Aranza Jordán murió atropellada cuando huía de un matrimonio arreglado... y de un amigo que la dejó desangrándose en plena calle.
Despierta en el cuerpo de Renata Anastasia Salvatierra, la nieta consentida de dos de las familias más poderosas del país. El problema: Renata es el personaje de relleno de una novela que Aranza nunca terminó de leer, la chica ingenua que, en la historia original, acaba muerta por culpa de su prima Selena.
Pero Aranza ya no está dispuesta a ser una víctima. Con una sonrisa dulce que no le llega a los ojos, una inteligencia afilada y un talento oculto para el hackeo, Renata se pone la máscara de la inocencia y juega con las cartas que la novela le dio. Ahora conoce el guion de todos: la prima que finge ser su amiga, la rival que la humilla, el protagonista que aún no sabe lo que se le viene encima.
Cinco primos que la adoran, abuelos que daría la vida por ella, un hacker de mirada fría que parece ver a través de su máscara... y enemigos que están a punto de descubrir que subestimar a la nueva Renata fue el peor error de sus vidas.
¿Astuta tú? Ella lo es más.
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¡Tras la máscara de inocencia!
Al llegar a la cafetería se sentaron en una mesa vacía y se pusieron a elegir qué pedir. Cuando terminaron, Renata levantó la mano para llamar a la mesera, pero se sobresaltó al oír que alguien gritaba su nombre.
—¡RENATA!
Todos en la cafetería voltearon hacia la entrada. Al ver a Sergio con la cara desencajada de rabia, las miradas pasaron a Renata. Parecía que todos sabían lo que venía.
Paula, con el rostro lleno de preocupación, le agarró la mano a Renata. Temía que Sergio volviera a lastimarla como la vez anterior.
Renata miró a Sergio con su cara de inocente y una expresión de no entender nada, y a los amigos de Sergio les dieron ganas de esconderla para librarla de su furia.
Lo que ninguno sabía era que, por dentro, Renata daba saltos de alegría. Llevaba rato esperando este momento.
—Sergio... déjalo así. Estoy segura de que Renata no lo hizo —suplicó Alina con un hilo de voz.
Sergio la miró con preocupación.
—No puedes seguir permitiéndoselo, Alina. Mira cómo terminaste otra vez por culpa de ella —dijo, señalando la marca de la bofetada en la mejilla de Alina.
Renata se quedó con la boca abierta. Oye, ¿acaba de acusarme de algo que no hice? ¿Otra vez? ¿En este colegio no queda nadie con dos dedos de frente?, pensó.
Sergio le acarició un momento el pelo a Alina y luego clavó la mirada en Renata. Iba a regañarla, pero se frenó en seco al ver su carita inocente.
—Sergio... —lo llamó Alina, a propósito, porque no soportaba verlo mirar tan fijo a Renata.
Sergio apretó los puños. Tenía que castigar a Renata para que dejara de hacerle daño a Alina, se decía.
—Renata. ¿Sabes bien cuál es tu falta? —preguntó con frialdad.
Renata negó con la cabeza, muy inocente.
—Yo no hice nada, Sergio —respondió.
Él frunció el ceño.
—¿Puedes dejar de mentir aunque sea por una vez, Renata? Ya le has hecho daño a Alina muchas veces. ¡Y hoy hasta la abofeteaste! —dijo, sin poder creerlo.
—Y-yo no lo hice, Sergio... ¿no puedes confiar en mí? —susurró Renata, mientras las lágrimas ya le rodaban por las mejillas. Ay, maldita sea... qué buena actriz soy, pensó.
A Sergio no le gustaba verla llorar, pero tampoco quería que Alina siguiera pagando las consecuencias por él.
Bastián, que estaba detrás, le dio una palmada suave en el hombro.
—Sergio, Renata no haría algo así. ¿Y si vemos las cámaras? —propuso, queriendo averiguar la verdad.
—Para qué molestarnos, seguro ya borraron las grabaciones otra vez. ¿Se les olvidó de quién estamos hablando? —se burló otro de los amigos.
Detrás del cuerpo de Sergio, Alina esbozó una sonrisa torcida. No iba a permitir que su imagen quedara por el suelo frente a todos. Aquí la única que debía sufrir era Renata, pensó.
Renata, por su parte, miró a Bastián con una sonrisita. Todavía queda alguien listo entre ellos, pensó, casi felicitándolo.
—¡Pídele perdón! —ordenó Sergio, y de nuevo todas las miradas cayeron sobre Renata—. Si te disculpas con Alina, consideraré tus sentimientos.
Pff, ni loca, pensó Renata, rechazándolo de plano. Antes se pondría a vaciar el mar con una cucharita que pedirle perdón a esa mocosa. Lástima que no podía decirlo en voz alta. Con su imagen de chica dulce e ingenua, jamás soltaría semejante disparate.
—Renata... —insistió Sergio, en tono de advertencia.
Ella desvió la mirada, y a todos se les encogió el corazón. Aunque no les gustara lo que hacía Renata, también les daba pena verla así.
Ya es hora, pensó con una sonrisa maliciosa, tras mirar el reloj de la pared. Acto seguido...
Renata miró a Sergio con tristeza.
—Perdóname, Sergio... pero no voy a pedir perdón. No hice nada malo... Tú verás si me crees o no. Desde hoy puedes estar tranquilo... no volveré a meterme en la vida de ustedes dos —dijo, secándose las lágrimas de vez en cuando.
Luego se volvió hacia Alina.
—Y tú. No sé por qué siempre me calumnias. Pero yo siempre he creído... que tu mentira tarde o temprano saldrá a la luz.
Por último, miró a Sergio.
—Ojalá no volvamos a vernos nunca, Sergio... —añadió, y tomó de la mano a Paula para arrastrarla fuera de allí.
Pum...
A Sergio se le encogió el pecho al oírla. Se quedó quieto, intentando asimilar lo que Renata acababa de decir.
—Sergio... —lo llamó Alina con voz triste. Se moría de gusto al oír que Renata soltaba a Sergio para dejárselo a ella, pero necesitaba que Sergio la odiara para que se concentrara solo en Alina.
Sergio se masajeó la cabeza.
—Volvamos al salón. Hablaré otra vez con Renata para que te pida perdón como se debe —dijo, sintiéndose culpable con Alina.
Bastián se limitó a mirar a su amigo en silencio. Estaba seguro de que Sergio se arrepentiría de hacerla sufrir una y otra vez, y de decepcionarla.
—Sí, Sergio... —respondió Alina, con dulzura.
Apenas habían echado a andar hacia la puerta cuando Alina pidió un momento para hablar con una amiga. En ese mismo instante, los celulares de todos empezaron a sonar de golpe. Movidos por la curiosidad, los sacaron.
Abrieron la cuenta del colegio y vieron varios videos y fotos publicados ahí. Les llamó la atención el título: "Tras la máscara de inocencia".
A Bastián se le desorbitaron los ojos al ver la grabación. Enseguida buscó a Sergio con la mirada: seguía junto a Alina, esperando a que ella terminara de hablar con su amiga.
—Bas, ¿de verdad Alina hizo esto? ¡Júramelo! —dijo uno de los chicos, incrédulo.
Bastián se volvió hacia él.
—¿Lo viste con tus propios ojos, no? ¿Qué más quieres preguntar? —le soltó con sarcasmo, y los demás se callaron.
—Vaya, ¿y esto? Resulta que Alina es toda una actriz...
—Tienes razón, mira esa cara de santita.
—Pobre Renata, calumniada por esa zorra...
—¿Ahora sí le dices zorra? ¿Dónde estabas ayer, eh?
—Alina engaña a la gente de maravilla, hasta a Sergio lo engañó...
—Mira para allá, Sergio ni se ha enterado de lo que pasa.
Los murmullos subieron de volumen cuando la cuenta del colegio publicó un video más, el de Alina abofeteándose a sí misma esa mañana.
Alina, al notar que la miraban, observó con extrañeza a los alumnos. Alcanzó a oír su nombre entre los cuchicheos, aunque no todo. Volvió con Sergio, que esperaba sentado con calma.
—Sergio, ¿pasó algo? ¿Por qué todos me miran? —preguntó, de pie a su lado.
Sergio tampoco entendía lo que ocurría. Miró a sus amigos pidiendo una explicación, pero ellos desviaron la vista.
Bastián, harto, habló.
—Mira eso —dijo, señalando la televisión de la cafetería. Ni sabía quién había conectado el video a la pantalla, ni le importaba.
Sergio volteó a ver lo que señalaba Bastián. En cuanto empezó el video, el rostro de Alina se quedó sin color.
—N-no, esa no soy yo... Ese video es falso... sí, es falso —balbuceó, señalando la televisión.
Alina recorrió con la mirada a todos los presentes, intentando mantener la calma, pero sus comentarios la ponían cada vez más nerviosa. Miró a Sergio, que seguía callado, con la vista clavada en la grabación. Temiendo que no le creyera, se le acercó a toda prisa.
—Sergio... créeme. Ese video es falso. Estoy segura de que es obra de Renata, debe de odiarme tanto como para hacer esto... —susurró, agarrándole la mano.
Un alumno de la cafetería se puso de pie.
—Alina, ¿hasta cuándo vas a seguir calumniando a Renata? Ya mandé el video al departamento de informática. Todos los videos y fotos son auténticos —dijo con mucha ironía, y el escándalo se desató todavía más.