Aleksandra es una brillante residente de neurocirugía que creció en un orfanato creyendo que sus padres murieron en un accidente común. Desconoce que su padre fue un desertor de la mafia rusa que la entrenó en combate y manejo de armas antes de dejarle una fortuna oculta. Su ordenada vida da un vuelco la noche en que rescata de un callejón a Dante Moretti, el temido heredero de la mafia italiana, herido de muerte tras una emboscada.
Ella le salva la vida operándolo en secreto en su cocina y, entre la fiebre y el peligro, comparten una noche ardiente y desesperada. Al amanecer, él ha desaparecido. Descubriendo poco después que está embarazada, Aleksandra huye a Dubái con una beca médica para criar a su hijo lejos de la violencia.
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Capítulo 18: La jaula dorada
El amanecer sobre el lago de Como no trajo calidez, sino una frialdad líquida que se pegaba a los cristales blindados de la suite.
Aleksandra despertó exactamente a las 05:30, guiada por un reloj biológico que ni el cambio de huso horario ni la adrenalina acumulada lograban desajustar. En el silencio de la penumbra, descalza sobre la alfombra persa que amortiguaba cada pisada, dedicó cuarenta minutos a una rutina física implacable: flexiones en diamante para mantener la firmeza de las muñecas, sentadillas lentas y series de estiramientos isométricos diseñados para disipar el ácido láctico sin hacer crujir una sola articulación. Su cuerpo era su primer instrumento de trabajo y su última línea de defensa; descuidarlo equivalía a rendirse.
A su lado, en la cama contigua, Dimitri aún dormía profundamente, con los puños cerrados junto a la barbilla.
Cuando las campanas lejanas de la iglesia del pueblo vecino dieron las siete, dos golpes suaves y medidos sonaron en la puerta de roble.
—Adelante —dijo Aleksandra, atándose con firmeza el cinturón de una bata de satén oscuro que había encontrado en el vestidor.
Entró Maria empujando un carrito de servicio con ruedas de bronce silenciadas. Sobre el mantel de lino blanco descansaba una vajilla de porcelana de Limoges con té negro ahumado, pan tostado con miel de los valles alpinos, fruta cortada con precisión geométrica y un tazón con leche tibia para Dimitri. Detrás del ama de llaves, dos empleadas jóvenes vestidas de uniforme impecable sostenían perchas forradas de terciopelo con vestidos de diseñador, abrigos de lana de cachemira y conjuntos de diario de cortes sobrios y elegantes.
—Buenos días, señorita Rossi —saludó la mujer mayor, haciendo una inclinación respetuosa—. Don Dante ordenó que las mejores casas de Milán enviaran una selección a su medida. Si alguna prenda no es de su agrado o el calzado no ajusta con exactitud, los sastres estarán aquí al mediodía para hacer los arreglos.
Aleksandra ni siquiera miró las telas caras. Se acercó a la mesa, sirvió una taza de té y clavó sus ojos verdes en el ama de llaves con una serenidad que heló la cortesía del ambiente.
—Dígale a su patrón que no soy una muñeca que necesite vestuario para una fiesta de disfraces —dijo con voz pausada—. Usaré la ropa con la que llegué y lo que mi maletín contiene. Retiren todo eso de mi habitación.
Las dos doncellas titubearon, lanzando miradas nerviosas hacia el ama de llaves. Negarse a una orden de Dante Moretti en esa mansión era un concepto inconcebible. Sin embargo, Maria, curtida por décadas de silencios y tormentas dentro del clan, esbozó un gesto casi imperceptible de respeto en la comisura de sus labios secos.
—Como usted disponga, señorita —asintió la anciana, haciendo una seña a las sirvientas para que retiraran las perchas—. El desayuno permanecerá en la mesa. Y Don Dante le ruega que no intente salir del perímetro cerrado de los jardines superiores; la niebla está baja y los dispositivos de proximidad son... implacables.
—Una jaula sigue siendo una jaula, aunque le cambien las rejas por sensores térmicos, señora Maria.
—A veces, señorita Aleksandra, las jaulas son las únicas estructuras que soportan los huracanes —respondió la mujer con voz grave antes de cerrar la puerta tras de sí.
A las nueve de la mañana, Dimitri ya estaba despierto y desayunado. Con la curiosidad voraz propia de su edad, el niño no tardó en pedir salir a explorar.
Aleksandra lo vistió con sus jeans oscuros y su campera de montaña. Bajaron por la escalinata monumental sin que nadie los interceptara, aunque la joven cirujana sentía en la nuca las miradas cruzadas de los centinelas apostados en los ángulos ciegos de las galerías. Cada cincuenta metros había una cámara con domo de cristal negro; cada puerta exterior contaba con teclado de acceso biométrico.
Salieron a la terraza de lajas de piedra que dominaba el acantilado.
El aire olía a pino mojado, musgo y agua fría. Dimitri corrió hacia la balaustrada de mármol, apoyando sus pequeñas manos enguantadas sobre la piedra para mirar hacia abajo, donde las aguas del lago se fundían con la bruma en un tono plomizo y espeso.
—¡Mami, mira! Hay botes rápidos abajo —señaló el niño, maravillado con dos lanchas patrulleras de casco negro amarradas en el embarcadero privado.
Aleksandra se colocó detrás de él, con las manos descansando sobre sus hombros. Mientras Dimitri contaba los escalones que bajaban al muelle, ella calculaba tiempos de patrullaje: un guardia con impermeable cruzaba el jardín cada siete minutos; dos tiradores invisibles vigilaban desde la torreta este; la pendiente hacia el agua era de casi sesenta grados sobre roca viva, imposible de descender con un niño en brazos sin cuerdas de rápel. La fortaleza era perfecta.
—Son lanchas de interceptación clase Magnum, con motores dobles de novecientos caballos —dijo una voz detrás de ellos.
Aleksandra no necesitó girarse para saber quién era. El sonido de los pasos sobre la gravilla húmeda y esa cadencia pausada, pesada y dueña del terreno pertenecían a un solo hombre.
Dante se detuvo a un metro de ellos. Llevaba un jersey de cuello alto de lana negra, pantalones rectos y un sobretodo oscuro sin abotonar. El hematoma en su mandíbula lucía más oscuro a la luz del día, pero el vendaje sobre su nariz ya había sido retirado, dejando ver una fina línea roja que atravesaba el tabique recién alineado.
Dimitri se dio vuelta despacio. Clavó sus ojos de tormenta en Dante sin un rastro de timidez, evaluándolo con esa seriedad aplastante que había heredado de ambos.
—¿Son tuyas? —preguntó el pequeño.
Dante bajó la vista hacia él. Por un segundo, la máscara implacable del capo se resquebrajó, dejando asomar una vacilación extraña, casi torpe. El hombre que decidía la vida o la muerte de cientos de soldados no sabía cómo agacharse frente a un niño de tres años sin parecer una amenaza.
Lentamente, Dante apoyó una rodilla en la laja húmeda, quedando al nivel de los ojos grises que replicaban los suyos con tanta fidelidad.
—Todo lo que ves desde esta baranda es de esta casa, Dimitri —respondió Dante con voz baja—. Y lo que es de esta casa, algún día será tuyo, si aprendes a cuidarlo.
—Dante, basta —intervino Aleksandra, dando un paso al frente para romper la línea de visión entre ambos, interponiendo su cuerpo como un muro infranqueable—. No empieces a envenenarle la cabeza con tus delirios de grandeza feudal. Él no pidió nada de esto.
Dante se levantó con lentitud. Su altura imponente cayó sobre ella como una sombra, pero Aleksandra no bajó la cabeza ni retrocedió un milímetro. La cercanía volvió a encender esa chispa eléctrica y densa que hacía que el aire entre los dos se sintiera cargado de pólvora.
—Dimitri —dijo Dante, sin apartar los ojos de Aleksandra—, Lorenzo está en el vestíbulo con una maqueta de un barco de vela que trajo para ti. Ve con él un momento. Quiero hablar con tu madre.
El niño miró a Aleksandra buscando autorización. Ella dudó dos segundos, pero al ver a Lorenzo de pie bajo el arco techado, completamente desarmado y con una caja de madera bajo el brazo, asintió con una caricia suave en la cabeza de su hijo.
—Ve, mi amor. No te alejes del salón. Mamá entra en un minuto.
Dimitri corrió hacia Lorenzo con pasos ligeros. Apenas el niño cruzó el umbral del palacio, Aleksandra se giró hacia Dante, con los ojos verdes encendidos en cólera pura.
—¿Cuánto tiempo piensas tenerme aquí, Moretti? —le espetó en un susurro cortante—. Mis pacientes en Dubái, mis cirugías programadas, mi vida entera quedó congelada por tu capricho. No soy una de tus amantes a las que compras con vestidos caros y carritos de plata. ¡Soy médica! Salvo vidas. Cada día que paso encerrada entre tus matones es un insulto a todo lo que he construido.
Dante dio un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que Aleksandra pudo sentir el calor de su respiración y el perfume a tabaco y bosque que emanaba de su piel.
—¿Crees que te traje para exhibirte como un trofeo? —la voz de Dante vibró con una intensidad oscura y rasposa—. Valerio todavía respira, Aleksandra. Sus aliados rusos están moviendo dinero sucio a través de los puertos suizos para comprar armamento pesado y cazarnos. En Dubái estabas expuesta; dos días más y habrían entrado a tu departamento mientras dormías para cortarte el cuello y llevarse a Dimitri como moneda de cambio para ponerme de rodillas.
Dante levantó una mano y, antes de que ella pudiera esquivarlo, sus dedos ásperos y largos envolvieron la nuca de Aleksandra con una firmeza que no admitía escape, obligándola a sostenerle la mirada a escasos centímetros.
—No te traje aquí para aprisionarte —continuó él, y en el fondo de sus ojos grises ardió una verdad cruda y despiadada—. Te traje aquí porque este es el único pedazo de tierra en el mundo donde tengo que morir yo antes de que alguien se atreva a tocarte un solo cabello. Y si necesitas cortar carne para sentirte viva, haré construir un pabellón quirúrgico en el sótano de esta maldita villa con el mejor instrumental de Europa. Pero de aquí no sales. No hasta que haya enterrado a cada hombre que se atrevió a mirar en tu dirección.
Aleksandra sintió que el pulso se le desbocaba contra la garganta. La fuerza del agarre de Dante en su nuca era poderosa, pero había algo en la devoción salvaje de sus palabras que la sacudió más profundamente que cualquier amenaza. Quiso golpearlo, quiso clavarle los dedos en el cuello para obligarlo a soltarla, pero la cercanía de sus labios, a milímetros de los suyos, congeló sus músculos en una tensión insoportable.
—Eres un monstruo, Dante —susurró ella, con la respiración entrecortada contra su boca.
Una sonrisa amarga y peligrosa curvó los labios del Don antes de aflojar lentamente los dedos, dejando caer su mano sobre el hombro de ella con una pesadez posesiva.
—Puede ser, dottoressa —murmuró él, rozando con el pulgar la piel tibia de su mandíbula antes de apartarse un paso—. Pero soy el único monstruo que está dispuesto a quemar el infierno entero para mantenerlos a salvo. Acostúmbrate al frío de Como, Aleksandra. El invierno apenas está comenzando.