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Mil Almas En Un Solo Corazón

Mil Almas En Un Solo Corazón

Status: En proceso
Genre:Reencarnación / Época / Traiciones y engaños
Popularitas:334
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

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Murió mil veces y volvió a nacer otras mil, siempre sacrificándose por los demás y perdiendo todo lo que amaba. Esta vez, Elif renació con dieciséis años, cabello blanco con puntas doradas y ojos morados profundos, viviendo tranquila en un pueblo humilde, con el único deseo de ser feliz al fin. Pero la desgracia la arrastra hasta el Gran Palacio, donde gobierna el joven y ardiente Sultán Murad de diecisiete años. Allí, deberá sobrevivir a intrigas, envidias y reglas crueles usando todo lo que aprendió como doctora, espadachín, ingeniera, botánica y mucho más, demostrando que quien lleva siglos viviendo, nadie podrá vencerlo jamás.

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Capítulo 8 — El santuario de los árboles que recuerdan

El alba llegó antes de que ninguno de los dos hubiera logrado dormir más de un par de horas, llegando despacio entre las montañas, tiñendo el cielo de un gris pálido y violeta que se filtraba por las rendijas de las ventanas de la casa vieja. Kai se despertó con el olor a leña quemada y café recién hecho subiendo desde la cocina, y por un instante sintió que todo lo que había pasado el día anterior había sido un sueño demasiado largo y demasiado real; pero al mover la mano encontró la caja de madera cerrada sobre la mesa de noche, y al tocarla sintió la misma textura desgastada del grabado de enredaderas, y supo entonces que no era un sueño, que la verdad ya estaba fuera, que el camino ya no podía retroceder.

Se levantó despacio, se vistió con ropa que le permitiera caminar mucho tiempo sin cansarse —pantalones de tela gruesa, botas de cuero que su abuelo le había dejado, una camisa de lino color verde oscuro y un chal de lana que olía a lavanda y a lluvia— y bajó las escaleras con la caja apretada contra el pecho. En la cocina, Elian ya tenía todo listo: dos mochilas pequeñas con comida, agua, frazadas delgadas y un pequeño botiquín, el collar con la piedra azul ya colgando del cuello de Kai, puesto con sus propios dedos mientras él todavía dormía, y sobre la mesa el desayuno caliente, esta vez sí, con las dos sillas ocupadas, sin restos de ausencia, sin silencios pesados.

—Comamos despacio —dijo Elian, sin levantar la vista de la taza que sostenía entre las manos, sus ojos verdes brillando un poco más intensos que de costumbre, como si también él sintiera que ese día nada volvería a ser igual—. El camino hasta el santuario es largo, y hay partes que no se pueden correr. Tenemos que llegar con el sol más alto, cuando la luz del mediodía caiga justo sobre el centro del claro. Tus padres lo escribieron así, ¿no? A mediodía, cuando la sombra del árbol sagrado desaparece debajo de sí misma.

Kai asintió, sin poder hablar todavía, la garganta cerrada por una mezcla de miedo y emoción que no sabía cómo nombrar. Comieron en silencio, pero no era un silencio incómodo; era el silencio de quienes comparten un secreto importante, de quienes se preparan para cruzar juntos una puerta que nadie más ha abierto en décadas. Cuando terminaron, Elian tomó las dos mochilas, le pasó una a Kai con una sonrisa suave, y salieron juntos de la casa, cerrando la puerta con cuidado, como si al hacerlo también estuvieran cerrando para siempre la época del miedo, de las mentiras, de la soledad.

El camino empezó por el sendero que bajaba hacia el río, cruzando praderas donde la hierba todavía estaba mojada por el rocío y donde el aire olía a tierra húmeda y a flores silvestres que crecían entre las piedras. Caminaron sin hablar durante casi una hora, escuchando solo el sonido de sus propios pasos, el canto de los pájaros que empezaban a despertar, y el murmullo lejano del agua corriendo entre las rocas. De vez en cuando Elian le tomaba la mano, sin decir nada, solo para apretársela un instante, para recordarle que no estaba solo, que cada paso que daban lo daban juntos.

Cuando cruzaron el puente de madera colgante que cruza el río, el bosque empezó a cambiar. Los árboles de hoja caduca fueron dejando espacio poco a poco a las araucarias, altas, majestuosas, con sus troncos gruesos y sus copas puntiagudas que parecían tocar el cielo. El aire se volvió más fresco, más denso, cargado de un aroma a resina y a vida antigua que Kai conocía de memoria, el mismo aroma que había sentido en sus sueños muchas noches, el mismo que le habían descrito sus padres cuando le hablaban del lugar donde todo estaba guardado. Aquí nadie cortaba árboles, nadie entraba a buscar piñones sin permiso, nadie gritaba ni hacía ruido innecesario; este era un bosque que se respetaba a sí mismo, que guardaba memoria de todo lo que había pasado en sus dominios desde hacía siglos.

—Estamos entrando en el territorio sagrado —dijo Kai por fin, deteniéndose un instante para tocar el tronco rugoso de una araucaria que debía tener más de quinientos años—. Mis padres me dijeron que desde aquí hay que caminar con los ojos y el corazón abiertos, que los árboles saben quién viene y por qué, que no dejan pasar a quien trae maldad en el pecho ni intenciones ocultas.

Elias asintió, y por primera vez desde que empezaron a caminar soltó un pequeño suspiro, como si también él sintiera el peso del lugar. El alfa tenía los sentidos más agudizados que cualquier otro, y podía oler cosas que los demás no percibían; en ese momento notaba cómo el olor del bosque cambiaba a cada paso, volviéndose más profundo, más antiguo, como si el tiempo mismo se hubiera vuelto más lento para dejar que quienes entraban con respeto pudieran escuchar lo que los árboles tenían para decirles.

Subieron entonces una cuesta empinada, llena de piedras cubiertas de musgo y de raíces que salían del suelo como manos antiguas esperando ser tocadas. A medida que avanzaban, el ruido del río fue quedando atrás, y empezaron a escuchar otros sonidos: el viento soplando suavemente entre las copas de los árboles, el crujido lejano de una rama seca, el llamado de un pájaro que no conocían, y algo más, algo casi imperceptible, como un murmullo muy bajo, como si muchas voces hablaran juntas en un idioma que solo el corazón podía entender. Kai apretó la piedra azul que colgaba de su cuello, y sintió cómo se calentaba contra su piel, como si respondiera a la presencia del lugar que estaban buscando.

Cuando por fin llegaron a la cima de la cuesta, se detuvieron los dos al mismo tiempo, sin aliento, sin poder hablar. Ante ellos se abría un claro circular, perfecto, rodeado por las araucarias más altas que habían visto nunca, formando un círculo cerrado como si fueran guardianes de piedra y savia. En el centro del claro se alzaba el árbol más grande de todos, un pehuén milenario cuyo tronco necesitarían por lo menos diez hombres tomados de la mano para rodearlo, con cicatrices antiguas en su corteza que parecían letras, mapas, recuerdos grabados por el paso del tiempo. Justo en el centro, a sus pies, había una piedra plana, lisa, de color gris azulado, con el mismo símbolo que el de la piedra del collar grabado en su superficie.

—Esto es —susurró Kai, sintiendo cómo las lágrimas se le llenaban los ojos sin poder evitarlo—. Esto es el santuario. El lugar del que me hablaron. El lugar donde está el registro.

Se acercaron despacio, paso a paso, sin atreverse a hablar más alto que un susurro, como si cualquier ruido fuerte pudiera romper la magia del lugar. Cuando llegaron a la piedra central, Kai dejó la caja de madera sobre el musgo suave, sacó el collar de su cuello y acercó la piedra azul al símbolo grabado. En el momento exacto en que se tocaron, un calor suave recorrió todo su cuerpo, desde la punta de los dedos hasta la raíz del cabello, y el símbolo empezó a brillar con una luz azul profunda y tranquila, igual que la del frasco que estaba dentro de la caja. La piedra plana se movió con un ruido sordo y profundo, girando sobre sí misma lentamente, hasta dejar al descubierto un hueco rectangular de donde salió un estuche de cuero negro, cosido con hilo de plata, que olía a hierbas secas y a tiempo detenido.

Elian ayudó a Kai a sacar el estuche con mucho cuidado, y lo abrieron juntos sobre la piedra plana. Dentro había pergaminos viejos, escritos con tinta de colores, mapas dibujados a mano, listas de nombres, registros de nacimientos y muertes de todas las manadas que habían habitado esas tierras durante siglos, y un libro grueso de cuero marrón, en cuya portada estaba escrito con letras doradas: Registro de la Verdad, para quienes vengan después y no quieran olvidar. Kai lo abrió despacio, con los dedos temblando, y empezó a leer las primeras líneas en voz alta, para que ambos lo escucharan, para que la verdad saliera de las páginas y se quedara grabada también en el aire del claro.

Lo que descubrieron en esas páginas fue mucho peor y mucho más importante de lo que ninguno de los dos había imaginado. Hacía más de veinte años, un grupo de alfas poderosos, hambrientos de poder y de control, había empezado a modificar las leyes antiguas, a borrar de los registros oficiales el papel fundamental que los omegas habían tenido siempre en el equilibrio de las manadas —no como seres sumisos o débiles, sino como el corazón mismo de cada comunidad, quienes guardaban la memoria, calmaban los ánimos, mantenían unido el tejido de la vida colectiva—. Habían empezado a desaparecer a quienes se oponían, a robarles a los omegas más puros para usarlos como herramientas, a falsificar pruebas, a vender secretos a quienes estaban dispuestos a pagar por ellos. Y los padres de Kai habían sido los últimos guardianes del registro verdadero, los últimos que se atrevieron a decir en voz alta que todo se estaba rompiendo, los últimos que pagaron con su desaparición el precio de querer detenerlo.

Página tras página, nombre tras nombre, fecha tras fecha, todo estaba ahí: las pruebas, los nombres de los traidores, los lugares donde habían escondido a los prisioneros, los pactos secretos, las mentiras que se habían dicho durante años para que nadie se diera cuenta. Había también cartas de sus padres, escritas en los últimos meses de su vida, donde le hablaban directamente a él, donde le decían que sabían que lo encontrarían, que confiaban en que él tendría el coraje de seguir su camino, que no estaba solo, que siempre habría alguien dispuesto a luchar a su lado. Y al final del libro, una última hoja, escrita con la letra de su madre: Cuando el corazón de un omega y la fuerza de un alfa caminan juntos por la verdad, nada puede detenerlos. Ese es el pacto antiguo que nadie ha podido romper.

Kai terminó de leer y se quedó en silencio durante mucho rato, con la mirada perdida en las hojas viejas, sintiendo cómo todo lo que había creído saber sobre su vida, sobre su pérdida, sobre su miedo, se ordenaba por fin dentro de su cabeza, como piezas de un rompecabezas que por fin encajaban en su lugar. No había sido culpa suya que sus padres se hubieran ido; no había sido casualidad que hubiera tenido que huir y esconderse durante años; no había sido un error que hubiera conocido a Elian, que hubiera confiado en él a pesar de todo, que hubiera terminado ahí, en ese claro sagrado, abriendo el libro que nadie más se había atrevido a abrir. Todo había sido parte de algo más grande, algo que había empezado mucho antes de que él naciera y que ahora, por fin, le tocaba continuar a él.

—Ahora lo sabemos todo —dijo Elian por fin, con la voz grave y firme, sin rastro de duda—. Ahora tenemos la prueba. Ahora podemos ir a ver a las personas que aún se mantienen fieles a las leyes antiguas, a los lonkos que no se han vendido, a las familias que todavía recuerdan cómo debían ser las cosas. No tenemos que luchar solos contra todos ellos. Podemos armar algo, poco a poco, con cuidado, con paciencia, hasta que la verdad sea tan fuerte que nadie pueda volver a ocultarla.

Kai levantó la mirada y lo miró fijamente, y en ese instante entendió por qué sus padres le habían escrito que no tendría que caminar solo. Frente a él no estaba solo un alfa fuerte y protector; estaba la persona que había elegido estar a su lado sin saber nada de sus secretos, que había vuelto después de la pelea, que había caminado horas por el bosque sin dudar ni un solo paso, que estaba dispuesto a arriesgarlo todo por una verdad que ni siquiera le pertenecía de nacimiento. Sintió entonces algo que nunca había sentido antes en toda su vida: una certeza profunda, absoluta, de que juntos podrían con lo que viniera, por muy duro que fuera.

Se inclinó hacia adelante y lo besó por primera vez en ese día, suavemente, entre las raíces del árbol milenario, con el sol del mediodía cayendo justo sobre ellos, con el viento soplando entre las araucarias como si los árboles mismos aprobaran ese momento, ese pacto, esa unión que era mucho más que un lazo entre dos personas, que era el cumplimiento de una promesa antigua que esperaba ser cumplida desde hacía décadas. Elian lo rodeó con los brazos y lo atrajo hacia sí, correspondiendo el beso con la misma ternura y la misma fuerza, como si también él supiera que ese beso no era solo un beso, sino el principio de todo lo que vendría después.

Cuando se separaron, todavía sin hablar, guardaron todo de nuevo con el mismo cuidado con el que lo habían sacado: el libro, los pergaminos, los mapas, todo volvió a su estuche de cuero, que volvió a su lugar bajo la piedra, que volvió a cerrarse con el mismo movimiento lento y seguro, hasta que el claro quedó otra vez igual que cuando llegaron, como si nada hubiera pasado, como si el secreto siguiera guardado ahí, esperando el momento adecuado para ser revelado al mundo. Kai volvió a ponerse el collar con la piedra azul sobre la camisa, guardó la carta de sus padres dentro del bolsillo más cercano a su corazón, y tomó la mano de Elian con fuerza, entrelazando sus dedos para que no hubiera ninguna duda de que de ahí en adelante caminarían juntos.

El regreso fue más ligero, más tranquilo, aunque ambos sabían que lo que venía no sería fácil. Tuvieron que bajar la cuesta con cuidado, volver a cruzar el río, caminar de nuevo por las praderas mientras el sol empezaba a bajar hacia el oeste, tiñendo el cielo de naranja y de rojo. Pero ahora cada paso se sentía diferente; ahora el peso que llevaban sobre los hombros no era el peso del miedo, sino el peso de la responsabilidad, de la verdad, de la promesa que se habían hecho el uno al otro y a la memoria de quienes ya no estaban.

Cuando llegaron de nuevo a la casa, ya era casi de noche. Encendieron la luz de las lámparas de aceite, prepararon una cena sencilla y se sentaron juntos a la mesa, con el mapa más importante extendido frente a ellos, marcando con pequeños puntos los lugares donde tendrían que ir, las personas que tendrían que buscar, los pasos que tendrían que dar en los días y las semanas que venían. Afuera la lluvia había vuelto a caer, suave y constante, pero ninguno de los dos la escuchaba ya como algo triste o amenazante; la escuchaban como el sonido de la tierra que se prepara para recibir algo nuevo, como el anuncio de que las cosas estaban por cambiar, para bien o para mal, pero para siempre.

—Mañana iremos a ver a la vieja Machi del pueblo de al lado —dijo Elian, pasando un dedo por el mapa sobre el nombre de la mujer que había sido amiga de sus padres—. Ella es la última que todavía recuerda todos los rituales y todas las historias verdaderas. Si alguien nos puede ayudar a reunir a la gente buena, a separar a quienes todavía tienen honor de quienes se han vendido, es ella.

Kai asintió, mirando el nombre escrito con tinta negra sobre el papel amarillento, y sintió de nuevo el calor de la piedra azul contra su pecho. Sabía que habría peligros, que quienes habían hecho desaparecer a sus padres no se quedarían de brazos cruzados cuando se enteraran de que el registro había sido encontrado, que habría días difíciles, noches de duda, momentos en los que querrían darse por vencidos. Pero también sabía que ya no importaba. Porque tenía a Elian. Porque tenía la verdad. Porque tenía el recuerdo de sus padres guiando cada paso que daba. Porque por primera vez en toda su vida, tenía un lugar al cual pertenecer, una causa por la cual luchar, un amor que valía la pena arriesgarlo todo.

Esa noche, cuando se acostaron por fin, cansados hasta los huesos pero con el corazón más ligero que nunca, Kai apoyó la cabeza sobre el pecho de Elian y escuchó los latidos de su corazón, fuertes, regulares, seguros, igual que el camino que tenían por delante. Afuera el viento soplaba entre las araucanas, llevando consigo las voces de los antepasados, las promesas antiguas, la certeza silenciosa de que la verdad siempre, siempre, terminaba por salir a la luz. Y mientras se quedaban dormidos abrazados, ya estaban planeando el día siguiente, el primer paso de una larga lucha que cambiaría para siempre el destino de todas las manadas de esas tierras.

Mañana irían a ver a la Machi. Mañana empezaría todo de verdad. Pero esa noche, solo importaba estar ahí, juntos, respirando el mismo aire, sintiendo el calor del cuerpo del otro, sabiendo que pase lo que pase en el futuro, ya nunca más tendrían que enfrentarlo solos.

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