Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 12
Capítulo 12: Empieza a conocerme
¿Comiste?
Lo mandó el domingo 12 a las dos de la tarde. A las dos y cuatro las palomitas se pusieron azules. Nada más.
El miércoles 15 le mandó una foto: el tatami de la Academia Carvalho, vacío, con la luz de la tarde entrando de lado sobre las colchonetas. Sin texto. Azules a los diez minutos. Nada.
No mandó una tercera.
El jueves, al salir de entrenar, le llegó un WhatsApp de Carvalho que él no había pedido:
La doctora se cambió a los horarios de la mañana.
Leonardo leyó la línea de pie en el estacionamiento, con la maleta del kimono colgada del hombro. Él entrenaba martes y jueves a las siete de la noche. Ella lo sabía. Todo el grupo A lo sabía.
Guardó el celular. No contestó a Carvalho.
Para el sábado ya eran nueve días. No los había contado a propósito. Los contaba igual.
La cena anual de la Asociación de Industriales de Vallejo era en un salón de Polanco, con candiles, meseros de guantes blancos y trescientas personas que se conocían de toda la vida. Llovía desde las siete.
Leonardo llegó a las ocho, saludó a quien tenía que saludar y se quedó en una esquina, junto a una columna, con un whisky que no pensaba terminar.
A las ocho y diez la vio entrar.
Vestido oscuro, el pelo recogido, del brazo de una señora bajita y enérgica que avanzaba por el salón como si lo hubiera rentado. Detrás, un señor canoso y callado que Leonardo conocía de otras mesas: Ernesto Uribe. Uribe Industrial. Separadores para baterías. Años de facturas impecables.
La tía de Ximena tardó quince minutos en conseguirle tres candidatos. Un muchacho que había vuelto de un banco en Wall Street y lo contaba en cada frase. Otro que tenía una empresa de inteligencia artificial y una chamarra de piel encima del traje.
El heredero de una cadena de farmacias, alto, simpático, con demasiados dientes.
Ximena se reía.
Leonardo nunca la había oído reírse así. Fuerte, larga, con la cabeza echada hacia atrás, una risa que se oía desde la columna. Una risa que no era suya. Cada tanto, a mitad de una carcajada, los ojos de ella se desviaban hacia su esquina, lo encontraban, y se iban.
Él apretaba el vaso. Cada vez que ella se reía, los nudillos se le ponían blancos. Lo notó a la tercera y aflojó la mano. A la cuarta volvió a apretar.
Una señora de collar grueso se sentó junto a Ximena y la saludó de beso. Una ola de perfume dulce llegó hasta donde estaba él. Ximena estornudó dos veces seguidas, se tapó con la servilleta, sonrió, y dio un paso discreto hacia atrás.
Leonardo lo guardó. Perfume fuerte, no. Lo guardó junto a todo lo demás.
—¿A quién le estás haciendo un agujero con los ojos? —Andrés apareció a su lado con dos copas y le quitó el whisky tibio de la mano para darle uno nuevo. Siguió su mirada—. Ah. Esa es la sobrina de Ernesto, ¿no? Ve por ella.
—No.
—¿No? —Andrés se rio—. Llevas media hora aquí parado como guardia de museo.
—Para ella, que yo la persiga puede ser una ofensa.
—¿Una ofensa? Eres Leonardo Aldama.
—Por eso. —Leonardo no apartó la vista—. Es de las que se paran frente a un salón y les brillan los ojos. No necesita a nadie que la persiga.
Andrés se quedó callado. Luego le dio una palmada en el hombro, larga, de las que se dan en los velorios.
—Ay, compadre.
No hizo falta ir a ningún lado. Ernesto Uribe atravesó el salón hacia él, con Ximena del brazo. Tenía la cara de un hombre que ha oído en su casa cierta historia sobre cierta disculpa y ha decidido ponerse de su lado en público.
—Licenciado. —Le tendió la mano—. Ya conoce a mi sobrina, ¿verdad? Doctora en historia del arte; su tesis ganó el premio…
—La conozco —dijo Leonardo.
Le estrechó la mano a don Ernesto. Luego la miró a ella.
Ximena inclinó la cabeza apenas. Un gesto de protocolo, medido al centímetro.
—Señor Aldama. —La voz, perfectamente educada—. Qué gusto verlo.
Verlo. Usted. Después de la fonda, de la escalera, del caldo.
—Buenas noches —dijo él.
Ella sostuvo la mirada un segundo de más. Luego la tía la llamó desde otra mesa, y Ximena se disculpó con una sonrisa que no le llegó a los ojos y se fue. Don Ernesto se quedó a hablar de contratos.
Leonardo contestó todo con precisión y no recordaría nada de lo que dijo.
A las 21:40 la vio acercarse a la tía, tocarse la sien, decir algo. Don Ernesto fue por los abrigos.
Ximena se puso el suyo en la entrada, bajo una lámpara, y Leonardo vio los puños: gastados, con bolitas de pelusa en la orilla, el abrigo de alguien que no se compra otro porque ese todavía sirve.
Lo guardó también.
Luego ella salió, y el salón se quedó igual de lleno y se volvió enorme.
Se tomó el whisky de Andrés. Pidió otro. Andrés lo dejó hacer hasta el cuarto.
—El lunes tienes consejo, Aldama.
—Ya sé.
No era el consejo. No eran los tres candidatos, ni la risa falsa, ni el usted. Era una sola cosa: ella lo estaba evitando. Y él había dicho Sin prisa, y lo había dicho en serio, y ahora no sabía qué hacer con eso.
A las 22:50 se subió al carro.
—A Higuera, don Chema.
—Sí, señor.
Don Chema no preguntó nada. Tomó Periférico bajo un aguacero que hacía brincar el agua en el cofre. Leonardo iba con la cabeza contra el respaldo, viendo pasar las luces deshechas por la lluvia. Pensó en bajarse del carro y regresar. Pensó en llamarla.
No hizo ninguna de las dos cosas.
A las 23:30, don Chema se estacionó frente a La Rendija. Arriba, en el segundo piso, había luz.
—Señor, el paraguas.
Leonardo ya había abierto la puerta.
Cruzó la calle. En cuatro pasos tenía el saco empapado; en diez, la camisa pegada a la espalda. Bajo el zaguán, don Ruti levantó la vista de su radio, lo reconoció y se puso de pie.
—Señor. —Abrió la puerta del edificio sin que se lo pidiera—. Pásele, que se me va a enfermar. La maestra ya llegó.
—Gracias, don Ruti.
Subió la escalera dejando charcos. Tocó dos veces.
Ella abrió con una sudadera, la cara lavada, un resto de rímel bajo un ojo. Lo miró de arriba abajo: el pelo chorreando, el traje negro de agua, el charco que empezaba a formarse en el tapete.
—¿Otra vez tú?
—Me estás evitando. —El agua le escurría a los ojos y no se la quitó—. Y me da miedo.
—No te estoy…
—Te cambiaste de horario en la academia. Nueve días, Ximena.
Ella cerró la boca. Se agarró del marco de la puerta.
—Tomaste —dijo, bajito. Le había llegado el whisky.
—Un poco. Me trajo don Chema. —Tragó saliva—. Déjame decirte algo y luego me voy, si quieres. No soy de los que andan con cualquiera. Y no necesito que me demuestres nada. —Se le quebró algo en la voz y siguió de todos modos—. Te quiero.
Ella parpadeó.
—No —se corrigió él—. Me enamoré de ti.
La jaló hacia él. No lo pensó; si lo hubiera pensado, no lo hubiera hecho. Ella chocó contra su pecho mojado y se quedó rígida, con las manos en el aire, sin tocarlo, y él sintió el agua de su camisa empapándole la sudadera y no la soltó.
Pasó un segundo. Dos.
Luego el cuerpo de ella se rindió antes que ella. Los hombros bajaron. Las manos, despacio, le rodearon la cintura, por encima de la tela empapada, y se quedaron ahí.
Leonardo cerró los ojos.
—¿Qué opinas de mí? —le preguntó contra el pelo.
—No te conozco. —La voz le salió ahogada contra su camisa—. No opino.
Él apretó los brazos. Bajó la cara hasta que la punta de la nariz le tocó la frente.
—Entonces empieza a conocerme.
Ella se apartó lo suficiente para mirarlo. Tenía gotas de él en las pestañas.
—Soy la ex de tu hijo.
—Eres tú. —No le soltó la cintura—. Y yo quiero casarme contigo.
—¡Falta muchísimo para eso!
A Leonardo se le escapó algo parecido a una risa, la primera en nueve días.
—Entonces despacio. —Le quitó con el pulgar la gota de la pestaña—. Desde hoy, somos novios, Xime.
Ella lo oyó. Él vio cómo lo oía: el nombre corto, el que le decían su tía y sus amigas, dicho con su voz. Se le puso roja la punta de las orejas.
—Ahora dime mi nombre.
—Leonardo.
—No. El que me vas a decir tú.
Ximena bajó la vista a su cuello, al botón de la camisa, a cualquier lugar que no fueran sus ojos.
—…Leo.
Él tuvo que apoyarse en el marco de la puerta.
Adentro, ella le dio una toalla y lo mandó a quitarse el saco, que colgó de una silla y siguió goteando sobre el piso.
Él se desabrochó dos botones del cuello porque la camisa lo ahorcaba, se sentó en el sillón gris con la toalla sobre los hombros y el pelo revuelto.
Ella se sentó en la otra punta, con los pies descalzos arriba y los brazos alrededor de las rodillas, mirándolo como si todavía no decidiera si era real.
La lluvia seguía golpeando la ventana.
—Leo. —Lo dijo más seguro esta vez, y a él se le apretó el pecho—. No quiero que nadie lo sepa. Todavía no.