Ella estaba muy enferma y paso su vida en hospitales, Pero reencarna como una hermosa mujer de cabello celeste, que solo quiere ser feliz.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Aria Vizconti 3
La imagen volvió a aparecer.
Aria estaba frente a un espejo, sonriendo mientras se probaba otro vestido.
La joven suspiró.
[Es una lástima. Es tan bonita...].
De pronto, sintió una extraña presión en el pecho.
La oscuridad que la rodeaba comenzó a moverse.
Las imágenes se volvieron borrosas.
El rostro de Aria se acercó, cada vez más, hasta que sus ojos celestes parecieron ocupar todo el espacio.
Y entonces parecio que las imagenes resonaran dentro de su cabeza.
Aria Vizconti.
La joven se estremeció.
Diecinueve años.
Hermana menor del conde Vizconti.
Una dama noble del reino de Vagur.
Una joven que pronto deberá elegir esposo.
Las palabras se repitieron una y otra vez.
La joven intentó retroceder.
[Espera, espera... ¿por qué me estoy enterando de todo esto?].
La imagen de Aria sonrió.
Aria Vizconti.
Aria Vizconti.
Aria Vizconti.
—¡Entiendo!
Su propia voz resonó en la oscuridad.
Y entonces, de repente, todo desapareció.
Lo primero que sintió fue un dolor de cabeza.
Lo segundo fue el peso de algo sobre su cuerpo.
Y lo tercero...
Lo tercero fue la sensación de estar hundida en una cama extraordinariamente suave.
Arrugó la nariz.
[¿Estoy en el hospital?].
Intentó moverse.
Su cuerpo respondió de inmediato.
No hubo debilidad.
No hubo aquella sensación de agotamiento que la había acompañado durante años.
Podía mover los brazos.
Podía flexionar las piernas.
Podía respirar profundamente sin sentir que el aire se le escapaba antes de llegar a sus pulmones.
Se quedó inmóvil.
Muy inmóvil.
[Espera].
Inspiró.
Expiró.
Volvió a inspirar.
No le dolía el pecho.
No necesitaba detenerse para recuperar el aliento.
No sentía aquel cansancio insoportable que la obligaba a dormir durante horas.
Su corazón latía con fuerza, constante y vigoroso.
La joven abrió los ojos.
Y se encontró con un techo de seda celeste.
Durante varios segundos, se limitó a observarlo.
Había bordados dorados en los bordes, delicadas flores cosidas sobre la tela y unas cortinas translúcidas que caían alrededor de una cama tan grande que probablemente cabrían tres personas acostadas sin tocarse.
Parpadeó.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Después giró la cabeza.
La habitación era enorme.
Había muebles de madera tallada, un tocador con un espejo ornamentado, una chimenea de mármol y varias puertas que probablemente conducían a otras habitaciones.
Junto a la ventana se encontraba un sillón tapizado en terciopelo, y sobre una mesa descansaba un jarrón lleno de flores frescas.
El sol entraba por los ventanales.
En algún lugar del exterior cantaban los pájaros.
Ella se incorporó lentamente.
La sábana resbaló sobre sus piernas.
Llevaba un camisón blanco adornado con encajes.
Su cabello cayó sobre sus hombros.
Un cabello de un delicado tono celeste.
La joven se quedó petrificada.
No.
No, no, no.
Aquello no podía ser...
Levantó una mano temblorosa y tomó un mechón entre los dedos.
Era celeste.
¡Celeste!
No azul oscuro, ni gris, ni un tono extraño provocado por la iluminación.
Celeste.
El mismo color que había visto en las imágenes.
Sintió que la sangre abandonaba su rostro.
Lentamente, giró hacia el espejo que se encontraba sobre el tocador.
El reflejo le devolvió la imagen de una joven hermosa.
Ojos azules.
Labios rosados.
Piel delicada.
Cabello celeste que caía en ondas suaves.
Era el rostro de la mujer que había observado en la oscuridad.
La misma mujer que había considerado demasiado coqueta.
La misma mujer que elegía a sus pretendientes como si estuviera comprando vestidos.
La misma mujer cuyo hermano parecía dispuesto a entregarle hasta el último tesoro familiar con tal de verla sonreír.
La joven levantó una mano.
El reflejo hizo lo mismo.
Se tocó la mejilla.
El reflejo también.
Abrió la boca.
El reflejo la imitó.
Hubo un silencio absoluto.
Que tierno