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La Muda Del Serrallo

La Muda Del Serrallo

Status: En proceso
Genre:Amor prohibido / Venganza / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: nezhaN

Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.

NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 9

Sahra la despertó con un toque en el hombro.

—Levántate. La bandeja ya está lista.

Ayla se puso la túnica sin mirar a nadie. Lina tenía los ojos abiertos en la oscuridad, pero no dijo nada. Solo la siguió con la mirada hasta que salió del cuarto.

En la cocina el médico le entregó la bandeja en silencio. El caldo humeaba igual que el día anterior. El pan era el mismo. Ayla la tomó con las dos manos y empezó a caminar.

Los pasillos estaban más quietos que la mañana anterior. Los guardias la dejaron pasar sin preguntas. Cuando llegó a la puerta tallada, el eunuco de turno ya la esperaba. Abrió sin decir palabra.

Ayla entró.

Kael estaba sentado más erguido que el día anterior. La manta seguía cubriéndole las piernas, pero tenía un cojín menos detrás de la espalda. La luz de la lámpara de aceite le pegaba de lado y le marcaba las ojeras.

—Deja eso aquí —dijo, señalando la mesa.

Ayla obedeció. Dio un paso atrás, lista para salir.

—Quédate.

Se detuvo.

Kael la miró un rato largo. No con curiosidad. Con esa atención lenta de quien está midiendo algo.

—Ayer no bajaste la vista cuando te lo ordené. Hoy tampoco. —Hizo una pausa—. La mayoría se tira al suelo. Tú no.

Ayla no contestó. Solo sostuvo la mirada el tiempo justo y después la bajó un poco, lo suficiente para no parecer desafío.

Él soltó un sonido que pudo haber sido una risa cansada.

—Siéntate.

Había un banquito bajo junto a la pared. Ayla se sentó. La bandeja seguía humeando entre ellos.

Kael tomó el cuenco con las dos manos. Le temblaban un poco. Bebió despacio. Cuando terminó, dejó el cuenco y se pasó una mano por la cara.

—Duele —dijo de pronto, como si hablara solo—. No las piernas. Eso ya lo sé. Duele el hecho de que todos entran aquí y miran las piernas antes que a mí.

Ayla lo escuchaba sin moverse. Cada palabra se grababa sola.

—Mi hijo viene todas las mañanas. Sonríe. Pregunta cómo estoy. Y mientras pregunta, ya está firmando papeles con mi sello. —Kael la miró otra vez—. Tú no sonríes. No preguntas. No firmas nada. Por eso estás aquí.

Hubo un silencio largo. Afuera se oían pasos lejanos. Alguien tosió en el pasillo.

—¿Tienes nombre? —preguntó él.

Ayla negó con la cabeza. Era más fácil así.

—Entonces te voy a llamar Silencio. Por ahora.

Ella no reaccionó. El nombre le cayó encima como una manta pesada. No era suyo. Pero tampoco lo rechazó.

Kael cerró los ojos un momento. Cuando los abrió, la voz le salió más baja.

—Mañana vuelves. Misma hora. Y si alguien te pregunta qué hablamos, no contestas. Aunque pudieras.

Ayla se levantó. Hizo una leve inclinación de cabeza y salió.

El eunuco cerró la puerta detrás de ella. Ayla bajó los pasillos con la bandeja vacía entre las manos. El corazón le latía despacio, constante.

Silencio.

No era su nombre.

Pero por primera vez desde que había cruzado las murallas de Zafira, alguien la había mirado de verdad.

Y no había visto solo a una esclava muda.

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