—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 21
Capítulo 21: Dicen que los zapatos hacen que uno se vaya
La primera gallina la mató su mamá el martes a las seis de la mañana, de un solo jalón, sin decir nada. Maite la desplumó en el patio, junto al naranjo, con el agua hirviendo en una cubeta, y le ardieron las puntas de los dedos hasta el mediodía.
Los tres días anteriores se le habían ido en la huerta y en darle la vuelta a la cuadra cada vez que oía la moto de Beto. A su mamá le había dicho dos cosas más. Que una compañera le había conseguido cuarto cerca de donde iba a hacer las prácticas. Que otra compañera le daba raite hasta Monterrey.
Mentira número tres. Mentira número cuatro. Las iba contando como contaba el dinero: para saber cuánto debía.
Doña Rosa acomodó las dos gallinas en la hielera, envueltas en bolsas, con hielo hasta arriba. Luego una bolsa de calabacitas, otra de chiles serranos y una red de naranjas.
—Para que no le llegues con las manos vacías a esa muchacha.
—Amá, no hace falta.
—Hace falta. —Le amarró la bolsa con un nudo doble—. Al que te hace un favor se le agradece.
Maite le mandó a Rodrigo una foto de la hielera. Debajo escribió: ¿Qué hago con esto?
Contestó antes de que ella bloqueara la pantalla.
Lo que tu mamá te dé, tú te lo traes.
* * *
A las doce cuarenta ya estaba junto al letrero de San Isidro del Naranjo, con la maleta de la rueda chueca, la hielera y la motoneta. Le había dicho a su mamá que la camioneta de la compañera no entraba por la terracería. Mentira número cinco.
Del otro lado de la carretera, tres de la brigada contra el dengue del municipio pegaban volantes en los postes. Uno era Beto.
Él la vio y se quitó la gorra. No se acercó.
A la una en punto se orilló una Suburban negra. No era el sedán gris: ahí no cabía una hielera. Chuy se bajó, abrió la cajuela y dijo, lo bastante alto para que se oyera en la banqueta de enfrente:
—Buenas tardes, señorita. Es de la agencia. La rentan para viajes.
Uno de los de la brigada, flaco, con el chaleco desabrochado, se rio por la nariz.
—Mejor llorar en una camioneta del año que reír en una moto, ¿verdad, güera?
—Cállate y ponte a trabajar —dijo Beto.
El flaco se puso a pegar volantes.
Beto cruzó la carretera. Sin preguntar, agarró la hielera por las dos asas y la subió a la cajuela, junto a la maleta. Se limpió las manos en el pantalón.
—Si voy a Monterrey, te busco, Mai.
Maite lo miró. La camisa del municipio planchada, igual que el día de los tacos. Era buena gente. Por eso mismo no le podía hacer lo que le estaba haciendo a su mamá.
—Beto… no me esperes.
Él se quedó un momento con las manos en la cintura. Luego asintió.
—¿Y tu motoneta?
—La iba a dejar encargada en la tiendita.
—Yo se la llevo a tu amá cuando salga.
—Gracias, Beto.
Él regresó a su poste. No volteó cuando la Suburban arrancó.
* * *
En el asiento de atrás había una cobija delgada, doblada, y en el portavasos un termo de agua de jamaica tan fría que sudaba. Maite le dio un trago largo. Con poca azúcar, como la de la cafetería. No se acordaba de habérselo dicho nunca.
A la media hora le sonó el celular.
—¿Ya comiste?
—Me estoy tomando tu agua.
—Eso no es comer. —Del otro lado se oyó una hoja que se volteaba—. Mañana firmamos lo de Arboleda. Villarreal ya tiene la escritura.
—Todavía no te he dicho que sí.
—Por eso es mañana.
—¿Y tus papás? ¿Van a estar en la casa?
—Mis papás viven en su colonia de siempre. No se quieren mudar. —Una pausa—. En esa casa nada más he estado yo.
Después de colgar, por costumbre, abrió la bitácora. La última línea seguía igual.
Tarjeta de R. Usado: $0.00.
* * *
A las tres menos cuarto, el guardia de la caseta de Privada Lomas del Encino le pidió el nombre a Chuy, lo apuntó en una libreta y levantó la pluma. El portón de fierro se abrió solo. La calle subía en curvas hasta que la Sierra Madre quedó casi encima del parabrisas.
Casa Solana estaba al final, pegada a la montaña. Maite dejó de contar ventanas en la séptima.
Rodrigo esperaba en la entrada, en mangas de camisa. Le abrió él la puerta antes de que Chuy alcanzara a bajarse.
—Bienvenida.
Detrás de él había gente. Formada. Una señora de pelo recogido al frente; un señor de filipina blanca; una pareja de sombrero con tierra en las rodillas; tres muchachas de uniforme gris.
—Imelda —dijo Rodrigo—. La que de verdad manda aquí.
—Bienvenida. —La señora inclinó apenas la cabeza—. Todos querían conocer a la invitada del ingeniero.
Él siguió la fila: Adolfo, el chef; Chencho y Toña, del jardín; las muchachas. Maite le dio la mano a cada uno. Cuando pasó, una de las muchachas le preguntó a la otra, casi sin mover la boca:
—¿Es la de la bufanda?
A sus espaldas, la Suburban empezó a rodar hacia el garaje. Maite se volteó de golpe.
—¡Don Chuy, mis gallinas! ¡No se lleve mis gallinas!
Chuy frenó en seco.
Y Rodrigo se rio. En voz alta, con la cabeza echada para atrás. Maite nunca se lo había oído así. Los demás tampoco, por las caras: Adolfo abrió mucho los ojos y una de las muchachas le dio un codazo a la otra.
Maite fue hasta la cajuela y sacó de la hielera una gallina envuelta en bolsa y papel periódico, con el agua del hielo escurriéndole por los codos. Se la puso en las manos a Rodrigo, con las dos suyas, muy seria.
—Abono dos. Liquidado.
Él miró la gallina. La miró a ella. La sostuvo con las dos manos, derecho, igual que un documento notariado.
—Recibido, jefa.
Toña se inclinó hacia Chencho. No lo dijo tan bajito como creía.
—Tiene la edad de la niña Dani.
Maite fingió que no había oído. La sonrisa se le quedó tiesa en la cara.
Imelda no volteó. Solo bajó la voz, para Toña.
—Afuera, ni una palabra. El que hable, se va el mismo día.
Toña bajó los ojos. Nadie más se rio.
Rodrigo le pasó la gallina a Adolfo.
—Esa cuesta tres mil seiscientos cincuenta pesos, Adolfo. Trátela con respeto.
* * *
El recibidor era de mármol y estaba fresco. En el piso, junto a la puerta, había un par de pantuflas blancas, nuevas, todavía con la etiqueta de cartón amarrada. Su número.
Rodrigo se hincó. Le desamarró los tenis, uno y luego el otro, y le metió los pies en las pantuflas. Desde arriba, Maite le vio la coronilla. Tenía canas ahí, unas cuantas, que nunca le había visto porque nunca lo había visto desde arriba.
—¿Y por qué nunca me regalas zapatos? Flores sí. Un collar sí. Zapatos nunca.
—Estas no cuentan. Son de la casa. —Le acomodó el talón con el pulgar—. Dicen que si le regalas zapatos a alguien, se te va caminando.
Maite se rio. Siguió riéndose, y en algún momento la risa se le dobló por dentro y ya no era risa.
—Mi papá nunca le regaló zapatos a mi amá. Ni uno. Rebozos sí, una plancha, un vestido para la boda de una prima. —Se le cerró la garganta—. Zapatos nunca. Y el que se fue primero fue él.
Rodrigo se levantó. No dijo que lo sentía. La abrazó con las dos manos abiertas en su espalda, fuerte, y esperó a que ella dejara de temblar.
—Yo no me voy a ir.
Nada más eso. Maite se lo creyó con la cara metida en su camisa.
* * *
La tarde se le fue en no creer.
El espejo del pasillo era un elevador: se estaba acomodando el pelo en él cuando se abrió. La pared de la sala era de vidrio, de más de doce metros, y del otro lado estaba la montaña entera. En el jardín de atrás, más rosas de las que Maite había visto juntas en su vida. En la azotea, una alberca con el agua al ras del borde, que parecía que se iba a derramar sobre San Pedro.
La sala sola era más grande que la casa de su papá, con todo y patio. Hizo la cuenta dos veces para estar segura.
De bajada, en el elevador, Rodrigo le levantó la barbilla y la besó hasta que se abrieron las puertas.
—Lo mío es tuyo. —Lo dijo contra su boca—. Ya no me interesa ser el más rico de Monterrey. Me interesa llegar temprano a cenar.
—¿Y a qué hora se cena aquí?
—A las ocho.
Tercer piso. Casi las cinco y media. Él la llevó de la mano hasta una puerta de madera oscura, al fondo del pasillo, y se detuvo con la mano en la perilla. No la abrió.
—Antes de la cena, tengo que enseñarte algo.