Lila se cansó de ser un eco en la vida de Abad, su esposo. Durante años, ocupó el segundo, el tercero, incluso el cuarto lugar en su mundo, siempre a la sombra de sus prioridades. Fue una situación límite, una gota que rebasó el vaso, lo que encendió en ella la chispa definitiva para desaparecer. Y se fue. Tan silenciosamente que todos la dieron por muerta. Todos, menos Abad. Él se negó a creer en su ausencia eterna, aferrado a una certeza que solo él entendía.
Cuando Lila regresó, no lo hizo sola. Traía consigo un niño, un secreto que Abad no había previsto, pero que no le importó en lo más mínimo. Sin dudarlo un segundo, Abad se lanzó a la reconquista. No solo para recuperarla a ella, sino para ganarse también al pequeño, dispuesto a aceptarlo como suyo, sin importar si la sangre lo unía o no. Porque esta vez, Abad sabía que no podía permitirse ser el último en la vida de nadie.
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Capítulo 18 Cinco minutos que lo cambiaron todo
El interior del coche olía a cuero y a perfume caro, pero para Violeta, el aire era irrespirable. Abad estaba sentado a su lado, tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo, y cada fibra de su ser le pedía que saliera corriendo. Pero se quedó. Se quedó porque necesitaba demostrarse a sí misma que ya no le tenía miedo. Que ya no era la mujer insegura que había sido.
—Bien —dijo, con su voz fría y controlada—. ¿Qué tienes que decirme? Tus cinco minutos empiezan ahora.
Abad dio un largo suspiro, pasándose una mano por el cabello. El gesto era tan familiar que Violeta sintió un tirón en el pecho. Cuántas veces lo había visto hacer eso, en la intimidad de su hogar, cuando algo lo preocupaba. Pero eso era antes. Antes de todo.
—Sé que no fui el mejor de los maridos —comenzó Abad, y su voz era ronca, cargada de años de culpa—. Sé que cometí errores. Muchos errores. Y sé que debí decirte muchas cosas que estaban pasando en ese momento. Lo del hotel, lo de la pérdida del bebé... —Su voz se quebró ligeramente—. Lila, lo siento. Lo siento con toda mi alma.
—Violeta —lo corrigió ella, con dureza—. Me llamo Violeta. Y no me pidas disculpas por lo del bebé. Eso no se arregla con un "lo siento".
Abad asintió, aceptando el golpe. —Tienes razón. No se arregla. Nunca se arreglará. Pero necesito que sepas que no hay un solo día en estos cinco años en que no haya pensado en eso. En ti. En lo que te hice.
—¿Y eso qué cambia? —preguntó Violeta, con una calma que daba miedo—. ¿Qué cambia que te sientas culpable? ¿Qué cambia que hayas sufrido? Yo también sufrí, Abad. Sufrí más de lo que puedes imaginar. Y lo hice sola. Sin ti. Sin nadie.
—Lo sé. Y por eso estoy aquí. Porque quiero…
—¿Quieres qué? —lo interrumpió ella, y su voz se elevó ligeramente—. ¿Quieres que te perdone? ¿Quieres que volvamos a ser como antes? ¿Quieres que finja que nada pasó?
—Quiero que me escuches —dijo Abad, y su tono era casi suplicante—. Hay algo que no te dije sobre Sahina. Algo que debí haberte dicho desde el principio.
Violeta soltó una risa amarga, sin humor. —¿Qué podrías decirme? ¿Que tu amante estaba demasiado delicada y no querías perderla? ¿Que yo no te importaba? Abad, ya he oído todo eso. No necesito repetirlo.
—No, Violeta. No es eso. —Abad la miró directamente a los ojos, y en los suyos había una desesperación que ella nunca había visto—. Sahina no es mi amante. Nunca lo fue.
El silencio se hizo en el coche. Violeta lo miró, procesando sus palabras.
—¿Qué quieres decir con eso? —preguntó lentamente.
Abad tragó saliva. —Sahina es... es mi hermana. Media hermana.
Violeta sintió que el mundo se detenía. Parpadeó una vez, dos veces, tratando de asimilar lo que acababa de escuchar.
—¿Tu hermana? —repitió, y su voz era apenas un susurro—. ¿Estás diciendo que Sahina es tu hermana?
—Sí. Media hermana por parte de mi padre. —Abad bajó la mirada, como si confesar aquello le costara un esfuerzo sobrehumano—. Mi padre tuvo una aventura antes de casarse con mi madre. De esa relación nació Sahina. Cuando mi padre murió, me pidió en su lecho de muerte que la cuidara. Que la protegiera. Que nadie supiera la verdad, porque podría arruinar la reputación de la familia Mansur.
Violeta abrió la boca, pero ninguna palabra salió. Su mente estaba en blanco, tratando de reconciliar años de dolor con esta nueva información.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó finalmente, y su voz temblaba—. ¿Por qué me hiciste creer que había algo entre ustedes? ¿Por qué me dejaste sufrir?
—Porque se lo prometí a mi padre —respondió Abad, con la voz rota—. Y porque tenía miedo. Miedo de que si la verdad salía a la luz, mi madre lo destruiría todo. Miedo de que la prensa lo convirtiera en un escándalo. Miedo de que... —Hizo una pausa—. Miedo de que tú me miraras diferente.
Violeta sintió que las lágrimas comenzaban a formar en sus ojos, pero se las tragó. No iba a llorar delante de él. No otra vez.
—¿Diferente? —repitió, y su voz era un cuchillo—. ¿Crees que me habría importado que tuvieras una hermana? ¿Crees que habría sido tan mezquina como para juzgarte por eso? —Sacudió la cabeza, incrédula—. Abad, yo te amaba. Te amaba con todo mi ser. Y tú me ocultaste la verdad, me hiciste dudar de ti, me hiciste sentir que no era suficiente. Por una promesa que hiciste a un hombre muerto.
—Lo sé. Y no hay excusa para eso. —Abad alzó la mirada hacia ella, y por primera vez, Violeta vio en sus ojos algo que nunca había visto antes: vulnerabilidad—. Pero necesito que sepas que todo lo que sentía por ti era real. Que nunca hubo nadie más. Que siempre fuiste tú. Solo tú.
ella es excelente escritora