Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Cempasúchil
Paloma se pasó el lunes buscando el boceto en todo el taller: en los botes de basura, en la bodega de telas, en la mesa de corte, y le preguntó en el pizarrón a la señora de la limpieza si había visto una hoja con flores naranjas. Nadie había visto nada. Lo único que le quedaba era el celular, con una foto de cada versión guardada en la nube, cada una con su fecha y su hora. Esa noche no le contó nada a Alejandro. Él había cumplido su parte y no se había metido; ella iba a cumplir la suya.
El martes a las nueve, en la junta de la mañana, Dafne se puso de pie frente a todo el departamento con los ojos brillosos.
—Yo cumplo mis apuestas. —Se llevó la mano al pecho—. Perdóname si te ofendí, Paloma. De verdad.
—Ya, ya —dijo Rubén—. Somos equipo.
Dafne sabía perfectamente lo que había en ese cajón, y ahora se disculpaba por una broma. Paloma escribió en el pizarrón y lo levantó para que lo leyeran todos.
*No acepto disculpas de niña chiquita.*
Alguien soltó una carcajada y la tapó con una tos. Dafne se quedó parada con la mano en el pecho, sin saber si sentarse o seguir llorando.
* * *
A las once era la junta de aprobación con Vértice. Llegaron don Chema, el dueño de I&M; el licenciado Ramón Benítez, gerente de Vértice; Karely con Chío detrás, y todo el departamento de diseño. Las costureras se amontonaron del otro lado del vidrio de la sala, con los hilos todavía colgando del delantal.
Dafne presentó primero. Puso sobre la mesa una serie de Día de Muertos que había hecho, dijo, en equipo con Rubén: un vestido negro con pétalos de cempasúchil que bajaban de la cintura en espiral. Era el diseño de Paloma, con las proporciones cambiadas y los pétalos más grandes. Benítez lo levantó para verlo a contraluz.
—Esto es otro nivel —dijo—. Esto es lo que buscábamos.
—Y ella es la nueva —dijo don Chema, señalando a Paloma con cariño—. Paloma. No habla, pero dibuja muy bonito.
—Como la esposa del licenciado Iturralde, dicen —comentó Benítez, sin mirarla.
Dafne se rio por la nariz. Paloma se levantó, tomó el boceto de Dafne de las manos de Benítez y lo rompió a la mitad delante de todos. Luego lo rompió otra vez. Se oyó un murmullo del otro lado del vidrio. Antes de que nadie pudiera protestar, fue al pizarrón blanco de la sala y escribió arriba, en una esquina.
*Una idea no es un papel.*
Y se puso a dibujar. Tardó veinte minutos. No repitió su boceto; hizo uno nuevo, mejor, porque el robado ya no le servía. En este, el cempasúchil no iba por fuera. El vestido era negro y liso, y las flores estaban cosidas en el forro, por dentro de la falda: solo se veían cuando Karely caminara, como si le fueran abriendo el paso. Cuando dejó el plumón, nadie en la sala hablaba.
—Está mejor —admitió Benítez, rascándose la nuca—. Pero la otra propuesta se entregó primero.
—La idea original es de ella. —Karely se había quitado los lentes—. Yo vi el boceto el viernes, en la Torre. Me lo dibujó enfrente.
—Tú qué sabes —le soltó Dafne—. Te enseñó cualquier cosa.
Paloma sacó el celular, escribió tres preguntas seguidas y subió el volumen hasta el tope.
—¿Qué tela lleva el fondo? —preguntó la voz de la app, en toda la sala—. ¿Por qué la cintura va cosida a mano y no a máquina? ¿Cuántos pétalos tiene cada flor, y por qué?
Todos voltearon a ver a Dafne. Dafne abrió la boca, miró a Rubén, y Rubén miró la mesa.
—Eso… —Dafne se acomodó el pelo—. Eso lo decide el taller.
Paloma borró una esquina del pizarrón y escribió las respuestas una debajo de otra, sin prisa.
*Crepé de seda, para que no se transparente.*
*A mano, porque la curva de la cintura no cabe en la máquina.*
*Veinte pétalos. Cempasúchil quiere decir veinte flores, en náhuatl.*
Del otro lado del vidrio, una costurera mayor asintió despacio, como quien aprueba una costura bien hecha. Dafne se levantó para irse y, con las prisas, tiró su fólder al suelo. Se abrió. De adentro resbalaron pedazos de papel naranja y negro.
Benítez se agachó antes que ella. Juntó los pedazos sobre la mesa y los fue acomodando como un rompecabezas, mientras Dafne se quedaba inmóvil. Era el boceto de Paloma, roto en ocho partes. Dafne lo había robado, lo había roto y se había guardado los pedazos para copiarlo. En los márgenes estaban las notas de Paloma, a pluma, con su letra, y en la esquina de abajo la fecha: *9 oct*.
Paloma levantó el celular con la pantalla hacia Benítez. El historial de la nube marcaba la primera versión el nueve de octubre, a las 23:14.
Dafne perdió la cabeza.
—¡Se lo vendió a un viejo que la mantiene! —gritó, señalándola—. ¡Todos la vimos subirse a su camioneta!
La puerta de la sala se abrió.
—¿Desde cuándo la señora Iturralde dice que soy un viejo?
Alejandro estaba en el umbral, de traje, con las llaves de la Cayenne en la mano. Nadie en la sala respiró. Benítez, que trabajaba para una empresa de Grupo Iturralde, se puso del color del papel y empezó a sudar por la frente. Detrás del vidrio, las costureras se voltearon a ver entre ellas; una ya estaba escribiendo en su celular con los dos pulgares.
—Dafne, recoge tus cosas. —Don Chema fue el primero en reaccionar—. Estás despedida.
—Y tú, Lizárraga —se volvió hacia Rubén—, desde mañana te vas al piso de producción. Firmaste ese diseño con ella.
Nadie defendió a ninguno de los dos. Mientras Dafne salía, los celulares de medio taller vibraron al mismo tiempo, y Paloma alcanzó a leer en la pantalla de la costurera de la puerta el mensaje que acababa de llegar al grupo: *la muda es la esposa de Iturralde*. Karely miró a Alejandro, luego a Paloma, y la sonrisa que había traído a la junta se le enfrió un poco. Chío, detrás de ella, no dejó de mirar a Karely.
* * *
En la Cayenne, Alejandro esperó a que salieran del tráfico de la Obrera para hablar.
—Te pongo un taller. Tuyo. —Tenía la vista en el camino—. Taller Paloma.
Paloma negó con la cabeza antes de que terminara. Hoy había ganado ella sola, con un plumón y un pizarrón, delante de gente que la había llamado muda y amante, y no pensaba cambiar eso por un regalo. Escribió en el pizarrón y se lo acercó.
*Cuando tenga algo con mi nombre, va a ser porque me lo gané.*
Él lo leyó en el semáforo y no insistió. Entonces ella le tomó la mano derecha del volante, se la abrió y le escribió en la palma, letra por letra, lo que llevaba toda la tarde queriendo decirle, desde que Dafne lo llamó viejo. Él le llevaba nueve años.
*SÍ ESTÁS VIEJO*
Alejandro se rio en voz alta, una risa de verdad, de las que ella casi nunca le oía. Luego miró la camisa de trabajo de Paloma, manchada de plumón azul en el puño, y dejó de reírse.
—No hay tiempo de que te cambies. Los Orozco nos esperan a las siete, y mi papá dijo que no faltemos.