La vida nunca fue fácil para Verónica Castillo. Desde niña aprendió a crecer entre ausencias y silencios, creyendo que algún día el amor le daría el hogar que siempre soñó. Por eso, cuando decidió formar una familia con Héctor, pensó que por fin había encontrado su lugar en el mundo.
Pero los sueños también pueden romperse.
Entre infidelidades, desprecios y promesas vacías, Verónica terminó atrapada en una vida donde el amor dejó de existir. Hasta que una noche, cansada de las heridas y pensando en el futuro de sus dos hijos, tomó la decisión más difícil de todas: marcharse y empezar de nuevo.
Con Samuel y Rodrigo como su única fuerza, Verónica deberá reconstruir su vida desde cero, enfrentándose a sus miedos, a un pasado que insiste en perseguirla y a un hombre que solo entenderá lo que perdió cuando ya sea demasiado tarde.
Porque a veces la vida primero te rompe… para después enseñarte a renacer.
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Amistad.
La noche cayó tranquila sobre la casa, con ese aire tibio que se quedaba suspendido en las paredes y el sonido lejano de algún televisor vecino. Después de cenar, Verónica recogió los platos con calma, mientras escuchaba las voces de sus hijos en la habitación. Había algo en esos momentos simples que le llenaba el pecho, una paz pequeña, pero real.
Entró al cuarto y los encontró sentados en el colchón. Samuel tenía el cuaderno abierto y leía en voz alta, esforzándose por pronunciar cada palabra con claridad, mientras Rodrigo, con la lengua ligeramente asomada por la concentración, hacía planas con los sonidos de la “p” y la “s”.
—“Pe-pe-pe… pa-pa-pa…” —repetía el pequeño, frunciendo el ceño.
Verónica sonrió y se sentó junto a ellos.
—A ver, mi amor —dijo con dulzura—. Lee conmigo… “sa-se-si-so-su”.
Rodrigo levantó la mirada.
—¿Así, mami?
—Así mismo… despacito, que tú puedes.
Samuel cerró el libro un momento.
—Mami… ¿qué significa esta palabra?
Verónica tomó el cuaderno, leyó en silencio y luego explicó con paciencia, usando ejemplos sencillos, como siempre hacía.
—Significa esto… mira, como cuando tú haces esto en el colegio…
Samuel asintió, comprendiendo.
—Ah… ya entendí.
—¿Ven? —dijo ella, mirándolos con orgullo—. Ustedes son muy inteligentes.
Rodrigo sonrió.
—Porque tú nos enseñas, mami.
Y ese comentario, tan sencillo, le acarició el alma.
—Vamos, terminen rápido que mañana hay clases.
Cuando acabaron, los ayudó a cepillarse los dientes, los acomodó en la cama y se acostó a su lado un momento.
—Que Diosito los bendiga —susurró, besando sus frentes.
—Amén —respondieron ambos.
...
El lunes empezó antes de que el sol asomara. El gallo aún no cantaba cuando Verónica ya estaba de pie junto a su madre en el patio. El fogón de leña comenzaba a encenderse, y el humo subía lento, impregnando el aire con ese olor tan familiar.
—Pásame el arroz —dijo Esther.
—Aquí está, mamá.
Las manos de ambas se movían con rapidez, con práctica, como si el cansancio no existiera. Preparaban los pasteles, uno tras otro, envolviendo con cuidado en hojas de bijao.
—Hoy nos va a ir bien —murmuró Esther.
—Sí… Dios mediante —respondió Verónica.
Mientras tanto, el café ya estaba listo en los termos, caliente, espeso, listo para vender.
Después de un rato, Verónica entró a despertar a los niños.
—Arriba, mis amores… es hora.
Samuel se levantó primero.
—¿Ya es lunes?
—Sí, mi vida.
Rodrigo se tapó la cara.
—No quiero ir…
—Sí quieres —dijo ella riendo—. Que tienes que aprender mucho.
Los ayudó a vestirse con sus uniformes nuevos. No eran costosos, pero estaban limpios, bien puestos, y eso bastaba para que se vieran hermosos.
Desayunaron rápido.
—Coman bien —decía Verónica—. Para que tengan energía.
Luego los tomó de la mano y los llevó al colegio.
—Pórtense bien.
—Sí, mami.
—Que Dios los acompañe.
—Amén.
Los vio entrar… y regresó a casa con el corazón tranquilo.
...
El movimiento empezó temprano. Clientes que iban y venían, algunos se sentaban en la terraza adaptada, otros pedían para llevar.
—Buenos días, ¿qué va a llevar? —preguntaba Verónica.
—Dos pasteles de cerdo y un café.
—Ya se los doy.
El ambiente era cálido, familiar, lleno de vida y entonces… una moto se detuvo frente a la casa.
Verónica levantó la mirada.
Era Adrián.
Llevaba un saco blanco amarrado en la parrilla de la moto. Se bajó con calma y saludó.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió Verónica, con una sonrisa que no pudo evitar.
—¿Cómo estás?
—Bien… ¿y tú?
—Bien… mira, te traje esto.
Señaló el saco.
—¿Qué es eso? —preguntó ella, curiosa.
—Plátanos y yuca… para que le hagas patacones o sopita a los niños.
Verónica abrió los ojos, sorprendida.
—Ay… Adrián, no tenías que…
—Tranquila… es con gusto.
Intentó levantar el saco… pero no pudo.
—Está pesado…
Adrián soltó una pequeña risa.
—Déjame.
Lo tomó con facilidad y lo llevó hasta dentro de la casa.
Esther se acercó.
—Mijo, muchas gracias… que Dios te lo multiplique.
—Amén, doña Esther —respondió él con respeto.
Ese día, Adrián se quedó un rato.
—Dame un pastel —dijo.
—Este va por la casa —respondió Verónica.
—Entonces dame dos más para llevar.
—¿Para quién?
—Uno para mi mamá… y otro para Sara.
—¿Cómo está ella? —preguntó Verónica.
—Bien… se quedó en la finca con mi mamá. Y dijo que quiere volver a jugar con Samuel y Rodrigo.
Verónica sonrió.
—Dile que aquí la esperamos. Puedes traerla cuando quieras.
Desde ese día, Adrián empezó a aparecer con más frecuencia. Cada quince días encargaba la misma cantidad de pasteles, y llegaba con otro joven en moto a recogerlos.
—Aquí están los pedidos —decía Verónica.
—Perfecto —respondía él—. Gracias.
Poco a poco… entre saludos, palabras cortas, sonrisas… nació algo.
Una amistad.
—Yo vivo en una finca —le contó un día—. A las afueras del pueblo.
—¿Sí?
—Sí… tengo cultivos, algo de ganado… y cría de pescado.
—Qué bonito… —dijo ella con sinceridad.
—Cuando quieras conocer… estás invitada.
Las conversaciones empezaron a alargarse. Ya no eran solo sobre pasteles. Hablaban de la vida, de los hijos, de lo difícil… y de lo bonito también.
Hasta que un día…
—¿Me das tu número? —preguntó Adrián, con naturalidad.
Verónica dudó un segundo… pero luego asintió.
—Sí…
Intercambiaron teléfonos y algo cambió.
...
Otro domingo, Adrián llegó con Sara.
—¡Vinimos a visitarlos! —dijo la niña emocionada.
Rodrigo corrió a abrazarla.
—¡Vamos a jugar!
Samuel sonrió.
—Aqui está el balón.
Los niños se fueron a jugar como si fueran familia.
Verónica los miraba… con una mezcla de ternura y algo más.
Adrián se acercó.
—Se llevan bien.
—Sí… son niños.
Hubo un silencio suave.
Luego él habló:
—El próximo domingo… ¿quieres venir a la finca?
Verónica lo miró.
—¿A la finca?
—Sí… tú y los niños. Para que cambien de ambiente, se distraigan.
Ella bajó la mirada un segundo.
Dudó.
Sintió ese miedo… ese recuerdo… esa vocecita que aún la hacía desconfiar. Pero luego miró a sus hijos jugando, riendo…
Y volvió a mirarlo a él.
—Está bien… —dijo finalmente—. Vamos.
La sonrisa de Adrián fue sincera.
—Paso por ustedes.
—Está bien.
Esa noche, mientras todo quedaba en silencio, Verónica se acostó mirando el techo.
Habían pasado seis meses.
Seis meses desde aquel 26 de abril en que decidió irse.
Seis meses de dolor, de lucha, de noches largas… pero también de crecimiento. Y ahora había algo nuevo. Algo que no dolía, que… daba miedo, pero que también… se sentía bonito.
Rosa esta novela con esta trama de superación me fascinó te felicito gracias por compartir tu talento con todas las lectoras que Dios te bendiga siempre saludos desde 🇻🇪🤗😘🙏🏻🌷
🥰
bendiciones