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Dime que no me quieres

Dime que no me quieres

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Completas
Popularitas:7.9k
Nilai: 5
nombre de autor: MarOculto

Valentina Reyes lo tenía todo calculado: irse de aquella mansión, olvidar a Sebastián Montero y nunca volver. Pero la vida tiene otros planes.

Cuando Lumina Tech, la empresa que él le regaló y ella convirtió en su orgullo, está al borde de la quiebra, Valentina no tiene más opción que regresar a Las Lomas de Chapultepec — la residencia del hombre más poderoso de Ciudad de México. El mismo hombre que la crio como su protegida. El mismo que le rompió el corazón sin decir una sola palabra de amor en siete años.

Sebastián Montero parece no haber cambiado: la silla de ruedas, la mirada fría, el control absoluto. Pero debajo de esa armadura hay un hombre que la buscó por dos años después de que ella desapareció. Un hombre que guarda un anillo de oro en el bolsillo. Un hombre que esconde un secreto tan oscuro que prefirió perderla antes que destruirla.

Entre la guerra de las grandes familias empresariales, los celos que ninguno admite, y una conspiración que pone en peligro su vida, Valentina deberá decidir: ¿puede amar a un hombre que nunca le dirá "te quiero"… o su silencio es la prueba más grande de amor que existe?

Once años. Una historia de orgullo, sacrificio y el amor más terco del mundo.

NovelToon tiene autorización de MarOculto para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12 — El vestido

No era suficiente.

Valentina se lo repitió en silencio mientras Sebastián seguía frente a ella, en el jardín de la Fundación, con el bastón en una mano y una verdad tardía entre los dos.

Un vestido comprado siete años atrás no borraba una silla vacía en su cumpleaños. Una disculpa resumida en "llegué tarde" no explicaba por qué le había dejado creer que nadie la había pensado esa noche. Y, aun así, el cuerpo era traicionero: la seda blanca sobre su piel ya no se sentía como una prenda vieja, sino como una pregunta.

—Debió decírmelo —dijo.

Sebastián no apartó la mirada.

—Sí.

La simpleza de la respuesta la irritó.

—¿Eso es todo?

—No.

—Entonces diga el resto.

Por un momento, él pareció cansado. No de la pierna. De algo más hondo.

—No sabía cómo darte algo sin pedirte nada a cambio.

Valentina soltó una risa baja.

—Muy conveniente. Su silencio siempre termina sonando noble cuando usted lo explica tarde.

—No lo estoy defendiendo.

—Pero tampoco lo cambia.

Sebastián aceptó el golpe sin moverse.

Desde el salón, Sofía llamó a Sebastián para una fotografía con los donantes. La interrupción salvó a Valentina de decir algo más, o de quedarse esperando algo peor: una frase que le diera permiso de perdonarlo.

—Vaya —dijo ella.

—Valentina...

—La Fundación lo necesita.

Y yo no, pensó, pero no lo dijo.

Regresaron a Las Lomas después de medianoche. En el auto, Braulio condujo en silencio y Sebastián no intentó hablar. Valentina miró su reflejo en la ventana. El vestido blanco parecía más visible dentro de la oscuridad.

En la entrada, Doña Esperanza los esperaba despierta.

—¿Les preparo algo caliente?

—No, gracias —respondió Valentina.

La mujer miró el vestido y sus ojos se suavizaron de inmediato.

Valentina se detuvo.

—Usted lo sabía.

Doña Esperanza bajó la mirada.

—Sí, señorita.

—Todos lo sabían menos yo.

—No era mi secreto.

No había reproche en la voz de la mujer. Eso lo hizo más difícil.

—Buenas noches, Doña Esperanza.

—Buenas noches, señorita.

En su habitación, Valentina se quitó los zapatos primero. Luego los aretes, el reloj, las horquillas. Dejó cada cosa en línea sobre el escritorio, como si ordenar objetos pudiera ordenar el temblor que le había quedado por dentro.

El vestido fue lo último.

No lo arrojó a una silla. Tampoco lo volvió a guardar en el clóset. Lo colgó en la puerta del armario y se sentó frente a él, en camisón, con las rodillas juntas y las manos entrelazadas.

Siete años.

Durante siete años creyó que esa prenda había sido un gesto amable de Doña Esperanza, una forma de que la niña de Oaxaca no se sintiera mal vestida junto a las mujeres de apellidos largos. Durante siete años, cada vez que pensó en ese cumpleaños, recordó el retraso de Sebastián, no el regalo escondido.

Ese hombre recordaba todo.

El problema era que recordar no era lo mismo que quedarse. Comprar un vestido no era lo mismo que llegar a tiempo. Guardar una habitación intacta no era lo mismo que abrir una puerta cuando ella golpeaba desde adentro.

Valentina tomó el celular y abrió el chat de Luna.

"¿Estás despierta?"

La respuesta llegó rápido.

"Siempre que estás dramática con elegancia. ¿Qué pasó?"

Valentina miró el vestido.

"El vestido blanco era de él."

Tres puntos aparecieron. Desaparecieron. Volvieron.

"Ay, Vale."

Eso bastó para que se le llenaran los ojos.

El celular vibró un segundo después. Luna llamando.

Valentina dudó, pero contestó.

—No quiero hablar.

—Entonces no hables. Respira y yo insulto mentalmente al señor misterios.

—No lo insultes.

—Mira nada más. Ya empezamos mal.

Valentina se sentó en el borde de la cama.

—Es que no fue malo, Luna. Eso es lo peor. Si hubiera sido cruel, si hubiera sido una mentira, yo sabría dónde ponerlo. Pero compró el vestido. Lo guardó. No dijo nada. ¿Quién hace eso?

—Alguien emocionalmente discapacitado con demasiado dinero.

A Valentina se le escapó una risa rota.

—No ayuda.

—Sí ayuda. Te reíste.

El silencio se estiró unos segundos.

—¿Crees que recordar cosas significa algo?

Luna tardó en contestar. Cuando lo hizo, su voz salió más suave.

—Significa que recuerda. No significa que sepa amar bien.

Valentina cerró los ojos.

—Yo tampoco sé si sé hacerlo bien.

—Tú sí sabes amar. Lo que no sabes es dejar de pagar todo con pedazos tuyos.

Valentina apretó la tela de la sábana.

—La última vez que pensé que podía alcanzarlo, terminé pidiéndole algo que no quiso darme.

No dijo "matrimonio". No dijo "anillo". Luna no lo necesitó.

—Entonces esta vez no corras hacia él —dijo—. Camina hacia ti. Si él quiere alcanzarte, que aprenda.

Valentina miró el vestido blanco colgado en la puerta del armario.

—Odio que a veces suenes sabia.

—Yo también. Me cansa.

No lloró. Se levantó, se lavó la cara y abrió la computadora portátil. Revisó el correo de Terranova, el contrato de Carolina y el calendario de pagos. A la una y media de la mañana, ya había respondido tres mensajes y corregido dos anexos.

Trabajar era más seguro que recordar.

Cuando por fin cerró la computadora, el cuarto estaba en silencio. Valentina apagó la luz principal y dejó solo la lámpara de Coyoacán. Fue hasta la cama, levantó la almohada para acomodarla y algo cayó contra la sábana.

Un escapulario.

Pequeño, gastado, con la imagen de la Virgen del Carmen apenas protegida por el plástico opaco. El cordón oscuro tenía un nudo torcido en un extremo.

Valentina dejó de respirar.

Conocía ese nudo.

A los diecinueve, la madre de Luna le había regalado dos escapularios antes de un viaje a Oaxaca. "Uno para ti y otro para alguien que quieras cuidar", le dijo, medio en broma, medio en serio. Valentina había guardado el suyo en la cartera y el otro lo había puesto, sin pedir permiso, bajo la almohada de Sebastián durante una semana en que él casi no dormía.

Él lo encontró al tercer día.

—¿Esto es tuyo?

—Es protección.

—No creo en eso.

—No le pregunté.

Él no lo devolvió.

Valentina tomó el escapulario con la punta de los dedos. Tenía el mismo nudo, la misma esquina raspada; él lo había conservado y ahora estaba bajo su almohada.

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