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ENEMIGOS A MEDIDA

ENEMIGOS A MEDIDA

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Amor de la infancia / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

El odio se corta al bies, pero el orgullo jamás se deshilacha.
Victoria dedicó diez años a levantar su taller de costura independiente a fuerza de tijera, desvelos y un orgullo blindado. Su peor pesadilla se cumple con el regreso de Caleb, el aclamado y arrogante director creativo del imperio textil rival, dispuesto a monopolizar la industria y arrebatarle su lugar.
Obligados por una estricta cláusula de la Bienal de Moda a crear una colección cápsula en conjunto, deben compartir mesa de corte, maniquíes y jornadas interminables. Para la prensa, son dos titanes enfrentados por el trono del diseño. En privado, son dos viejos conocidos atrapados por un secreto intolerable: a los diecisiete años, en una buhardilla compartida, Caleb fue su socio, su cómplice y el primer amor que le destrozó el corazón al marcharse sin decir adiós.
Entre alfileres que queman, miradas cargadas de reproches y una tensión que amenaza con incendiar el taller, Victoria tiene una sola regla para no caer...

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: Seda extranjera

El repiqueteo de unos tacones de aguja sobre los escalones de madera carcomida sonó como una provocación calculada. No era un paso apresurado ni temeroso; era una marcha lenta, rítmica y pesada, diseñada para que todos en el primer piso supieran que el lujo descendía a la barriada.

Clara se quedó parada junto a la puerta abierta, sosteniendo el picaporte como si temiera que el aire de afuera trajera una peste.

Una ráfaga de perfume francés —nardos densos, cuero blanco y pimienta rosa— invadió el taller antes de que la mujer cruzara el umbral, sofocando de golpe el aroma a cera de sastre, lana húmeda y café caliente.

Bianca Ferrero apareció recortada contra la penumbra de la escalera.

Era exactamente la criatura que devoraba las portadas de Milán y París: un metro ochenta de proporciones imposibles, enfundada en una gabardina de piel de camello atada a la cintura con un nudo negligente, botas de caña alta en cuero color hueso y unas gafas oscuras de carey que ocultaban la mitad de su rostro afilado. El cabello rubio platinado, cortado al bies sobre los pómulos, caía lacio con una perfección geométrica que desafiaba el viento de la calle.

Se quitó las gafas con una mano enguantada en gamuza fina, revelando unos ojos claros, felinos y desprovistos de cualquier calidez. Su mirada barrió el espacio con una mueca de fastidio apenas disimulado: los pisos de pinotea manchados de aceite, los rollos de tela cruda apilados contra el ladrillo a la vista y la vieja máquina Singer arrinconada bajo la ventana.

—Caleb, tesoro —dijo Bianca, en un español con cadencia italiana, arrastrando las vocales con esa languidez aristocrática de quien nunca tuvo que pedir permiso para entrar a ningún sitio—. Cuando me dijeron que el directorio te había mandado a supervisar un taller satélite, creí que exageraban. Esto parece un museo de la miseria. Casi me rompo un tobillo en esa escalera prehistórica.

Caleb no se movió de su posición junto a la mesa de corte, pero su postura se volvió de piedra.

—Nadie te pidió que vinieras, Bianca —respondió él con voz seca, gélida—. Y este no es un taller satélite.

Bianca soltó una risita cristalina, cerró sus gafas con un chasquido suave y avanzó hacia el centro del atelier. Pasó un dedo enguantado sobre el lomo de una pieza de lana virgen y observó el polvillo imaginario con desdén.

—Qué carácter tan rústico se te pega en cuanto cruzas el charco —dijo ella, clavando finalmente sus ojos en Victoria—. Supongo que tú eres la modista local. Victoria, ¿verdad?

Victoria no bajó la vista ni pestañeó. Sostenía la tiza azul partida en la palma de la mano y llevaba la espalda tan erguida que la curva de sus omóplatos parecía forjada en acero. La miró de arriba abajo con una calma quirúrgica, deteniéndose exactamente en la costura del hombro de su gabardina de lujo.

—Soy la diseñadora y dueña de este atelier, señora Ferrero —corrigió Victoria, con una cortesía tan filosa que habría cortado una hebra al vuelo—. Y le sugiero que no toque los paños de lana virgen con esos guantes. El cuero sucio de la calle arruina la fibra antes del vaporizado.

Bianca arqueó una ceja perfectamente delineada. Una chispa de sorpresa —y de hostilidad inmediata— brilló en sus ojos felinos. Nadie en las casas de moda europeas le hablaba en ese tono; los directores creativos se desvivían por acomodarle las caídas y las costureras bajaban la cabeza cuando ella entraba al probador.

—Vaya, qué carácter tan afilado para un taller de provincia —murmuró Bianca, sonriendo con malicia antes de girarse hacia Caleb—. Te dije en Milán que las asociaciones con terceros siempre traen problemas de modales, Caleb. Beltrán tenía razón.

—Deja a Beltrán fuera de esto —cortó Caleb, dando dos pasos firmes hacia ella, interponiéndose en su línea visual hacia Victoria—. Habla de una vez. ¿Qué haces en este país tres semanas antes de lo pactado?

Bianca se desabrochó el cinturón de la gabardina, dejándola abierta para exhibir un conjunto de seda color marfil que se amoldaba a su figura como una segunda piel.

—¿Qué hago acá? Vengo a salvar tu pasarela, querido —dijo ella, cruzándose de brazos con suficiencia—. El directorio de Vanguardia cerró mi contrato exclusivo de imagen ayer por la tarde en la sede central. Voy a abrir y cerrar la colección de la Bienal. Soy la musa oficial de la cápsula.

Un silencio espeso y helado cayó sobre el atelier.

Victoria sintió el chispazo de la rabia correrle por las venas, pero se obligó a mantener las manos quietas. Miró a Caleb de reojo: su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de fracturarse.

—No hay ninguna modelo confirmada para el vestido de cierre —sentenció Caleb con voz sorda—. El casting lo hacemos nosotros dos, no la gerencia de marketing.

—Caleb, por favor, no seas ingenuo —replicó Bianca con tono condescendiente, dando un paso hacia él y apoyándole una mano en el pecho con una familiaridad posesiva que no pasó desapercibida para nadie—. La prensa de Milán y de París no va a mandar a sus editores a cubrir un certamen en Sudamérica por una firma ignota. Vienen por mí. Porque yo fui el rostro de tus últimas tres temporadas en Italia. El comité de la Bienal ya aceptó mi designación esta mañana. Vengo para la primera prueba de medidas del vestido principal.

La mano de Bianca sobre la camisa de Caleb fue como un fósforo encendido arrojado sobre pólvora seca.

Victoria no esperó a que Caleb se defendiera. Dio tres pasos firmes, colocándose al costado de la mesa de madera, reduciendo el espacio entre las dos mujeres a menos de un metro.

—El comité de la Bienal puede aceptar lo que quiera, señora Ferrero —dijo Victoria con una voz suave, templada y letal—. Pero en este taller los contratos corporativos sirven para envolver retazos. Este vestido no fue diseñado para un perchero de pasarela con poses estudiadas. Fue pensado para una mujer que camine con peso real, no para una embajadora de catálogo.

Bianca giró la cabeza despacio, mirándola con una frialdad que buscaba intimidar.

—¿Te crees con derecho a vetarme a mí, chiquita? —susurró Bianca, bajando el tono hasta volverlo ponzoñoso—. Tu nombre ni siquiera existe en los archivos de la moda internacional. Eres una anécdota en la carrera de Caleb. Un capricho de última hora para cumplir con una cuota artesanal.

—Mi nombre está firmado en el contrato vinculante que Caleb tiene en esa carpeta —retrucó Victoria, señalando el documento sobre la mesa auxiliar sin apartar los ojos de los suyos—. Y ese contrato dice: veto mutuo. Ninguna prenda pisa la pasarela sin la aprobación unánime de ambos directores. Y yo no pongo mi firma sobre un cuerpo que no respete el movimiento de mi corte.

Bianca soltó una carcajada breve, pero el veneno en sus pupilas la traicionó. Miró a Caleb esperando ver la sumisión con la que los diseñadores subordinados solían recibirla.

—Caleb, ponle un límite a tu empleada antes de que llame a Beltrán y cancele mi participación.

Caleb la miró fijamente. Sus ojos ámbar, que durante años habían tenido que tolerar los caprichos de las modelos estrella de la compañía, no mostraron la más mínima vacilación.

Con un movimiento lento y deliberado, Caleb dio un paso atrás, apartando la mano de Bianca de su pecho con una frialdad absoluta.

—Victoria no es mi empleada, Bianca —dijo él, con una firmeza que resonó en todo el piso—. Es la codirectora del proyecto. Si ella dice que tu silueta no encaja con la caída del bies, no te subes a esa pasarela ni aunque Beltrán ponga un millón de dólares sobre la mesa.

El rostro de Bianca se descompuso por una fracción de segundo. La sorpresa la golpeó de lleno; no esperaba que el hombre que había pasado diez años bajo la bota corporativa se atreviera a desafiar una directiva del directorio por una mujer de taller.

—Estás cometiendo el peor error de tu vida, Caleb —siseó Bianca, retrocediendo hacia la puerta con los labios apretados en una línea blanca—. Beltrán sabe perfectamente por qué viniste a buscar a esta mujer. Y si crees que tus viejos secretos de desván van a salvarte cuando los accionistas te pidan cuentas, estás muy equivocado.

Bianca se acomodó la gabardina con un tirón seco y se colocó las gafas oscuras, ocultando de nuevo su mirada furiosa. Antes de salir, se detuvo en el umbral y clavó su vista en Victoria una última vez.

—Disfruta tus retazos y tu orgullo de barrio, Victoria —escupió con desprecio—. Vamos a ver cuánto te dura la dignidad cuando la colección empiece a deshilacharse en los tribunales.

El portazo en la planta baja retumbó en las vigas del edificio.

El taller volvió a quedar en silencio, pero era un silencio fracturado, cargado de una toxicidad nueva.

Victoria se quedó inmóvil junto a la mesa. Las palabras de Bianca no le habían dolido por el desprecio a su origen; le ardían por la certeza íntima de que esa mujer conocía una parte de la vida de Caleb que a ella le estaba vedada: los hoteles de Europa, los desfiles de alta sociedad y las noches en que él, quizás, había buscado consuelo en brazos caros mientras ella pedaleaba en una Singer vieja.

Caleb se pasó una mano por el cabello, exhalando un suspiro cargado de furia contenida.

—Beltrán la mandó como espía —dijo él, volviéndose hacia Victoria—. Quiere desestabilizarnos antes del desfile de prueba.

Victoria no lo miró. Tomó la tijera de forja pesada con una mano que amenazaba con temblar y apoyó la hoja contra el paño de lana.

—No me importa para qué la mandó Beltrán, Caleb —respondió ella con la voz tan tensa que parecía a punto de romperse—. Lo que me importa es que esa mujer estuvo en tu cama mientras yo me rompía los dedos para no morirme de hambre en esta ciudad.

Caleb se congeló en su lugar.

—Victoria, escucha...

—Toma la aguja y trabaja —le ordenó ella, dándole la espalda con una frialdad glacial que cortó cualquier intento de explicación—. Se nos acaba el tiempo. Y no pienso dejar que la musa de tu vida dorada se quede con mi pasarela.

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