Para Alejandro Montenegro, su esposa no era más que una chica de pueblo. Nunca imaginó todo lo que ella había dejado atrás por amor.
Durante tres años, ella ocultó su identidad y lo dio todo por él. El día de su cumpleaños, recibió su recompensa: un acuerdo de divorcio. Alejandro quería casarse con la mujer que nunca había olvidado.
Ella se marchó sin aceptar un solo peso.
Pero aquella esposa a la que todos despreciaban era Valeria Duarte, heredera de una de las familias más poderosas del país.
Lejos de los Montenegro, Valeria recupera su nombre, su fortuna y una vida en la que ya no necesita pedir permiso. Mientras sus talentos y secretos salen a la luz, quienes antes la humillaban descubren que se metieron con la mujer equivocada.
Ahora Alejandro quiere recuperarla.
Pero Valeria ya aprendió a vivir sin él. Y esta vez, será él quien tenga que soportar el rechazo.
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Capítulo 7
Capítulo 7
La pulsera de la familia
Antonio parecía agotado en la cama del hospital. Pero en cuanto vio a Valeria, se le iluminaron los ojos.
—¡Clara! ¡Ven! ¡Siéntate junto a mí!
Ella dejó atrás su dureza y se sentó con una sonrisa dulce.
—Abuelo, ¿cómo te sientes? ¿Te duele algo?
—Ahora que estás aquí, ya me siento mejor.
Le tomó la mano, preocupado.
—Ese inútil me dijo que se separaron. ¿Es verdad?
A Valeria le temblaron las pestañas.
—Sí, abuelo. Firmamos el acuerdo de divorcio.
Sintió un vacío en el pecho.
Antonio se incorporó con esfuerzo y miró a Alejandro.
—¡Estás ciego! Tienes una esposa maravillosa y la dejas ir. ¿A quién quieres? ¿A una diosa bajada del cielo?
Alejandro no respondió. No quería poner en riesgo la salud de su abuelo.
Valeria le acarició la espalda al anciano.
—No te enfades con él. Yo tampoco quería seguir con el matrimonio. En eso estuvimos de acuerdo.
Alejandro la miró, sorprendido.
No lo había acusado ni se había quejado. Tampoco estaba utilizando a su abuelo para castigarlo.
¿Sería una nueva estrategia para llamar su atención y salvar el matrimonio?
¿De dónde sacaba tanta confianza? ¿Por qué creía que él iba a enamorarse de ella?
—Clara, ¿te hicieron sufrir en esta casa? ¿Beatriz te trataba mal?
—No, abuelo. Alejandro y yo vemos la vida de forma distinta. No conseguimos entendernos. Separarnos es lo mejor para los dos.
Una tristeza fugaz le cruzó los ojos.
—No lo culpes. En estos tres años también hubo recuerdos bonitos. Con eso me quedo. Ninguno de los dos tiene que arrepentirse.
Alejandro frunció el ceño, incómodo.
No recordaba aquellos momentos felices. Ni siquiera le había dado una boda.
Se habían casado de prisa por insistencia de su abuelo. Después, Clara llegó a la casa con unas pocas maletas y se convirtió en una esposa solo de nombre.
¿De verdad guardaba recuerdos bonitos? ¿O estaba siendo irónica?
—Clara… ¿me equivoqué?
Antonio tenía los ojos húmedos.
—Quise que estuvieran juntos porque quería verte feliz. No pensé que mi nieto fuera a hacerte esto. Al final, fui yo quien te falló.
—No digas eso. Lo nuestro terminó y ya lo acepté. De verdad.
Dejar atrás trece años de amor le dolía como si le arrancaran la piel.
Pero Alejandro había sido claro. Insistir solo le quitaría la dignidad que le quedaba. No quería convertirse en una mujer llena de rencor, mendigando un poco de cariño.
—¡Vargas! Trae el regalo de cumpleaños que preparé para ella.
El secretario se puso unos guantes blancos y acercó una caja de terciopelo rojo.
Dentro había una pulsera rígida de jade de un verde intenso, translúcido, de una calidad excepcional.
Valeria conocía las antigüedades. Le bastó mirarla para saber que tenía al menos cien años.
—Abuelo, ¿esa no era la pulsera de mi abuela? —preguntó Alejandro, desconcertado.
—Sí. Se la di como prueba de mi amor. Es una joya de la familia. Mi padre me la entregó a mí.
Antonio la sostuvo a contraluz. La expresión se le suavizó.
—Antes de morir, tu abuela me dijo que era su joya favorita. Quería que algún día se la diera a una mujer que yo considerara digna de casarse con mi nieto.
Miró a Valeria.
—Y esa mujer es Clara. Nadie la merece más que ella.
—No puedo aceptarla. Es demasiado valiosa. Además, yo ya no soy…
—Aunque no sigas con Alejandro, eres la única esposa de mi nieto que voy a reconocer.
Al ver que ella dudaba, Antonio se puso terco.
—Si no la quieres, la rompo.
—¡No! ¡Espera!
Valeria le sujetó la mano, alarmada.
—La acepto. Muchas gracias, abuelo.
—Así me gusta.
Antonio se la puso él mismo, satisfecho.
El verde de la joya resaltó sobre su piel clara.
Alejandro nunca había observado sus manos con tanto detalle. Eran delicadas, suaves. Ni siquiera aquella pulsera extraordinaria conseguía quitarles belleza.
—Y tú, inútil, ¿qué le regalaste por su cumpleaños? —preguntó Antonio.
Valeria respondió antes que él.
—Ya me dio un regalo, abuelo. Uno que nunca voy a olvidar.
Alejandro cerró los puños. Apretó los labios hasta dejarlos blancos.
Sí, le había dado un regalo ese día: el acuerdo de divorcio.
Clara sabía dónde golpear.
—¿De verdad no pueden intentarlo otra vez? —insistió Antonio.
Ella le tomó la mano con suavidad.
—Si me quieres, tienes que dejarme elegir la vida que deseo. ¿No crees?
El anciano suspiró.
—Ya no puedo obligarte a nada. Pero ¿podrías esperar hasta después de mi cumpleaños número ochenta? Solo faltan unos días. Quédate hasta entonces.
—Abuelo, no me parece adecuado —intervino Alejandro.
—¿Y qué te parece adecuado? ¿Traer a Emilia a mi cumpleaños y obligarme a aceptarla? ¿Ella y su tía creen que van a controlar a todos los hombres de esta familia? ¡Ni soñando!
Antonio golpeó el colchón con la mano.
—Si todavía me consideras tu abuelo y quieres que viva un poco más, aléjate de ella. ¡No la aceptaré ni en mi lecho de muerte!
* * *
Afuera, Emilia iba de un lado a otro, apretando los dientes.
—Deja de caminar. Me estás mareando.
Beatriz se frotó las sienes.
—Te falta paciencia. No es la primera vez que te trata así. Es un anciano enfermo. ¿Cuánto tiempo más va a poder impedirle algo a Alejandro? Lo único que necesitas es tener a Alejandro de tu lado.
—Pero mientras no se muera, seguirá sin aceptarme. ¡No voy a poder casarme con Alejandro como es debido!
Emilia se tapó la boca enseguida y miró alrededor, asustada de que alguien la hubiera oído.
Beatriz contempló sus uñas recién arregladas.
—Tampoco me quería a mí. Hizo todo lo posible por impedir que me casara con tu tío. ¿Y de qué le sirvió? Me casé igual. Alejandro es su nieto. Si insiste en estar contigo, el viejo tendrá que ceder algún día.
Emilia se tranquilizó un poco.
Por fin se abrió la puerta.
Vargas acompañó a Valeria y Alejandro al pasillo.
Emilia borró su expresión calculadora y se acercó con aire frágil.
Entonces vio la pulsera en la muñeca de Valeria.
Era mucho más hermosa que la supuesta reliquia familiar que llevaba ella.
Valeria no la tenía cuando había entrado. El viejo acababa de dársela. No podía haber otra explicación.
Los celos le deformaron el rostro por un instante.
Se le ocurrió un plan.
Al llegar frente a Valeria, se lanzó hacia ella.
—¡Ay!
Quería fingir que se había torcido el tobillo. Si caía sobre Valeria, podría agarrarle la muñeca, arrancarle la pulsera y dejarla caer.
Pero Valeria entrecerró los ojos y se apartó con un movimiento rápido.
Emilia cayó de bruces al suelo.
Se oyó un chasquido seco.
La pulsera que se rompió en dos fue la suya.