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Mi sugar daddy millonario

Mi sugar daddy millonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Posesivo / Diferencia de edad / Romance oscuro
Popularitas:636
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 19

Capítulo 19: Mi amor, ven a pagar

Adrián tenía la mano buena en la espalda de ella, sobre el cierre abierto del vestido. La pregunta se le había quedado en el pecho, justo donde ella la dijo. Contestó primero otra cosa.

—Tú fuiste la primera. En todo.

Dulce levantó la cabeza. Tenía el pelo pegado en la frente y la marca de una costura de su camisa en la mejilla.

—¿En todo… todo?

—En todo.

—¿Y Clara? Tres años casados…

—Nunca la toqué. Ni dormimos en la misma cama. —Le acomodó el tirante del vestido en el hombro—. Fue un arreglo de nuestros papás. La noche de la boda quedamos en divorciarnos a los tres años.

Ella se quedó callada un rato largo. Luego frunció la boca.

—El jueves que me agarraste en el elevador te fuiste con ella. Yo la vi.

—Me llevó a su estudio. Yo iba borracho. —Adrián miró el techo, donde la bola de espejos no giraba—. Cuando desperté, me estaba desabrochando el cinturón. La paré.

Dulce le agarró la camisa con el puño, a la altura del esternón. Tenía los nudillos blancos.

—¿Y por qué me lo dices?

—Porque no te voy a esconder nada.

La promesa de Querétaro no entró en la lista. Esa ya la había roto él, frente a su papá, y no era de ella.

—Lo del elevador… —Le tocó el labio inferior con el pulgar, donde ella lo había mordido y ya no quedaba marca—. No tenía derecho. Perdóname.

—Me dolió más lo de ¿te has acostado con otro?

—Lo sé.

—¿Y el de la secundaria? —preguntó él—. ¿El del florero?

—Juli. —Dulce resopló—. Se inundó la avenida, no pasaba ningún camión, y nos quedamos en su casa otra compañera y yo. Su mamá hizo pescado. Íbamos en segundo de secundaria, Andrés. Y al de la moto lo vi una vez en el Metrobús. Le di el lugar a una señora y él se acuerda. Yo no.

Adrián estiró el brazo hacia el saco tirado en el piso, sacó el celular y le puso enfrente los videos que le había mandado Villegas. Rafa con los claveles en la puerta del cuarto. Julián con los girasoles. Los dos en la cocinita, uno pelando la manzana a tirones y el otro pasándole servilletas.

—¿El doctor Villegas es tu espía?

—Es mi amigo.

—¡Me grabaste a mi mamá en bata!

—La grabó él. —Adrián guardó el video—. Yo nada más lo vi. Diez veces.

Dulce le dio un manotazo en el hombro. Luego se quedó viendo la pantalla apagada.

—Yo también te bloqueé.

—Mitad y mitad.

—Mitad y mitad —repitió ella.

—La contraseña es tu cumpleaños —dijo él, y le puso el celular en la mano—. Diez del tres.

Ella lo miró a él, luego al teléfono. Tecleó uno, cero, cero, tres, cero, dos, y la pantalla se abrió. Lo primero que hizo fue irse a los contactos y buscar su nombre. Luego buscó niña. Luego Dulce otra vez, despacio, letra por letra.

—No estoy.

—Te borré el domingo en la noche. —Adrián le quitó el teléfono, abrió un contacto nuevo, tecleó el número de memoria y escribió el nombre con el pulgar izquierdo. Se lo enseñó: Mi niña—. Ya estás.

Dulce se quedó viendo las dos palabras. Luego le volvió a quitar el celular y se metió a la galería. Adrián la dejó. Pasó la señora del suéter tejido dando vueltas con su palito de selfie en el jardín del hospital; pasó Mari, en el pasillo de enfermeras, jurándole a la cámara que ella de verdad creía que él tenía cincuenta años; pasó el junior de Casa Valdés con la mano en su cintura. En el video del cubículo de trabajo social, cuando ella misma apareció de rodillas en el piso, lo detuvo a la mitad. Se sentó derecha de golpe.

—¿O sea que don Lupe sabía todo y no me dijo nada? —Se volteó a verlo—. ¿Y tú me dejaste afuera dos horas a propósito?

—Una hora y veinte.

Dulce se paró y se subió el vestido. Se lo cerró sola por la espalda con una contorsión que él no le había visto hacer nunca, agarró su mochila y quitó el seguro de la puerta.

* * *

Afuera soplaba el viento helado de Santa Fe. Don Lupe estaba recargado en la camioneta, fumando. Ella le echó una mirada, le dio la vuelta a la camioneta por el otro lado y siguió caminando por la banqueta, hacia ningún lado. Adrián salió detrás, con la camisa abotonada nomás de abajo y el saco en la mano.

—Si no corre, la patrona lo deja, patrón —dijo don Lupe, y tiró el cigarro.

Adrián corrió. La alcanzó frente a la caseta del valet y le echó el saco sobre los hombros. Ella se lo quitó. Él se lo volvió a poner y lo sostuvo cerrado con la mano buena.

—El cuerpo se calienta con ropa —dijo ella, tiritando—. El corazón no.

—Pégale ahí —dijo él, y le agarró el puño derecho y se lo estrelló contra su propio pecho, una vez y otra—. Ahí es donde te bloqueé.

Dulce aguantó la risa dos segundos. Luego se le salió por la nariz, con coraje, y le pegó de verdad.

—No te vuelvo a bloquear —dijo él—. Nunca. Enójate, pégame, grítame, pero no te vayas sin decirme.

Ella dejó de pegarle. Tenía la mano abierta sobre su camisa.

—Desde hoy eres la primera en mi vida. —Adrián le acomodó el cuello del saco—. Ya no soy tu… lo que era. Soy tu novio.

—¿Y quién dijo que sí?

—Tu mamá.

—A mi mamá le cae mejor el de los carros.

A Adrián se le fue el color de la cara. Dulce se dobló de la risa ahí mismo, agarrada de las solapas del saco, y el valet se hizo el que acomodaba unas llaves.

En la camioneta ella se sentó pegada a la ventanilla. Él recargó la cabeza en su hombro. Ella se lo quitó con un empujón. Él la volvió a recargar. A la cuarta vez ella ya no lo empujó. Don Lupe los veía por el retrovisor y negaba con la cabeza.

—Con la señora Clara parecía estatua —le dijo al volante—, y aquí anda de cachorrito.

—Maneja, Lupe.

* * *

Durmieron en Bosques hasta las dos de la tarde. Adrián la oyó hablando por teléfono desde el balcón, en voz baja, con la sudadera de él puesta encima del vestido blanco.

—Ma, ya somos novios. De verdad, ya.

—Ya sabía —dijo Chayo por el altavoz, sin darle importancia—. ¿Ya comieron?

A las ocho y media se subieron otra vez a la camioneta.

—¿Ya tiraste la ropa interior rota? —le preguntó él en el Periférico.

—La traigo puesta. —Dulce ni volteó—. Todavía aguanta dos meses.

—Te compré una bolsa entera.

—¡Eso es una tira de listón, Andrés, no se puede usar! —Le picó las costillas con el dedo—. Ahorita te enseño lo que es ropa de verdad.

El tianguis nocturno de Iztapalapa ocupaba tres calles, con focos colgados de lona en lona y olor a elote y a aceite. El puesto de lencería era de una muchacha joven con fleco que acomodaba calzones en ganchos de plástico. En la cartulina decía: 2 por 99. Dulce escogió dos, color beige, midiendo el elástico contra su cadera con toda seriedad. Luego escogió para Chayo una pijama de franela de cuadros, que no se le notaran las manchas de café.

Adrián traía todo en los brazos. En un momento en que la muchacha del puesto volteó a atender a otra clienta, Dulce se le pegó de espaldas, despacio, y se le restregó una sola vez, de arriba abajo. Luego le quitó toda la ropa de los brazos, se fue hasta la caja, que era una lata de galletas, y se dio la vuelta.

—Mi amor —dijo, con una voz que él no le conocía, dulce hasta empalagar—, ven a pagar.

Dos muchachas de su edad, con bolsas de churros, venían por el pasillo hacia el puesto. Adrián agarró lo primero que encontró en el gancho, un camisón de satín color vino, y se lo puso enfrente, a la altura de la cintura, estudiando la tela con el ceño fruncido.

—Ya voy, amor.

Las muchachas pasaron junto a él. Una le dio un codazo a la otra.

—¿No es el señor Valdés? —cuchicheó—. El de Grupo Valdés.

—¡No, cómo crees! Un millonario no anda en el tianguis. Además dicen que está solo desde que se divorció.

Se fueron. La del fleco le cobró a Dulce los calzones y la pijama, miró a Adrián, miró el camisón de satín, y lo metió en la bolsa sin cobrarlo. Sonreía sin decir nada.

—En la casa me las pagas —le dijo él a Dulce en la oreja, cuando se alejaron.

* * *

En el puesto de esquites ella pidió el vaso más grande, con todo, mayonesa, queso, chile del que pica. La señora se lo sirvió hasta que se desbordó.

—Ya no tengo que ahorrar —le dijo a la señora del puesto—. Tengo novio.

Adrián pagó. Se quedó viendo cómo ella se manchaba la punta de la nariz de chile y no se daba cuenta.

—Todo lo mío es tuyo —le dijo.

Dicen que está solo. Adrián le limpió la nariz con una servilleta. Las revistas llevaban un año diciendo lo mismo. Que lo sepan.

De regreso, ella se durmió en su hombro antes de salir de Iztapalapa.

—Mañana —le dijo Adrián al pelo de ella— vuelve la de las ocho.

Dulce tenía los ojos cerrados. Se le levantó una esquina de la boca.

A las once y diez, don Lupe se detuvo frente al portón de Bosques y tecleó el uno, dos, cero, nueve, nueve, cero. El portón empezó a deslizarse. Dulce, sin abrir los ojos, le habló a la ventanilla.

—Si me castigas, te dejo, viejo.

Adrián se rio con toda la boca, echando la cabeza contra el asiento.

—A ver.

1
Maria Consuelo Rodriguez Berriz
Pobre niña todo lo que paso por su mam'a
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