El día de su boda, frente a cientos de invitados, el novio de Alena Balcázar no aparece: prefiere quedarse junto a su hermana, que "se desmayó" en el momento más oportuno. Otra vez. Pero esta vez Alena no llora ni suplica. Toma el micrófono, cancela ella misma la boda ante todos y se marcha con la cabeza en alto... dispuesta a no volver a mendigar amor nunca más.
Repudiada por su familia y sin un centavo, su caída dura poco. Un encuentro inesperado la lleva al lado de Nathan Villanueva, el heredero más frío, poderoso y codiciado del país, justo el hombre que su hermana siempre soñó con conquistar. Un contrato de cinco años, un jefe imposible y una regla no escrita: hacerla suya. Si ellos le robaron al prometido, ella seducirá a quien más desean.
Lo que empieza como una venganza perfecta se convierte en un juego de tensión, orgullo y deseo contenido. Y mientras Alena reconstruye su vida y devuelve cada golpe con elegancia letal, un secreto enterrado sobre su verdadero origen amenaza con cambiarlo todo: hay quienes destruyeron a su familia para robarle lo que le pertenece, y ahora tendrán que rendir cuentas.
NovelToon tiene autorización de Mama Mia para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
13
.
Mientras tanto, esa misma mañana, en la empresa del Grupo Sebastián...
Aquella mañana el ambiente de la compañía transcurría como de costumbre. Los empleados empezaban a entrar al edificio; algunos se dirigían directo a los ascensores, mientras otros iban atareados con sus documentos hacia sus respectivos departamentos.
Sin embargo, esa calma se vio interrumpida de pronto cuando un auto se detuvo frente al vestíbulo principal. Sobre todo cuando se abrió la puerta y un hombre bajó con paso apresurado.
Varios empleados que por casualidad estaban en el vestíbulo intercambiaron miradas al reconocer de inmediato que el recién llegado era Renzo Sebastián, el hijo del dueño de la empresa.
Pero había algo que hacía distinto el aspecto de Renzo aquel día. Unos lentes oscuros le cubrían los ojos y una mascarilla negra le tapaba casi todo el rostro. Algo que nunca antes le habían visto.
—¿Por qué el joven Renzo trae mascarilla? —le susurró un empleado a su compañero en cuanto Renzo pasó de largo.
—¿Estará enfermo?
—¿Enfermo de qué? Si se ve fresco como una lechuga.
—Pues quién sabe.
—Oye... ¿y si le pasó algo en la cara?
Empezaron a oírse cuchicheos por lo bajo. Hasta Rubén, su asistente, que ya lo esperaba junto al ascensor, se mostró sorprendido al ver el aspecto de su jefe.
—Señor...
Renzo solo lo miró de reojo, sin decir palabra.
Rubén tragó saliva. Dudaba si preguntar. Pero, si no preguntaba, la curiosidad lo carcomía.
—¿Se... se siente bien?
—Estoy bien —respondió Renzo con rapidez.
—Bien, señor. —Rubén asintió enseguida. Aunque por dentro su asistente cada vez se hacía más preguntas. Si estaba bien, ¿por qué se tapaba la cara con una mascarilla, como alguien que huye de los periodistas?
Renzo apretó los puños con fuerza; no quería que nadie supiera que su rostro guardaba las marcas de la paliza que le habían dado sus padres la noche anterior.
* * *
En cuanto la puerta de su despacho de vicedirector se cerró, Renzo se quitó de inmediato los lentes y la mascarilla. Caminó hacia el sofá y dejó caer el cuerpo con brusquedad.
¡Pum!
Como si quisiera descargar su frustración, el hombre golpeó con fuerza la mesa con el puño.
—¡Maldición! —gritó. Pero, un segundo después, se llevó la mano al labio, que le palpitaba—. Ay...
El dolor hizo que su mente volviera a lo ocurrido la noche anterior, cuando tuvo que arrodillarse ante su padre y recibir golpe tras golpe como castigo por la boda cancelada con Alena.
Incluso ahora el rostro todavía le dolía. Esa era la razón por la que había llegado a la oficina con lentes oscuros y mascarilla. Renzo soltó un largo suspiro y recostó el cuerpo con los ojos cerrados.
Pero todo aquel dolor no era nada comparado con una sola cosa que no dejaba de atormentarlo. Desde la noche anterior había intentado comunicarse con Alena una y otra vez, sin conseguirlo jamás.
Renzo volvió a enderezar la espalda y sacó el celular del bolsillo del saco. Sus ojos y la punta de sus dedos buscaron el nombre de Alena, y luego pulsó el botón de llamada.
"Tut..."
Unos segundos después, la llamada se cortó. Renzo lo intentó de nuevo, pero el resultado fue el mismo.
Renzo frunció el ceño.
—¿Adónde se metió esta Alena? ¿Por qué no hay forma de localizarla? —preguntó sin dirigirse a nadie.
Lo intentó una vez más, pero seguía sin entrar. Y eso lo irritó todavía más.
—Alena... —gruñó mientras dejaba el celular sobre la mesa de golpe y se frotaba la cara con ambas manos. Pero, un segundo después, volvió a hacer una mueca de dolor al rozar sin querer el moretón de su rostro.
De pronto se quedó inmóvil, con los ojos completamente abiertos. No podía ser que Alena llevara ya dos días sin abrir el celular. Por lo que él la conocía, Alena casi nunca se separaba del teléfono por su trabajo. ¿Por qué entonces no había forma de localizarla?
Una sospecha surgió de repente en la cabeza de Renzo y lo dejó helado en el acto.
—¿Y si acaso...? —Renzo volvió a tomar el celular y contempló el número de Alena—. No es posible que me haya bloqueado, ¿verdad? —En ese mismo instante, el corazón le latió un poco más rápido.
—¡No! —Negó con la cabeza a toda prisa—. Puede que esté enojada, pero no hasta el punto de bloquearme el número.
Renzo abrió su celular y llamó a Rubén para que entrara a su despacho.
Unos segundos después se oyeron unos golpecitos en la puerta.
—Adelante.
Rubén abrió la puerta y se acercó a Renzo. En ese instante, sus ojos se abrieron de par en par al ver el rostro de su jefe. Aun así, no se atrevió a preguntar nada.
—¿Hay algo que deba hacer? —preguntó Rubén.
Renzo notaba la mirada llena de curiosidad de Rubén clavada en su rostro. Pero al hombre no le importó en absoluto.
—Dame tu celular.
Rubén frunció el ceño, pero no se atrevió a preguntar. Se limitó a sacar el teléfono del bolsillo y a entregárselo a Renzo.
Renzo tomó el celular de Rubén e ingresó el número de Alena. Luego su pulgar pulsó el ícono verde para llamar.
Rubén, de pie junto al escritorio, observaba desconcertado. Pero, una vez más, el asistente guardó silencio sin preguntar.
En su sitio, Renzo permanecía sentado, golpeando una y otra vez su propio muslo con la punta de los dedos. Un segundo, dos segundos. Hasta que los ojos del hombre se abrieron de par en par al oír el tono de espera al otro lado.
—¿Entró...? ¿Entonces el número de Alena está activo?
El cuerpo de Renzo pareció paralizarse. No podía comunicarse con Alena desde su celular, pero sí desde el de Rubén. ¿Significaba eso que de verdad lo había bloqueado?
—Sí, hola... disculpe, ¿quién habla?
La voz de Alena se oyó al otro lado, y Renzo tragó saliva con dificultad.
—Hola... ¿quién es?
La voz de Alena volvió a oírse, porque Renzo seguía callado.
—¿Hola...?
Renzo se sobresaltó. Se apresuró a serenarse. Carraspeó varias veces antes de responder al fin.
—Alena, soy yo. Yo...
¡Tut!
La llamada se cortó de manera unilateral y Renzo volvió a quedarse con los ojos abiertos de par en par.