Ximena firmó el divorcio sin decirle a Gael que estaba embarazada.
Se fue de Ciudad de México, cambió de vida y crió sola a sus gemelos.
Cuatro años después, vuelve. Gael la reconoce de inmediato, pero lo que no espera es ver a dos niños con sus mismos ojos.
Ahora él quiere recuperar a la mujer que dejó ir.
Y también la verdad que ella le ocultó.
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Capítulo 15
Capítulo 15
—Hola, ¿me puedes mostrar esa pulsera?
La vendedora de Del Río Joyas abrió la vitrina y puso la pieza sobre terciopelo.
Ximena la tomó como cualquier clienta. La levantó hacia la luz, revisó el color de las turmalinas y se la probó.
Había ido como compradora misteriosa. Quería ver la atención real de las tiendas, no el trato preparado para la directora.
—Es turmalina brasileña de muy buena calidad —explicó la vendedora—. Mire cómo el color se mantiene limpio con la luz.
—Está muy intensa. No sé si va conmigo. ¿Me muestras esas dos de diamantes?
La empleada mantuvo la sonrisa. Le explicó cortes, monturas, garantía. Otra chica le llevó agua.
Ximena probó aretes y al final compró un par, en parte porque el servicio había sido bueno.
Antes de pagar, hizo varias preguntas incómodas: si podían ajustar la medida, qué pasaba si una pieza fallaba, cuánto tardaba una reparación, si había certificado.
La vendedora respondió sin impacientarse.
Eso le gustó.
No bastaba tener joyas bonitas. Una marca de lujo se sostenía en el detalle invisible.
Al salir, escribió notas en el celular: puntos fuertes, cosas a mejorar, exhibición, lenguaje de venta.
Por ir mirando la pantalla chocó contra alguien.
El aroma frío a pino le llegó antes que la voz.
—Cuidado.
Ximena alzó la vista.
Gael.
—¿Qué haces aquí?
Él miró la bolsa.
—Revisas tienda, ¿no?
—Sí.
—Yo también reviso el centro comercial.
Ximena recordó que ese mall era de los Alcázar. Muchas tiendas Del Río estaban ahí.
—Entonces no te quito tiempo.
Iba a irse, pero Gael le tomó la muñeca.
—Son las doce y media. ¿Comemos?
Ximena dudó. Por negocios, no le convenía ser grosera con el principal arrendador.
—Está bien.
Gael la llevó a un restaurante elegante del piso superior. El gerente los recibió.
—Señor Alcázar, su mesa está lista.
Ximena sonrió.
—¿Reservaste?
—Fabián siempre reserva cuando vengo.
Eso era verdad.
Que se la hubiera encontrado no lo era.
Pidieron carne, ensalada y agua mineral. Gael añadió:
—Un soufflé frío.
La miró.
—Recuerdo que te gustaba.
—Eso era antes.
El gerente quedó incómodo.
—¿Lo traigo?
—No —dijo Ximena—. Eso es todo.
La comida transcurrió con silencios raros hasta que una voz dulce interrumpió.
—Gael.
Lía Montemayor apareció con una sonrisa perfecta.
—Ximena, tú también. Ay, perdón, casi te digo cuñada. Se me olvida que ya no están casados.
—Ximena está bien.
Lía jaló una silla para sentarse.
Gael habló antes de que lo lograra.
—Lía, Ximena y yo hablaremos de trabajo. No es conveniente.
La sonrisa de Lía se quebró apenas.
—Claro. No interrumpo.
Pidió otra mesa. La pusieron tres mesas más lejos. No podía escuchar nada.
—¿Había trabajo? —preguntó Ximena.
—No. Comiendo no hablo de trabajo.
Ximena apoyó la barbilla en la mano y miró por la ventana.
Lía, desde su mesa, los vio salir juntos después de comer. Sus dedos se clavaron en la palma.
No iba a permitir que Ximena volviera a ocupar el lugar que ella quería.
En cuanto ellos salieron, Lía dejó la servilleta sobre la mesa.
La comida frente a ella seguía casi intacta.
El mesero se acercó.
—¿Desea algo más, señorita?
—La cuenta.
Su voz salió dulce.
Pero la mirada seguía fija en la puerta por donde Gael se había ido detrás de Ximena.
El sábado fue la apertura de prueba de Poesía y Lluvia, la cafetería de Paula.
Ximena no trabajaba y Renata quiso acompañarla.
La cafetería ocupaba una casona antigua remodelada. Tenía patio, fuente, macetas, madera clara, sombra y un silencio raro para estar en plena ciudad.
El techo conservaba vigas viejas. En el patio había campanillas que sonaban con el viento y mesas pequeñas bajo la sombra. Paula había mezclado piezas modernas con detalles de casa antigua sin que se sintiera falso.
—Qué lugar tan bonito —dijo Renata—. La dueña tiene buen gusto.
—Gracias —respondió Paula, saliendo de la barra.
Ximena las presentó.
—Renata Valle, mi mejor amiga. Paula Alcázar, dueña y repostera.
Paula abrió los ojos.
—¿Renata Valle? Soy tu fan. ¿Me firmas algo?
—Lo que quieras.
Paula volvió con libretas, menús y una emoción difícil de disimular.
Ximena pidió un café de especialidad. Renata eligió uno fuerte y luego se limitó a decir:
—Está rico.
—Qué crítica tan profunda —se burló Ximena.
Paula llevó pastelitos pequeños.
—Los corté chiquitos para que no digan que las hago engordar.
Hablaron de café, de trabajo, de la tienda. Renata, cuando Paula se alejó, bajó la voz.
—¿Ves seguido a Gael?
—Demasiado. Por negocios y porque aparece en la casa con cualquier pretexto.
—¿Y los niños?
—Cada día lo quieren más.
Renata hizo una mueca.
—Eso era inevitable. Los niños no tienen prejuicios. Si alguien les da tiempo, lo sienten.
—Ese es el problema.
—¿Y tú?
Ximena fingió no entender.
—Yo tomo café.
Renata soltó una risa.
Unas campanillas sonaron en la entrada.
Gael llegó con Julián y Sebastián. Vestía camisa blanca y pantalón gris. La luz del patio le caía en la cara.
Él miró a Ximena.
Ella bajó la vista a su taza.
Paula los llevó a una mesa cercana.
—Ximena, tanto tiempo —saludó Julián.
—Hola.
Gael se acercó un poco.
—Compré cosas para los niños. ¿Te las doy al rato?
—No vine en coche.
—Entonces te llevo a casa.
—Tengo cena.
Renata se puso lentes y gorra cuando entró más gente. Ximena y ella terminaron rápido y salieron.
Hernán las esperaba en la calle.
Ximena subió al asiento trasero. Renata se quedó afuera.
—Perdón. Me salió algo en la oficina.
Y se fue casi corriendo.
Ximena la miró alejarse.
Demasiado sospechoso.