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Me condenaste por amarte

Me condenaste por amarte

Status: En proceso
Genre:Maltrato Emocional / Embarazada fugitiva / Triángulo amoroso / Amante arrepentido
Popularitas:11
Nilai: 5
nombre de autor: Fabiana Luna

Lucía Suárez amó a Adrián Beltrán durante doce años. Él le respondió con humillaciones, una condena injusta y la pérdida de su bebé.
Para Adrián, su esposa era una mentirosa, una mujer sucia capaz de cualquier cosa. La inocente siempre era otra: Valeria, la amante a la que protegía mientras Lucía lo perdía todo.
Ahora Lucía ha salido de prisión. Ya no quiere suplicarle amor. Quiere recuperar su vida y hacerles pagar cada mentira, cada golpe y todo lo que le arrebataron.
Pero Adrián no está dispuesto a dejarla ir.
Cuando la verdad lo obliga a arrodillarse y pedir otra oportunidad, ella solo tiene una respuesta:
—¿Quieres que te perdone? Entonces muérete.

NovelToon tiene autorización de Fabiana Luna para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 20

Capítulo 20. Le arrancaron a su hijo con un parto forzado

Lucía llevaba dos días detenida cuando volvió a ver a Adrián.

Era la misma sala de visitas. Ella estaba todavía más destrozada que antes. La violencia de él también había crecido.

Entró como un demonio salido del infierno y la agarró del cuello de la ropa. Sus ojos helados parecían espadas a punto de atravesarla.

—¿Qué te advertí, Lucía? ¿No puedes vivir tranquila? ¿Tienes que buscar la muerte?

—¡No la empujé! ¡Ella me agarró de la mano y después me soltó! ¡Puedes ver las cámaras! ¡Tiene que haber cámaras en la tienda! ¡Mira las grabaciones y vas a saber la verdad! —Lucía insistía desesperadamente, aferrada a aquella última esperanza.

—¡La verdad es que la empujaste con tus propias manos! ¡Las cámaras lo muestran perfectamente!

¿Qué?

Se quedó inmóvil. La mente se le puso en blanco un instante.

Adrián le mostró la grabación. Desde aquel ángulo, de verdad parecía que ella había «empujado» a Valeria.

Por más que se explicara, todo lo que dijera iba a sonar a mentira.

Ante aquella supuesta «prueba», no tenía forma de defenderse.

La furia en los ojos de Adrián le quemaba el corazón.

—¡¿Qué más vas a decir?! ¡Valeria perdió al bebé! ¿Ya estás contenta?

Por un momento no pudo asimilarlo.

¿Valeria de verdad había perdido el embarazo?

Lucía se cubrió el vientre por instinto. El mal presentimiento se hacía cada vez más fuerte. Miró aquel rostro furioso e intentó explicarse otra vez. —No la empujé, Adrián. Ni esta vez ni la otra. ¡Todo es una trampa!

—Ja. —La risa fría la hizo estremecerse—. ¡Perdió a su hijo y todavía la acusas de hacerte daño! ¡¿Cómo puede existir una mujer tan sucia, tan rastrera, tan ruin y venenosa como tú?!

Adrián casi rechinaba los dientes al hablar.

Su desprecio y su odio eran imposibles de ocultar.

—¡No te bastó con lastimarla! ¡También plagiaste diseños ajenos para estafar! ¡Ni sueñes con ver amanecer mañana! ¡Voy a hacer que prefieras estar muerta!

La arrojó lejos y se volvió para irse. Su mirada brutal pasó sobre ella, caída en el suelo. Solo había odio. Nada más.

Lucía intentó levantarse, pero una presión dolorosa en el vientre no la dejó enderezarse.

Él estaba a punto de salir. Con todas sus fuerzas, ella alcanzó a agarrarle la pierna del pantalón.

—¡¿Por qué eres tan cruel conmigo?! ¡Yo también espero un hijo tuyo!

—¡Pues que ese bastardo pague con su vida por el hijo de Valeria!

Adrián dejó aquella frase cargada de odio y le dio una patada en la mano para apartarla.

Las lágrimas le nublaron los ojos de golpe. Lucía se quedó acurrucada sobre el cemento helado.

El frío del invierno no podía compararse con el de aquellas palabras que le cortaban hasta los huesos.

Las lágrimas ardientes corrieron sin freno. Todo se le volvió gris.

Decían que la felicidad era como las hojas caídas en una montaña: unos recogían muchas y otros, unas pocas. Ella quizá ni siquiera tenía derecho a agacharse por una.

…

Como era de esperar, la declararon culpable.

Plagio, violación de derechos de autor y lesiones intencionales que habían provocado la pérdida de un embarazo.

Acumularon las condenas. Sin un abogado que la defendiera, recibió una pena de tres años de prisión.

Su apelación fue rechazada. No pudo escapar de aquella desgracia que no había provocado.

Tres años.

Sonrió con amargura.

Ni siquiera sabía si viviría hasta el día en que naciera su hijo.

Esta vez no les dijo a las guardias que estaba embarazada. No había olvidado la paliza que recibió después de contarlo la otra vez.

La pesadilla llegó de todos modos. Aquella misma noche, un grupo de presas con la cabeza rapada se unió para golpearla.

No tenía fuerzas para defenderse. Entre los golpes y el dolor del tumor, temblaba de pies a cabeza.

Sin otra salida, se hizo un ovillo y se abrazó con fuerza para proteger el vientre.

Las agresiones se repitieron cada pocos días. Por suerte, no le golpeaban el abdomen.

Lo denunció varias veces. Nunca pasó nada.

En cada noche desesperada, apretaba los dientes por el dolor. Pensar en la pequeña vida que crecía dentro de ella era lo que le permitía seguir resistiendo.

Pero qué cruel eres, Adrián.

Había imaginado que, al reencontrarse, él sentiría la misma alegría. Solo había sido una obsesión que ella había alimentado durante doce años.

Gabriel consiguió hacerle llegar medicamentos a través de otras personas. Le aliviaban el dolor, pero Lucía se sentía cada vez peor. Varias veces creyó que no resistiría más. Su bebé era la única luz en aquel mundo gris.

El embarazo estaba llegando a término y se acercaba la fecha del parto. Las ganas de seguir viva se hicieron todavía más fuertes.

Una noche de principios de verano, los relámpagos y los truenos sacudieron el cielo.

La inquietud le aceleró el corazón a Lucía. No se equivocaba: las presas volvieron a buscarla.

Pensó que acabarían después de otra paliza. Esta vez, en cuanto entraron, la inmovilizaron contra el suelo. Dos le sujetaron los brazos. Las demás le arrancaron el pantalón y le sujetaron las piernas en alto.

El instinto le dijo que iban a hacerle algo a su bebé. Forcejeó con desesperación. —¡¿Qué hacen?! ¡Suéltenme!

Ignoraron sus gritos y sus intentos de soltarse. Poco después, una contracción violenta le atravesó el vientre. ¡Sintió que se le rompía la fuente!

—¡No le hagan daño a mi bebé! ¡Se lo suplico! —El terror absoluto y un dolor de parto que no podía ser más intenso la torturaban al mismo tiempo.

Sintió que el cuerpo se le partía. El sudor y las lágrimas le empaparon la ropa. Era como si la devoraran viva, como si cada parte del cuerpo se le estuviera deshaciendo de dolor.

No supo cuánto tiempo pasó. El dolor desgarrador la fue dejando inconsciente. Entre la confusión oyó el llanto fuerte de un recién nacido.

—Mi bebé…

Lo murmuró apenas.

—Devuélvanme a mi bebé.

—El señor Beltrán dijo que ese bastardo tiene que morir por el hijo que perdió la mujer a la que ama. No nos culpes, Lucía. Solo cumplimos órdenes.

La mujer a la que ama…

Cumplir órdenes.

Sin fuerzas, Lucía cerró los ojos lentamente. Las lágrimas se le escaparon por el rabillo de los ojos.

El hijo de Adrián y ella tenía que morir por el bastardo que Valeria había concebido con otro hombre. ¿Era para reírse o para llorar?

Al día siguiente se levantó del suelo. Soportando un ardor intenso, buscó a una guardia y pidió ayuda. —¡Anoche me provocaron el parto a la fuerza y se llevaron a mi bebé!

La mujer la miró con desconfianza. —¿Tú cuándo has tenido un hijo?

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