NovelToon NovelToon
El capitán que perdió el control por mí

El capitán que perdió el control por mí

Status: Terminada
Genre:Amor de la infancia / Aventura de una noche / Amor-odio / Completas
Popularitas:13.5k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

Valentina Mendoza está acostumbrada a mantener todo bajo control. Como controladora aérea, sabe que un solo error puede convertir el cielo en un desastre. Pero su vida se sale de rumbo cuando Sebastián del Fuego reaparece frente a ella.
Él fue su rival en el bachillerato. Ahora es un capitán arrogante, irresistible y heredero de una de las aerolíneas más poderosas del país. Sebastián siempre ha vivido siguiendo reglas estrictas, hasta que una noche con Valentina destruye todos sus límites.
Cuando un embarazo inesperado vuelve a unirlos, Valentina se niega a convertirse en una carga o en una pieza más dentro de los negocios de dos familias enfrentadas. Tiene problemas más urgentes: un padre que solo piensa en sus intereses, una media hermana dispuesta a destruirla y el secreto detrás del accidente que dejó a su madre sin despertar durante diez años.
Valentina quiere justicia. Sebastián solo quiere permanecer a su lado, aunque para hacerlo tenga que enfrentarse a su familia, renunciar a la vida que habían planeado para él y demostrarle que esta vez no piensa abandonarla.
Entre amenazas, secretos y traiciones, ambos descubrirán que incluso el piloto más disciplinado puede perder el control cuando se enamora de la única mujer que nunca pudo olvidar.

NovelToon tiene autorización de VivianMansano para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

...Val....

Casa Mendoza no era una casa. Era una declaración de poder.

Dos pisos de piedra gris con ventanales enormes, jardín con fuente, reja negra con iniciales doradas — FM, Fernando Mendoza, porque mi padre era el tipo de hombre que necesitaba poner su nombre hasta en la entrada de su propia casa.

Me quedé parada frente a la reja un minuto entero antes de tocar el timbre. El estómago ya me dolía y ni siquiera había entrado.

La puerta la abrió Susana. Susy. La amante de mi padre, instalada en la casa como señora aunque Elena seguía siendo su esposa legal. Rubia, delgada, con una sonrisa permanente que no le llegaba a los ojos. Me miró como se mira a un insecto que entró por la ventana.

—Valentina. Qué bueno que viniste. Tu padre está en el comedor.

—Susy.

—Susana, por favor. Ya te he dicho que no me gusta el diminutivo.

Caminé por el pasillo que conectaba la entrada con el comedor. Las paredes estaban llenas de fotos. Camila en cada una: Camila de bebé, Camila en su graduación, Camila de quinceañera. No había una sola foto mía. No había una sola foto de mi madre.

El comedor era absurdamente grande para cuatro personas. Mesa de madera oscura para doce, candelabros, vajilla de porcelana. Mi padre estaba en la cabecera, como siempre. Fernando Mendoza: sesenta y un años, pelo gris cortado militar, traje aunque fuera sábado por la noche, mirada que podía congelar el agua.

—Valentina —dijo sin levantarse—. Siéntate.

No "hola". No "qué gusto verte". Siéntate. Como si fuera un perro.

Me senté.

Camila entró cinco minutos después. Vestido rojo, tacones, pelo suelto y brillante. Se veía hermosa. Camila siempre se veía hermosa, era su arma principal. Se sentó frente a mí y me sonrió con todos los dientes.

—Hermanita. Te ves... delgada. ¿Estás comiendo bien?

—Estoy bien, gracias.

—Porque te ves un poquito pálida. ¿Verdad, papi, que se ve pálida?

Mi padre ni me miró.

—Valentina —dijo, cortando su carne—. Tengo dos socios que quieren conocerte. Son de Grupo Altamira. Álvaro Montiel y Ricardo Cuevas. Van a venir la próxima semana y necesito que los acompañes a cenar.

Ahí estaba. Lo sabía. Lo sentí venir desde que Camila me llamó a las tres de la mañana.

—¿Acompañarlos? —pregunté, con cuidado.

—Sí. Cenar. Platicar. Ser amable. ¿Puedes hacer eso o es mucho pedir?

—¿Qué tipo de socios son?

—Del tipo que pueden hacer que Grupo Mendoza cierre un contrato de dos mil millones. —Me miró por primera vez. Ojos fríos—. Lo único que necesito es que seas agradable con ellos. Que les sonrías. Que los hagas sentir cómodos.

Conocía esas palabras. Conocía lo que significaban. Álvaro Montiel tenía cincuenta y ocho años y una reputación de manos largas que era un secreto a voces en el mundo empresarial. Ricardo Cuevas era peor.

—No —dije.

El tenedor de mi padre se detuvo a medio camino.

—¿Cómo que no?

—No voy a acompañar a tus socios a ninguna cena.

—No te estoy pidiendo permiso, Valentina. Te estoy informando.

—Un contrato de dos mil millones vale más que una cena incómoda —añadió—. Eres mi hija. Lo mínimo que puedes hacer es producir algo útil para esta familia.

—Y yo te estoy diciendo que no. —Mi voz se mantuvo firme pero el corazón me martillaba las costillas—. No soy tu asistente social. No soy una tarjeta de presentación. Y no voy a sentarme a hacerle ojitos a dos señores que me triplican la edad para que tú cierres un negocio.

Silencio. Susana miraba su plato. Camila me observaba con los ojos brillantes, disfrutando el espectáculo.

—Camila —dije, girándome hacia ella—. ¿Tú no querías conocer gente del Grupo Altamira? La semana pasada me dijiste que te interesaba la división de mercadotecnia. Álvaro Montiel está a cargo de esa área, ¿no?

Camila parpadeó. La sonrisa se le borró.

—¿Qué?

—Sería perfecto para ti. Tienes la personalidad. El carisma. Papá siempre dice que tú eres la que sabe tratar con la gente. —La miré directo—. ¿Verdad, papá?

Mi padre nos miró a las dos. Vi cómo calculaba. Camila era su hija favorita, su princesa, la que protegía de todo. No iba a mandarla a ella con Montiel y Cuevas. Pero no podía decir por qué sin admitir lo que esa cena realmente significaba.

—Ya veremos —dijo mi padre, y volvió a su carne.

Camila me fulminó con la mirada. Yo seguí comiendo como si nada.

El resto de la cena fue silencio tenso y cubiertos contra porcelana. Cuando terminó, mi padre me siguió hasta la puerta.

—Valentina. —Me agarró del brazo. Fuerte. Me dejó marcas—. No vuelvas a hacer eso.

—¿Hacer qué?

—Usar a tu hermana como escudo. Ella no tiene nada que ver con mis negocios.

—Yo tampoco.

Me soltó. Lo miré. Tenía esa expresión que le conocía desde niña: la de un hombre que considera a su hija una herramienta, no una persona.

—Piénsalo bien —dijo—. Recuerda quién paga la clínica de tu madre. Y la de tu abuela.

Sacó el teléfono y me mostró dos fotografías. En una, mi madre estaba en su habitación de Clínica Santa Lucía. En la otra, Abuelita aparecía en otra ala de la misma clínica. Las había tomado esa misma mañana.

—Mientras yo pague las dos habitaciones, decido dónde están y quién puede verlas —dijo—. Si vuelves a avergonzarme frente a Camila o a mis socios, las traslado. Y tú vas a enterarte cuando ya no estén ahí.

—Eso es secuestro.

—Eso es administrar lo que tú no puedes pagar. No dramatices. Siempre haces lo mismo: provocas un problema y luego te presentas como la víctima.

Guardó el teléfono. La amenaza estaba clara. No tenía pruebas que me protegieran; él tenía dos personas vulnerables para obligarme a obedecer.

—Buenas noches, papá —dije.

Caminé hacia mi auto con las piernas temblando. Me subí, cerré la puerta y me agarré del volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

No lloré. Ya no lloraba en esa casa. Llorar era darle a mi padre algo que podía usar en mi contra, y yo ya no le daba nada.

Encendí el motor. En el espejo retrovisor vi la silueta de mi padre parado en la puerta, mirándome.

Que mirara.

Las fotos de Clínica Santa Lucía no me protegían. Eran el recibo de su amenaza: mi madre y mi abuela convertidas en garantía para una cena de negocios.

Fernando Mendoza no veía una hija cuando me miraba. Veía una inversión que se negaba a rendirle ganancias.

—————————————————————————————————

1
Isabel Cristina Sinza
Me gusta como inicio, te deja intrigada! vamos a continuar y lo mejor ya está terminada, muchas gracias a la escritora!🥰
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play