Camila Ríos creía tener la vida resuelta: una boda a días de celebrarse, un prometido al que había apoyado desde cero y una mejor amiga que era como una hermana. Todo se derrumba en una sola noche cuando descubre que Diego Mendoza y Valeria Soto la traicionaron a sus espaldas. Frente a los vecinos, Diego confiesa sin remordimiento que nunca la amó. La conmoción provoca un infarto fulminante en don Ramón, el padre de Camila, quien termina al borde de la muerte en un hospital.
Mientras Camila vela a su padre sin saber si volverá a abrir los ojos, un jet privado aterriza en la ciudad. Santiago Ferreira —heredero único del Grupo Ferreira Internacional, una de las fortunas más grandes de El Cairo— regresa después de años con un solo propósito: declararse a la mujer que amó en secreto desde la preparatoria. Al enterarse de la tragedia de Camila, Santiago le ofrece lo único que puede salvar a don Ramón: costear la operación cardíaca que ella jamás podría pagar. A cambio, le propone matrimonio.
Camila acepta sin amor, solo por su padre. Pero la paciencia inquebrantable de Santiago, su ternura silenciosa y su negativa a presionarla comienzan a derribar las murallas que el dolor levantó. Desde la boda improvisada en la habitación del hospital hasta el vuelo a El Cairo, desde la mansión Ferreira hasta la sala de juntas del corporativo, Camila descubre que este hombre poderoso lleva años guardándole un lugar en su vida —y en su corazón.
Mientras tanto, la vida de Diego se desmorona: pierde su carrera, su madre sufre un derrame y Valeria lo abandona. El karma cobra cada deuda con intereses.
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Capítulo 6
Pero de algo estaba seguro: esta vez no se quedaría mirando desde lejos. Esta vez iría a declararle su amor a la mujer que amaba, con todas las letras. Y si el destino se lo permitía, le pediría matrimonio. Omar observó la expresión de satisfacción en el rostro de su jefe. Rara vez lo veía tan vivo, tan radiante.
—Bienvenido de vuelta a casa, señor —pronunció Omar en voz baja.
Santiago no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija al frente, cargada de determinación.
—Gracias, Omar —contestó al fin.
Minutos después, las ruedas del avión privado tocaron la pista del aeropuerto internacional con un golpe suave pero firme. El roce del tren de aterrizaje contra el asfalto resonó con peso antes de ir perdiendo velocidad. La cabina se estremeció levemente y enseguida recuperó la estabilidad. La señal del cinturón de seguridad se encendió. A través de la ventanilla ovalada, las luces de la pista relucían alargadas como trazos dorados en medio de la noche.
Santiago abrió los ojos —los había mantenido cerrados un breve instante—. No por cansancio, sino porque quería absorber aquel momento por completo. Al fin regresaba, después de tantos años. El aire de su país lo recibía de nuevo, aunque todavía separado por el vidrio y el acero del avión. Omar se puso de pie primero y se alisó la chaqueta.
—Hemos aterrizado, señor.
Santiago asintió despacio. Tomó el iPad que había dejado sobre la mesita lateral. Antes de guardarlo definitivamente en su maletín de cuero negro, se detuvo a contemplar la pantalla, ahora oscura.
"En un momento estaré contigo, Camila", se dijo en silencio.
El avión se detuvo por completo. Una escalerilla exclusiva ya aguardaba al costado de la pista. Al tratarse de un vuelo privado, todo resultaba más ágil y sin trámites engorrosos. En cuanto la puerta del avión se abrió, la brisa nocturna de la ciudad golpeó el rostro de Santiago. Cálida y húmeda. Distinta del aire seco de El Cairo que había respirado durante años.
Santiago inhaló profundo. El olor a tierra, a urbe, y —sin saber por qué— a recuerdos de infancia se mezclaron en un solo instante.
Con pasos tranquilos y medidos, Santiago descendió por la escalerilla. Omar caminaba medio paso detrás, cargando la maleta de Santiago y un maletín adicional. El traje negro que vestía Santiago contrastaba con las luces de la pista. Su porte, alto y erguido. Su forma de andar, llena de autoridad pero sin prisa. Las facciones marcadas y el aire medio-oriental parecían atraer las miradas de inmediato, incluso en esa zona poco concurrida.
Algunos empleados del aeropuerto que hacían guardia no pudieron evitar observarlo.
—¿Quién es ese hombre? —cuchicheó una de las empleadas a su compañera.
—Ni idea, parece modelo o algún funcionario importante.
—Dios mío, qué guapo.
Santiago no se percató del todo, o quizás estaba acostumbrado a ese tipo de atención. En los últimos años, su rostro había aparecido con frecuencia en artículos de negocios y fotografías de conferencias internacionales. El aura masculina, fría y a la vez elegante, lo hacía resaltar dondequiera que estuviera. Pero esa noche no venía como empresario. Venía como un hombre que iba tras su amor.
Una vez concluidos los trámites de migración y la gestión del vuelo privado, Santiago y Omar salieron por la puerta de llegadas exclusiva. La zona principal del aeropuerto seguía bastante concurrida a pesar de la hora. El ruido de carritos portaequipaje, los anuncios de vuelos y las conversaciones de la gente se fundían en un solo murmullo.
Al cruzar la salida, varios pares de ojos se posaron en él. Una madre joven que llevaba a su hijo de la mano se detuvo un momento. Dos universitarias que esperaban sentadas a que las recogieran se dieron codazos con disimulo.
—Ay, ¿quién será…?
—Parece actor de Medio Oriente…
El magnetismo de Santiago era innegable. No se trataba solamente de un rostro atractivo o de ropa cara. Irradiaba una calma y una seguridad que fluían de manera natural. Los hombros rectos. La mirada al frente. Su forma de caminar transmitía que sabía exactamente hacia dónde se dirigía en la vida.
Omar se acercó un poco.
—El auto de alquiler llegará en cinco minutos, señor.
Santiago asintió. Se quedó de pie junto a la puerta de llegadas, esperando con paciencia. Las manos en los bolsillos del pantalón del traje. La mirada recorría los alrededores, pero su mente no estaba en el aeropuerto. Pensaba en Camila. ¿Seguiría viviendo en la misma casa? ¿Luciría igual que en aquella vieja fotografía?
Santiago no sabía que, en ese preciso instante, Camila estaba sentada en el suelo de un hospital con los ojos hinchados y el corazón destrozado. Un auto negro de lujo se detuvo justo frente a ellos. El chofer bajó con rapidez y abrió la puerta trasera con deferencia para Santiago.
—Buenas noches, señor —saludó el chofer con cortesía.
—Buenas noches. Lléveme al hotel, ahora —indicó Santiago con brevedad.
—Enseguida, señor.
Santiago subió al vehículo, seguido de Omar, que se acomodó en el asiento del copiloto. El motor arrancó de nuevo y el auto abandonó con suavidad la zona del aeropuerto.
La ciudad esa noche no estaba del todo en calma. Las farolas se alineaban a lo largo de las avenidas. Los edificios altos se erguían imponentes con las luces todavía encendidas. Algunos tramos de las calles aún se veían congestionados, aunque lejos de la pesadilla de la hora pico. Santiago se recostó en el asiento trasero y giró la cabeza hacia la ventanilla.
La ciudad había cambiado. Había edificios nuevos por todas partes. Carteles publicitarios digitales. Más pasos elevados. Sin embargo, algo familiar persistía de un modo inexplicable. Divisó una hilera de puestos callejeros, vendedores de café, motocicletas que pasaban a toda velocidad, semáforos titilando.
La comisura de los labios de Santiago se curvó apenas.
—Extrañaba tanto este lugar… —murmuró, casi inaudible.
Omar, desde el asiento delantero, alcanzó a captar el reflejo de aquella sonrisa en el espejo retrovisor. Una sonrisa que casi nunca afloraba cuando Santiago estaba en una sala de juntas o frente a un cliente importante.
—La ciudad ha cambiado mucho, señor —comentó Omar, intentando entablar una conversación ligera.
—Todo cambia —respondió Santiago en voz queda—. Pero no todo.
Volvió a fijar la vista en el exterior.
En un cruce, Santiago vio a una pareja de adolescentes de pie en la acera, riendo. De golpe le vino a la mente la época de la preparatoria. Los tiempos en que la vida se sentía simple. Cuando lo único que lo ponía nervioso era una chica llamada Camila que se sentaba en las primeras filas del salón. Aún recordaba cómo ella siempre llevaba almuerzo preparado en casa. Cómo prefería sentarse en la biblioteca antes que en la cafetería ruidosa. Cómo esbozaba una pequeña sonrisa cada vez que ayudaba a algún compañero con la tarea.
Santiago exhaló despacio.
"Vine por ti, Camila", pronunció en su interior.
El auto negro avanzaba por la autopista urbana. Las luces de los vehículos se veían como ríos de luz a lo lejos. La brisa nocturna rozaba el cristal de vez en cuando. Durante unos minutos, el ambiente dentro del coche se mantuvo en calma. Pero esa tranquilidad no duró mucho: el celular de Omar vibró con suavidad.
Omar revisó la pantalla un momento. El número que aparecía pertenecía a uno de los contactos de Santiago en el país, alguien que desde hacía semanas tenía la tarea de averiguar con discreción el paradero y las novedades sobre Camila.