Mei es una joven china, dulce, inteligente y aparentemente ingenua, que viaja a Europa para estudiar y acompañar a su mejor amiga, Sofia. Sin embargo, detrás de su sonrisa cálida y sus modales impecables, Mei esconde un espíritu de guerrera indomable, forjado bajo una estricta disciplina familiar de artes marciales y superación personal.
Su vida se complica cuando conoce al hermano mayor de Sofia, Adrian, un frío, arrogante y desconfiado empresario europeo que le dobla la edad. Incapaz de admitir la atracción inmediata y arrolladora que siente por ella, Adrian la trata con dureza y distancia, intentando convencerse de que solo es una niña caprichosa.
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Capítulo 15: La furia del protector
La lluvia repiqueteaba contra los cristales del aula vacía con la insistencia de un tambor de guerra. Dentro, el aire aún vibraba con la electricidad del enfrentamiento reciente. Adrian sostenía a Mei contra su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo y la asombrosa calma que emanaba de ella, una quietud que contrastaba salvajemente con la tormenta que rugía en su propio interior.
Despacio, con una mezcla de reticencia y ternura, Adrian la apartó lo suficiente para mirarla a los ojos. Su mirada gris, habitualmente impenetrable, recorrió cada centímetro de su rostro buscando cualquier señal oculta de dolor o trauma.
—Mei —dijo, y su voz sonó más baja y áspera de lo habitual, cargada de una vibración peligrosa—. Sé lo fuerte que eres. He visto de lo que eres capaz. Pero necesito que seas completamente honesta conmigo. ¿Te ha hecho daño?
Mei le dedicó una sonrisa serena, intentando apaciguar el fuego que veía encenderse en las pupilas de su protector.
—Estoy bien, Adrian. Te lo aseguro. Mi cuerpo recuerda cada movimiento de defensa que me enseñaron en Guangzhou. Julian subestimó mi resistencia y pagó el precio en el suelo.
Sin embargo, cuando Mei levantó la mano para acomodar un mechón de su cabello oscuro, la manga de su suéter se deslizó ligeramente hacia atrás.
Ahí estaba.
Sobre la delicada piel de su muñeca derecha, comenzaba a dibujarse una marca rojiza, el contorno pálido de unos dedos masculinos que habían apretado con demasiada fuerza física. Era una marca pequeña, casi insignificante en comparación con el daño que Julian se había llevado consigo, pero para Adrian Vance, esa marca fue la chispa que cayó directamente sobre un barril de pólvora.
El despertar del volcán
La mirada de Adrian se congeló en la muñeca de Mei. El aire en el aula pareció descender diez grados en un instante. Los dedos de Adrian se cerraron en puños tan apretados que sus nudillos se volvieron completamente blancos, y la cicatriz que cruzaba el lado izquierdo de su cuello adquirió un tono rojizo debido a la súbita presión sanguínea.
Aquella frialdad analítica de la que tanto se enorgullecía, ese control de hierro que lo había mantenido con vida en las misiones más peligrosas de su pasado, se evaporó por completo. En su lugar, un calor líquido y violento, un odio ancestral y puramente territorial, se apoderó de sus venas.
—Thomas —llamó Adrian, sin apartar los ojos de la marca en la muñeca de Mei. Su tono era tan extrañamente calmado que resultaba aterrador.
El jefe de seguridad dio un paso adelante de inmediato, reconociendo esa peligrosa modulación en la voz de su jefe.
—¿Sí, señor?
—Lleva a Mei a la mansión. Quiero que Marcus conduzca por la ruta de seguridad número tres. Sofia los esperará allí. Nadie entra ni sale de la propiedad sin tu autorización directa. ¿Queda claro?
—Entendido, señor. ¿Y usted?
—Yo tengo un asunto de negocios que liquidar personalmente.
Mei detectó de inmediato el peligro en la postura de Adrian. El hombre que la sostenía ya no era el tutor caballeroso que le confesaba sus miedos en el balcón; era un depredador herido en su posesión más sagrada. Colocó su mano sana sobre el pecho de Adrian, sintiendo el latido desbocado de su corazón.
—Adrian, no —pidió ella con suavidad—. Julian está acabado. Los documentos de la licitación y el peritaje informático lo destruirán legalmente. No necesitas rebajarte a su nivel.
Adrian bajó la mirada hacia ella. Por un breve segundo, la ternura regresó a sus ojos, pero la resolución en su rostro era inamovible. Se inclinó y besó la frente de Mei con una delicadeza reverencial.
—No me voy a rebajar, mi hermosa guerrera —susurró contra su piel—. Voy a poner las cosas en su lugar. El agua fluye y desgasta la piedra, pero a veces, la tierra necesita que el fuego limpie el camino para que el agua pueda correr sin obstáculos. Confía en mí.
Se dio la vuelta y salió del aula con pasos largos y decididos, dejando tras de sí un aura de peligro que hizo que incluso los guardaespaldas de la entrada se apartaran con respeto instintivo.
La madriguera del cobarde
El club privado The Royal Athenaeum era uno de los santuarios más exclusivos de la élite de Mayfair. Detrás de sus pesadas puertas de roble y sus paneles de caoba, los hombres más influyentes de la City de Londres cerraban tratos multimillonarios y ahogaban sus escándalos en vasos de whisky de malta de cincuenta años. Era un lugar diseñado para la impunidad, donde el dinero y el apellido compraban el silencio absoluto.
En una de las salas privadas del segundo piso, Julian Sterling intentaba desesperadamente recuperar la compostura. Se había cambiado la camisa húmeda por una que le había facilitado el conserje del club, pero el dolor en su hombro derecho era insoportable. Cada vez que intentaba levantar el brazo, una punzada aguda le recordaba la humillación de haber sido proyectado contra el suelo por una mujer que no le llegaba al hombro.
—Maldita sea —siseó Julian, vertiendo un generoso trago de coñac en un vaso de cristal—. Una salvaje. Eso es lo que es. Una salvaje de Guangzhou.
Estaba marcando el número de su abogado de cabecera cuando la pesada puerta doble de la sala privada se abrió de golpe. No fue una apertura educada; la puerta chocó contra las paredes con un estruendo que hizo vibrar las lámparas de cristal del techo.
Julian se giró con el ceño fruncido, listo para reprender al empleado que hubiera cometido semejante osadía, pero las palabras se le congelaron en la garganta.
Adrian Vance entró en la sala.
No venía acompañado por sus guardaespaldas. No lo necesitaba. Su imponente figura de casi un metro noventa llenaba por completo el umbral de la puerta. Su abrigo largo y oscuro goteaba agua de lluvia sobre la alfombra persa, y sus ojos grises fijos en Julian tenían la mirada de un verdugo que ha venido a ejecutar una sentencia largamente postergada.
—¿Adrian? —Julian intentó mantener su tono de superioridad aristocrática, pero su voz traicionó un temblor agudo—. ¿Qué significa esto? Este es un club privado. No puedes entrar aquí de esta manera...
Adrian no respondió con palabras. Caminó hacia él con una parsimonia aterradora. Cada paso suyo parecía hacer que el espacio en la habitación se redujera.
Preso del pánico, Julian intentó rodear la mesa de centro para poner una barrera física entre ambos, pero Adrian fue más rápido. Con un movimiento felino y carente de cualquier esfuerzo aparente, Adrian lo agarró por el cuello de su costosa camisa de seda y lo estampó contra la pared de caoba.
El impacto hizo que los cuadros de la pared se tambalearan. Julian soltó un grito ahogado cuando el brazo izquierdo de Adrian se presionó directamente contra su garganta, cortándole parcialmente el flujo de aire.
—¡Vance! ¡Estás loco! —consiguió jadear Julian, golpeando inútilmente los antebrazos de acero de Adrian—. ¡Te... te demandaré! ¡Mi familia te destruirá!
La sentencia del protector
Adrian se acercó tanto que Julian pudo ver el reflejo de su propia cobardía en las pupilas grises del exoficial. La voz de Adrian, cuando habló, no fue un grito. Fue un susurro gélido, un siseo volcánico que calaba más hondo que cualquier alarido de furia.
—¿Tu familia? —preguntó Adrian, y una sonrisa carente de toda piedad se dibujó en sus labios—. Tu familia está muerta financieramente, Julian. Solo que aún no se han enterado. He pasado las últimas dos horas reuniéndome con los principales directores del consorcio de la City. Para el final de esta tarde, todos tus inversores habrán retirado sus fondos de Sterling Capital.
Julian abrió los ojos con horror, el aire comenzando a faltarle de verdad.
—Pensaste que Mei era una presa fácil —continuó Adrian, apretando el antebrazo contra su tráquea lo justo para causarle un dolor agudo—. Pensaste que podías usar tu posición, tus mentiras y tu fuerza para acorralarla. Le pusiste las manos encima, Julian. Dejaste una marca en su muñeca.
La presión aumentó. Julian sintió que el pánico lo consumía por completo; por primera vez en su vida de privilegios, se dio cuenta de que estaba frente a un hombre que no temía a las consecuencias legales, un hombre que operaba bajo sus propias leyes de justicia y protección.
—Quiero que me escuches muy bien, porque solo voy a decírtelo una vez —siseó Adrian, y sus ojos destellaron con una furia tan pura que Julian cerró los ojos por el terror—. Si vuelves a pronunciar el nombre de Mei Zhang, si vuelves a enviar un correo, si te atreves a cruzarte en su camino a menos de un kilómetro de distancia... no me limitaré a destruir tu firma de inversiones.
Adrian se inclinó un poco más, su aliento frío rozando la oreja de Julian.
—Te desmantelaré pieza por pieza. Usaré cada recurso de mi firma de seguridad, cada contacto que tengo en el Ministerio de Defensa y cada satélite en órbita para borrar tu nombre de este país. Te convertiré en un paria. No podrás abrir una cuenta bancaria, no podrás alquilar un piso, no podrás conseguir un empleo ni para limpiar las calles de esta ciudad. Te dejaré sin nada, Julian. Y si eso no te detiene... te aseguro que aprenderás por qué me retiré del servicio activo con el historial que tengo.
Julian asintió frenéticamente, con lágrimas de puro dolor y humillación corriendo por sus mejillas.
—¿Ha quedado claro? —preguntó Adrian, aflojando la presión solo un milímetro para permitirle responder.
—Sí... sí... juro que no volveré a acercarme... lo juro —gimió Julian, quebrado por completo.
Adrian lo sostuvo por un segundo más, mirándolo con un desprecio infinito. Luego, con un movimiento seco, lo soltó. Julian cayó de rodillas sobre la alfombra, tosiendo violentamente y frotándose el cuello, con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando como una hoja.
Adrian se acomodó los puños de su esmoquin y se abotonó el abrigo largo con la misma calma con la que había entrado. No había rastro de agitación en su respiración; la tormenta en su interior se había aplacado, dejando solo las cenizas de un enemigo completamente destruido.
—Tienes veinticuatro horas para presentar tu renuncia formal a la licitación de Guangzhou y transferir todos los derechos de propiedad intelectual del borrador a la cuenta personal de Mei —dijo Adrian, dándole la espalda—. Si para mañana a mediodía mi equipo no ha recibido la confirmación de la transferencia... la policía metropolitana ejecutará la orden de arresto contra ti y tu hermana que tengo retenida en mi escritorio. Disfruta de tu última noche en el club, Julian.
Sin mirar atrás, Adrian salió de la sala privada. Los empleados del club que se habían congregado en el pasillo debido al ruido se apartaron de inmediato, intimidados por la imponente presencia del señor Vance, quien abandonó el edificio bajo la lluvia torrencial de Mayfair sin que nadie se atreviera a pedirle explicaciones.
El regreso a la paz
La mansión Vance estaba sumida en una calidez acogedora cuando Adrian regresó. El fuego de la chimenea del gran salón bailaba alegremente, proyectando sombras doradas sobre las estanterías de libros antiguos.
Thomas lo recibió en el vestíbulo, tomando su abrigo húmedo.
—¿Todo en orden, señor? —preguntó el jefe de seguridad en voz baja.
—Todo liquidado, Thomas. ¿Dónde está Mei?
—En el jardín de invierno, señor. La señorita Sofia intentó obligarla a descansar, pero prefirió esperarlo allí.
Adrian asintió y se dirigió hacia la parte trasera de la mansión. El jardín de invierno era una estructura de vidrio y acero que albergaba una impresionante colección de orquídeas y plantas exóticas. El sonido de la lluvia golpeando el techo de cristal creaba una atmósfera de aislamiento perfecto del mundo exterior.
Mei estaba sentada en un diván de mimbre, con una taza de té humeante entre las manos. Llevaba un suéter amplio de lana blanca que la hacía ver delicada y etérea bajo la luz tenue de las lámparas de pie. Cuando escuchó los pasos de Adrian, levantó la mirada. Sus ojos oscuros, cargados de una sabiduría que iba más allá de sus años, leyeron de inmediato el estado del alma de su protector.
La furia volcánica de Adrian se había apagado. Al verla allí, sana, salva y esperándolo en la seguridad de su hogar, las últimas brasas de su ira se disiparon, dejando únicamente un cansancio profundo y una necesidad imperiosa de estar cerca de ella.
Se acercó despacio y se sentó a su lado en el diván. Sin decir una palabra, tomó la taza de té de las manos de Mei y la colocó sobre la mesa baja cercana. Luego, tomó su mano derecha y, con una suavidad extrema, besó la muñeca marcada por los dedos de Julian.
—Ya no volverá a molestarte, Mei —susurró Adrian, manteniendo sus labios presionados contra su piel—. Te lo prometo. El nombre de Julian Sterling ha dejado de existir en los negocios de esta ciudad.
Mei entrelazó sus dedos con los de él, acariciándole el dorso de la mano con el pulgar.
—Lo sé, Adrian. Sentí el momento en que tu tormenta se calmó —dijo ella con su voz suave—. Pero prométeme algo.
Adrian levantó la mirada, encontrándose con sus ojos oscuros.
—Lo que quieras, Mei.
—No permitas que la sombra de personas como los Sterling te devuelva a la oscuridad de tu pasado —pidió ella, con una ternura que le oprimió el pecho—. Tu fuerza es hermosa cuando la usas para proteger, pero no quiero que el odio nuble la luz que has encontrado. Eres un hombre noble, Adrian Vance. Y esa nobleza es lo que me hizo enamorarme de ti.
Adrian sintió que una oleada de emoción le recorría el cuerpo. La palabra "enamorarme" pronunciada por los labios de Mei tuvo un impacto más profundo en él que cualquier amenaza o victoria financiera. Atrajo a Mei hacia sus brazos, estrechándola contra su pecho con una fuerza contenida, ocultando su rostro en su cabello con aroma a jazmín.
—Te lo prometo, mi hermosa guerrera —susurró Adrian, y por primera vez en muchos años, sintió que su alma estaba en perfecta y absoluta paz—. Contigo a mi lado, la oscuridad ya no tiene poder sobre mí. Tú eres mi luz, mi hogar y mi única verdad.
Bajo el techo de cristal, con la lluvia de Londres bendiciendo su refugio, el protector y su guerrera se fundieron en un abrazo que no solo sellaba la derrota de sus enemigos, sino el inicio de un futuro donde sus corrientes, finalmente unidas, correrían libres hacia un mar de felicidad infinita.