Camila Rojas cuidó durante tres años al heredero de la Manada Vega. Le curó las heridas, soportó sus cambios de humor y creyó que, al recuperar su libertad, al menos conservaría su dignidad.
Pero Damián Vega la humilla delante de todos y la trata como una sirvienta desechable, una loba low-rank que jamás podría ser su Luna.
Camila decide irse.
Lo que nadie espera es que Gabriel Serrano, el temido Alfa juez de Sierra Clara, perciba en ella un aroma que ningún Vega pudo reclamar jamás. Para Damián, Camila era una deuda pendiente. Para Gabriel, es una mujer libre… y quizá su verdadera mate.
Entre falsos reclamos, juicios de manada, feromonas prohibidas y un heredero obsesionado con recuperar lo que perdió, Camila tendrá que elegir: esconderse bajo la protección del Alfa juez o convertirse en la Luna que abrirá una puerta para todas las mujeres que nunca pudieron escapar.
Damián la llamó propiedad.
Gabriel la llamó libre.
Y la Luna la estaba esperando.
NovelToon tiene autorización de elmira brazil para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17
Cap 17: Las manos de la Luna
Iria tuvo fiebre al amanecer.
Teresa mandó llamar a Gabriel.
Gabriel mandó llamar a Camila.
Camila llegó a la clínica con el cabello mal trenzado, una chaqueta sobre el vestido y un pedazo de pan en la mano porque Pilar había decidido que nadie debía enfrentar una emergencia con el estómago vacío. Nico quiso seguirla. Pilar lo sujetó por el cuello de la camisa con una sola mano y lo sentó frente a un tazón de avena.
—La fiebre empezó hace una hora —dijo Teresa cuando Camila entró—. El bloqueo de lobo está reaccionando a la auditoría del juramento.
Iria temblaba bajo dos mantas.
Su aroma era casi humano, pero ahora, bajo la fiebre, aparecían rastros rotos: lluvia sucia, flor machacada, miedo viejo. Y acónito.
Demasiado acónito.
Camila se acercó a la cama.
—¿Le dieron acónito para bloquearla?
Teresa asintió.
—Durante años, en dosis pequeñas. El cuerpo aprendió a obedecer el veneno. Al cuestionar el juramento, el bloqueo intenta reforzarse.
—Eso suena estúpido.
—Es cruel. Lo estúpido es lo poco que variaron la fórmula.
Gabriel estaba al otro lado de la cama, pálido por su propia herida, pero firme.
—Podemos sedarla.
Iria abrió los ojos, aterrada.
—No.
La palabra salió como un rasguño.
Camila entendió antes que Teresa.
—¿La sedaban en el Refugio Niebla?
Iria no respondió.
No hacía falta.
Camila dejó el pan sobre la mesa y se remangó.
—Entonces no.
Teresa la miró.
—No es tan simple.
—Nunca lo es. ¿Qué necesita el cuerpo para dejar de pelear consigo mismo?
La beta médica la estudió con una atención nueva.
—Calor estable, líquidos, bajar la reacción al acónito y convencer al lobo de que no hay orden que obedecer.
—¿Convencer al lobo?
—No con palabras.
Gabriel miró a Camila.
Ella lo sintió.
—No sé nada de medicina de manada —dijo.
Teresa fue a una mesa y abrió un cajón lleno de frascos.
—No. Pero ayer, cuando revisamos su propia ruptura de juramento, su pulso se estabilizó más rápido de lo esperado. En el Refugio Niebla, el alfa frenó la transformación parcial con su voz y contacto. Y ahora, al entrar, el aroma de Iria cambió.
Camila no quería entender.
Lo entendió.
—No soy sanadora.
—No dije que lo fuera.
—Lo está oliendo.
Teresa no lo negó.
Gabriel intervino:
—No tiene que hacer nada.
Camila lo miró.
—Si dice eso cada vez que quiero hacer algo, un día voy a tirarle una olla.
—Lo registro como riesgo doméstico.
La frase fue tan absurda en medio de la fiebre que Iria soltó un sonido que pudo ser risa o sollozo.
Camila se sentó junto a la cama.
—Iria, voy a tocarte la mano si me dejas. Si dices «no», digo «no». Si Teresa intenta sedarte, le muerdo.
Teresa levantó las cejas.
—Muy profesional.
Iria sacó una mano de la manta.
Estaba helada.
Camila la tomó con cuidado.
Al principio no pasó nada.
Solo piel fría, temblor, fiebre.
Luego el olor a acónito le golpeó la nariz con tanta fuerza que casi soltó a Iria. Amargo, verde oscuro, como tierra mojada con veneno. La loba de Camila retrocedió, pero algo más en ella avanzó.
No una loba.
No exactamente.
Una memoria del cuerpo.
Tres años de limpiar heridas. De saber cuándo una fiebre iba a subir antes de que el termómetro lo dijera. De distinguir dolor real de rabia. De preparar baños con hierbas aunque nadie le diera crédito. De poner una mano en la frente de Damián y pensar: «todavía vive».
El calor bajo su palma cambió.
Iria inhaló.
Teresa se quedó inmóvil.
Gabriel también.
Camila sintió una corriente suave, no eléctrica como el lazo con Gabriel, sino tibia, dorada, cansada. Algo salía de ella hacia Iria, o quizás despertaba en Iria porque alguien por fin la tocaba sin precio.
—Respira —dijo Camila—. No tienes que obedecer esa cosa.
Iria empezó a llorar.
—Duele.
—Lo sé.
—Me llama.
—¿El juramento?
—La voz. Dice que vuelva.
Gabriel se inclinó.
—¿Qué voz?
Iria apretó la mano de Camila con fuerza desesperada.
—Beatriz.
El cuarto se llenó de silencio.
Teresa maldijo.
—Huella de orden imperativa.
—¿Qué es eso? —preguntó Camila.
Gabriel respondió, con la voz fría:
—Un abuso de la orden imperativa repetido hasta que el cuerpo lo recuerda como una orden permanente.
Camila sintió que el calor en su palma se volvía más fuerte.
No por calma.
Por furia.
Iria arqueó la espalda.
—No quiero volver.
—No vas a volver —dijo Camila.
—No puedo...
—Mírame.
Iria abrió los ojos.
Camila no sabía qué estaba haciendo. No sabía si aquello era sangre de sanadora, instinto de luna de la manada, rabia de ex sirvienta o pura terquedad.
No importaba.
—Esa voz no es tuya —dijo—. No es de tu loba. No es de tu sangre. Es de una mujer que aprendió a hablar dentro de jaulas ajenas. Escúchame a mí ahora: respira, come cuando puedas, duerme cuando el cuerpo te deje, y si alguien viene a reclamarte, tendrá que pasar por una mesa llena de papeles y por Pilar con un cuchillo.
Teresa dijo:
—Curiosa imagen médica.
Iria soltó una risa rota.
La fiebre bajó un grado.
Camila lo sintió antes de que Teresa mirara el termómetro.
—Otra vez —dijo Teresa, de pronto completamente seria—. Mantenga el contacto.
Camila siguió hablando.
No cosas bonitas. Cosas útiles.
Le habló de la sopa que debía comer aunque tuviera miedo de pagarla. Del frío que pasaba cuando uno dormía con un ojo abierto. De la primera noche sin una campanilla llamando. De la diferencia entre estar sola y estar encerrada.
Iria dejó de temblar.
El aroma de acónito retrocedió.
No desapareció. Pero ya no llenaba el cuarto.
Debajo apareció algo fresco: flor blanca después de la lluvia.
Teresa exhaló.
—Su loba está respondiendo.
Iria abrió los ojos.
—¿Mi loba?
Camila le apretó la mano.
—Parece que no estaba muerta. Solo muy harta.
Iria lloró de nuevo.
Esta vez no sonó igual.
Cuando la fiebre bajó lo suficiente, Teresa preparó una infusión y prácticamente echó a Gabriel y a Camila de la habitación para que Iria descansara.
En el corredor, Camila descubrió que le temblaban las rodillas.
Gabriel la sostuvo.
No la agarró de golpe. Le ofreció el brazo y ella, demasiado cansada para pelear, lo tomó.
El contacto hizo que el lazo se calentara, pero no exigió nada. Solo sostuvo.
—No diga nada —murmuró Camila.
—No iba a hacerlo.
—Sí iba.
—Iba a decir «gracias».
Ella cerró los ojos.
—Eso es peor.
Gabriel la guió hasta una banca junto a una ventana.
—Teresa cree que tiene el don de sanadora.
—Teresa cree muchas cosas y amenaza con contarlas.
—Yo también lo creo.
Camila miró sus manos.
La derecha, aún con rastro de vendaje.
La izquierda, la que había sostenido a Iria.
No brillaban. No parecían especiales. Tenían marcas de trabajo, pequeñas cicatrices, una quemadura vieja de aceite.
—Si fuera sanadora, habría podido curar a Damián mejor.
Gabriel se sentó a distancia prudente.
—No, si su propio juramento estaba bloqueando a su loba. No, si Vega no quería una sanadora, sino una cuidadora obediente. No, si usaron su sangre sin decirle qué podía hacer con ella.
Camila tragó saliva.
—No haga que todo suene como si me hubieran robado más de lo que ya sé.
Gabriel no suavizó la verdad.
—Lo hicieron.
La rabia era más fácil que el duelo.
Camila eligió la rabia.
—Entonces lo recuperaré.
El aroma de Gabriel se calentó.
—Sí.
—No diga «sí» como si fuera a entregármelo.
—No. Digo «sí» como alguien que planea sostener la puerta mientras usted entra a buscarlo.
Camila se cubrió la cara con ambas manos.
—Usted tiene una forma muy molesta de decir cosas correctas.
—Me lo han dicho.
—Seguro Teresa.
—Entre otros.
Camila bajó las manos.
—¿Damián sabía?
Gabriel no preguntó de qué.
—No lo sé.
—Beatriz sí.
—Sí.
Camila miró por la ventana. En el patio, Nico observaba a dos aprendices practicar movimientos básicos. Pilar estaba cerca con una canasta, probablemente fingiendo que no vigilaba al chico por Camila.
Casa Serrano se movía alrededor de ella como una máquina extraña, imperfecta, pero con espacios donde una persona podía respirar.
—Quiero ver a Beatriz.
Gabriel se tensó.
—No.
Camila giró lentamente.
Él se corrigió antes de que ella hablara.
—No así. No hoy. No, mientras acaba de descubrir que puede tocar una huella de orden imperativa y hacerla retroceder. Ella intentará provocarla.
—Acaba de decirme «no».
—Sí.
—¿Como alfa?
—Como hombre que recibió un cuchillo hace poco y está aprendiendo que usted corre hacia los incendios con pan en la mano.
Camila quiso enojarse.
No pudo del todo.
—Fue una naranja una vez.
—Eso lo cambia todo.
Ella soltó una risa cansada.
Gabriel la miró con esa quietud peligrosa.
El lazo se estiró.
Camila dejó de reír poco a poco.
—No estoy lista —dijo.
—Lo sé.
—Pero cuando lo esté...
—En una cocina, sin ancianos, sin ventanas peligrosas.
Camila lo miró.
Él lo había recordado.
Claro que lo había recordado.
—Y con comida —agregó ella.
—Eso también lo supuse.
Teresa salió de la habitación antes de que el silencio se volviera demasiado blando.
—Iria duerme. La fiebre bajó. Y ustedes dos huelen como una tormenta emocional en una panadería.
Camila se puso de pie.
—Voy a comer.
Teresa asintió.
—Buena decisión médica.
Gabriel también se levantó.
Camila le lanzó una mirada.
—Usted va a revisar su herida antes de que Pilar le dé pan.
Gabriel miró a Teresa.
Teresa sonrió.
—Excelente decisión médica.
Camila caminó hacia la cocina con las manos aún temblando.
No sabía si era sanadora.
No sabía qué significaba ser luna de la manada.
No sabía qué iba a hacer con un lazo de pareja destinada que cada día encontraba nuevas formas de acercarse sin cerrar la puerta.
Pero sabía algo:
Beatriz Vega había usado voces para meter mujeres en jaulas.
Y Camila acababa de descubrir que sus manos podían ayudar a abrir una.