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Nunca fui tu esposa

Nunca fui tu esposa

Status: En proceso
Genre:Venganza / Mujer poderosa / Traiciones y engaños / Juego de roles / Riqueza en una noche / Mujer despreciada / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:282
Nilai: 5
nombre de autor: Irin_Kokh

Su matrimonio era falso. La traición, no.
Durante dos años, Camila Rivas lo dio todo por Daniel: sostuvo su empresa, soportó los desprecios de su familia y crió al niño que habían «adoptado» porque, según él, ella no podía tener hijos.
Hasta que descubre que su acta de matrimonio es falsa.
Daniel lleva cinco años casado con otra mujer. Y el niño que Camila ha cuidado como suyo es hijo de los dos.
Nunca fue su esposa. Fue la coartada perfecta para esconder a su verdadera familia.
Ese mismo día, una llamada lo cambia todo: Camila acaba de heredar más de cien mil millones de pesos.
—Soltera. Sin hijos. La herencia es solo mía.
Daniel está convencido de que volverá. Una mujer sola, sin dinero ni familia, no puede vivir sin él.
Pero mientras espera que regrese a suplicarle, el país entero descubre a la prometida de Gabriel Alcázar, uno de los hombres más poderosos de México.
Es Camila.
Dueña de una fortuna. Con la cabeza en alto. Junto a un hombre que no está dispuesto a dejarla en segundo lugar.
Lo suyo debía ser una alianza por conveniencia. Pero cada promesa cumplida, cada roce y cada mirada hacen más difícil mantener el corazón al margen.
Y cuando Daniel comprende lo que perdió, ya hay otro hombre sosteniendo la mano que él soltó.
Esta vez, quien va a suplicar no será ella.

NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12

Capítulo 12. Quiero la mitad de la empresa

Daniel se quedó mirándola.

—¿Qué significa que no se queda aquí?

Antes de que la empleada pudiera responder, empezó a vibrar su celular.

Otro problema en la empresa.

La despidió con un gesto y se apartó para contestar. Cuando volvió, tenía el rostro todavía más oscuro.

Beatriz se puso tensa.

—¿Qué pasó ahora?

—Perdimos otro proyecto importante. El cliente solo quiere tratar con Camila.

Le costó decirlo.

Era uno de los contratos más importantes del año, marcado como prioritario en todos sus planes. Los accionistas no iban a dejarlo pasar.

—Pero ella solo es una gerente —replicó Beatriz—. ¿El cliente no entiende quién manda? ¿Prefiere hablar con ella antes que contigo, que eres el director?

No podía creer que Camila tuviera tanto poder. ¿De verdad la empresa no podía funcionar sin ella?

—Voy a la oficina.

Daniel tomó su chaqueta y salió sin explicar nada más.

Mientras tanto, Camila viajaba en el avión privado de Mauricio.

Como mayor accionista de Farmacéutica Montenegro, iba a representar a la empresa en una gala benéfica internacional en Panamá.

La lista de invitados era muy reducida. Solo acudían empresarios y compañías con verdadera influencia internacional. Estar allí era tener acceso a contactos que muchos no conseguirían en toda su vida.

En años anteriores asistían Alejandro, Teresa y Sebastián.

Esta vez, los organizadores habían invitado expresamente a Camila. Teresa se enfureció y se negó a acompañarla. Su hijo hizo lo mismo.

El mensaje era claro: la familia no la respaldaba.

Eso podía perjudicarla al buscar aliados y ocuparse de los negocios heredados. Por eso Mauricio había decidido acompañarla. Quería presentarla bien y combatir el prejuicio que despertaba una hija nacida fuera del matrimonio.

Al atardecer llegaron al hotel donde se celebraría la gala.

El edificio brillaba como un enorme palacio de cristal. De allí venía su nombre: Palacio de Cristal.

Un joven alto los esperaba en la entrada. Llevaba lentes de montura plateada y tenía un rostro amable, de facciones delicadas.

—Papá. Así que tú eres Camila.

Mauricio ya le había hablado de él. Era Leonardo Montenegro, su único hijo y primo de Camila.

Su tío se había retirado y le había dejado sus empresas a Leonardo. Él vivía viajando por trabajo y acababa de llegar de otro país para asistir a la gala.

Mauricio le había pedido que estuviera allí para respaldarla.

Camila era hija de Alejandro. No iba a presentarse sola, como si nadie quisiera reconocerla.

Leonardo le cayó bien desde el principio. Al terminar de comer ya conversaban con bastante confianza.

Era muy distinto de su padre. Mauricio podía parecer despreocupado y algo brusco. Leonardo cuidaba cada detalle y sabía hacer sentir cómoda a la persona que tenía delante.

Su padre lo observó, satisfecho. Después de comer los dejó juntos y se fue a ver a unos amigos.

Leonardo le explicó a Camila el programa de la gala del día siguiente. También repasó con ella el vestido y el discurso que habían preparado. No dio un solo detalle por sentado.

Su celular no dejó de sonar. Cada vez miraba la pantalla y rechazaba la llamada para seguir atendiéndola.

Cuando la acompañó al elevador, Camila lo detuvo.

—Ya tengo todo claro, Leonardo. Ve a trabajar. No quiero quitarte más tiempo.

—Está bien. Si necesitas algo, me llamas.

Ella se despidió con una mano.

Entonces alguien detuvo las puertas y entró de golpe.

El elevador era amplio, pero la recién llegada fue a chocar directamente contra Camila. Casi la tiró.

—Valeria —dijo Leonardo.

Camila vio a una mujer con un elegante conjunto de chaqueta y falda, el cabello negro y rizado y un perfume tan intenso que llenó el espacio.

La joven le dedicó una mirada rápida antes de volverse hacia él.

—¿Tu nueva novia?

—No digas tonterías. Es mi prima, Camila.

Leonardo parecía molesto, aunque no le habló con dureza.

Valeria volvió a mirarla, esta vez con más atención.

—¿Camila? ¿La hija ilegítima de Alejandro?

Camila no respondió. No le gustaba aquel tono y el hombro todavía le dolía por el golpe deliberado.

—No hables así —intervino Leonardo—. Es hija de mi tío. Es mi familia y la heredera de los Montenegro.

—¿Y a mí qué? Yo no soy de los Montenegro. Tampoco es mi prima.

Valeria pulsó el botón para cerrar las puertas.

Leonardo intentó entrar, pero no llegó a tiempo.

Ya a solas, ninguna de las dos habló.

Camila había notado la familiaridad con la que se trataban. Aquella mujer parecía estar buscando pelea con Leonardo, y ella había quedado en medio.

No tenía ganas de meterse. En cuanto las puertas se abrieron, salió.

Llegaba a su suite cuando la llamó su primo para confirmar que estuviera bien.

Le explicó que Valeria era hija adoptiva de los Cárdenas y que se conocían desde niños. Tenía un carácter difícil, pero no era mala persona. Le pidió que no se tomara a pecho sus palabras.

—¿Los Cárdenas de la empresa de juguetes?

Camila recordó a la joven con la que había discutido por la casa.

—Esos mismos.

Leonardo le contó que la madre de Valeria y Teresa eran amigas. Las familias se veían con frecuencia.

Los Cárdenas tenían dos hijas: Renata, la biológica, y Valeria, la adoptiva.

Entonces Renata debía de ser la de la inmobiliaria.

Eso explicaba la expresión de Valeria al escuchar su nombre. Seguramente su hermana también le había hablado de la supuesta hija ilegítima.

Pensar en volver a encontrarlas en la gala le quitó a Camila las ganas de asistir. Las reuniones entre familias ricas parecían más complicadas que cualquier negociación de trabajo.

Era su primer viaje al extranjero. Entre el cambio de horario y las novedades del día, le costaba dormir.

Se acostó a revisar el celular y vio que Gabriel acababa de publicar algo.

Una fotografía de la ciudad de noche. Hermosa, sin una palabra de explicación.

Recordó lo que Mauricio le había dicho en el avión.

«¿Conoces la regla de los tres días?»

«¿Qué regla?»

«Si alguien te busca durante los tres días después de una cita, le interesas. Si no lo hace, olvídate».

Era otra forma de preguntar por Gabriel.

Habían pasado tres días y él no la había buscado.

Camila abrió su perfil. La imagen principal también era un paisaje nocturno, pero de montañas, con unas pocas estrellas muy brillantes sobre el campo.

Dudó un buen rato antes de escribir.

«Señor Alcázar, ¿ya se durmió?»

Esperó veinte minutos sin recibir respuesta.

La fotografía aparecía publicada un minuto antes de que ella la viera. Gabriel debía de estar conectado.

¿Simplemente no quería hablarle?

Camila no buscaba nada más. Pero estaba rodeada de personas dispuestas a quitarle lo suyo y la incertidumbre empezaba a pesarle.

La alianza era parte de su protección. Tenía que ocuparse de ella con la misma atención que de sus negocios. Si él no daba el primer paso, podía darlo ella.

El celular se iluminó.

Camila lo tomó enseguida, esperando ver el nombre de Gabriel.

Era Daniel.

Sin querer, aceptó la llamada. Ya iba a colgar cuando escuchó su voz.

—Cami, no me has contestado. ¿Sigues enojada?

Hablaba con la dulzura de siempre. Ahora le daba el doble de asco.

Camila alejó un poco el teléfono.

—Iba a dormir. ¿Qué necesitas?

La frialdad lo convenció de que seguía molesta.

Siempre había sido tan fácil tranquilizarla. Siempre tan obediente. Que pidiera descanso en el peor momento para la empresa y encima dejara de dormir en casa le había resultado inadmisible.

Había intentado darle una lección manteniendo las distancias esos días.

Pero las pérdidas seguían creciendo. Ya no podía esperar a que ella cediera.

—Lo de mi madre y Paula fue culpa mía. No tomé en cuenta cómo te sentías. No volverán a interrumpirte. Mi padre ya las castigó y te pidieron perdón por teléfono...

—No quisieron hacerlo en persona, ¿verdad?

Camila lo interrumpió. No iba a escuchar otro discurso.

Daniel no esperaba que siguiera insistiendo.

—Sabes cómo son. Si necesitas que se disculpen delante de ti para quedarte tranquila, buscaré la manera...

—No hace falta. Nunca obligo a nadie a pedir perdón.

Lo decía en serio. Recordar aquellas caras le resultaba tan desagradable que prefería no volver a verlas.

Daniel empezó a perder la paciencia.

—Entonces, ¿qué quieres?

Camila sonrió y suavizó la voz, casi como si le pidiera un capricho.

—Si no puedes compensarme por lo que me hicieron, al menos puedes hacerlo con dinero. Quiero la mitad de las acciones de Grupo Ferrer.

—¿Qué dijiste?

Debía de haber oído mal.

¿Camila quería acciones? ¿La mitad de toda la empresa?

Ella repitió la petición sin subir la voz.

—Cami, ¿estás bromeando?

La mujer que nunca pedía nada acababa de exigirle una barbaridad. Ni él poseía la mitad del grupo.

—Hablo en serio. Ya lo pensé. Tu madre y Paula no me respetan porque no tengo ningún poder dentro de la empresa. Si me convierto en la mayor accionista, tendrán que tomarme en cuenta.

Camila dejó que él asimilara la idea y continuó:

—Además, los inversionistas con los que estoy negociando son muy cautelosos. No es lo mismo hablar con una gerente sin autoridad que con una accionista.

Lo explicó con tanta calma y tanto orden que, por un momento, hasta Daniel tuvo que reconocer que tenía sentido.

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