Loretta, condesa Russell. Tiene otra oportunidad para arreglar su matrimonio y salvar a su hijo que lleva en su vientre
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Capítulo 9: El primer síntoma y el pánico de Loretta
A partir de esa noche, Carter tomó una decisión que cambió el ritmo de la mansión.
No iría a la guerra del norte todavía.
No la negaba.
No la descartaba.
Solo la posponía el tiempo suficiente para reorganizar lo que Loretta había revelado: la traición interna, los nombres de Julian Russell y Lady Beatrice, y la emboscada que en su otra vida lo había llevado a la muerte sin oportunidad de defensa.
Carter no actuó con impulsos.
Hizo lo contrario.
Ordenó cerrar accesos secundarios del ejército, revisó rutas logísticas, exigió auditorías discretas en la cadena de suministros militares y colocó a hombres de su absoluta confianza en puntos estratégicos del ducado. No anunció sospechas. No acusó a nadie. Solo observó con más precisión de la habitual.
Loretta, por su parte, no intentó detenerlo.
Sabía exactamente qué estaba haciendo.
Y sabía también que ese nivel de control era lo único que podía mantenerlo vivo.
Desde entonces, la mansión Russell cambió su equilibrio interno. Carter permanecía más tiempo dentro del territorio, cancelando desplazamientos innecesarios, y Loretta dividía sus días entre la administración económica, el trabajo con Elias Hartmann y la reconstrucción silenciosa de lo que en su vida anterior había sido el punto de quiebre.
El tiempo no se había detenido.
Solo había cambiado su forma de avanzar.
Aquella mañana, Loretta caminaba por el corredor lateral hacia el laboratorio cuando encontró a Elias revisando frascos alineados bajo la luz natural. El médico no levantó la vista de inmediato; estaba concentrado en anotaciones, como si el mundo exterior no existiera.
—El progreso ha sido más rápido de lo previsto —dijo Loretta al entrar.
Elias giró apenas la cabeza.
—Con recursos adecuados, los límites cambian.
—No es solo eso.
El médico dejó el instrumento que sostenía.
—La guarnición está colaborando más de lo esperado.
Loretta lo observó.
—¿Cómo lo lograste?
—No fue difícil.
—Explica.
Elias cruzó los brazos.
—Les di algo que no tenían: instrucción básica en atención de combate. Control de hemorragias, limpieza de heridas, estabilización antes del traslado. Cosas simples, pero suficientes para reducir muertes inmediatas.
Loretta asintió despacio.
En su vida anterior, esa diferencia había sido invisible para la estrategia militar, pero devastadora en la práctica. Muchos no morían por la batalla, sino por lo que venía después.
Elias estaba alterando eso sin entender su peso real.
—Sigue —dijo ella.
El médico dudó un instante.
—Hay avances en enfermedades infecciosas infantiles.
El aire cambió.
Loretta no necesitó más explicación.
Ese era el punto exacto donde todo se había roto antes.
—¿Resultados? —preguntó con cuidado.
—Preliminares, pero consistentes. Agua contaminada, higiene insuficiente, debilidad inmunológica en niños expuestos a ciertos entornos. Si continúo con apoyo, podré desarrollar tratamientos básicos antes de lo previsto.
Loretta sintió una presión leve en el pecho.
—Continúa.
—Necesito más materiales, pero el avance es real.
Elias la miró directamente.
—Sin su financiación, esto no existiría.
Loretta bajó la vista un instante.
Porque ese era el único factor que estaba reescribiendo el destino.
Acción.
Decisión.
Recursos.
—Sigue —repitió.
—Lo haré.
Cuando salió del laboratorio, la sensación no desapareció.
No era alivio.
No era ansiedad.
Era un estado intermedio, difícil de sostener.
Cada avance acercaba la corrección del futuro.
Pero también acercaba los eventos que aún no podía controlar.
La guerra del norte seguía en pie.
Solo había sido retrasada.
No evitada.
Y Carter lo sabía.
Aquella misma noche, el cuerpo de Loretta comenzó a fallar de forma sutil.
Primero un mareo leve al levantarse del escritorio. Luego una incomodidad al caminar demasiado rápido por el pasillo. Después una náusea breve que la obligó a detenerse apoyando la mano contra la pared.
Respiró despacio.
Se obligó a mantenerse firme.
No ahora.
No tan pronto.
Ni siquiera en estas fechas debería ser evidente.
El tiempo biológico no coincidía con lo esperado.
El embarazo aún no debía manifestarse así.
Otro mareo la obligó a cerrar los ojos.
El mundo se inclinó apenas.
Caminó con cuidado hasta su habitación y cerró la puerta con llave.
El sonido del metal encajando fue demasiado fuerte.
Se apoyó contra la madera.
Respiró.
Intentó estabilizar el cuerpo.
Pero la mente no colaboraba.
Al día siguiente evitó el desayuno. Solo bebió té.
No por estrategia, sino por necesidad física.
Pero Carter la observó desde el otro extremo de la mesa.
Sin intervenir.
Sin preguntar.
Solo observando.
Aquella tarde canceló dos reuniones militares.
Los oficiales esperaban en la sala de estrategia cuando se les informó la ausencia del Conde.
Las quejas quedaron sin respuesta.
Porque Carter ya no estaba allí.
Estaba buscándola.
Loretta lo supo cuando lo vio aparecer frente a sus aposentos.
Sin armadura.
Sin documentos.
Sin la distancia habitual del comandante.
Solo él.
Con una expresión controlada, pero más tensa de lo habitual.
—Has evitado las comidas —dijo Carter.
Loretta cerró el libro que tenía en las manos.
—Supongo que son los síntomas del embarazo. Es extraño que me dé tan pronto.
Carter no respondió de inmediato. Aunque si se asombró. Estaba consciente de la verdad de Loretta, oírlo de esa forma hace que lo vuelva asimilar.
Sus ojos bajaron apenas.
Loretta sintió una leve incomodidad.
—Estoy bien. Mi embarazó fue fatal porque no tenía los recursos para cuidarlo después del segundo trimestre...
Carter dio un paso dentro de la habitación.
Se arrodilló cerca de ella.
—Cancelé mis reuniones. Para cuidarte. Loretta. Tú y mi hijo son lo que me importa ahora. Lo que has sufrido no lo volverás a pasar. Te lo juro por mi vida.