Isabella, una escritora huye a Italia a buscar algo que la inspiré para una historia de amor. Su novio la engaño con su mejor amiga y su jefa le dijo que no sirve para escribir.
No imagino que en aquel pueblo de Italia encontrará el amor, disfrazado de una coraza celosa, posición y amor.
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Donde Encontró su Verdadero Amor.
Isabella Del Prado no llegó a Montalcino por casualidad. Llegó huyendo.
Huyó de Lima porque un hombre la hizo sentir que no valía nada. Que su novela no valía. Que su cuerpo no valía. Que su pelo rizado era un problema. Huyó con una maleta, 200 euros y un cuaderno a medio escribir que se llamaba "El dueño del vino" sin saber que el dueño existía de verdad.
Y lo encontró. A 900 metros de altura, en un viñedo de Brunello, con botas de tierra y una camisa abierta.
*Pietro Valero.*
42 años. Dueño de 10 hectáreas. Nieto de un hombre que defendió su viñedo con escopeta. Hijo de Franco, el que todos respetan. Guapo de esos que parecen de 28, pero con mirada de hombre de 50 cuando se enoja. Y cuando se trata de Isabella, siempre se enoja si alguien la mira mal.
Ese amor celoso, posesivo y apasionado que ella pide, es el que nació el 10 de mayo, en su semana de cumpleaños.
Isabella se sienta al pie de la cama, revisando lo que pasó la noche anterior cuando aquel hombre de ciudad la tocó...
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Esa semana, Montalcino estaba lleno de gente que venía a saludar a Pietro por su cumpleaños. Productores de vino de Florencia, de Roma, de Milán. Todos querían tomar con él. Todos querían hablar con él. Y todos miraban a Isabella.
Porque Isabella ya no era la peruana nueva que llegó perdida en enero con un vestido negro pegado. Era la mujer de Valero. Con un vestido amarillo que le había comprado Pietro en Siena. Con el pelo rizado más largo. Con una sonrisa que no tenía en Lima.
Y eso provocaba celos.
El 9 de mayo, en la noche, hubo una cena grande en la enoteca del pueblo para Pietro. 40 personas. Vino caro. Música.
Un productor joven de Milán, de 30 años, amigo de la familia, se sentó al lado de Isabella. Se llamaba Leo. Guapo. Con dinero.
Le empezó a hablar bajito:
—Así que tú eres la escritora que tiene loco a Pietro Valero. Dicen que escribes muy bien. Deberías venir a Milán, yo te publico tu novela. Te consigo una casa allá. Acá en este pueblo te vas a aburrir.
Y le puso la mano en la rodilla, debajo de la mesa.
Isabella se puso fría. Se acordó de Lima. De ese pasado que la hizo huir. De un hombre tocándola sin permiso otra vez.
No dijo nada. Se quedó quieta.
Pero Pietro lo vio.
Desde la otra punta de la mesa, Pietro Valero, que estaba hablando con su padre, vio la mano de Leo en la rodilla de su mujer. Y vio la cara de Isabella, incómoda, con miedo.
No gritó. No hizo escándalo. Se levantó. Caminó hasta donde estaban. Con su camisa blanca, con su copa de Brunello en la mano, con esa calma peligrosa que le sale cuando está realmente celoso y posesivo.
Llegó por detrás de Leo. Le puso la mano en el hombro. Apretó.
—Leo — dijo, con voz baja pero que todos en la mesa escucharon porque Montalcino se calla cuando Valero habla —. Quita tu mano de la rodilla de mi mujer, antes que te la corte.
Leo se puso blanco y quitó la mano rápido.
—Pietro, yo solo...
—Tú solo nada — dijo Pietro, sin soltarle el hombro —. Mi mujer no necesita que la publiques en Milán. Su novela ya tiene casa. Acá. Conmigo. No necesita una casa en Milán. Tiene una villa de 4 pisos acá. Y no se va a aburrir acá, porque acá la amo yo. ¿Entendiste?
Toda la enoteca en silencio. 40 personas mirando.
Leo se levantó, avergonzado.
—Perdón, Pietro. No sabía que...
—Ahora sabes — dijo Pietro —. Ahora sabes que mi mujer no se toca. Ni la rodilla, ni la mano, ni el pelo. Nada. Porque es mía. Y yo soy muy celoso. Y muy posesivo. Y muy apasionado con lo que es mío. Y si alguien no respeta eso, no es bienvenido en mi cumpleaños, ni en mi pueblo, ni en mi viñedo. Nunca.
Leo se fue de la enoteca. Sin terminar el vino.
Pietro se sentó al lado de Isabella. Le agarró la mano por debajo de la mesa, posesivo, fuerte, pero con amor. Como diciendo "acá estoy, nadie te toca sin que yo te defienda".
Isabella lo miró con lágrimas. Pero no de miedo. De amor.
—Gracias — le susurró —. En Lima nadie me defendió así. Nadie.
—Yo te voy a defender siempre — le dijo Pietro al oído, celoso, bajo, solo para ella —. Porque tú eres mi verdadero amor. El que me hizo olvidar que yo no quería casarme nunca. El que me hizo querer tener un hijo. El que me hizo querer que tu pelo rizado esté en mi almohada todos los días hasta que tenga 80 años. Por eso soy celoso. Porque tengo miedo de que alguien te mire y quiera lo que es mío. Y lo que es mío no se comparte.
Esa noche, cuando volvieron a la villa en la camioneta, bajo las estrellas de mayo, Isabella entendió por fin su aventura.
No había huido de Lima. Había viajado 10.000 kilómetros para encontrar a un hombre que la celara, que la poseyera con amor, que la defendiera frente a 40 personas sin miedo a quedar como loco.
Y cuando llegaron a la villa, Pietro la cargó desde la camioneta hasta la cama grande, como en el inicio, pero esta vez no por nieve. Por amor celoso.
—Esta semana de cumpleaños es tuya también — le dijo, besándola en el cuello, posesivo —. Porque sin ti, yo no cumpliría nada. Solo años.
Y esa noche, Isabella olvidó para siempre el nombre del hombre que la hizo huir de Lima. Solo se acordaba de uno: Pietro Valero. Su dueño. Su amor celoso, posesivo y apasionado. Su verdadero amor.
Declaró tomar Vino es más peligroso que tomar Ron puro.
Atrapa
afloja
y habré lo que se debe mantener cerrado.
y acá va a:
calentar.
subir la temperatura y abrir lo que estaba cerrado pero entrando en calor y poniendo más aguado que gelatina fuera del enfriador. ( nevera o heladera)
ahora lo culpan😭