Un heredero, una esposa inesperada y un amor prohibido desafían un imperio.
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Capítulo 3: El recordatorio
...
—¿Lo hiciste tú? —pregunté.
Oriana asintió, algo avergonzada.
—Sí. Es para un proyecto de la universidad.
—Es increíble.
Levantó la mirada.
—¿De verdad?
—No suelo decir cosas que no pienso.
Observé nuevamente el papel.
—Tienes mucho talento, Oriana.
Una sonrisa tímida apareció en su rostro.
—Gracias.
—¿Es un retrato?
—Algo parecido. Estoy trabajando en una colección sobre las emociones humanas. Quiero representar lo que las personas esconden detrás de sus expresiones.
Volví a mirar el dibujo.
—Creo que lo estás consiguiendo.
Sus mejillas adquirieron un ligero tono rosado.
—Todavía le faltan muchos detalles.
—Entonces no puedo imaginar cómo quedará cuando lo termines.
Oriana soltó una pequeña risa mientras guardaba cuidadosamente el boceto.
—No es para tanto.
—Deberías tener más confianza en tu trabajo.
Me miró durante unos segundos.
—Eso es más fácil decirlo que hacerlo.
No respondí inmediatamente.
Había algo en la manera en que lo dijo que me hizo comprender que no estaba hablando solamente de aquel dibujo.
—¿No crees en tu talento?
Se encogió ligeramente de hombros.
—Creo que soy buena, pero eso no significa que sea suficiente. Además, estudiar Bellas Artes no garantiza que vaya a conseguir un buen trabajo cuando me gradúe.
—Eso no significa que debas renunciar a lo que te gusta.
Sus ojos se encontraron con los míos.
—¿Siempre das consejos a desconocidas?
—Solamente a las que tienen talento.
Sonrió.
Y aquella sonrisa me confirmó que había hecho bien en regresar.
...****************...
Oriana.
No sabía por qué estaba hablando tanto con aquel hombre.
Jonás tenía algo que me resultaba extraño. Era seguro de sí mismo, parecía bastante acostumbrado a desenvolverse en cualquier situación y tenía una manera de mirar que me hacía sentir que prestaba atención a cada palabra que decía.
Además, era demasiado atractivo.
Eso era innegable.
—¿Qué estudias exactamente? —pregunté, intentando cambiar de tema.
—Estoy terminando mi segunda maestría.
—¿Segunda? —Abrí los ojos—. Definitivamente eres de esas personas que disfrutan complicándose la vida.
Se rio.
—Supongo que podría decirse así.
—¿Y qué harás cuando termines?
—Regresar a casa.
—¿Vives lejos?
Asintió.
—Bastante lejos.
No pregunté más.
En ese momento, mi compañera apareció detrás de mí.
—Oriana, necesitamos que prepares los pedidos de la mesa cinco.
—¡Voy!
Volví a mirar a Jonás.
—Tengo que trabajar.
—No quiero interrumpirte.
—Ha sido un placer volver a verte.
—El placer ha sido mío.
Tomó su café, pero antes de marcharse se detuvo.
—Espero que termines ese boceto.
Sonreí.
—Yo también.
—Y no dejes que ninguna máquina vuelva a arruinarte el día.
—No prometo nada.
Jonás soltó una carcajada y finalmente se alejó.
Lo observé durante unos segundos mientras atravesaba la cafetería.
—¿Ese es el chico del lunes? —preguntó mi compañera en cuanto desapareció.
La miré con cara de desentendida.
—El que estaba arreglando la máquina.
—Ah, sí.
—Es guapísimo.
Puse los ojos en blanco.
—¿Podrías dejar de fijarte en los hombres que vienen a comprar café?
—¿Y tú podrías dejar de sonreír cada vez que ese hombre aparece?
Abrí la boca para responder, pero no encontré ninguna excusa convincente.
Así que simplemente tomé la bandeja y me alejé.
No estaba sonriendo por él.
Bueno, quizás un poquito.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
Jonás.
Salí de la cafetería con el vaso de café en una mano y una sonrisa que no había conseguido borrar de mi rostro.
Oriana.
Una estudiante de Bellas Artes que trabajaba para pagar sus gastos y que, a diferencia de muchas mujeres que había conocido, parecía tener los pies firmemente puestos sobre la tierra.
Me pregunté cómo sería verla pintar.
Qué otras cosas dibujaría.
Qué historias habría detrás de aquellos trazos.
Miré una última vez hacia la cafetería antes de continuar caminando.
Tenía una clase en quince minutos y no podía permitirme llegar tarde otra vez.
...****************...
Más tarde...
Esa noche, después de regresar a mi apartamento, recibí una videollamada de mis padres. No me sorprendió. Desde que había comenzado mi segunda maestría, procuraban comunicarse conmigo varias veces para asegurarse de que no olvidara mis responsabilidades.
Me acomodé en el sofá y acepté la llamada.
—Buenas noches —saludé.
—¡Hijo! —exclamó mi madre, Zaida, con una sonrisa perfectamente arreglada—. ¿Cómo estás?
—Bien, mamá. ¿Y ustedes?
—Muy bien —respondió—. Tu padre está aquí conmigo. Quiere hablar contigo.
Leandro apareció frente a la cámara.
—Jonás, ¿cómo van tus estudios?
—Todo marcha según lo previsto.
—Me alegra escucharlo. Recuerda que solamente falta un año para que termines. Después de eso, quiero que regreses.
Asentí.
—Lo tengo presente.
—El imperio financiero O'Neil no puede depender eternamente de mí. Necesito que estés preparado para asumir la presidencia cuando llegue el momento. Quiero que conozcas cada departamento, cada inversión y cada movimiento importante.
—No te preocupes. No pienso decepcionarte.
Mi padre asintió, satisfecho con mi respuesta.
Sin embargo, mi madre parecía tener otro asunto pendiente.
—Y hablando de tu regreso, cariño, también debemos organizar algunos detalles.
Fruncí ligeramente el ceño.
—¿Qué detalles?
Zaida intercambió una mirada con mi padre antes de responder.
—Tu padre y yo hemos estado conversando con una familia muy importante. Su hija es una joven encantadora, educada y de buena posición. Sería una excelente esposa para ti.
Me quedé mirándola.
—¿Una esposa?
—Por supuesto, Jonás. Estás a punto de cumplir 26 años y pronto estarás al frente de uno de los imperios financieros más importantes. Es momento de pensar en formar una familia.
—Mamá, todavía me falta para culminar mis estudios.
—Precisamente por eso debemos comenzar a organizarlo todo desde ahora. La hija de uno de los socios más importantes de tu padre sería la candidata perfecta.
Solté un suspiro.
—¿Y si no estoy interesado?
Mi padre intervino inmediatamente.
—No estamos hablando de un capricho, Jonás. Hay alianzas que deben mantenerse y responsabilidades que vienen con nuestro apellido.
Apreté la mandíbula.
—Ya hablaremos de eso cuando regrese.
—Eso espero —respondió mi madre.
La llamada terminó poco después.
Dejé el teléfono sobre la mesa y me pasé una mano por el cabello.
Un poco más de un año.
Todavía tenía algo de tiempo antes de regresar y enfrentarme a todas aquellas obligaciones.
Sin embargo, por alguna razón, mi mente no estaba pensando en empresas, alianzas ni matrimonios arreglados.
Estaba pensando en una pelirroja que dibujaba emociones y que discutía con las máquinas de café.
Y sonreí.
Porque, sin saberlo, Oriana acababa de convertirse en la primera distracción que realmente deseaba tener.