrada se cuadraron, golpeando sus lanzas contra el suelo de piedra con una fuerza seca que hizo vibrar las copas de cristal sobre las mesas.

Las puertas principales se abrieron de par en par.

El frío de la noche exterior se coló en el salón caluroso, agitando las llamas de las velas. El viento invernal trajo consigo una oleada biológica aplastante. Un olor purísimo a tormenta, menta helada y ceniza volcánica inundó cada rincón del palacio. Era una presencia Alfa tan absurdamente dominante, tan antigua y destructiva, que varios Betas en el salón bajaron la cabeza de inmediato por puro instinto de sumisión. Incluso los Alfas de los ducados vecinos retrocedieron un paso, subyugados por el peso de un linaje inalcanzable.

Aeryn sintió que el corazón le daba un vuelco violento. Los supresores en su organismo temblaron, amenazando con quebrarse ante la presión atmosférica que generaba el recién llegado. Sus instintos de Omega, largamente enterrados, arañaron las paredes de su mente, reconociendo al instante la fragancia de aquella noche en el altar de mármol.

—Él está aquí —pensó, sus ojos fijándose en la silueta que cruzaba el umbral.

Una capa de terciopelo negro con bordados de oro arrastraba por el suelo, abriéndose paso entre la multitud que se apartaba con reverencia aterrada.

Un cabello negro azabache, perfectamente peinado hacia atrás con una elegancia aristocrática impecable, brillaba bajo la luz de las velas. Su rostro, esculpido en facciones frías y severas, no mostraba emoción alguna.

El hombre avanzó con una elegancia imperial, destructiva y gélida. Al levantar la cabeza para mirar a la corte de los Ash, sus pupilas destellaron en un rojo carmesí brillante, devorando la atención y el aire de todo el lugar. Dos gemas de fuego que evaluaban el salón con el desapego de un dios guerrero.

Aeryn se pegó más a la columna, conteniendo la respiración mientras la realidad la golpeaba con la fuerza de un mazo.

No era un general de paso.

No era un príncipe de segunda línea.

El hombre del invernadero, el Alfa que la había poseído bajo la luz de la luna llena y el padre biológico del pequeño Ian, era el mismísimo Emperador Lycan, el gobernante supremo de todo el continente.

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