Aurora Rivas solo quería sobrevivir aquella noche.
Traicionada por su prometido, drogada por su propia familia y perseguida en un hotel de lujo, terminó en brazos de Damian Montero, el hombre más poderoso de la Ciudad de México… y el Alfa de la manada más antigua.
Para Aurora fue una noche que debía olvidar.
Para Damian, fue el despertar de su lobo.
Ella huyó antes del amanecer sin saber que la mordida que dejó en su hombro no era una simple marca, sino el lugar exacto donde una Luna reclama a su Alfa.
Semanas después, Aurora descubre que está embarazada.
No de un bebé.
De cuatro.
Ahora la familia que quiso destruirla quiere arrebatarle lo único que le queda, mientras la manada Montero empieza a inclinarse ante una humana que jamás pidió ser reina.
Aurora no sabe que nació Luna.
Damian sí.
Y esta vez, el Alfa no va a dejar escapar a su pareja destinada.
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Capítulo 1
Capítulo 001: La noche del destino
Aurora Rivas salió tambaleándose de una habitación del hotel.
Tenía la cara encendida, la respiración rota y la blusa rasgada entre los dedos. El pasillo de mármol se estiraba frente a ella como si no tuviera fin. A cada paso le temblaban las piernas; a cada segundo, el calor que le habían metido en la sangre le subía con más violencia.
La habían drogado.
Felipe la había citado con esa sonrisa de novio perfecto. Mariana había insistido en que tomara la copa. Y cuando Aurora entendió la trampa, Bruno Zavala ya cerraba la puerta detrás de ella.
Habían querido entregarla.
Su prometido. Su media hermana. El hijo del administrador de la casa Rivas.
Aurora se mordió el labio hasta sentir sangre. El dolor la ayudó a seguir caminando.
—Aurora —la llamó Bruno desde atrás—. No hagas drama.
Ella no volteó.
—Mi reina, tu papá ya sabe. No te hagas la difícil.
El asco le dio una fuerza breve. Aurora apretó la blusa contra su pecho y echó a correr.
Bruno soltó una grosería y fue tras ella. Venía con la camisa abierta, la boca torcida y los ojos brillosos por la misma porquería que se había tomado para completar la noche.
—¡No corras! —gritó—. ¡Si te portas bien, hasta te trato bonito!
Aurora sintió ganas de vomitar.
No iba a permitirlo.
Antes muerta.
El hotel olía a perfume caro, cera de piso y alcohol importado. Nadie salía de las habitaciones. Nadie abría una puerta. En esos lugares la gente sabía no ver, no escuchar, no meterse en problemas ajenos.
Aurora dobló la esquina casi sin aire.
Y chocó contra un hombre.
Era alto. Demasiado alto. Llevaba un traje negro impecable, el cuello de la camisa apenas abierto y una expresión fría, de esas que no pedían espacio porque el mundo se lo daba solo.
Aurora rebotó contra su pecho, pero unas manos firmes la sujetaron antes de que cayera.
El contacto la sacudió con un calor absurdo que le recorrió la piel en cuanto él la tocó.
Aurora levantó la cabeza.
El desconocido la miraba en silencio. Tenía la mandíbula dura, la boca seria y los ojos oscuros. Por un instante, quizás por culpa de la droga, le parecieron dorados.
—Ayúdame —dijo ella.
La palabra salió ronca, rota, humillante.
El hombre no la soltó.
—¿Qué te hicieron?
Aurora no alcanzó a responder. Bruno apareció al final del pasillo y frenó al verlos.
—Disculpe, señor —dijo, cambiando de voz—. Mi novia tomó de más. Yo me encargo.
Aurora sintió que el estómago se le cerraba.
—Miente —jadeó—. Me drogaron.
El rostro del desconocido cambió muy poco. Lo suficiente para que el aire se volviera pesado.
Damian Alejandro Montero Valdez había salido de una cena de negocios con la paciencia agotada. Llevaba horas soportando empresarios que sonreían como santos y mentían como ladrones. Lo último que quería era un escándalo en un pasillo.
Pero la chica temblaba contra él.
Y olía a rosas mojadas, rabia y miedo.
Su lobo se irguió de golpe.
Damian se quedó inmóvil un segundo. Treinta años de control, de silencio, de no sentir nada por nadie, y una humana drogada le caía encima para prenderle la sangre como si la Diosa Luna hubiera decidido burlarse de él. Ya pensaría en eso después.
Bruno dio un paso.
—Entrégamela. No sabe con quién se mete.
Damian bajó la mirada hacia Aurora.
—¿Lo conoces?
Ella tragó saliva.
—No quiero ir con él.
Eso bastó.
Damian la acomodó detrás de su cuerpo.
—Lárgate.
Bruno soltó una risa nerviosa.
—¿Perdón?
—Dije que te largues.
—Esa vieja es mía.
Damian se movió antes de terminar de oírlo.
El golpe fue seco. Bruno salió disparado contra la pared y cayó al suelo con un gemido. La madera crujió detrás de él. Aurora abrió los ojos, aturdida.
—Eso... no fue normal.
Damian no contestó.
Se inclinó apenas hacia Bruno.
—Si vuelves a acercarte a ella, te arranco algo que vas a extrañar.
Bruno, pálido y doblado por el dolor, no necesitó más. Se levantó como pudo y huyó por el pasillo.
Damian lo dejó ir porque Aurora se estaba deshaciendo de pie.
Ella se agarró a su saco.
—No hospital —susurró—. Mi papá lo usaría contra mí.
—Necesitas un médico.
—No.
La palabra salió débil, pero terca.
Damian respiró hondo. Lo correcto era llamar a seguridad, a un médico, a la policía. Lo correcto era muchas cosas.
Pero ella estaba casi cayéndose y aun así lo miraba como si fuera capaz de pelear con él también.
—Te llevo a mi habitación. Llamaré a un médico privado.
Aurora quiso decir algo, pero las rodillas le fallaron.
Damian la levantó en brazos.
Ella soltó un sonido bajo y escondió la cara contra su cuello. El lobo dentro de él golpeó las costillas, furioso con todos y demasiado despierto por ella.
—No me dejes con él —murmuró Aurora.
—No voy a dejarte con él.
—Ni con nadie de ellos.
Damian apretó la mandíbula.
No sabía quiénes eran "ellos", si hablaba de su familia, del tipo del pasillo o de media ciudad. Solo entendía una cosa: alguien había hecho esto, y quien hubiera lastimado a esa chica iba a pagar cuando ella estuviera a salvo.
Entró a su habitación y cerró la puerta con el pie. La Ciudad de México brillaba detrás de los ventanales, ajena, limpia desde arriba, como si abajo no acabaran de tender una trampa en un hotel de lujo.
Damian dejó a Aurora sobre la cama.
Ella se incorporó de inmediato, respirando entrecortado. La blusa rota se le resbaló de un hombro y ella la sostuvo con vergüenza rabiosa.
—Agua —dijo él, y fue por un vaso.
Aurora bebió dos tragos y lo apartó casi al instante.
—No funciona.
—No funciona tan rápido.
—Entonces haz algo.
El silencio cayó entre los dos.
Aurora entendió lo que había dicho y se puso más roja. Le tembló la boca, no de pudor bonito, sino de furia contra su propio cuerpo.
—Odio esto —murmuró—. Odio sentir esto.
Damian dejó el vaso en la mesa.
—Voy a llamar al médico.
Ella le agarró la muñeca.
El roce fue mínimo.
A Damian le bastó para apretar los dientes.
—No sé si aguanto —dijo Aurora, con los ojos llenos de lágrimas—. No quiero que él haya decidido por mí. No quiero que ellos decidan por mí.
—Aurora...
Él sabía su nombre porque el animal del pasillo lo había gritado.
Nada más.
No sabía su apellido. No sabía su historia. No sabía por qué esa humana olía como algo que su lobo reconocía.
Aurora se inclinó hacia él.
—Tú no eres él.
Damian cerró los ojos un segundo.
—Eso no significa que esté bien.
—¿Y dejarme así sí está bien?
—No voy a aprovecharme de ti.
Aurora soltó una risa quebrada.
—Qué caballero.
—No te burles.
—No puedo ni pensar y todavía me regañas.
Damian casi sonrió, pero ella le tocó la cara y se le acabó el aire.
—Me das miedo —confesó Aurora.
—Entonces suéltame.
Ella no lo soltó.
—Pero no como él.
La frase le golpeó más fuerte que cualquier súplica.
Aurora lo besó.
El beso salió torpe, febril, lleno de rabia y desesperación. Damian se apartó primero, respirando con dificultad.
—Dime que pare.
Aurora lo miró con los labios entreabiertos.
—No.
—Estás drogada.
—Y también estoy eligiendo.
—No así.
Ella apretó los dedos en su camisa.
—¿O qué? —susurró, con una valentía temblorosa y cruel—. ¿No puedes?
Damian se quedó quieto.
Su lobo gruñó.
Aurora levantó la barbilla, medio rota y medio desafiante.
—Eso pensé.
El último hilo de control se tensó hasta doler.
Damian la besó otra vez, más despacio, como si todavía pudiera salvar algo de la noche.
La ciudad siguió brillando detrás del vidrio.
Dentro de la habitación, Aurora se aferró a él como quien decide no hundirse sola.
El único de acero es el abuelo Esteban 😜
ud es querendona y alborotadora 🤭